viernes, diciembre 12, 2008

Para ayudarnos a esperar

Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza

Pablo Neruda, El hombre invisible


Hoy, más que nunca, descubro en estas palabras de Neruda algo que sólo puede aplicarse a Jesús. Es necesario ir al centro de la Pascua, al corazón ardiente del Cordero, del crucificado y resucitado para que el dolor se convierta en ofrenda, para que las puertas cerradas se conviertan en oportunidad, para que encontremos, en medio de todo, un motivo para seguir esperando, una luz que nos indique el camino.



jueves, octubre 30, 2008

Sobre San José

Uno de los regalos que me hicieron para mi aniversario de ordenación, hace apenas unos días, es una imagen lindísima de San José. En ella está él acompañando a Jesús que tiene en sus manos una paloma, como las que habrá ofrecido José junto con María cuando lo presentaron a Dios en el templo (Lc 2, 22-24). Las palomas eran la ofrenda más humilde que se podía hacer... la ofrenda de los pobres. Veo la imagen y me quedo pensando... José le fue marcando el camino a Jesús para hacer de su vida una ofrenda silenciosa. José pasa por el Nuevo Testamento sin decir una palabra. Sin embargo, sin él, ¡nos quedamos sin Jesús! Fue para Él la primera imagen del amor del Padre, su sombra, como dice una novela.

Pensaba que podríamos tomarlo a José también como compañero para nuestro camino de fe. Pedirle que nos ayude para que en lo secreto y escondido de cada día, en la fidelidad de lo diario y desconocido para el mundo, se teja también historia de salvación para los demás.

martes, octubre 07, 2008

Sobre la reconciliación

Me pidieron dar una charla sobre la reconciliación a los coordinadores de confirmación de la parroquia. Acá va el apunte:

Dios crea de la nada, pero sobre todo, tiene como atributo principal crear vida donde sólo hay muerte. Saca orden del caos, luz de la oscuridad, amor del odio... Esto es importante porque esto se manifiesta de modo especial cuando Dios perdona. El salmo 50 lo canta cuando le pide a Dios que cree "un corazón puro"... el perdón repite en la vida del hombre el milagro de la creación.

Esto nos hace comprender que el pecado no es simplemente “romper una norma”. Es empezar a borrar nuestro rostro original, es olvidarse de quién somos realmente. Dios no quiere eso, no quiere que su obra se pierda... y por eso, pone gestos de amor, sale a nuestro encuentro.

En esa búsqueda, Dios se revela como el misericordioso. Esto en la Biblia se dice de modo muy gráfico: Dios tiene rehemim “entrañas de madre”. Siente lo nuestro como una madre siente al niño que lleva en su vientre. El amor de Dios no es una cosa teórica, abstracta, de manual: es una pasión, un fuego devorador que no se detiene hasta alcanzarnos, hasta que logra encender lo que está muerto y apagado.

El gesto máximo de este amor es Jesús. En él, el amor del Padre se hace palpable, visible, sacramento. La gente descubre en Jesús ese amor que no juzga ni condena, y por eso mismo, un amor que saca a la gente de esas situaciones sin salida. El amor misericordioso libera a la gente de su imagen negativa, del peso de su historia, de los prejuicios y las heridas... Jesús con su amor hace presente el amor creador de Dios. Esto hasta llegar a la cruz y la pascua, hasta el lugar de la compartida máxima, del máximo don. Jesús muerto y resucitado es la prueba viviente de que el amor es más fuerte que el pecado y la muerte. Jesús nos acerca ese amor en los gestos sacramentales.

La reconciliación es el espacio donde vivimos ese momento de encuentro con la misericordia de Dios. Nosotros, como todos, necesitamos de gestos concretos y sensibles de perdón. Es natural que a veces esto nos cueste, pero después ¡es algo tan liberador!

En la reconciliación:

  • Jesús nos muestra que el bien es más fuerte que el mal. Llegamos a la confesión a veces dudando, con miedos, con culpa... la reconciliación nos devuelve la certeza de que lo primero en nuestra vida es siempre la gracia, el don que antecede a toda falta, a todo pecado... ese mismo don que se nos da generosamente en el sacramento.

  • Nos devuelve nuestro rostro original. Sólo el amor de Dios nos puede revelar nuestro misterio, nuestra vocación a la plenitud, nuestra llamada a la santidad. El pecado oscurece ese llamado y la reconciliación nos ayuda a redescubrirlo y purificarlo. Cuanto más avanzamos por el camino de la reconciliación, más descubrimos nuestro fondo: el amor infinito de Dios.

  • Nos sana el corazón: todos tenemos heridas, vacíos, dolores... en la reconciliación, al reconocer esas heridas y ponerlas en manos de Jesús, al entregar lo que nos duele, abrimos esas zonas de nuestra vida a la compasión del Señor.

  • Nos ayuda a crecer - ¡por eso es para recibirlo de modo frecuente! Es un camino constante el de la reconciliación... pero cada paso trae consigo un nuevo avance, un nuevo crecimiento, una certeza creciente del amor incondicional de Jesús.

  • Nos ayuda a hacernos cargo y a la vez nos libera de darle vueltas a las cosas. El que se acerca a la reconciliación realiza uno de los gestos de mayor valentía: asumir responsabilidad y tomar conciencia de lo hecho. Al mismo tiempo, de ese modo nos salvamos de caer en el autoencierro que el repreguntar permanente produce.

  • Nos hace encarnar la misericordia de Dios para compartirla con los demás. El perdón va haciendo su obra en nosotros... y cuando queremos darnos cuenta, nos hemos convertido en un instrumento de ese amor infinito del Padre, que sana, reconcilia y envía.

miércoles, octubre 01, 2008

De amicitia (sobre la amistad) (II)

Creo que muchas veces vamos dejando lo mejor de nosotros en nuestros amigos. Nuestros sueños, nuestro mejor deseo, nuestros anhelos más nobles...

Y cuando nos olvidamos de esa parte más luminosa de nuestra vida,
cuando la amargura, la desilusión o el cinismo
pretenden adueñarse de nosotros,
los amigos de verdad nos devuelven esa luz que hemos depositado en ellos
para que recuperemos nuestro verdadero rostro
y reemprendamos el camino que recorremos codo a codo.
Señor, que vea otra vez. (Lc. 18, 42)

Necesito encontrarte
percibir tu aliento suave entre la podedumbre
afinar mi tacto al máximo, para sentir las grietas
donde se está colando tu amor

Necesito escucharte
saber que en algún lugar tu corazón me espera
saber que está palpitando la vida
entre tanta muerte

Necesito verte
para ver como vos
para tener una mirada de Pascua
sobre todas las cosas

lunes, septiembre 22, 2008

Aunque la noche arrecie
es necesario seguir
algo me palpita
y me ilumina desde adentro

luz oscura
que empuja y susurra
en las horas vacías

fuego
en esas horas
donde la promesa se esconde
para cambiar de piel
y andar más cómoda

algo me palpita
¿será que me está creciendo
la promesa?

Canciones que alegran

Me puse a hacer una playlist de temas que últimamente me alegran. Ahí va, sin otro criterio que el simple (pero nada despreciable) hecho de que me pone contento el mero hecho de escucharlas.

