martes, agosto 12, 2008

Un texto de Bernard Hahring

Los payasos que pueden reírse de sí mismos también se pueden reír de los demás. El humor, ese gran don de Dios, se manifiesta en su autenticidad en el hecho de que a la persona dotada de humor le gusta reírse de sus propias debilidades. El que ridiculiza a los demás sin reírse de sí mismo es una persona llena de malhumor que, de hecho, no tiene en absoluto la virtud del buen humor.
No sólo los curas que trabajan en los circos, sino también todos los demás curas deberían tener cualidades, capacidades y virtudes de los entrañables payasos.
Una Iglesia que no reconoce el don del humor y no lo cultiva intensamente no es una Iglesia seria.

En "¿Qué sacerdotes para hoy?", Madrid, PPC, p. 118
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