martes, noviembre 10, 2009

Cursos de iconografía

Natalia Gortchacow, una amiga mía y eximia iconógrafa, ha comenzado hace un tiempito a dar clases en la modalidad de taller a aquellos que quieran incursionar en esta hermosa manera de estar cerca del Señor a través de la belleza de los iconos. Pueden visitar su blog (del cual soy también colaborador) en http://tallersantasofia.blogspot.com  . ¡Disfruten de sus iconos! Y hagan correr la voz. 

viernes, octubre 09, 2009



Vivir en el amor no es tarea fácil. Pero a la vez es la tarea más bella y noble que hay. Es el “camino mejor” del que hablaba San Pablo, y es justamente eso: un camino. Algo que se vive de a etapas, de a poco y que no se puede acelerar demasiado, porque es una peregrinación y no una carrera.





Las carreras uno las corre solo. Las peregrinaciones se hacen despacio y, en general, con otros, en un mutuo acompañarse que es uno de los dones más preciados de la experiencia. Por eso hay que tener paciencia y disfrutar del recorrido. Estar en el camino ya es, en cierta manera, estar también participando de la alegría de la meta, del destino.

lunes, septiembre 28, 2009

A las andadas con San Juan de la Cruz

Un compañero de lujo de este año ha sido (y es) San Juan de la Cruz. Ya escribí algo sobre él en un post anterior. A través de una biografía excelente de José María Javierre y de algunos prestigiosos sanjuanistas, busco acercarme al santo. Una de las más agradables sorpresas es encontrarme a alguien profundamente humano y cálido, justamente porque está tomado por la gracia. Sin el carisma y la simpatía de Teresa: más parco y sobrio, pero quizás por eso más accesible en alguna cosa que La Grande.
Además de retomar mi lectura del cántico, estuve leyendo hoy sus "Dichos espirituales". Y entre ellos encontré este que me llamó la atención, la "oración del alma enamorada":


¡Señor Dios, amado mío! Si todavía te acuerdas de mis pecados para no hacer lo que te ando pidiendo, haz en ellos, Dios mío, tu voluntad, que es lo que yo más quiero, y ejercita tu bondad y misericordia y serás conocido en ellos. Y si es que esperas a mis obras para por ese medio concederme mi ruego, dámelas tú y óbramelas, y las penas que tú quisieras aceptar, y hágase. Y si a las obras mías no esperas, ¿qué esperas, clementísimo Señor mío?; ¿por qué te tardas? Porque si, en fin, ha de ser gracia y misericordia la que en tu Hijo te pido, toma mi cornadillo , pues le quieres, y dame este bien, pues que tú también lo quieres.

¿Quién se podrá librar de los modos y términos bajos si no le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios mío?

¿Cómo se levantará a ti el hombre, engendrado y criado en bajezas, si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste?

No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero. Por eso me holgaré que no te tardarás si yo espero.

¿Con qué dilaciones esperas, pues desde luego puedes amar a Dios en tu corazón?

¡Qué lejos está San Juan del rigorismo y el desprendimiento a rajatabla que algunos le achacan! Yo no soy un experto en su doctrina, pero de lo poco que he visto, abundan textos como este donde el corazón de Juan de la Cruz se revela profundamente abierto al don, enamorado, apasionado. Pocos que vibren con la intensidad de este místico. Pocos, porque pocos se animan a dejarse prender fuego por la llama de amor viva.

martes, septiembre 22, 2009

Cada tanto vale la pena tener un gesto loco de amor.
No pensarlo tanto. No medir. No calcular. Y lanzarse.
Tal vez nos demos algún topetazo...
pero estamos tan enfermos de estadísticas,
miedos y probabilidades,
que prefiero una herida real
a cualquier paz de sepulcro que me vendan.

lunes, septiembre 21, 2009

Oración para poder compartir, hablar y escuchar

Me pidieron una oración-meditación en torno al hablar y compartir para un grupo que está preparando un retiro. ¡Ahí va!


Jesús, vos nos dijiste en tu Evangelio “Donde dos o más se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. La certeza de tu presencia entre los hermanos es lo que nos impulsa a reunirnos. Sabemos que en cada uno de nosotros tu amor brilla con luz propia. Pero cuando nos encontramos para compartir la fe, para abrir el corazón, esa luz cobra una intensidad única e irrepetible.

Sabemos que muchas veces no es fácil encontrarnos y compartir. Hay muchos miedos en el corazón, muchas trabas que nos impiden ser auténticos, que nos privan de revelar tu presencia escondida dentro nuestro o reconocer la que late en el corazón del hermano.
Nuestros prejuicios, la preocupación por el qué dirán o la inquietud de querer responder antes de terminar de escuchar.

Sin embargo, queremos hoy repetir el milagro del encuentro que se dio por primera vez en aquel Cenáculo, donde tus discípulos se reunieron junto con María para orar. Queremos abrirnos a la presencia de tu Espíritu Santo. Él es el fuego que derrite nuestras muros; es el agua vive que disuelve nuestras dudas y máscaras. Es el lazo que nos une con ese amor que brota del corazón mismo de Dios.

Jesús, envianos ese Espíritu de compartida y encuentro, esa fuente de gracia que nos abre los ojos para que podamos descubrir el regalo de tener hermanos con quienes compartir nuestra fe, nuestro camino, nuestras búsquedas. Que podamos experimentar así este misterio de las realidades del corazón: que la alegría compartida se hace aún más grande y el dolor comunicado se hace aún más pequeño.

Que ese Espíritu nos abra los ojos y los oídos para contemplar y escuchar al otro como vos lo hacés: llenos de admiración y de aprecio, de amor y estima porque el otro es una historia sagrada que de golpe se me comparte, porque el otro es una herida que pide compasión y consuelo; el otro es el consejo que estaba esperando, la palabra que necesitaba para seguir mi camino.

Ayudanos a descubrir que somos aprendices y maestros los unos de los otros, porque en cada uno estás hablando vos, susurrando palabras de amor detrás de nuestras torpes palabras humanas.

Sólo entonces podremos vivir como hermanos, porque podremos compartir de corazón a corazón, y así crecer en ese misterio de unidad que es tu Iglesia, tu comunidad. Sabemos que esto no es poco. Que si vivimos en el amor de hermanos, ese amor mutuo que lleva tu sello inconfundible, el mundo sabrá que somos tuyos, que somos tus discípulos y misioneros.

Como en el día de la resurrección, te pedimos que te hagas presente en medio nuestro. Que podamos escuchar tus palabras de paz, de alegría y perdón. Y así como vos nos compartís tus palabras, nosotros podamos hacer lo mismo con los demás.