1. Merry Happy - Kate Nash
2. Bad Day - Daniel Powter
3. Here comes the sun - The Beatles
4. We can work it out - The Beatles
5. Pa' los changos - Dúo Coplanacu
6. Qué Bello Abril - Fito Páez
7. High - Ligthhouse family
8. Rescue Me - Fontella Bass
9. Soul Man - Sam & Dave
10. Miracle - Queen
11. Life is a highway - Rascal Flatts
12. Do the Whirlwind - Architecture in Helsinki

martes, septiembre 16, 2008

Explicación de un símbolo: la cruz del Cordero


Algo dije sobre esta cruz hace muy poco. En estos días he meditado sobre su valor y su importancia para mí.

Hace tiempo había visto a un amigo llevar esta cruz pero tengo que reconocer que en ese momento no me llamó demasiado la atención. Pero a lo largo del año pasado, distintos acontecimientos, diferentes situaciones me llevaron a meditar sobre la mansedumbre de Jesús, sobre el despojo y la humildad de su camino. Aún la victoria de Jesús es mansa: la luz de la Pascua es una luz serena, de mañana, como el sol del alba que ilumina sin encandilar.

Entonces la imagen de Jesús Cordero me llegó al corazón con una fuerza desconocida hasta entonces. Jesús es realmente el manso que transforma todas las situaciones desde su amor inerme, desarmado. En medio de un mundo violento, donde tantos pelean por el poder, el secreto de la historia se juega en la entrega humilde y silenciosa de un hombre que da la vida por amor.

Esto necesariamente voltea todas nuestras estructuras y pretensiones, invita a la conversión y a la vez, da un profundo consuelo: nuestro Dios se hace presente de modo silencioso pero real en todas las situaciones de dolor para llenarlas con su presencia y su amor. Desde abajo, desde lejos, desde lo que para otros es despreciable e indigno de consideración, llega la salvación de Dios. Por eso sabemos que no hay situación, por difícil y lejana que sea que Jesús no pueda compartir con nosotros. Sólo el que acepta la mansedumbre y la humildad puede generar ese espacio abierto necesario para amar a los demás.

Para mí esta cruz se ha vuelto un símbolo de camino espiritual y de búsqueda como cristiano y como cura. Estoy cada vez más convencido de la necesidad que tenemos todos de un amor así: manso, misericordioso, tierno... pero a la vez firme y apasionado porque el camino del Cordero es un camino de cruz y compromiso hasta el fin.

jueves, septiembre 11, 2008

¡Estoy vivo...

... y el blog también! Pero estuve de retiro y a las corridas. Prometo posts prontamente (y de paso un poco de aliteración).

sábado, agosto 23, 2008

Guías para la adoración (III)

En este segundo encuentro, te proponemos seguir con el método que tuvimos ayer. Tomar un texto, profundizarlo a través de la meditación y la oración... y ver a dónde te lleva Jesús. Ayudate con la página del día anterior si querés recordar los momentos. ¡No te olvides de aprovechar para anotar al final! Es importante guardar registro de lo que Dios va haciendo en vos en el momento de la oración.

El texto que te proponemos hoy es del Evangelio de Juan, está en el capítulo 4, versículos 1 al 42. Es un texto largo, pero vale la pena ir leyéndolo despacio y sin apuro. Una pista para la lectura. Probá leerlo una vez. La segunda vez, lee solamente lo que dice la samaritana. La tercera, lo que dice Jesús.

Algunas pautas para la meditación

š Fijate como Jesús va llevando de a poco el diálogo. Sin forzar las cosas ni apurar tiempos, deja que la samaritana saque a la luz lo que tiene en el corazón. Su historia, sus preguntas, su sed de vida... todo va surgiendo a medida que conversa con Jesús.

š Y Jesús también se va mostrando de a poco, hasta que le revela que es el Mesías. No se apura a revelarse, sino que con sencillez y paciencia, le da tiempo a la samaritana.

š Por eso este es un buen texto parar descubrir el sentido de la misión. Igual que Jesús, nosotros nos tomamos tiempo para el anuncio: nos dejamos conocer, compartimos... hasta que llegamos de a poco al anuncio.

š También nos puede ayudar pensar cómo Jesús se fue acercando a nosotros... ¿qué caminos eligió, qué personas nos mostraron a Jesús? ¿Qué cosas nos fueron llevando al encuentro con el Señor?

š Dos palabras aparecen muchas veces en este relato: el agua y la sed. Es evidente que Jesús no está hablando de la sed de agua “material”... Se refiere a una sed más profunda... Una sed que sólo él puede calmar. La samaritana tenía esa sed de vida, de amor... pero no sabía que sólo Jesús podía saciarla. ¿Y vos? ¿De qué cosas “tenés sed ahora? ¿Cuáles son las cosas que te mueven el corazón, que necesitás especialmente? ¿Te animás a ponerles nombre?

Para la oración, además de contarle a Dios lo que nos pasa por el corazón al escucharlo, a veces es lindo pedirle a Dios que nos preste sus palabras. Por eso tenemos el libro de los Salmos, que es doble palabra de Dios, por que es la colección de oraciones del pueblo de Israel y que los cristianos también rezamos desde siempre. Es la respuesta a Dios que también ha terminado por volverse parte de su Palabra. Este es un salmo muy lindo que habla de la sed y del amor de Dios. Te hago una sugerencia: si encontrás alguna frase que te guste, tomala como jaculatoria para ir repitiéndola a lo largo del día, como una especie de “amarra” que te lleve a la oración.


Salmo 63

Señor, tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti,
por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua.

Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada
como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará
con júbilo en los labios.

Mientras me acuerdo de ti en mi lecho
y en las horas de la noche medito en ti,
veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.

Mi alma está unida a ti,
tu mano me sostiene.


viernes, agosto 15, 2008

Guías para la adoración (II)

Estos días de misión siempre son un tiempo fuerte de presencia de Jesús, y por eso mismo, de oración. La idea es que en este rato de oración puedas profundizar en ese encuentro con Jesús. Y para eso, nada mejor que disfrutar de su presencia en la Eucaristía y en su Palabra. Por eso te queremos invitar a que en este momento te dejes acompañar por el Evangelio.

Te propongo que estos ejercicios los dividas en tres momentos:

  1. š Meditación: Se trata de buscar relacionar lo que escuchamos en la lectura con nuestra vida, prestar atención... ¿qué me llamó más la atención, que me “pegó más? Para esto nos puede ayudar el siguiente ejercicio: leer el texto “en primera persona”.. es un buen método para descubrir que esta palabra de Dios es para vos...
  2. š Oración: Este es un tiempo distinto al anterior de meditación, necesitamos hacer algo que nos ayude a tomar conciencia que deseamos “encontrarnos” con Dios. La idea es que esto que vas rumiendo te lleve al diálogo con Jesús. Decile a Él lo que pensás y sentís… y tratá de escuchar lo que Él tiene para decirte.
  3. š Anotación: Trata de anotar algunas cosas que crees son importantes y te pueden ayudar ahora y después a entenderte y a convertir la vida en oración. Las anotaciones sirven como “testimonio” de lo pasa “hoy” en tu interior.

Disponete entonces a rezar. Pedile a Dios que te ilumine el corazón y la inteligencia para entender su Palabra. El texto que te proponemos hoy es Mc 1, 40-45.

Leelo despacio, una y otra vez. Estamos acostumbrados a leer a las apuradas, pero la Palabra pide un ritmo distinto, más sereno, más calmo, más lento.

Una vez que lo hayas leído (¡varias veces!), te dejo algunos puntos que te pueden ayudar en el momento de la meditación para “ubicarte mejor” en el paisaje de la lectura:

1. En la época de Jesús, los leprosos eran marginados. Impuros para la ley judía, se los consideraba incapaces de vivir con los demás y también con Dios. Además, como el mero contacto con uno de ellos dejaba impuro a quien los tocase, quedaban completamente aislados. Y a todo esto se lo veía como un castigo de Dios. “Si le había pasado esto, por algo sería”, era lo que pensaba la gente de su tiempo.

