viernes, julio 31, 2009

Sobre la Iglesia (II)

El post anterior hizo una primera aproximación al misterio de la Iglesia desde la imagen de Adán y de Cristo, nuevo Adán crucificado-resucitado. Como toda imagen simbólica, ayuda a plasmar un sueño y orientar el amor. Pero es necesario recordar que toda imagen es limitada, que ninguna de las numerosas imágenes de la Iglesia agota su misterio y que además, la Iglesia será siempre una búsqueda de concretar históricamente lo que el Señor piensa para ella.

Dicho esto, otro paso en esta reflexión "al paso" (valga la redundancia) es recordar que nosotros sentimos en lo más profundo de nuestros huesos el "no es bueno que el hombre esté solo". Aún en el corazón más enfermo y tortuoso hay un anhelo de comunión, la esperanza de un encuentro. El deseo de vivir vínculos verdaderos, sentidos, sólidos. En este sentido, la Iglesia no es sólo un don de Dios. También es un deseo humano que se plasma en una comunidad concreta.

Quizás parte de la dificultad de hoy para vivir la experiencia eclesial es que este deseo, humano, profundo y real, tiene que vivir, como todo deseo, una purificación. Todos anhelamos amar y ser amados; todos queremos ser plenos; todos deseamos algún tipo de vida en comunidad. Pero tenemos que darnos cuenta que esos deseos atraviesan por crisis, por verdaderas pascuas que dan muerte a falsas expectativas, a idealismos ilusos que muchas veces manifiesta la inmadurez de nuestro amor.

Cuando nos damos cuenta que nuestra comunidad no es perfecta, que la Iglesia es pecadora, que aquellos que nos anuncian el Evangelio también tienen sus miserias y sus pecados tropezamos y muchas veces no nos volvemos a levantar. Es entonces cuando se presenta la crisis. Y también, por eso mismo, la oportunidad.

Lamentablemente nuestro tiempo parece estar poco equipado para vivir esta frustración que es necesaria si queremos llegar a un amor más verdadero. Como dice el proverbio inglés, tiramos al bebé junto con el agua sucia de la bañadera.

Tal vez podamos encontrar, aún en medio de las heridas, que el mismo tropiezo que experimentamos cuando la Iglesia deja de reflejar la luz de Jesús es el que nos muestra que en ella intuimos algo más, algo que no se pierde, aún en esos momentos oscuros...


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