Confiamos en la intercesión de María, señora de la Escucha y la palabra, que supo escuchar y hablar, preguntar y alabar. Que ella, que te llevó a vos, Palabra de encuentro y vida, en su vientre, nos ayude ahora a llevar a los demás palabras de amor y a recibir las suyas para que así siga creyendo su comunidad, su Iglesia. Amén.

viernes, septiembre 18, 2009

Ser parte de algo nuevo



Todos tenemos la posibilidad de evangelizar en cada momento y situación de nuestras vidas. Pero cuando uno tiene la oportunidad de comenzar algo, de abrir las puertas de la Iglesia y del corazón de Jesús por primera vez a alguien o a un grupo, esa es una verdadera gracia, un verdadero regalo. Porque uno puede experimentar al mismo tiempo lo frágiles y chiquitos que somos (y eso nos hace más humildes) y lo grande que es Dios. Es necesario tener fe, sin embargo. Fe y esperanza para confiar en la obra de Jesús y para adivinar lo grande que Dios está gestando en este principio humilde.
Jesús “no vino a ser servido sino a servir, y a dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45). El camino de Jesús pasa por poner al otro en el centro: el plan del Padre y las necesidades de los hermanos; la voluntad de Dios y el dolor de los pobres. Toda la vida pública de Jesús es un gesto constante de servicio. Al leer las páginas del Evangelio nos encontramos con alguien que se vuelca totalmente y sin reservas hacia aquellos que lo requieren. 

Y esto no se da de un modo genérico, indistinto. ¡Al contrario! En Jesús se combinan un amor apasionado y compasivo para con todos y una adaptación a las necesidades y situación de cada persona. Para cada uno, un gesto y una palabra distintos; para todos, un amor incondicional y sin límites. 

Más aún: Jesús relaciona el servicio con su entrega pascual. El gesto de amor máximo es el que realiza en la cruz, donde todo se pone a disposición nuestra. Lava nuestros pies con el agua y la sangre de su costado. Toma sobre sí lo que nos pesa para cargarlo y liberarnos. 

Al mismo tiempo, nosotros vivimos nuestra entrega pascual en el día a día del servicio. Es allí donde nos asimilamos a Cristo, donde él nos transfigura para hacernos un reflejo más fiel de su presencia. Es en el día a día del servicio donde hacemos la experiencia de la muerte y la resurrección: morir a nuestro egoísmo, a nuestras mil pequeñas mezquindades para resucitar a una existencia nueva, donde es el otro el que ocupa el foco de nuestras energías y preocupaciones. Jesús nos ha mostrado que el servicio es, para el discípulo, el camino de la plenitud: “Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”. 
Ayer me pidieron una meditación para un momento de adoración. Salió esto. ¡Espero que les guste!




Estamos aquí para dejarnos amar por Jesús.

Estamos reunidos porque queremos, porque necesitamos que Él nos mire. Porque sólo su mirada recrea. Sólo su mirada transforma.

Desde el principio, Dios “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. “ Así sigue siendo hoy. Nos mira, a cada uno de nosotros, y nos dice “Qué bueno es que existas”. No dice “tenés que ser bueno”; nos dice que “somos buenos”, que es bueno que nosotros seamos. Y punto. El desafío, entonces, es encontrar esta mirada de amor, que vive en lo más profundo de nuestro corazón.

Esto no es fácil, pues vivimos sujetos a distintas miradas. Desde el principio, cuando la mirada de nuestra madre nos fue ayudando a sentirnos una persona, alguien amado, deseado y cuidado. La mirada de quienes nos aman nos va haciendo alguien: alguien con un lugar, con una manera, con un modo de ser y de obrar. No todas las miradas son iguales: algunas nos afirman y nos liberan. Otras, en cambio, nos detienen en el camino; nos hieren y nos llenan de temor e inseguridad.
Esas miradas, tanto las que nos hacen crecer como las que lastiman y llenan el corazón de inquietud se vuelven parte nuestra y tiñen nuestro propio mirar: nuestra perspectiva, nuestro punto de vista esta profundamente influido por ese amasijo de miradas que han marcado nuestro camino.

Cuando las heridas gritan fuerte, cuando nos sentimos frágiles y dudamos del amor es cuando el pecado entra en nuestra vida: nos enceguecemos y ya no podemos ver. Así quedamos muchas veces a oscuras. La luz se vuelve una desconocida y el amor deja de alumbrarnos los pasos. Nos vamos quedando al borde del camino.





Por suerte, cada tanto, alguien vuelve a hablarnos de Jesús. Nos animamos a acercarnos a él, a pedirle que podamos volver a ver. Y entonces nuestros ojos se abren a su mirada: esa mirada que no juzga, que no condena, y que llega hasta lo más profundo... la mirada de Jesús, que despierta todo lo que hay de bueno, de noble y de puro en el corazón del ser humano. La mirada que nos libera y nos resucita. Esa mirada creadora, que nos dice “qué bueno es que existas”.

Esa mirada que, sorprendentemente, tiene sed de nuestra mirada, de nuestro amor. Jesús quiere que lo miremos, que tengamos los ojos fijos en Él. Porque sabe que sólo en sus ojos está el secreto de nuestra vida; sólo si lo miramos fijo podemos mantenernos en este caminar sobre las olas que es nuestra existencia. 

jueves, septiembre 10, 2009

Sobre la Iglesia (IV)

El misterio de Jesús es un misterio de unidad: “murió el sólo para no ser más él sólo”, dijo San Agustín. Él se entregó para que nosotros, divididos por nuestros pecados y miserias, podamos ser uno. Ese es su mayor deseo, su oración al Padre: “que todos sean uno… para que al verlos, el mundo crea”. La unidad (que no es uniformidad, sino comunión de amor y de misión), nace del corazón orante de Jesús, de su intercesión constante al Padre por nosotros. Por eso no se puede ser cristiano sino en comunión con otros, en Iglesia.

Nosotros también nos sabemos parte de ese sueño de Jesús y del Padre que se realiza por la acción del Espíritu. Y sabemos también que vivir cada día más unidos es nuestro anhelo, pero es además una lucha. No siempre es fácil vivir juntos, ni encontrar los caminos para fortalecer nuestra fraternidad. Vivir en comunión implica muchas veces renuncia, sacrificio y en todo momento un esfuerzo constante por crecer en el amor. Además, podemos más de una vez quedarnos en sentimientos y buenos deseos y olvidar darle cauce concreto a nuestro trabajo por la unidad. Pero si la Iglesia de Jesús es un misterio al mismo tiempo visible e invisible, sabemos que la gracia que hemos recibido tiene que tomar también una dimensión estructural.





La preparación no atenta contra la espontaneidad o la calidez. Cuando vemos a un gimnasta saltar con gracia entre trapecios, o a un músico ejecutar una pieza con maestría, nos parece que lo que está haciendo es fácil por la naturalidad y soltura con la que encara su tarea. Pero el artista sabe la enorme cantidad de trabajo y empeño que hay detrás de esa ductilidad. 