2. Por eso el gesto de Jesús tiene tanta fuerza: Jesús toca al leproso, y, en vez de quedar él impuro, su amor transforma la situación. La compasión de Jesús (sufre-con el otro) se transforma en un gesto de inclusión que saca al leproso de su aislamiento y su soledad. El amor de Jesús rompe las barreras de la enfermedad y el prejuicio.

3. Por eso este leproso se vuelve un símbolo de nuestras heridas y de las barreras que a veces ponemos entre nosotros y Jesús, entre nosotros y los demás. Puede ser que esta barrera nos la hayan impuesto otros... puede ser que nuestras heridas nos las hayamos infligidos nosotros mismos. No importa. Lo importante es que Jesús también quiere tocar esas zonas de nuestra vida que se encuentran heridas, aisladas, impuras. No hay lugar de nuestro corazón al que Jesús no quiera llegar.

Las preguntas nos pueden llevar un poco más hondo, y permitirnos profundizar:

š ¿Hay algún lugar de mi vida (puede ser una relación con alguien, un lugar, una actividad, un recuerdo) que esté necesitado de la sanación que sólo Jesús me puede dar?

š ¿Cuáles son esas cosas que me cuesta confiar, que me cuesta entregar a otros, abrir a otros (sea a Dios o a los demás)? ¿Por qué? ¿Dónde me experimento más cerrado, más desconfiado?

š ¿En algún momento experimenté que Jesús me sanaba, me curaba? ¿Cuándo? ¿Cómo fue?

En la oración, fijate si te animás a compartir algo de lo que fuiste meditando con Jesús. Quizás sientas que todavía no te animás a confiarle todo... pero al menos, pedirle más confianza para poder hacerlo en el futuro.

Guías para la adoración (I)

Para la misión que realizamos este invierno los chicos del grupo me pidieron que escribiera algunas guías para los tiempos de adoración eucarística (había una hora libre para adorar todos los días). Dejo entonces aquí las guías para que quien las necesite las pueda usar.

La eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia, porque en ella hacemos presente el amor entregado de Jesús. El misterio pascual, su muerte y su resurrección, que es la fuente de nuestra fe, esperanza y caridad, se hace presente en la misa, cuando a través de gestos sencillos y humanos el Espíritu Santo nos hace entrar en comunión con Jesús resucitado.

En la Eucaristía Jesús nos une como hermanos en su amor, y nos transforma el corazón para que aprendamos a amar como él. Por eso toda la vida cristiana tiene que ser como una eucaristía prolongada: una ofrenda a nuestro Padre Dios y un servicio constante a los hermanos, que es lo que Jesús realiza en cada misa.

Esta “eucaristía prolongada” que tiene que ser nuestra vida se profundiza de distintas maneras: a través de los gestos de amor y servicio a los demás; en la búsqueda de una conversión cada vez más honda y sincera; y, especialmente, en una oración que prolongue en la intimidad del corazón el diálogo con Jesús.

Hay muchos modos de oración: un camino especial es la adoración a Jesús en la Eucaristía. La adoración es un modo de “estirar” en el encuentro orante con Jesús lo que celebramos en la misa.Cada vez que nos tomamos un tiempo para adorar al Señor aprendemos a amar, a creer, a esperar.

  • š La adoración nos hace crecer en la fe porque al verlo a Jesús en el Santísimo aprendemos a creer en su presencia, no sólo en la Eucaristía sino en todas las dimensiones de nuestra vida: en nuestra historia, en los hermanos, en nuestro corazón. Miramos a Jesús para que él abra nuestros ojos a una contemplación más profunda, para que él, como hizo con el ciego de nacimiento, ilumine nuestro corazón.
  • š Nos permite crecer en la esperanza, porque al rezar, experimentamos un poquito lo que será el cielo: estar con Jesús y con los demás, en comunión, unidos por el amor. La presencia de Jesús nos ayuda a descubrir que ya aquí y ahora empiezan a aparecer signos de su amor, de su Reino, de su vida surgiendo en lugares y personas, y en nuestro propio camino. Cuando nos encontramos con Jesús Él nos ayuda a levantar la mirada y ver un poco más allá.
  • š Nos ayuda a amar. No sólo porque Jesús nos fortalece para que podamos amar más hondamente: sino porque en la Eucaristía Jesús nos va enseñando a amar “a su estilo”. Jesús resucitado nos salva en la sencillez y humildad de la Eucaristía. ¡Pero no nos olvidemos que en esa sencillez está toda la plenitud del amor y la luz de Dios! Eso nos muestra que nuestro amor tiene que tener los rasgos de Jesús resucitado: amor extraordinario en gestos ordinarios y sencillos.


Puede ser que estés acá sentado y te digas a vos mismo que no sabés rezar. Si es así, ¡ya somos dos! Nadie “sabe” rezar, porque antes que nada, rezar no es una técnica sino una gracia, un regalo. Y nadie aprende a rezar, sino rezando. Es en el diálogo constante con Jesús donde experimentamos que él nos muestra el camino que debemos recorrer para alcanzar una oración constante y sólida.Sin embargo, sí vienen bien algunos “tips” que tal vez te despejen un poco el camino:

š

  • Siempre ayuda empezar pidiendo la gracia de la oración. Rezarle al Espíritu Santo (el “maestro interior”, como le decía San Agustín), a María (nuestra Madre y Maestra Espiritual) o a Jesús o al Padre mismo que nos lleven a la oración. Y también terminar agradeciendo: por más que no hayamos experimentado (aparentemente) nada en la oración, es un tiempo que hemos tenido para estar con Dios y amarlo. ¿No es algo para agradecer?

  • š La oración pide fe: confiemos en que Jesús está realmente presente, que él nos quiere, nos escucha y acompaña. Busquemos abrirnos a su presencia. Confiemos en que él está acá, con nosotros, en este rato de intimidad.
  • š La oración es trazar una historia de amistad con Dios. Y como toda amistad, requiere tiempo e intimidad. Si no le abrimos el juego a Jesús en la confianza, y si no nos tomamos tiempo para cultivar esa relación, será difícil que nuestra oración sea verdaderamente fecunda.
  • š No somos ángeles, somos carne y hueso... cuerpo y alma. Es importante que nuestra postura exprese y alimente la actitud de nuestro corazón. Busquemos entonces una postura que nos permite rezar cómodamente, pero también que muestre con el gesto corporal el deseo del espíritu.

jueves, agosto 14, 2008

Bajar al llano

Volver a lo cotidiano después de una experiencia no suele ser fácil. Lo diario parece carente de vida cuando venimos de la euforia, de lo extraordinario.

Y sin embargo, precisamos de lo ordinario, porque es justamente en la humildad del suelo de cada día donde la semilla de lo novedoso y fuera de lo común germina y crece.

Cuando el Evangelio de Mateo va llegando a su final, después de vivir la Pascua con Jesús, él dice que los discípulos tienen que ir a Galilea, que en ese evangelio es el lugar donde todo empezó.

Después de vivir algo que cala en nosotros, estamos invitados a volver a Galilea, pero lo fundamental no es que las cosas sigan cambiando. Sino que hemos cambiado nosotros, y eso nos permite vivir lo cotidiano de un modo nuevo.

