viernes, septiembre 18, 2009

Ayer me pidieron una meditación para un momento de adoración. Salió esto. ¡Espero que les guste!




Estamos aquí para dejarnos amar por Jesús.

Estamos reunidos porque queremos, porque necesitamos que Él nos mire. Porque sólo su mirada recrea. Sólo su mirada transforma.

Desde el principio, Dios “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. “ Así sigue siendo hoy. Nos mira, a cada uno de nosotros, y nos dice “Qué bueno es que existas”. No dice “tenés que ser bueno”; nos dice que “somos buenos”, que es bueno que nosotros seamos. Y punto. El desafío, entonces, es encontrar esta mirada de amor, que vive en lo más profundo de nuestro corazón.

Esto no es fácil, pues vivimos sujetos a distintas miradas. Desde el principio, cuando la mirada de nuestra madre nos fue ayudando a sentirnos una persona, alguien amado, deseado y cuidado. La mirada de quienes nos aman nos va haciendo alguien: alguien con un lugar, con una manera, con un modo de ser y de obrar. No todas las miradas son iguales: algunas nos afirman y nos liberan. Otras, en cambio, nos detienen en el camino; nos hieren y nos llenan de temor e inseguridad.
Esas miradas, tanto las que nos hacen crecer como las que lastiman y llenan el corazón de inquietud se vuelven parte nuestra y tiñen nuestro propio mirar: nuestra perspectiva, nuestro punto de vista esta profundamente influido por ese amasijo de miradas que han marcado nuestro camino.

Cuando las heridas gritan fuerte, cuando nos sentimos frágiles y dudamos del amor es cuando el pecado entra en nuestra vida: nos enceguecemos y ya no podemos ver. Así quedamos muchas veces a oscuras. La luz se vuelve una desconocida y el amor deja de alumbrarnos los pasos. Nos vamos quedando al borde del camino.





Por suerte, cada tanto, alguien vuelve a hablarnos de Jesús. Nos animamos a acercarnos a él, a pedirle que podamos volver a ver. Y entonces nuestros ojos se abren a su mirada: esa mirada que no juzga, que no condena, y que llega hasta lo más profundo... la mirada de Jesús, que despierta todo lo que hay de bueno, de noble y de puro en el corazón del ser humano. La mirada que nos libera y nos resucita. Esa mirada creadora, que nos dice “qué bueno es que existas”.

Esa mirada que, sorprendentemente, tiene sed de nuestra mirada, de nuestro amor. Jesús quiere que lo miremos, que tengamos los ojos fijos en Él. Porque sabe que sólo en sus ojos está el secreto de nuestra vida; sólo si lo miramos fijo podemos mantenernos en este caminar sobre las olas que es nuestra existencia. 
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