Esto no es querer ocupar el lugar de la providencia. Paradójicamente, cuanto más uno se dedica y se entrega, más crece la certeza de que es Dios quien finalmente hace todo. Y al mismo tiempo dicha certeza nos permite entregarnos más de lleno a lo nuestro: yo no tengo que hacer todo, ni encargarme de todo, sino vivir lo mejor posible aquello que se me confía.

miércoles, septiembre 09, 2009

"... ustedes han resucitado con Cristo..." (Col 3, 1)

Hay algo de cielo en nuestra existencia, algo irrevocable e indestructible, inocente y frágil, un núcleo de paraíso recuperado o de parusía anticipada que nada ni nadie nos puede quitar. Es cuestión de buscarlo, o mejor, de darse cuenta que ya está allí, en nuestro interior, esperándonos.

lunes, septiembre 07, 2009

Lecciones de Sushi: dejar los palillos

Un gran amigo tiene un restaurant de sushi. Comer sushi es una experiencia sumamente entretenida porque no sólo es muy sabroso y original, sino que además mantiene una carga de ritualidad que lamentablemente nuestras comidas occidentales han perdido.
Entre otras cosas, algo interesante es que es de mala educación tener los palillos en la mano mientras se come. Es necesario dejarlos en la mesa (en un pequeño plato pensado para eso), terminar la pieza y sólo entonces volver a tomarlos. Además, se recomienda comer un poco de las hierbas que adornan el plato para limpiar la lengua y prepararla para saborear la próxima pieza, o maki. Así la comida se disfruta más y también se prolonga el tiempo del encuentro.
Me quedé pensando en como del mismo modo hay muchas realidades de la vida que no pueden (bajo riesgo de indigestión o peor) apresurarse en su asimilación. Es necesario tomarse su tiempo. Dejar los palillos en la mesa y detenerse en el sabor de lo que uno está viviendo para incorporarlo más plenamente y así también poder percibir los matices de cada instante. El que no sabe saborear tampoco puede distinguir, y así cada momento pierde su gracia y su particularidad.
Dejar los palillos es el símbolo de una actitud distinta: frente a los demás, frente a la naturaleza, frente a la Presencia que pide recogimiento y lentitud de pasos y gestos... para poder percibir mejor el sabor de cada cosa y hacerlo propio.


domingo, septiembre 06, 2009

Todo lo has hecho bien, Señor.

En tus manos está la fuerza del Reino,

la semilla del principio inalterado.

Cuando la fe se abre como surco,

tu fuerza siembra vida nueva

y nos abrimos a la escucha

de un amor más profundo

que sólo permanece oculto

para quien no quiere oír.

guerison_par_Jesus

Nunquam deformata

Imagen004 Vengo de estar esta semana en unos sencillos y ricos días de retiro en un lugar lindísimo de mi diócesis llamado Santa María del Encuentro. En la ermita donde recé y descansé estos días tenía una imagen de San Bruno, fundador de los cartujos, que me acompañaba cuando oraba delante del Santísimo.

Cual sería mi sorpresa cuando al llegar a la parroquia y pasar hoy por la santería parroquial encontré, recién llegada ¡la misma imagen! En un tamaño menor, pero idéntica. La tengo a préstamo por unos días y me mira mientras escribo este post. ¿Será una invitación al silencio?

En todo caso, verla me da mucha paz. Es un pequeño sacramento de estos días de intimidad.

viernes, agosto 14, 2009

Dejarse amar (V)

En un momento me habían pedido una serie de posts sobre este tema y ayer por la mañana me levanté recordando una clase de Revelación donde la profesora nos habló del amor de la Trinidad. Subrayaba cómo todavía hoy no sacamos todas las consecuencias (para la vida) de creer en un Dios que es Padre, pero también es Hijo. El Hijo que vive en actitud de recepción, como bien dirá Von Balthasar. Él es quien hace que recibir amor también sea divino.

Es verdad que hay modos de buscar recibir amor enfermizos y hasta pecaminosos (¡algo que también se da en muchas maneras de querer dar amor!). Pero no es menos cierto que nuestro ser creaturas nos pone antes en actitud de recibir. Cuando reconocemos esta mendicidad del corazón podemos abrirnos más plenamente al don, y es este recibir más abiertamente el que nos convierte a sus vez en fuente para los demás. Como el Hijo, que todo lo recibe del Padre en el Espíritu y en ese mismo Espíritu no se guarda nada, sino que se entrega a los demás.

miércoles, agosto 05, 2009

Una vez leí que la muerte sella la identidad de la persona. Revela de un modo más claro y contundente lo que esa persona es. En Jesús esto es clarísimo. Su muerte es parte de su persona. Y lo sigue siendo: el Resucitado no deja de ser el crucificado. Es el Cordero de pie y "como degollado". Es el que tiene las heridas aún resucitado.

Hoy celebré las exequias de un hombre muy bueno. La casa estaba llena de familiares y amigos. Todos intercambiaban anécdotas de su nobleza, del amor que tenía a su esposa, hijos y nietos. En su último paso al Padre, el misterio de esta persona brillaba con una luz nueva, firme y definitiva. No pude
evitar pensar que aquí también se cumplía el misterio del grano de trigo muerto que da vida, sobre todo mientras este hombre bajaba a descansar a la tierra. En la familia, su entrega seguía vivo y dando abundante fruto, del mejor: el escondido en el amor cotidiano.

Algo de Bernárdez

Estoy pensando que alguna vez le daré a alguien para que haga su acción de gracias post-confesión este soneto de Bernárdez... piénsenlo como si Jesús se los dijera.

Aquel entendimiento que callaba
tiene toda la voz que no tenía,
y aquella voluntad que estaba fría
tiene todo el calor que le faltaba.

Aquel entendimiento que ignoraba
tiene la ciencia de que carecía,
y aquella voluntad que no quería
tiene el deseo que necesitaba.

Porque para que el uno se levante
del sueño en que vivía sumergido
es suficiente con que yo te cante.

Porque para que aquella no se muera
de la muerte que hubiera padecido
es suficiente con que yo te quiera.

viernes, julio 31, 2009

Sobre la Iglesia (III)


En mi lecho, durante la noche,
busqué al amado de mi alma.
¡Lo busqué y no lo encontré!
Me levantaré y recorreré la ciudad;
por las calles y las plazas,
buscaré al amado de mi alma.
¡Lo busqué y no lo encontré!
Me encontraron los centinelas
que hacen la ronda por la ciudad:
"¿Han visto al amado de mi alma?".
(Cantar de los cantares, 3, 1-3)

Este texto muchas veces me hace pensar en la Iglesia. Ella también es la amada que busca ardientemente a su Amado. Es quien busca en la noche al Señor. Es la que busca escuchar su voz en medio de la oscuridad. En medio de la ciudad, busca despertar los corazones, compartir su deseo, aquello que la saca siempre de la comodidad y el quietismo: al Señor resucitado.
También me recuerda que la Iglesia camina siempre entre la certeza de la fe y la búsqueda a la que esta certeza nos lanza. Saberse amada y sostenida no la libera de buscar a Jesús, pues no tiene las respuestas para cada cuestión puntual (cf. Gaudium et Spes 33). Como dirá Pablo, "Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús." (Fil 3, 12-14)

Sobre la Iglesia (II)

El post anterior hizo una primera aproximación al misterio de la Iglesia desde la imagen de Adán y de Cristo, nuevo Adán crucificado-resucitado. Como toda imagen simbólica, ayuda a plasmar un sueño y orientar el amor. Pero es necesario recordar que toda imagen es limitada, que ninguna de las numerosas imágenes de la Iglesia agota su misterio y que además, la Iglesia será siempre una búsqueda de concretar históricamente lo que el Señor piensa para ella.