El que no tiene esa chispa en el corazón, podrá vivir mil novedades, pero no servirán. Para el que la guarda y acrecienta, hasta el momento más gris puede estar lleno de eternidad.

martes, agosto 12, 2008

Un texto de Bernard Hahring

Los payasos que pueden reírse de sí mismos también se pueden reír de los demás. El humor, ese gran don de Dios, se manifiesta en su autenticidad en el hecho de que a la persona dotada de humor le gusta reírse de sus propias debilidades. El que ridiculiza a los demás sin reírse de sí mismo es una persona llena de malhumor que, de hecho, no tiene en absoluto la virtud del buen humor.
No sólo los curas que trabajan en los circos, sino también todos los demás curas deberían tener cualidades, capacidades y virtudes de los entrañables payasos.
Una Iglesia que no reconoce el don del humor y no lo cultiva intensamente no es una Iglesia seria.

En "¿Qué sacerdotes para hoy?", Madrid, PPC, p. 118

lunes, agosto 11, 2008

De Amicitia (sobre la amistad) (I)

Creo que son pocas las cosas que me resultan tan queridas como la amistad, y sin embargo, ¡qué difícil encontrar las palabras para hablar sobre ella! Quizás justamente por eso, porque cuanto más cerca del corazón está algo, más difícil es hallar la precisión, porque estamos más cerca del misterio y por eso, también más silenciosos. Pero a la vez, es necesario hablar de lo que nos llena el corazón...

La amistad requiere tiempo y trato, decía Aristóteles. Pide esfuerzo y dedicación, confianza, diálogo... pero a la vez, siempre es un don. Porque la libertad es un rasgo característico de la amistad, no puede vivirse sino en el contexto del don. Es cierto que a los amigos uno los elige... pero no es menos cierto que uno tiene que ser elegido por ellos.

Por eso, cada tanto es bueno volver a tomar conciencia del don de tener compañeros de camino. Descubrir que el amigo es una gracia. Que por un tramo del sendero, al menos, tendremos quien vaya junto a nosotros. Hasta que el misterio nos reclame quizás separarnos... pero seguros siempre de que algo nuestro se va con el otro, y que algo del amigo hace camino con nosotros.

viernes, agosto 08, 2008

A la vuelta de la misión...

... uno se queda rumiando todo lo vivido. La misión, junto con las peregrinaciones, los retiros y otro tipo de experiencias similares, son momentos donde uno puede vivir la vida "en concentrado", por así decirlo. Se nos regala la oportunidad de percibir con claridad los núcleos de nuestra existencia: compartir el camino con otros, estar al servicio, rezar y celebrar juntos... y sobre todo, salir al encuentro de los demás. Anunciar a otros aquellos que nos moviliza y enamora. Reconocer una vez más que la vida crece en la medida en que se entrega a los demás. A los que no lo hayan vivido, los invito a que prueben hacer la experiencia en algún momento... y si alguno sí pudo ir en algún momento de su vida, aunque haya sido hace muchos años... recuerde lo que recibió en esos días y que se pregunte... "¿y dónde ha quedado todo eso hoy?".
Tuve la oportunidad de descansar unos días en una quinta tras una semana intensa y fecunda de misión. Tiempo para leer, dormir y rezar a pata suelta...
El centro de la casa (y de esos días para detenerme) fue la chimenea, en torno a la cual pasé largos ratos.
Como el nombre del blog denota, el fuego me fascina, así que aproveché para dedicarme mucho tiempo a contemplarlo, encenderlo y mantenerlo vivo.
Recordaba que de chico, al ayudar a mi papá o mi abuelo a encender la chimenea o el fuego del asado, me fascinaban las llamas, con su vivacidad y su potencia.
En cambio ahora, me detenía en mirar las brasas, percibiendo en ellas, más discretas pero también más intensas y constantes, el secreto del fuego. En su concentrada incandescencia nacía la fuente de calor para toda la casa.

Creo que voy entendiendo que el secreto para permanecer al servicio del fuego no será, la mayoría de las veces, convertirse en llama... sino en esconderse entre las brasas, manteniendo vivo el ardor para que el calor no se pierda y sean muchos los que encuentren fuerza en torno al hogar.

lunes, julio 21, 2008

La semilla del grano de mostaza es una invitación a mirar las cosas como las mira Dios. Cada una de las parábolas es una fuente de conversión para la vista, para desarrollar una percepción contemplativa de la realidad. Pero esta me parece especialmente importante.

Hoy necesitamos personas capaces de percibir el brote de Dios en medio del mundo... contemplativos capaces de encontrar, agradecer y acrecentar los impulsos del Reino que se abren paso en medio de lo pequeño.

Hay más cosas buenas pasando alrededor nuestro de las que nos damos cuenta. Hay más vida creciendo de la que nuestra vista enceguecida capta. El Reino está acá, entre nosotros (¡en nosotros!), esperando que lo reconozcamos para ayudarlo a crecer.

jueves, julio 17, 2008

Recordando a San Buenaventura

Vale la pena tener presente a este santo que, aunque no tan conocido como Tomás, tiene una enseñanza tan rica y una espiritualidad tan profunda. Un verdadero gigante...

«No crea nadie que le basta la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin el regocijo, la pericia sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, el espejo sin la sabiduría inspirada por Dios»

S. Buenaventura, Itinerarium mentis in Deum, Prol., 4.

martes, julio 15, 2008

Los desiertos

Por tanto, mira, voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. Oseas 2, 16

Lugar extraño si los hay, el desierto es al mismo tiempo el espacio de la tentación y del encuentro con Dios. Merton decía que Dios creó al desierto para ser algo valioso en sí mismo. No tiene ninguna utilidad, ninguna practicidad... quizás por eso el hombre que quiere ser él mismo tiene que ir al desierto, a experimentar la mordedura del mal y la seducción de Dios.

No es un lugar romántico el desierto. Es el lugar del amor, que no es lo mismo. Es el espacio de la lucha y la queja, del camino y el silencio. Pero también es donde vivimos la hospitalidad del hermano, donde nos sorprende la vida como un don escondido. Es donde descubrimos lo esencial.

No es fácil irse al desierto, y muchas veces no vamos con ganas, sino "empujados", como el mismo Jesús. Pero no hay que olvidar que quien nos empuja es el Espíritu, y que también ese tiempo de prueba está impregnado de su acción y su presencia. Tal vez allí nos espero esa fuente de vida que nuestra sed está pidiendo.


lunes, julio 14, 2008

Estuve escuchando algunos temas de fado, un ritmo músical característico de Portugal... todavía tengo que seguir escuchando, pero me gustó mucho, con una melancolía brumosa que se queda... me hizo acordar a ese bamboleo del mar contra los postes de un muelle, o el susurro de la marea que uno puede sentir a lo lejos cuando está en una ciudad marina... Y que se llame "fado", que quiere decir "destino" en portugués, le da más misticismo todavía a la música. Vale la pena descubrirlo.

viernes, julio 11, 2008

Hoy quiero animarme
a darte lo que tengo
sin pensarlo tanto
sin mirarme tanto

con la confianza puesta
en esa alquimia misteriosa
que transforma en algo nuevo
lo que tus manos tocan

soy interesado, lo sé:
al fin y al cabo
te las ingeniás siempre
para que vuelva a casa
con las manos
llenas

pero ahora, igual,
me cuesta el paso
necesito que vos
juntes los jirones
hasta que puedan
convertirse en ofrenda

hasta que pueda descubrir
en mi pobreza
tu nombre llamándome
una vez más.

martes, julio 08, 2008

Lo que nos hace seguir

Hay una expresión en inglés que me gusta mucho (acorde, ciertamente, con el espíritu del blog). Cuando alguien es determinado, decidido a enfrentar con decisión las cosas sin frenarse ante los obstáculos se dice que tiene "fire in the belly" ("fuego en la panza", literalmente). En un estilo más técnico (y más frío), he leído a algún autor que habla de "discernimiento atemático" o algo por estilo, cuando uno sigue avanzando, sin saber bien por qué, confiando, tal vez, en alguna oscura intuición que no nos permite bajar los brazos, aunque las apariencias no den demasiado lugar a la esperanza.

