lunes, julio 27, 2009

Todo vínculo es un regalo, una ofrenda que tiene a Dios detrás, un misterio que nos deslumbra y al mismo tiempo nos hace sentir en casa, porque descubrimos en ese lazo que nos anuda a otros con un amor verdadero y profundo el sentido de la existencia.

Por eso cada tanto debiéramos recuperar nuestro asombro frente a la familia, los amigos, los compañeros de camino: ¿no es sorprendente que haya alguien y no nadie? ¿No es deslumbrante mirar hacia atrás y ver que sin darnos cuenta un entramado de abrazos, silencios y encuentros nos marca el paso?

Por eso debiéramos postrarnos en el santuario del alma para agradecer por todos aquellos que pasan por él y dejan en nosotros su huella. Sí, aún cuando esta huella nos haya lastimado: el grito de las heridas también nos recuerda que hemos sido hechos para el amor.

Al mismo tiempo, no podemos pretender abalanzarnos sobre nuestros lazos. Hacerlo sería destruirlos. Tal vez por eso decía un sabio que el primer movimiento del amor es bajar los brazos. Dejar al otro el espacio necesario, condición fundamental para el encuentro.

Y así, seguir caminando, de vínculo en vínculo, llevando en nuestro santuario un sinnúmero creciente de nombres y de historias que nos preparan para el Encuentro definitivo. Para ese lazo que se anticipa y se pregusta en cada amor del sendero.

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