Dicho esto, otro paso en esta reflexión "al paso" (valga la redundancia) es recordar que nosotros sentimos en lo más profundo de nuestros huesos el "no es bueno que el hombre esté solo". Aún en el corazón más enfermo y tortuoso hay un anhelo de comunión, la esperanza de un encuentro. El deseo de vivir vínculos verdaderos, sentidos, sólidos. En este sentido, la Iglesia no es sólo un don de Dios. También es un deseo humano que se plasma en una comunidad concreta.

Quizás parte de la dificultad de hoy para vivir la experiencia eclesial es que este deseo, humano, profundo y real, tiene que vivir, como todo deseo, una purificación. Todos anhelamos amar y ser amados; todos queremos ser plenos; todos deseamos algún tipo de vida en comunidad. Pero tenemos que darnos cuenta que esos deseos atraviesan por crisis, por verdaderas pascuas que dan muerte a falsas expectativas, a idealismos ilusos que muchas veces manifiesta la inmadurez de nuestro amor.

Cuando nos damos cuenta que nuestra comunidad no es perfecta, que la Iglesia es pecadora, que aquellos que nos anuncian el Evangelio también tienen sus miserias y sus pecados tropezamos y muchas veces no nos volvemos a levantar. Es entonces cuando se presenta la crisis. Y también, por eso mismo, la oportunidad.

Lamentablemente nuestro tiempo parece estar poco equipado para vivir esta frustración que es necesaria si queremos llegar a un amor más verdadero. Como dice el proverbio inglés, tiramos al bebé junto con el agua sucia de la bañadera.

Tal vez podamos encontrar, aún en medio de las heridas, que el mismo tropiezo que experimentamos cuando la Iglesia deja de reflejar la luz de Jesús es el que nos muestra que en ella intuimos algo más, algo que no se pierde, aún en esos momentos oscuros...


Escuchando a Sonicflood

Sonicflood es una banda de rock cristiano de Estados Unidos. El año pasado sacaron su último disco "A Heart Like Yours" (un corazón como el tuyo). De casualidad escuché uno de sus temas, "Psalm 91" , que toma elementos del Salmo 91 (el que recitamos en las completas de los domingos). A quienes quieran escucharlo, pasen por su página. Dejo aquí la letra:

You are the defender of the weak
You are near to those in need
Oh, You are the peace to those who grieve
My God, You are so many things


You are my refuge and strength
You are my hiding place
You hear my voice when I call,
before I say anything at all
In desperate need I cry, only to realize
the hand that heals the sick has my name written on it

You are the forgiver of my past
You are the pure and spotless lamb
Oh, You are the One that heals the wounds I have
Oh God, You are so many things

I will not fear the sickness in the dark or the terror that comes in the night
I will not fear arrows of fire though a thousand may fall at my side
I will rest in your unfailing love, this love that saved my life
I will live forever in the secret place among the sky
(Adonai, Elohim, Yeshua, Messiah)


miércoles, julio 29, 2009

Sobre la Iglesia (I)

Milkus, uno de los bloggers que hace más tiempo conozco, y con quien me unen la fe, la blogósfera y una serie de deudas contraídas (y aún impagas) por mi persona en el ámbito de las visitas, me sugirió escribir algo sobre la Iglesia, tan golpeada, tan poco defendida. Así que irán apareciendo distintos posts referidos a ella. Con todo, la intención no es que sean polémicos (aunque quizás a varios les haga ruido lo que lean), sino reflexivos y experienciales. Para superar un conflicto en general hay que ir más allá de él, o mejor, más allá de lo que emerge, para entrar en sus raíces y desde allí, desde la raíz, caminar hacia la luz... si es posible.

Sobre la Iglesia hay mucho y muy bien escrito. En particular, a modo de "justificación" de la Iglesia me parece muy valioso el capítulo que escribe Rolheiser en su "En busca de espiritualidad". Hay mucho en el plano teológico: recomiendo a Pié-Ninot y su "Introducción a la eclesiología" para encontrar un planteo sintético y completo. Nombro a estos dos por poner dos aportes más recientes.

Pero si yo tuviera que presentar la Iglesia... creo que empezaría por el Génesis, cuando Dios dijo "no es bueno que el hombre esté solo". Y del costado de Adán durmiente extrajo carne, de la cual haría su "ayuda adecuada".

Es importante señalar que esta "ayuda" no es una ayuda subordinada al hombre. Casi pareciera al contrario: la palabra que traducimos por ayuda es la que muchas veces se aplica a Dios cuando se lo nombra como auxilio, como protector. Eva será para Adán un signo de la protección del Señor. Será quien le permita reconocerse como varón, porque sólo al entrar en comunión su identidad podrá realmente encontrar su figura. En la unión con Eva el varón podrá encontrar su nombre, su misión (la fecundidad) y su descanso.

Pasó el tiempo, y la historia (de salvación). Hasta que descubrimos que ese primer Adán era la sombra del verdadero, que se durmió en la cruz (como muy bien ha descrito en una oración el monje del Athos), para que de él nazca una nueva Eva, la Iglesia. Y ella sería (ella es) la madre de todos los vivientes.



Ella sí que es carne de su carne y hueso de sus huesos.
Ella es también la ayuda necesaria para todo hombre, para todos los hombres.
Ella está al servicio de la vida,
y en ella encontramos lo necesario para seguir esperando.
Ella es ese lugar donde recibimos nuestro nombre verdadero,
donde se nos dan los lazos de la fe y el amor:
los únicos que pueden descifrar nuestro misterio.
Ella es lo que el corazón de Cristo soñó desde el principio.
Ella es la Iglesia.



lunes, julio 27, 2009

Todo vínculo es un regalo, una ofrenda que tiene a Dios detrás, un misterio que nos deslumbra y al mismo tiempo nos hace sentir en casa, porque descubrimos en ese lazo que nos anuda a otros con un amor verdadero y profundo el sentido de la existencia.

Por eso cada tanto debiéramos recuperar nuestro asombro frente a la familia, los amigos, los compañeros de camino: ¿no es sorprendente que haya alguien y no nadie? ¿No es deslumbrante mirar hacia atrás y ver que sin darnos cuenta un entramado de abrazos, silencios y encuentros nos marca el paso?

