domingo, mayo 18, 2008

"Felices los invitados a la Cena del Señor"

Cada bienaventuranza nos muestra una plenitud, un gozo que sólo puede transmitir bien que tiene la experiencia de vida que sostiene con los hechos lo que afirma la palabra. De ahí que la bienaventuranza sea siempre parte del mensaje de los sabios: el sabio no fuerza ni impone, no amenaza ni asusta, sino que propone una felicidad que él puede atestiguar porque la vive de corazón.

Hay numerosas bienaventuranzas en la Biblia, pero además, hay una (con profundas resonancias bíblicas, por otro lado), que encontramos en la liturgia de la eucaristía y que es la que escuchamos más a menudo, porque en todas las celebraciones de la misa nos prepara para recibir a Jesús: “¡Felices los invitados a la Cena del Señor!”. Vale la pena detenerse en esta frase breve pero cargada de sentido que nos prepara para la comunión.

En el Antiguo Testamento, la Sabiduría aparece invitando a un banquete: la búsqueda de la felicidad es, antes que nada, recibir la participación a una fiesta, a la alegría de encontrar el sentido de la vida y la revelación de aquellos que nos conduce a la plenitud. El banquete y la fiesta son símbolos bíblicos de la invitación que Dios nos hace a la alianza, porque compartir una comida con alguien es un signo de amistad y cariño, de intimidad y entrega.

En el Nuevo Testamento, esta invitación se hace mucho más clara en Jesús. La mesa es el lugar donde él enseña y comparte, el lugar de la comunión con otros, donde todos (¡y especialmente los pecadores!) son llamados. En esa compartida sencilla, fraterna, Jesús manifiesta el amor de un Padre que nos invita a la alegría y el encuentro.

Y de todas las mesas que Jesús preside en los Evangelios, sobresale, por supuesto, la de la Última Cena. Es el momento de la traición y la angustia, pero, por eso mismo también, de la máxima entrega y de la intimidad total. Allí, Jesús no se guarda nada: dice lo que tiene en el corazón, y en los signos del pan fraccionado y el cáliz compartido encontramos simbolizada toda la vida de Jesús: darse a los demás para unirse a todos y para unirnos a todos.

Por eso, hay una felicidad escondida en la invitación que nos hace el sacerdote en la misa. La comunión es uno de los nombres más lindos de la felicidad... vivir en esa intimidad profunda con Dios y con los otros, sentir que Jesús nos une a todos al compartir el único pan, que encontramos en esa unión el sentido de nuestras vidas.

No es una felicidad cualquiera... en eso, la bienaventuranza de la eucaristía va en la misma dirección que las del sermón de la montaña... la felicidad que Jesús regala en la eucaristía atraviesa los dolores, es una felicidad pascual, probada y forjada a través de la cruz y del sepulcro. Por decirlo así, la comunión no es un calmante. Al contrario: es un encuentro ardiente con ese amor que nos compromete, y nos invita a recorrer su camino de entrega, a ser, donde nos corresponde, verdaderos servidores y testigos de la comunión.

La felicidad, el gozo de Jesús, es darse a sí mismo, amar como el Padre lo amó a él. Pero ese gozo se participa, se hace accesible a nuestros corazones en la eucaristía. “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y este gozo sea completo”. La bienaventuranza de la comunión no puede nunca terminar en un encierro. Es necesario salir a los caminos, como el servidor anónimo de la parábola de los invitados que no fueron al banquete, para que nadie se quede fuera de esta fiesta, para que todos puedan participar del banquete de Jesús.

“Hay una felicidad en el sencillo don de sí mismo”, decía el Hno. Roger de Taizé. Es la felicidad eucarística, la que vive Jesús al entregarse al Padre y a nosotros, la que podemos vivir si, entrando en comunión con él, recorremos su camino de amor. Realmente, felices los invitados a la mesa del Señor, y felices quienes extienden su llamada a todos cuantos conocen, especialmente a los que están al borde del camino, esperando que alguien los convide a su mesa.

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