Es lo que viven apasionados como Jeremías, cuando afirma

Entonces dije: "No lo voy a mencionar,
ni hablaré más en su Nombre".
Pero había en mi corazón como un fuego abrasador,
encerrado en mis huesos:
me esforzaba por contenerlo,
pero no podía.


Es la pasión que consume a Jesús, que vino a traer fuego sobre la tierra (cf. Lc 12, 49). Es esa fuerza extraña que experimentamos muchas veces de modo misterioso, cuando algo nos
impide rendirnos... esa llama que arde sin consumirse y nos lleva hacia el corazón de la ofrenda.

Acompañar

Una de las historias más bellas de la Biblia es la de Tobías. En ese camino que el joven realiza, aparece un signo de la presencia compañera de Dios, el arcángel Rafael, retratado hasta el hartazgo por cientos de pintores. A Rafael le toca acompañar el camino de Tobías, para que todo se de acuerdo con el plan de Dios.


Esa historia (y esa imagen) es una puerta de entrada excelente para descubrir el amor personalísimo de Dios por cada uno de nosotros, que llama a cada estrella por su nombre y a cada uno da un ángel que lo cuide y acompañe. Pero además, es una invitación a ser, a su vez, acompañante.

Creo que podemos experimentar una cosa y otra de un modo privilegiado en la eucaristía. En ese camino que es la celebración litúrgica, Jesús nos va compartiendo su vida y nos muestra que él está a cada paso del sendero, avivando la esperanza con el fuego de su Palabra. Y a su vez, al reunirnos todos a rezar, a celebrar, nos descubrimos compañeros y caminantes. No vamos solos en la penumbra... hay más presencias amigas de las que uno se imagina. Es cuestión de abrir los ojos de la fe para percibir al Acompañante, al viajero que va con nosotros hasta que lleguemos al hogar.

Paciencia y humildad

El Evangelio de este último domingo resaltaba dos rasgos del corazón de Jesús: la humildad y la paciencia... ¿por qué estos, entre tantas virtudes y aspectos interesantes del misterio? La verdad es que hay rasgos de la personalidad más vistosos si uno se pone a pensar en Jesús. Pero en estos dos se ocultan riquezas insospechadas.

La paciencia no implica resignación ni desesperanza. Al contrario, sólo puede ser paciente quien tiene una confianza profunda en la realidad honda de las cosas, quien reconoce que no tiene el control de las cosas pero sabe a la vez que Dios está guiando el hilo de la historia. En el fondo, la paciencia se relaciona mucho con la humildad. Pues sólo quien se planta con realismo y aceptación en su propio suelo puede aprender a respetar tiempos, procesos, espacios...

Y la humildad será siempre ese "andar en verdad" del que hablaba Teresa. Ni tirarse abajo, ni creerse poca cosa, sino habitar la propia tierra con la serenidad del que se conoce pequeño y amado a la vez. Como Jesús, que sabía pedirle al Padre cada día que se haga su voluntad y se entregó confiado en sus brazos, sabiendo que él no dejaría que la entrega en la cruz cayera en tierra estéril.

martes, julio 01, 2008

Necesitamos símbolos

Cuando conocí la espiritualidad de Schöenstatt y el pensamiento de su fundador, el P. Kentenich, algo que me gustó mucho y que se que ha quedado conmigo es la importancia que el movimiento (y el Padre Kentenich) dan a lo que llaman "pensamiento simbólico". Es necesario encontrar símbolos que sinteticen nuestro espíritu. El símbolo concentra nuestra afectividad y le da cauce expresivo a la vez, es un elemento de comunicación fundamental.

Cuando escuché estas nociones por primera vez, quedé fascinado. Desde entonces he tratado de conocer más sobre la riqueza simbólica de mi tradición religiosa (y las de las otras), y también, de encontrar mis propios símbolos, aquellos que reflejan mis búsquedas y anhelos.

Dos de esos símbolos los llevo sobre mi pecho. A la vuelta de un retiro, cristalizó en mí la necesidad de vivir más profundamente el amor de Jesús en clave de ternura y mansedumbre. La imagen del cordero, que hasta ahora no me llamaba la atención, se convirtió en el ideal de esta búsqueda de mansedumbre.



Y la ternura... descubro cada vez más que la gente la necesita, que muchas veces lo que más están buscando en la Iglesia... es la ternura del corazón de Jesús. Entonces la imagen de la Virgen de la Ternura era la única opción.





Estas dos imágenes son un símbolo constante de lo que quiero vivir y comunicar a los demás.

martes, junio 24, 2008

Sobre la contemplación

Dios vio todo... y vio que era bueno. Dios ve, con una mirada profunda, que transmite su belleza al objeto de su visión. La mirada de Dios crea belleza. Nadie mira como mira Dios. No es el ojo escrutador que a veces imaginamos. Es la ternura hecha visión, es esa mirada que afirma y crea.

Nunca nadie miró así... hasta que los ojos de Jesús miraron a María y por primera vez alguien contemplaba el mundo con ojos humanos y mirada de Dios. Es la mirada que ama cuando descubre la potencialidad oculta en el joven rico; la que puede ver la fe en el corazón de los amigos del paralítico; la que puede ver dos moneditas de cobre que esconden la vida ofrendada de la viuda... la mirada que suscita el arrepentimiento de Pedro y la confianza del leproso.

Nosotros tenemos la mirada oscurecida, velada... algo nos impide descubrir la presencia de Jesús a nuestro lado. Pero él nos explica las Escrituras y hace que nos arda el corazón. La Palabra de Jesús, justamente, despierta en nosotros la fe, y, como dice Pablo, al que se convierte al Señor, se le cae el velo.

La fe, entonces, nos regala una mirada nueva sobre la realidad... el que cree puede contemplar, descubrir en cada cosa la presencia escondida de Dios. Contemplar, para el cristiano, es descubrir la belleza del Creador en cada aspecto de su obra. Pero también es reconocer la huella de su amor que permanece imborrable aún en la persona más miserable... es descubrir su mano compañera en los momentos de dolor... es mirar hacia atrás en nuestra historia y poder percibir el hilo de su misericordia. Más aún: el contemplativo puede descubrir en el pobre y el sufriente el grito de Jesús crucificado. Puede percibir el paso resucitador del Dios de la vida en medio de la muerte.

Esto sólo se aprende en la intimidad con el Maestro y en el ejercicio constante de mirar nuestra realidad. Hay que pedirle al Espíritu Santo que realice en nosotros ese doble movimiento: llevarnos a la intimidad con Jesús e introducirnos en una experiencia cada vez más honda de la realidad. Para poder mirar las cosas desde el corazón de Dios. Para poder percibir la luz de Dios brillando en todo y en todos...