Por eso debiéramos postrarnos en el santuario del alma para agradecer por todos aquellos que pasan por él y dejan en nosotros su huella. Sí, aún cuando esta huella nos haya lastimado: el grito de las heridas también nos recuerda que hemos sido hechos para el amor.

Al mismo tiempo, no podemos pretender abalanzarnos sobre nuestros lazos. Hacerlo sería destruirlos. Tal vez por eso decía un sabio que el primer movimiento del amor es bajar los brazos. Dejar al otro el espacio necesario, condición fundamental para el encuentro.

Y así, seguir caminando, de vínculo en vínculo, llevando en nuestro santuario un sinnúmero creciente de nombres y de historias que nos preparan para el Encuentro definitivo. Para ese lazo que se anticipa y se pregusta en cada amor del sendero.

Sobre el ministerio sacerdotal

Desde el principio, una certeza acompañó mis primeras (y limitadas) intuiciones sobre el sacerdocio, cuando todo era apenas un balbuceo y un empezar. Era la convicción de qu e el sacerdote era alguien profundamente comprometido con la unidad, que trabaja por ella y está a su servicio. No podría especificar de dónde venía esta certeza. Pero allí estaba.

lazosAmor

Nada, sin embargo, podría haberme preparado para la experiencia de estos años, breves pero intensos. Descubro que mucho de mis alegrías y tristezas pasan por acá: por el servicio a la unidad, o mejor, a la comunión.

Si tuviera que decir hoy cuál es el hilo conductor del sacerdocio, el núcleo del cual nacen todas las iniciativas, tendría que decir que este: el generar lazos, el despertar a otros a la comunión. Pero no cualquier lazo, sino aquel que nace del corazón de Dios y a él lleva. Lazos profundos, de esos que sólo la artesanía del Espíritu puede crear.

Creo que entender el ministerio desde allí ayuda a integrar y realzar cada una de las múltiples iniciativas y actividades que el sacerdote debe realizar, porque brota del ser mismo de Dios y atraviesa el corazón del hombre, creado a imagen de la Trinidad.

miércoles, julio 22, 2009

Esa pequeña oración se me ocurrió releyendo "El Ángel", de Borges: Aquí lo dejo, para quien guste.

El Ángel

Que el hombre no sea indigno del Ángel
cuya espada lo guarda
desde que lo engendró aquel Amor
que mueve el sol y las estrellas
hasta el Último Día en que retumbe
el trueno en la trompeta.
Que no lo arrastre a rojos lupanares
ni a los palacios que erigió la soberbia
ni a las tabernas insensatas.
Que no se rebaje a la súplica
ni al oprobio del llanto
ni a la fabulosa esperanza
ni a las pequeñas magias del miedo
ni al simulacro del histrión;
el Otro lo mira.
Que recuerde que nunca estará solo.
En el público día o en la sombra
el incesante espero lo atestigua;
que no macule su cristal una lágrima.
Señor, que al cabo de mis días en la Tierra
yo no deshonre al Ángel

A mi ángel de la guarda

Ya somos sólo la noche, la música, y yo.
Como de niño,
vengo a pedirte que cuides mi jardín.
Ya sé que sólo no puedo.
Custodio de lo más mío
guardián de mi esperanza
atento de mis pasos
vigilá la promesa
del enemigo
de mis apuros
de mis desvíos.

Mi custodio, mi guardián
centinela de la piedra blanca
que el Señor me reservó
poné fuego y espada
en torno a mi jardín.

Variaciones sobre la luz y la sal

Cada tanto la Palabra te muestra otra vez que es una fuente inagotable: esto en realidad no se da tanto ni tan sólo porque de ella uno extrae múltiples enseñanzas, sino sobre todo porque está imbuida del amor de Dios y el amor no cansa sino que renueva por su dinamismo interno.

Pero de todos modos viene bien cada tanto descubrir que hasta de las imágenes más sencillas uno no deja de sacar luces para el camino.

LUZ

Por lo pronto, la imagen de la luz y la sal en este tiempo se me va haciendo cada vez más llamativa por la genialidad de Jesús para entrelazar dos realidades complementarias que brillan más todavía al combinarlas.

La luz y la sal son de por sí dos imágenes sumamente evocativas: hacen referencia a lo cotidiano, a lo que todo el mundo experimenta y al mismo tiempo están cargadas de simbolismo. Me gusta ver que Jesús no dice “sean sal” o “sean luz” sino “ustedes son la sal y la luz”. Quiere hacernos tomar conciencia de lo que ya somos, del don que hemos recibido.

Pero lo interesante es ver que su combinación permite profundizar en la dimensión paradojal, o si se quiere, en la tensión de cruz que tiene la vida del cristiano, nunca atrapada en una sola dimensión.

La sal y la luz hacen referencia a la dimensión oculta y pública de nuestra fe: el cristiano tiene que meterse en medio de las realidades, con un amor muchas veces escondido, pero también dar testimonio público con la parresía que corre de generación en generación por el corazón de la Iglesia.

También puede ayudarnos a entender la tensión Iglesia-mundo: la Iglesia no puede perder su sabor, su identidad, bajo riesgo de perder su sentido; pero no puede dejar de manifestarse y de buscar insertarse en la sociedad y la historia, sin temor a que su luz se diluya. Si pierde su gusto deja de ser Iglesia; si se esconde, se convierte en gueto o en secta (y de ambas tentaciones y ambas caídas conocemos).

La luz y la sal nos pueden servir para entender el amor de Jesús, que da un sabor distinto a la vida sin que a veces lo terminemos de percibir (hasta que nos falta o lo descuidamos) y que otorga un sentido nuevo a nuestra existencia, iluminando toda nuestra vida, toda nuestra casa.

Elogio de lo escondido

Nuestro tiempo cultiva un gusto morboso por la paranoia, las sociedades secretas y las mil conspiraciones que sucesivamente reciben la acusación de dirigir los destinos del mundo. Pareciera que el mal elige esconderse para perpetrar sus designios, para mantener arrinconada y amenazada la vida de mil maneras, a cada cual más sutil.

Sin embargo, el mal tarde o temprano muestra la hilacha. Como los villanos desenmascarados  en las películas, la trama conspiratoria sale a la luz, la sangre se cuela por debajo de la puerta y el escándalo explota a medio día en un estallido de notoriedad. El mal puede servirse del ocultamiento; tarde o temprano, sin embargo, se manifiesta por su propio peso. El mal es ruidoso, molesto y atropellador. Por eso no puede esconderse para siempre, sea porque lo encuentran, sea porque él mismo quiere vanagloriarse de su tarea. 

