lunes, diciembre 04, 2006

Apuntes sueltos sobre la esperanza

Tuve que garrapatear algunas notas sobre la esperanza para un retiro. Las entrego acá confiando en que le servirán a alguien en este tiempo de Adviento.

Desde el principio, Dios nos hace una promesa. El amor de Dios nos quiere para más, para la plenitud: nos invita a dar pasos hacia una felicidad que sólo él puede dar, que sólo él puede regalar. Desde el principio, Dios nos invita a la fecundidad y al amor.

Pero también desde el principio hay algo en nosotros que parece querer arreglárselas por sí mismo. Aprender a vivir no desde la promesa, sino desde uno mismo, desde las propias posibilidades y fuerzas. Como si esperar que nuestra vida nos viniera de otro fuera algo que en el fondo nos limita y empobrece.

Lo curioso es que cuando el hombre opta por decir que no a este plan de Dios, Dios redobla la apuesta y agranda la promesa. A partir del no a Dios nace la esperanza, cuando Dios nos dice que nos va a salvar del mal, que no está todo terminado ni cerrado, que siempre está la posibilidad de un paso más, de algo que nos puede sacar de la muerte, la tristeza y la esclavitud en la que a veces estamos metidos.

Toda la historia del Pueblo de Dios es la lucha entre la esperanza que Dios renueva constantemente cuando los invita a confiar en su promesa, y los ataques contra la esperanza de Israel. A veces venían de afuera, cuando situaciones que el pueblo no puede controlar ponen en peligro su destino y su vocación, pero también en numerosas oportunidades desde adentro, desde las ganas de querer confiar en las propias fuerzas, o del desaliento que da el sentir que ya no se puede seguir adelante.

El pueblo de Israel aprendió a esperar y confiar cada vez más a lo largo de las crisis y dificultades... su esperanza se fue agrandando cada vez más. Y justamente cuando más oprimidos estaban por fuera y por dentro, se dieron cuenta que su salvación podía venir sólo de Dios. Pero parecía no venir.

Con el tiempo, varios se fueron acomodando. Más que desesperarse, se fueron sacando la esperanza de encima como quien se saca una ropa incómoda. Algunos pensaban que la esperanza de Israel se iba a realizar cuando todo se arreglara mágicamente. Otro se imaginaban que Dios iba a darles de nuevo la fuerza para cambiar las cosas con poder. Y no faltó quien se imaginara que sólo algunos elegidos, puros, se iban salvar.

Cuando ya pocos esperaban, entonces, despacito, sin ruido, en el lugar menos esperado... aparece Jesús. Un salvador que no es al estilo que muchos esperaban y que ciertamente no tiene mucho que ver con la imagen que varios tenían, con la esperanza de la mayoría. Los que esperaban un Mesías castigador descubren en este tipo alguien casi libertino, cerca de los impuros y los pecadores. Los partidarios de la fuerza se desilusionaron de este hombre firme y con una palabra de fuego, pero pacífica.

Sólo algunos aprenden a descubrir que en Jesús puede estar el cumplimiento de lo que esperan, que Jesús puede ser la respuesta a su esperanza: los pobres, los enfermos y los pecadores. Descubren que él puede darles lo que están buscando. Justamente porque no viene a arreglar las cosas “desde arriba”, sino desde dentro. Jesús se deja afectar por lo que al otro le pasa. Se conmueve, comparte, se acerca.

Jesús viene a anunciar que Dios está viniendo, que su Reino está cerca. Que la esperanza es posible. Jesús tiene una esperanza: la de que la promesa de Dios, de venir a estar en medio de la gente, transformando su vida y uniendo a todos se cumpla... Y confiado en que todo depende de Dios se compromete con todo su ser en esa misión, siguiendo la promesa de su Padre, su Abbá, su papá. Porque se sabe amado con un amor infinito, sabe que siempre hay esperanza, que su vida está en manos de Dios. Y por esa misma experiencia, puede transmitir esperanza a los demás. Los que están tristes, enfermos y desesperanzados, encuentran en Jesús una posibilidad nueva, un sueño distinto, un camino que antes no hubieran recorrido.

Creo que por eso los evangelios le ponen a Jesús nombres que, en el fondo, son nombres de esperanza. Jesús es el pan, la resurrección, la luz, el rey, la salvación, el amor... las necesidades, los deseos más profundos del ser humano hechos gesto y palabra.

Jesús quiso compartirlo todo... y por eso mismo también vivió el quiebre de su proyecto... el sueño del Reino se rompió desde dentro por la traición y el desengaño. Jesús vio como todo lo que había hecho se caía abajo y que él mismo iba hacia la muerte. ¿Qué había pasado con la promesa de Dios? ¿Qué había pasado con la esperanza de Jesús?

Jesús no sabe qué va a pasar. Pero no deja de esperar. Confía. Y es, como Dios (porque es Dios), un hombre que apuesta al amor al extremo cuando todo parece oscurerse. La cruz lo encuentra gritando a Dios pero rezando, confiando.

El Padre responde resucitando a Jesús. La resurrección es la esperanza de Jesús y la de todos hecha cumplimiento. Allí hay algo que se le regala a Jesús, y en él, a todos nosotros, que ya no se puede romper. Jesús resucitado nos muestra que las heridas se pueden transformar en fuente de vida; que los proyectos rotos pueden renacer a algo mucho mayor; que nuestra vida es valiosa aunque todos digan lo contrario; que el amor entregado nunca se pierde.

En Jesús resucitado, que vino, que viene y va seguir viniendo, podemos encontrar una vez más nuestra esperanza renovada. No porque por creer en él se vayan a resolver nuestros problemas y dificultades. Sino porque creemos que él viene a transformar nuestra oscuridad en luz, nuestra tristeza en alegría... desde adentro, compartiéndola con nosotros. La certeza que nos da es la de su amor. Sólo el que se sabe amado puede esperar. Sólo puede dar esperanza quien regala amor gratuitamente: amor al estilo de Dios, que se abaja y extiende, que se inclina hacia el que sufre, que se anima a meterse en las tinieblas para hacer brillar en ellas la luz.

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