jueves, septiembre 10, 2009






La preparación no atenta contra la espontaneidad o la calidez. Cuando vemos a un gimnasta saltar con gracia entre trapecios, o a un músico ejecutar una pieza con maestría, nos parece que lo que está haciendo es fácil por la naturalidad y soltura con la que encara su tarea. Pero el artista sabe la enorme cantidad de trabajo y empeño que hay detrás de esa ductilidad. 

Esto no es querer ocupar el lugar de la providencia. Paradójicamente, cuanto más uno se dedica y se entrega, más crece la certeza de que es Dios quien finalmente hace todo. Y al mismo tiempo dicha certeza nos permite entregarnos más de lleno a lo nuestro: yo no tengo que hacer todo, ni encargarme de todo, sino vivir lo mejor posible aquello que se me confía.
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