Por el contrario el bien parece elegir lo oculto como su modus operandi habitual (y algo de esto he podido ver en distintos momentos). Corriendo por las acequias escondidas del mundo están pasando mil gestos de amor desconocidos: esas pequeñas reconciliaciones que nadie conoce sino el que las celebra en su corazón; los “sí” que hacen que la historia siga adelante; los sacrificios de miles de personas; la oración de viejos y de chicos, simples y por eso mismo lanzadas directamente al corazón de Dios; los abrazos…

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Cuesta entender la lógica del amor oculto (por lo menos a mí me cuesta). Pero cuando uno logra adentrarse en esa corriente secreta, cuando podemos por un momento olvidarnos de nosotros mismos e imitar la generosidad del sol, del aire, de los justos escondidos en los resquicios de la historia… se encuentra una alegría indescriptible, un gozo escondido como el tesoro enterrado de la parábola.

lunes, julio 20, 2009

Sobre la primera lectura de hoy (Lunes de la XVI semana del Tiempo Ordinario)

¡Déjanos tranquilos! Queremos servir a los egipcios,
porque más vale estar al servicio de ellos que morir en el desierto

Vivimos extrañando las cebollas de Egipto, con ganas de malgastar la herencia porque tenemos terror a la libertad, miedo de la promesa, horror a la desilusión. Me pregunto si mucho del pecado original no se manifestará en esta dificultad para la confianza en la promesa, si nuestra herida primordial no será la pertinaz resistencia a mirar hacia delante. O tal vez es simplemente el dolor de nuestro tiempo. Tal vez estemos enfermos de desesperanza. Pero también por eso mismo, creo que este es el kairós de la esperanza. Es la hora de los pobres, los contemplativos, los de la noche... la hora de los amantes.

viernes, julio 17, 2009

Buscando imágenes de almendros, me reencontré con esta joyita de J.L. Borges. A veces me pregunto si que haya sido tan buen cuentista y ensayista nos hace desperdiciar al poeta, el Borges que a mí más me gusta:

PARA UNA VERSIÓN DEL I CHING
El porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer.
No hay una cosa que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.
No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas, está Dios que acecha.

Frente a la fatalidad, la certeza de que está siempre la posibilidad del kairós, de la gracia, que como tal, suele ser inesperada.... saber que las grietas son el camino que muchas veces elige Dios para manifestarse..

Señor, quiero ser como el almendro:
despertar a tu presencia,
florecer a tu primavera el primero de todos.
Estallar en alegría
cuando todavía parece cernirse la muerte,
ayudar a los otros a despertar:
"¡Ya llega la luz!
¿No la sienten, trepando desde sus raíces?"
Quiero ser como el almendro,
que tiene flores hechas de la espera atenta,
de vigilancia y de noches.
Quiero ser el que renace, el que renace...
y que ayuda a seguir esperando.

miércoles, julio 15, 2009

En la fiesta de San Buenaventura

En un blog que tiene el fuego como leitmotiv, con un autor que admira y venera al Seráfico Doctor, no podía faltar la cita del Oficio de Lectura de hoy. Que Buenaventura interceda para que nunca falten en la Iglesia personas que busquen a Dios, de palabras encendidas que guían y al mismo tiempo dan calor. De las que hacen, como decía Guardini de San Agustín, que la verdad sea cálida y el valor sea lúcido.

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Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios y el misterio oculto desde los siglos. El que mira plenamente de cara este propiciatorio y lo contempla suspendido en la cruz, con fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la .lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima v ardentísimos afectos. Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, esta en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado, preferiría la muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado. al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi herencia eterna. Bendito el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «¡Amén!»

martes, julio 07, 2009

Una imagen de esperanza

Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. (Mc 15, 42-46)

 

Hace un tiempo ya que al meditar la pasión me detengo en la figura de José de Arimatea, sobre todo en el contexto del Evangelio.

Todo el Evangelio de Marcos muestra la dificultad de los discípulos para entender y seguir a Jesús. El miedo se apodera de ellos fácilmente. En el momento de la pasión y la cruz se desbandan. ¡Es el fracaso total del discipulado, como quizás no lo muestre ningún otro Evangelio!

En ese momento de silencio vacío, de ausencia… aparece una figura hasta ahora desconocida, la de José. Cuando todos los nombres que hasta ahora recorrían el camino de Jesús se han desvanecido, alguien se hace presente para realizar un gesto de discípulo. En el peor de los momentos, cuando la muerte parece haber tenido la última palabra, alguien ha elegido el amor.

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La audacia de José es quizás el primer signo de la resurrección. La fuerza transformadora de la Pascua manifiesta un primer fruto en este acto. No está todo perdido: alguien ha querido seguir adelante.

Podríamos pedirle a José que interceda entonces para que nosotros también podamos seguir amando en esos instantes de muerte, perplejidad y desazón.

Acercarse al fuego

lleno de sed, hecho jirones el anhelo

capitular los proyectos

hacerse ofrenda

en la hoguera silenciosa

de cada día

donde el amor sacrifica

donde se está gestando

tu vida y tu promesa

Un tiempo favorable

Los griegos tenían dos palabras para describir el tiempo. Una es cronos, que es el tiempo normal, que transcurre de un momento a otro. La otra es kairós. Quiere decir “tiempo favorable”, “momento oportuno”. Cuando Dios se hace presente comienza un verdadero kairós. Se abre una oportunidad, una ventana que da al tiempo (y a todo lo que se vive en este tiempo) una densidad nueva, distinta y profunda.

Cada tanto uno percibe que está en un kairós. Como un destello en el horizonte, o un impulso de generosidad dentro de uno. Creo que sobre todo lo percibimos porque se mezcla dentro nuestro una rara combinación de miedo y audacia, de entusiasmos y perplejidad… pero supongo que así es siempre que el misterio irrumpe en nuestra vida.

Hay que estar atentos a esos espacios de kairós. Y no dejarlos pasar.

viernes, junio 19, 2009

Escuchando a Madeleine Peyroux


Un amigo de mi viejo me recomendó a Madeleine Peyroux... y la verdad estoy fascinado. Me hace acordar mucho a Billie Holliday. Dulce y melancólica, como buena cantante de jazz. No soy un tipo muy jazzero (me inclino más al soul y al blues), pero creo que hasta al más lego en la materia le hará bien degustar un par de sus temas.

viernes, junio 05, 2009

Otro poema de e. e. cummings

Sigo leyendo a cummings (¡ardua tarea!). Pero entre muchos poemas que todavía se me hacen arduos (por los numerosos juegos de lenguaje y tipografía que hace cummings), encontré este que me gustó mucho. Es una descripción patética del mundo, pero tiene una última línea que redime todo, una última estrofa que gira todo al mostrar que frente a lo que se derrumba y cae la respuesta... es levantarse y cantar. Aquí el poema:

now does our world descend
the path to nothingness
(cruel now cancels kind;
friends turn to enemies)
therefore lament,my dream
and don a doer's doom

create is now contrive;
imagined,merely know
(freedom:what makes a slave)
therefore,my life,lie down
and more by most endure
all that you never were

hide,poor dishonoured mind
who thought yourself so wise;
and much could understand
concerning no and yes:
if they've become the same
it's time you unbecame

where climbing was and bright
is darkness and to fall
(now wrong's the only right
since brave are cowards all)
therefore despair,my heart
and die into the dirt

but from this endless end
of briefer each our bliss--
where seeing eyes go blind
(where lips forget to kiss)
where everything's nothing
--arise,my soul;and sing

