lunes, febrero 19, 2007

Desde la periferia

Hace tres años tuve la suerte de ganar una beca para asistir a un encuentro en Estados Unidos. Ya conocía el país, pero era mi primer viaje allí de grande, y además solo, con todo el tiempo del mundo para conocer, recorrer y hace una experiencia distinta, no tan turística y más orientada a charlar con la gente y conocer más "desde dentro".
Una parte importante del recorrido fue una semana que pasé en Washington. Impresiona caminar por el Mall, la zona de la ciudad donde uno se encuentra con los museos del Smithsonian, el monumento a Washington, el Capitolio... andar por la calle y toparse con las universidades, el Banco Mundial. Saber que en esa porción tan chica del planeta se toman decisiones que afectan a millones de personas.

Al año siguiente, empecé mi trabajo pastoral los fines de semana en una villa dentro de la parroquia a la que me asignaban. Una de las experiencias más profundas de mi vida. Cuanto más me metía en el barrio, más descubría una presencia de Dios fuertísima en él. La vida, con toda su complejidad, su alegría y su miseria, se abría paso y se presentaba descarnada y sincera en medio de los pasillos. Algo que ni por asomo había experimentado en el viaje, o en distintas situaciones donde me sentí más cerca del poder, del éxito, del prestigio.

Hablando con un cura amigo, un tipo grande y sabio, le comenté esto y me decía: "Y claro... lo que pasa es que en los lugares del poder nadie quiere que las cosas cambien. Los únicos que quieren que la situación cambie son los pobres. Por eso la vida esta ahí. Y también Dios".
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