Lectura recomendada

Estoy disfrutando muchísimo del libro de Ronald Rolheiser "En busca de espiritualidad". Tiene una doble virtud: es sencillo y profundo a la vez. Sobre todo, es un libro que tiende puentes: conecta la riqueza de la tradición espiritual cristiana con lo mejor de la percepción contemporánea del mundo. Ya postearé algo más sobre lo que el libro me sugiere. Mientras, recomiendo ampliamente su lectura.

lunes, junio 23, 2008

Encontrar nuestra verdad

Empezamos una escuela misionera en nuestra parroquia. La idea es que los jóvenes de la comunidad que se quieran preparar para ir a misionar en el verano hagan un camino comunitario de oración y aprendizaje. Parte de la propuesta es que en cada encuentro escuchen un testimonio misionero.

Un chico de la comunidad que tiene una larga experiencia en esto compartió, sencilla y cálidamente, lo que había vivido en las misiones. Y en un momento dijo una frase que me impactó: "En la misión soy el que quiero ser".

Ese es uno de los frutos más gozosos de la misión: empezar a descubrir la alegría de ser un don para los demás. Y vivir la paradoja, tan evangélica, de encontrarse en el mismo momento en que uno se olvida de sí.

Recordé un texto de Thomas Merton en sus Pensamientos en Soledad donde él dice que uno empieza a vivir su vocación en el momento en que deja de preguntarse si la está viviendo. Es decir, en ese momento en donde el propio corazón, sin fisuras ni desvíos, se entrega de lleno al momento presente.

Ojalá que la misión sirva para que muchas más encuentren, en el servicio y la oración, ese momento sublime donde nuestra luz interior sale al encuentro de los demás. Es la hora de la revelación y el amor, del llamado y la respuesta. La hora de la misión.

viernes, junio 20, 2008

A veces es necesario
convertirse en oración
consumirse
en el grito
hasta que todo
es grito
ni siquiera palabra
vacío de palabra
vacío de todo
salvo
del deseo
puro hueco
puro grito
pura oración

Un hallazgo

Estoy disfrutando todas las noches un poco de la "Antología rota" de León Felipe. Había leído poemas sueltos suyos en diversas antologías pero nunca hasta ahora tuve le oportunidad de leer su obra de modo más completo y sistemático. Me gusta mucho, salvo cuando se pone muy modernista y medio recargado... pero si no, tiene una fuerza enorme en sus palabras. Ya iré poniendo más cosas sobre él.



EL POETA Y EL FILÓSOFO

Yo no soy el filósofo.
El filósofo dice: Pienso… luego existo.
Yo digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo… luego existo.
Creo que la Filosofía arranca del primer juicio. La poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!
¡Ay!
Éste es el verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este ¡Ay! por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la Poesía. Un día este ¡Ay! se organiza y santifica. Entonces nace el salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado viviendo el hombre muchos siglos.
Ahora todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito, aullido, blasfemia… y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí están ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.
Éste es el itinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra. Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá decirse nunca: éste es un poeta filosófico.
Porque la diferencia esencial entre el poeta y el filósofo no está, como se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico, cristalino y musical, y el filósofo con palabras abstrusas, opacas y doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en la locura.

El filósofo dice:
Para encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.
Y el poeta:
Para encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que hacerlo explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del gran fichero filosófico.

Cuando sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el salmo en la garganta, comenzamos a comprender. Un día averiguamos que en nuestra casa no hay ventanas. Entonces abrimos un gran boquete en la pared y nos escapamos a buscar la luz desnudos, locos y mudos, sin discurso y sin canción.
Además, los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber.

Y en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos.
Y decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy… que lo decida la suerte.
¿Cara o cruz?



domingo, mayo 18, 2008

"Felices los invitados a la Cena del Señor"

Cada bienaventuranza nos muestra una plenitud, un gozo que sólo puede transmitir bien que tiene la experiencia de vida que sostiene con los hechos lo que afirma la palabra. De ahí que la bienaventuranza sea siempre parte del mensaje de los sabios: el sabio no fuerza ni impone, no amenaza ni asusta, sino que propone una felicidad que él puede atestiguar porque la vive de corazón.

Hay numerosas bienaventuranzas en la Biblia, pero además, hay una (con profundas resonancias bíblicas, por otro lado), que encontramos en la liturgia de la eucaristía y que es la que escuchamos más a menudo, porque en todas las celebraciones de la misa nos prepara para recibir a Jesús: “¡Felices los invitados a la Cena del Señor!”. Vale la pena detenerse en esta frase breve pero cargada de sentido que nos prepara para la comunión.

En el Antiguo Testamento, la Sabiduría aparece invitando a un banquete: la búsqueda de la felicidad es, antes que nada, recibir la participación a una fiesta, a la alegría de encontrar el sentido de la vida y la revelación de aquellos que nos conduce a la plenitud. El banquete y la fiesta son símbolos bíblicos de la invitación que Dios nos hace a la alianza, porque compartir una comida con alguien es un signo de amistad y cariño, de intimidad y entrega.

En el Nuevo Testamento, esta invitación se hace mucho más clara en Jesús. La mesa es el lugar donde él enseña y comparte, el lugar de la comunión con otros, donde todos (¡y especialmente los pecadores!) son llamados. En esa compartida sencilla, fraterna, Jesús manifiesta el amor de un Padre que nos invita a la alegría y el encuentro.

Y de todas las mesas que Jesús preside en los Evangelios, sobresale, por supuesto, la de la Última Cena. Es el momento de la traición y la angustia, pero, por eso mismo también, de la máxima entrega y de la intimidad total. Allí, Jesús no se guarda nada: dice lo que tiene en el corazón, y en los signos del pan fraccionado y el cáliz compartido encontramos simbolizada toda la vida de Jesús: darse a los demás para unirse a todos y para unirnos a todos.

Por eso, hay una felicidad escondida en la invitación que nos hace el sacerdote en la misa. La comunión es uno de los nombres más lindos de la felicidad... vivir en esa intimidad profunda con Dios y con los otros, sentir que Jesús nos une a todos al compartir el único pan, que encontramos en esa unión el sentido de nuestras vidas.

No es una felicidad cualquiera... en eso, la bienaventuranza de la eucaristía va en la misma dirección que las del sermón de la montaña... la felicidad que Jesús regala en la eucaristía atraviesa los dolores, es una felicidad pascual, probada y forjada a través de la cruz y del sepulcro. Por decirlo así, la comunión no es un calmante. Al contrario: es un encuentro ardiente con ese amor que nos compromete, y nos invita a recorrer su camino de entrega, a ser, donde nos corresponde, verdaderos servidores y testigos de la comunión.

La felicidad, el gozo de Jesús, es darse a sí mismo, amar como el Padre lo amó a él. Pero ese gozo se participa, se hace accesible a nuestros corazones en la eucaristía. “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y este gozo sea completo”. La bienaventuranza de la comunión no puede nunca terminar en un encierro. Es necesario salir a los caminos, como el servidor anónimo de la parábola de los invitados que no fueron al banquete, para que nadie se quede fuera de esta fiesta, para que todos puedan participar del banquete de Jesús.

“Hay una felicidad en el sencillo don de sí mismo”, decía el Hno. Roger de Taizé. Es la felicidad eucarística, la que vive Jesús al entregarse al Padre y a nosotros, la que podemos vivir si, entrando en comunión con él, recorremos su camino de amor. Realmente, felices los invitados a la mesa del Señor, y felices quienes extienden su llamada a todos cuantos conocen, especialmente a los que están al borde del camino, esperando que alguien los convide a su mesa.