Pero de este fin sin fin
donde cada una de nuestras dichas es más breve--
donde ojos que ven enceguecen
(donde labios olvidan besar)
donde todo es nada
-- levántate, alma mía; y canta


Cantar frente a lo que se derrumba
no es silbar en la oscuridad;
es descubrir que aún en medio de un mundo roto
hay brotes de vida, posibilidad
de cambiar, de encontrar sentido y luz.
Es descubrir que uno
sigue teniendo fuego en las entrañas
y por eso
hay que seguir andando...


domingo, mayo 31, 2009

Hace un par de años, viendo la película In her shoes, con Toni Colette y Cameron Díaz, quedé deslumbrado por un poema de e. e. cummings (él firmaba así, en minúsculas) que se recita sobre el final. Después de un tiempo de búsqueda, cayó en mis manos su poesía completa, de lectura difícil pero enriquecedora. Dejo acá el poema de la película. ¡Tal vez entusiasme a otros a leerlo!

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i carry your heart with me

i carry your heart with me(i carry it in
my heart)i am never without it(anywhere
i go you go,my dear; and whatever is done
by only me is your doing,my darling)
i fear
no fate(for you are my fate,my sweet)i want
no world(for beautiful you are my world,my true)
and it's you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you
here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life;which grows
higher than the soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart
i carry your heart(i carry it in my heart)
ee cummings

jueves, mayo 21, 2009

Un texto de John Bunyan

... sobre el ser peregrino (si mi estimado Juan Ignacio lo lee, probablemente le guste).

Who would true valour see,
Let him come hither;
One here will constant be,
Come wind, come weather
There’s no discouragement
Shall make him once relent
His first avowed intent
To be a pilgrim.

Whoso beset him round
With dismal stories
Do but themselves confound;
His strength the more is.
No lion can him fright,
He’ll with a giant fight,
He will have a right
To be a pilgrim.

Hobgoblin nor foul fiend
Can daunt his spirit,
He knows he at the end
Shall life inherit.
Then fancies fly away,
He’ll fear not what men say,
He’ll labor night and day
To be a pilgrim.

Déjame volver, Señor.
Estoy cansado.

El pecado me cansa y me agobia. Sólo tu amor me dará reposo.

Despierta en mí el recuerdo de tu gracia, el anhelo de tu abrazo.

Ya lo siento, de a poco... no puedo negar la fuente, no puedo callar el río que aún ahora fluye.

Me purificas cantando... y conviertes la herida en surco de vida.

Tú me haces volver, Señor, mi Hogar y mi Fuente, mi Abrazo y mi Bendición, mi Todo.

Leyendo al Doctor Místico


Leer a San Juan de la Cruz genera siempre sentimientos encontrados.

Por un lado, la percepción (aguda como pocas veces) de la propia pequeñez y pobreza espiritual. Y eso en sí ya es una gracia.

Pero, como todos los santos, Juan de la Cruz tiene una grandeza que no aplasta, sino que entusiasma y arrastra.
Hoy recordé ese texto de Isaías que dice

"Alguien me grita desde Seír: "Centinela, ¿cuánto queda de la noche? Centinela, ¿cuánto queda de la noche?". El centinela responde: "Llega la mañana y de nuevo la noche. Si quieren preguntar, pregunten; vengan otra vez"." (Is 21, 11-12)


Cada vez que la noche entra en nuestra vida, necesitamos de estos centinelas que nos ayudan a no dormirnos, a mirar la oscuridad de frente, confiando en que la llama del corazón nos irá guiando, y nos mostrará que toda noche es "venturosa", verdadera oportunidad para amar con un amor más puro y ardiente. Personas que nos recuerdan nuestra vocación a lo sublime, lo verdadero... custodios del don de Dios y la dignidad del hombre...

“Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis?...” (Cántico, Canción 39)

miércoles, abril 08, 2009

Entrar en el misterio de tu entrega, cada mañana. Descubrir una vez más que lo único que tenés para ofrecer, es amor. Dejar que tu ternura me vaya haciendo pan para los otros. Que transformes mi puño cerrado en mano abierta.

Eso te pido para estos días. Ahora sé que sacrificio no es lo que pensaba. Que es alianza, acción de gracias y amor hasta el extremo.

Como decía otro orante, entonces, dame todo eso que no puedo pedirme a mí mismo, porque sólo puedo recibirlo de vos. Sólo puedo quedarme al pie de la cruz, y esperar que de esa fuente surja un amor nuevo para mí y para todos.

Durante mucho tiempo no entendí el sentido del bocado que Jesús le ofrece a Judas durante la última cena. Recientemente, leyendo un comentario del P. Maloney al Evangelio de Juan, se me hizo claro. Es un gesto de comunión.

Aún en el borde de la pasión, cuando la traición es evidente y el rechazo manifiesto para Jesús, su único gesto es ofrecer amor.

Realmente, esto es amor hasta el extremo. Amor loco, como decía Catalina de Siena. Necedad y debilidad de Dios, en palabras de Pablo.

Pero acá es donde se juega todo. Este es el amor que sostiene al mundo, el que se revela pobre y humilde en un pan ofrecido. Es la fuerza de unidad que permite que nuestras divisiones no destruyan todo.

Ahora entiendo un poco mejor porque el documento de Aparecida, con una inspiración genial, dice que la Eucaristía es el centro vital del universo. Sólo un amor así puede salvarnos. Sólo el amor vulnerable puede generar lazos de unidad. A pesar de todo. La eucaristía es ese pan ofrecido, como el que Jesús dio a Judas. La comunión regalada a todos.

martes, marzo 24, 2009

Delante del misterio de la cruz, todo se quiebra.

En el silencio del calvario, nuestras pretensiones de tener siempre razón cesan: Dios ha elegido otro lenguaje y otro modo de expresarse.

Las manos clavadas recuerdan que hasta la acción más pura puede tener su deseo de imponerse y aplastar: el amor en algún momento se detiene y se entrega sin forzar.

La desnudez herida muestra que el camino del amor se despoja inclusive de la propia piel para acercarse al otro.

Y el costado abierto es el lugar de la revelación, es la máxima paradoja: la herida vivificante, el hueco que se convierte en hogar, la muerte hecha vida para todos. Para mí. Para vos.

Romano Guardini decía que el primer movimiento del amor es bajar los brazos. Es la condición indispensable para el encuentro: permitirse la vulnerabilidad, bajar las defensas… renunciar a todo intento de aferrar y retener. Es uno de los mayores riesgos, pero es también el único modo de vivir una vida verdadera.