Apuntes homiléticos: Fiesta de la Santísima Trinidad

Con los curas de la parroquia charlamos siempre lo que vamos a predicar este fin de semana, para compartir lo que la Palabra le sugiere a cada uno y para ir "hilando" temas y perspectivas. Esto es lo que salió de nuestro último encuentro para la fiesta de la Trinidad, acompañado por algunos textos del Magisterio.

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El cierre del tiempo pascual nos abre a la experiencia del tiempo durante el año. Después de haber recorrido el camino de la cruz y la resurrección, nos sumergimos de nuevo en el camino cotidiano de la Iglesia, pero siempre desde una mirada profunda, de fe. Caminamos ahora sabiendo que el año “está salvado”, que transitamos nuestra vida diaria pero siempre con el corazón puesto en la pascua, buscando descubrir la presencia del Resucitado en “lo de siempre”.

Pero además, como si la alegría de Pentecostés quisiera prolongarse aún un poco más, el tiempo pascual nos deja con dos regalos, frutos de la venida del Espíritu Santo que con tanto fervor e insistencia invocamos este último fin de semana: la revelación del corazón de Dios, cuyo nombre es Trinidad, comunión amorosa y misionera de personas; y el don de la Eucaristía, donde Dios no sólo se nos revela sino que nos comunica su amor, que celebramos al actualizar el misterio pascual de Jesús.

Así, celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, un misterio de Alabanza y Comunión.

Antes que nada, esta es una fiesta de Alabanza... contemplamos deslumbrados y agradecidos el misterio de este Dios que con la venida del Espíritu se revela plenamente. Es un Dios de amor que se entrega, que sale a buscar al hombre. Tanto el texto del Éxodo como el de la carta de Pablo y el Evangelio tiene un elemento común: son revelaciones de este amor de Dios en medio de situaciones complejas, conflictivas. Difíciles.

Pareciera que cuanto más aparece en el mundo la dureza de corazón del hombre, más se empeña Dios en salir a nuestro encuentro con su misericordia y su gracia, en revelarnos que su plan para nosotros es de amor y salvación. La lectura del Éxodo está puesta en un contexto de infidelidad religiosa; la comunidad de Corinto atraviesa serios conflictos internos y divisiones; y Nicodemo, que es quien recibe el anuncio de Jesús, busca a tientas en medio de la noche y las dudas.

Por eso mismo, hoy nos acercamos para agradecer y dejarnos iluminar una vez más por este misterio de amor. La liturgia es el mejor marco para vivir esto, y las lecturas también tienen esta tonalidad litúrgica. Moisés cae de rodillas frente al amor compasivo de este Dios fiel y “lento para enojarse”, así como nosotros aquí nos ponemos de rodillas para contemplar humildemente la entrega de Jesús en la Eucaristía; el saludo de la paz que Pablo propone es el mismo de nuestras celebraciones eucarísticas, la expresión de esa comunión que Dios quiere regalarnos y que brota del ser más profundo de Dios.

Y como siempre, del misterio de alabanza y celebración brota nuestro compromiso de vida. Como celebramos, así queremos vivir. Por eso, el amor de la Trinidad... ese amor jugado, comprometido, es el que tiene que ir transformando nuestro corazón para que nosotros traduzcamos esa comunión en nuestra vida cotidiana. En medio de los numerosos desgarros que encontramos en nuestra sociedad; en nuestros barrios y en nuestras casas; en nuestras amistades; en los matrimonios, etc., estamos invitados a desarrollar un verdadero servicio de comunión.

La experiencia de esta unión profunda que Dios vive y que nos participa tendría que lanzarnos a buscar superar discordias y divisiones, a tener una actitud que deje de lado competencias, prejuicios, divisiones... para en cambio construir proyectos en común, uniones sólidas, vínculos verdaderos. Cuando descubrimos esto nos damos cuenta que esta fiesta de la Santísima Trinidad está muy lejos de ser un acontecimiento que no toca nuestra vida diaria: por el contrario, llega al corazón de muchos de los desafíos que hoy como familia y como Iglesia debemos enfrentar.

Todos tenemos en nuestro corazón limitaciones y dificultades para asumir este servicio de comunión. Por eso, acerquémonos con fe a la Palabra de Dios y a la Eucaristía, donde descubrimos una vez más a la Santísima Trinidad obrando constantemente, actuando en medio nuestro, saliendo a nuestro encuentro para comunicarnos su vida y su amor. Nuestro mundo, herido tantas veces por violencia y peleas, encontrará en nuestro servicio un signo más de la comunión que Dios quiere ofrecer a todos los hombres.


Textos magisteriales

Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.

¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. Juan Pablo II, Novo Millenio Ineunte 43.

Del Documento de Aparecida

240. Una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe establecerse sobre el sólido fundamento de la Trinidad-Amor. La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro. La experiencia bautismal es el punto de inicio de toda espiritualidad cristiana que se funda en la Trinidad.

241. Es Dios Padre quien nos atrae por medio de la entrega eucarística de su Hijo (cf. Jn 6, 44), don de amor con el que salió al encuentro de sus hijos, para que, renovados por la fuerza del Espíritu, lo podamos llamar Padre: Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo el dominio de la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Y porque ya somos sus hijos, Dios mandó e Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, y el Espíritu clama: ¡Abbá! ¡Padre! (Ga 4, 4-5).

Se trata de una nueva creación, donde el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, renueva la vida de las criaturas.

242. En la historia de amor trinitario, Jesús de Nazaret, hombre como nosotros y Dios con nosotros, muerto y resucitado, nos es dado como Camino, Verdad y Vida. En el encuentro de fe con el inaudito realismo de su Encarnación, hemos podido oír, ver con nuestros ojos, contemplar y palpar con nuestras manos la Palabra de vida (cf. 1 Jn 1, 1), experimentamos que el propio Dios va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro de su hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino de la explicación de su propio ser y actuar.

Esta prueba definitiva de amor tiene el carácter de un anonadamiento radical (kénosis), porque Cristo “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 8).

jueves, mayo 01, 2008

A Santa Cata

Te conocí hace más de diez años... y todavía me seguís sorprendiendo... ¿cómo decir algo sobre vos? Pero si puedo animarme a decirte algo a vos, animarme a decirte que de vos aprendo a querer a la Iglesia con ese amor ardiente, sufrido y sincero. Solamente el que ama dice la verdad... ¡y vos la decías y cómo!

Descubro en vos esa presencia que enamora... totalmente "encatalinado", uno más de tantos caterinati que seguís dando a luz a lo largo del tiempo. Ese carisma que brota de estar en esa comunión profunda con el fuego. Esa pasión hecha sangre, hecha letra... Y la vida entregada hasta el último instante, hasta el último soplo, hasta la última gota... con el corazón en la mano, traspasado y ardiente. ¿Cómo no consumirte? Si estabas hecha de fuego, vos lo dijiste... seguí rezando por nosotros, llevanos al encuentro con ese amor loco de Dios, conducinos al corazón de la Trinidad enamorada.

Una canción de Phil Collins

Uno vuelve a escuchar algunos temas y claro, el tiempo va cargando las palabras de nuevo sentido, les da otro fuego, otra intensidad. Sonaba "Take me Home" en mi compu y me dejé llevar por el estribillo de la canción. Tiene una mezcla de quebranto y esperanza... esa mezcla que tenemos siempre que queremos volver a casa. Todos tenemos algo de ese deseo, de llegar a ese lugar o esa persona que nos hace sentir "estás en casa. Ya no hay nada que temer, no hay nada que te haga falta. Es la hora del descanso y del amor, del abrazo y el llanto".

Reunirnos

No es fácil juntarse. El corazón quiere encontrarse pero cercanía también es sinónimo de fricción, y donde hay fricción... no tardan en saltar chispas.
Sin embargo, ¡es tan necesario! Al menos para saber que no estamos solos. Al menos para compartir un poco de la lucha y la pregunta.
¿Quién sabe? Tal vez salgamos con la certeza de que en el otro se escondía un tesoro. O entendemos un poco mejor las heridas, propias y ajenas. Quizás, alguna inclusive se restañe.
Algo del otro se queda con nosotros. Algo nuestro se va con el otro. No es poco, ciertamente no es poco... aunque haga falta seguir juntándose.

domingo, abril 27, 2008

Preguntas

Una buena pregunta para hacerse cada tanto es: ¿cuál es el nombre de mi esperanza? ¿Cuál es el deseo profundo, el cimiento donde descansan todos mis anhelos? ¿Dónde está el centro de mi laberinto?

Preguntar desbroza el camino para que el deseo verdadero aparezca entre las miles de pequeñas iniciativas que nos mezquinan el alma.

sábado, abril 26, 2008

Apuntes sueltos sobre el Evangelio de este Domingo (6° Domingo de Pascua, Ciclo A)

  • Jesús nos abre en el Evangelio de este domingo a la invocación y espera del Espíritu Santo. En el contexto del largo discurso de despedida que el Señor realiza en los capítulos 13-17, aparece ahora esta promesa del Espíritu, con un título particular, "Paráclito", palabra que se puede traducir de diversos modos: Abogado, Consolador, Valedor, Protector. Lo importante es que todas ellas sugieren una presencia nueva en la vida del discípulo. A la presencia de Jesús se suma ahora la de una nueva compañía, que sin embargo está directamente relacionada con el Señor, como el discurso luego irá explicitando: recordará lo de Jesús, dará testimonio de él, mostrará dónde está el pecado, el juicio y la justicia... Como dice de un modo elocuente San Juan Damasceno el Espíritu es "el enunciador del Verbo", es quien nos explica y nos introduce en el misterio de Jesús.
  • El Espíritu es entonces la cercanía misma de Jesús, la certeza de su presencia y su gracia actuando en nuestro corazón, revelándonos a Jesús vivo en medio nuestro. El mundo no puede recibirlo porque no tiene esa experiencia de Jesús, pero los discípulos sí.
  • El Espíritu Santo nos introduce en esa comunión misteriosa, íntima y profunda que existe en el corazón de Jesús: la comunión con el Padre. El vínculo entre Jesús y el Padre, así como es de hondo, es también de abierto: pareciera que cuanto más profundo es el amor, más desea abrirse a otros, donarse.
  • Por eso el discípulo sabe que nunca "se queda huérfano". Es curioso. En el libro-entrevista "Año 1000 - Año 2000: la huella de nuestros miedos" el historiador Georges Duby comentaba que el miedo a la soledad es algo muy propio de este tiempo que ha sido desconocido para épocas anteriores. Frente a un mundo que no conoce al Espíritu y por tanto, no sabe de vínculos y lazos profundos, el cristiano en cambio se siente sumergido en una comunión profunda que lo afianza, lo enriquece y también lo compromete.
  • La fragilidad de las relaciones contemporáneas es un tópico común de numerosos análisis, conversaciones y debates. Frente a este desafío de nuestro mundo, estamos llamados a anunciar la buena noticia de un Dios que da a nuestro amor una hondura inaudita, una capacidad de recibir y dar amor única. Por decirlo así, el Espíritu Santo le da a nuestro amor "un gusto a Trinidad", a esa comunión infinita que sin embargo, se revela como por destello y reflejo en nuestro amor cotidiano. "Donde ves el amor, allí está la Trinidad" decía San Agustín. Estamos invitados a darle al mundo este testimonio, el de un amor que se manifiesta antes que nada en una unidad profunda, verdadera, comprometida.
  • Estos días, entonces, nos abren a la espera y la invocación del Espíritu. Pidámosle al Paráclito que sea realmente esa presencia compañera. Que nos ayude a vivir como Jesús, amados por el Padre y entregados por amor a los demás. Que nos consuele frente a las heridas, los desgarrones y limitaciones del amor que todos experimentamos... para poder vivir en una comunión cada vez más profunda, para poder ser "otros paráclitos" frente a tantas personas que hoy se experimentan desvalidas, solitarias y abandonadas.
  • En la Eucaristía es donde este Evangelio se cumple de un modo único. El Espíritu nos da a Jesús, que a su vez nos hace entrar en comunión con el Padre y entre nosotros. De aquí salimos conscientes y renovados en ese amor. Llevemos a nuestras casas este deseo de "guardar" lo celebrado aquí, de ir imprimiendo en nuestras casas, en nuestro trabajo, en nuestro entorno, el sello amoroso de Dios, que viene a rescatarnos de la soledad por la acción del Espíritu Santo.


lunes, abril 21, 2008

Apostilla a las lecturas de este último domingo (5° Domingo de Pascua, Ciclo A, Jn 14 1-12)

1. Jesús viene a revelarnos quién es Dios, el verdadero rostro de Dios

  • Este es uno de los grandes temas del Evangelio de Juan. Nadie conoce a Dios, salvo Jesucristo, que es quien nos lo da a conocer. Jesús es el "exégeta" del Padre (quizás con el lenguaje de hoy diríamos que es el biógrafo autorizado). Dios es un Padre que nos quiere, que quiere darnos vida, ¡vida en serio!
  • Toda la vida de Jesús es un transparentar al Padre. Para entender quién es Dios y cómo es con nosotros, tenemos que ver la vida de Jesús. No sólo es importante saber que Jesús es Dios, sino también que Dios es Jesús, es decir, que en él descubrimos el corazón de Dios. Como decía Juliana de Norwich, donde Cristo es contemplado, la Trinidad es comprendida.

2. Acá venimos a encontrarnos con esa imagen de Dios.

  • Jesús va purificando de a poco nuestra imagen de Dios, depurándola de las experiencias negativas que a veces no nos permiten terminar de confiar. Ninguna experiencia de paternidad es perfecta, e inevitablemente la trasladamos a nuestra relación con Dios (con sus elementos positivos y negativos). El Pseudo Dionisio advertía del riesgo de los términos demasiado cercanos para aplicar el misterio de Dios (nadie pensaría que Dios es una Roca en serio, pero en cambio la aplicación de nuestra historia vincular a las categorías de Padre o Hijo pueden darse con más facilidad). Pero no se trata de desvincularse de la imagen del Padre (¡que es justamente lo que vino a revelarnos Jesús!) aunque sí de purificar y ampliar esa imagen. La contemplación de Jesús realiza esta tarea.

3. Hoy, es la Iglesia el lugar donde el Padre se va revelando

Estamos llamados a hacer esta experiencia profunda, para transparentar al mundo el amor del Padre. Eso es lo que atrae... Evangelizar es mostrarle al otro que es amado por Dios. Qué hermoso sería si uno pudiera decir “Yo salgo de la celebración sintiéndome amado”, sintiendo ese amor del Padre por el que Jesús dio la vida para que nosotros también vivamos como hijos suyos.

La Iglesia, como “comunidad de amor”,
está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios
que es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo.
En el ejercicio de la unidad querida por Jesús,
los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados
y recorren la hermosa aventura de la fe.
“Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
La Iglesia crece no por proselitismo sino “por ‘atracción’:
como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor”.
La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos
si se aman los unos a los otros como Él nos amó (cf. Rm 12, 4-13; Jn 13, 34).
(Documento de Aparecida, 159)