No es fácil, ciertamente, por eso muchas veces nos conformamos con los sucedáneos del amor: el control, la obsesión, la sobreprotección. Supongo que en general, lo que nos pasa es que no aceptamos un amor puro: lo mezclamos con un poco de estos reemplazos.

Pero si el amor es verdadero, lleva dentro de sí la semilla de su resurrección… y va de a poco despejando todo hasta emerger plenamente en nosotros. Es la hora de la luz y de la alegría, cuando el abrazo es verdadera libertad, es estrechar los brazos pero a la vez hacer espacio al otro.

jueves, marzo 19, 2009

El camino se hace borroso a partir de ahora.

Las huellas de los otros  viajeros ya no son parte de mi ruta.

Llega la hora de horadar senderos nuevos.

¿Y cómo saber hacia dónde ir? Muchas cosas han ido quedando atrás, para aligerar la marcha.

Pero el norte sigue siendo el mismo.

Y el horizonte que llevo dentro sigue teniendo tus ojos.

martes, marzo 17, 2009

San Sergio de Radonezh confiaba en que “por la contemplación de la Santa Trinidad venzan el odio desgarrador del mundo” todos aquellos que se sumerjan en el misterio de Dios. Frente a la bronca, la competitividad, el deseo de vencer a toda costa y de aplastar al otro; frente a la indiferencia y la injusticia que agrandan los abismos; frente al egoísmo y el pecado… entrar en el misterio de amor ofrecido, del don constante de sí mismo que uno descubre en el corazón de Dios.

Pienso que el cristiano de hoy tiene que ser especialmente consciente de su raíz trinitaria si quiere aportar algo a este mundo roto y cansado. En la Eucaristía, contemplar y participar de este misterio que es salvación para nosotros, que se nos revela especialmente diáfano en la Pascua que renovamos cada día.

viernes, marzo 13, 2009

Dondequiera que estés, no tengas miedo de empezar de nuevo. Cada momento tiene dentro de sí una semilla de misericordia y esperanza que Dios depositó para vos. Cada instante puede ser una renovación, si te abrís a su amor.

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¿No lo ves? En las cenizas de tu dolor y tu arrepentimiento ya está naciendo un fuego nuevo. Es el Espíritu Santo, que trae hasta nuestras oscuridades la llama de la resurrección. Él es el resucitador, el que trae a nuestro mundo avejentado la novedad eterna de Dios, que es su Pascua. Es entrar con comunión con Cristo también ahora, especialmente ahora.

Viernes de la segunda semana de Cuaresma

Dios no deja de buscarnos ni de esperar fruto de nosotros. Esta parábola es una síntesis de la historia de salvación. Frente al rechazo, Dios lo único que hace es redoblar la apuesta, ofrecer más posibilidades. Es llamativo que aunque la gente dice que el dueño eliminará a los viñadores homicidas, para Jesús el final queda más abierto. Los viñadores perderán su viña, pero no habrá castigo, o mejor dicho: se perderá la viña, castigo peor que ninguno. Pero sobre todo lo llamativo es que el rechazo aquí se vuelve oportunidad para que Dios revele más hondamente su amor.

jueves, marzo 12, 2009

Jueves de la Segunda Semana de Cuaresma

Un texto decía que el abismo entre Lázaro y el rico Epulón se había construido con cada paso que el rico no dio hacia Lázaro en vida. Aún en la muerte, Epulón no habla con Lázaro, y lo considera un inferior, un siervo. El abismo del egoísmo y la mezquindad es realmente desesperante.

Lazarus and the Rich Man, 1865

Sólo Jesús puede franquear este abismo, rompiendo nuestra miseria en mil pedazos, esa miseria que nos hace acumular y aislarnos, para entrar en el círculo del don y la compartida. Sólo el fuego nos puede llevar al camino de la ofrenda y el don de sí. Jesús es realmente el puente, no sólo entre nosotros y Dios, sino también entre nosotros y los hermanos. 

Vivir el servicio, para el cristiano, es mucho más que una actitud o un gesto. Es descubrir que la pascua se hace carne justamente en cada iniciativa, en cada oportunidad de darse al otro, de poner al otro en el centro, como lo hace Jesús. Servir y dar la vida… servicio y cruz, misión y Pascua…

Es también, redescubrir la paradoja de perder la vida para encontrarla. En esta cultura que guarda tanto su vida por miedo a quemarla para terminar desfogándola en cualquier cosa, entrar en esta paradoja nos puede, literalmente, salvar. Nos hace entregar aquello que más preciamos para recuperarlo al ciento por uno.

En el servicio me pierdo para encontrar mi yo más sincero, mi verdad más profunda. Sólo el que tiende la mano puede encontrar su misterio, que casi siempre está escondido en el corazón de los otros, que necesita de la voz de los hermanos para salir a la luz.

domingo, marzo 08, 2009

No todos los dolores son malos, ni indeseables. Hay heridas que hablan de los anhelos profundos que llevamos dentro, y hay que tener cuidado de no cerrarlas, por lo menos no a las apuradas. Si hay voces internas que nos arrastran y nos absorben, hay otras que nos impulsan hacia adelante, que se convierten en oración y servicio, en preguntas fecundas. Hay llagas que uno no quiere curar porque intuye que de algún modo son espacios abiertos por donde la gracia se abrirá paso. Quizás algunas veces se trate de eso, no de buscar inútilmente cerrar esas heridas (llevados en alguna oportunidad por un deseo de omnipotencia e invulnerabilidad), sino de descubrir que ellas se pueden transfigurar, que pueden ser manantiales de amor, como las llagas serenas del Señor Resucitado.

Tocar las puertas del misterio, el fleco del manto, la orilla de la luz...
para que se disipen todas las minucias, el ruido que no deja ver...
sólo te pido tocar, por un instante, el fleco de tu manto.

jueves, marzo 05, 2009

Bendecidos y rengueando…

… como Jacob el patriarca. Así salimos de cada encuentro con Dios. Con una certeza más arraigada de nuestra vocación y nuestra identidad, del amor que Él siente por nosotros. Salimos renacidos.

Pero al mismo tiempo, tenemos que atravesar la noche y la pelea. Dar golpes contra las sombras hasta que en un abrazo trabado encontremos al Señor. Es un combate que no podemos ganar, o mejor, que se gana al rendirse. Hay que tener valor para permanecer en esa brecha y decir “No te soltaré si antes no me bendices”.

Salimos entonces de ese round, más breve o más extenso, tambaleando. ¡Somos tan frágiles, y no nos habíamos dado cuenta! Pero ahora sí, nuestras rengueras se nos hacen más evidentes, nuestros moretones están a la vista de todos. En el fondo, como el encuentro con Dios nos hace más humanos, nuestra paradoja se revela con más intensidad después de estas experiencias: esa mezcla de barro y fuego, de bendición y combate, de flaqueza y gloria que es cada uno de nosotros.