miércoles, agosto 23, 2006

Una Iglesia solidaria

Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien. Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos. Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor. Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración. Consideren como propias las necesidades de los santos y practiquen generosamente la hospitalidad. Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca. Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios. No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. (Rm 12, 9-17)

La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios: en la comunidad se va gestando el proyecto del Padre de un mundo unido, de la unión de los hombres entre sí y con Dios. Ese proyecto que nace del amor de Dios y se manifiesta sobre todo en la vida y la misión de Jesús, en su Pascua, de la cual nace la Iglesia.
¿Cuáles son los rasgos que debe tener esta comunidad? Uno de ellos, fundamental, es la solidaridad. Si somos comunidad, no es para vivir encerrados, sino, por el contrario, para ser cada vez más parecidos a Jesús, y por eso mismo, plenamente humanos, plenamente solidarios. Pero atención: la solidaridad es mucho más que acciones puntuales, que una ayuda ocasional. Es una actitud del corazón, un rasgo del corazón de Jesús que queremos plasme nuestro modo de vivir, de ver a los demás y de actuar en consecuencia.

Una comunidad solidaria, una Iglesia solidaria es, antes que nada, una Iglesia que siente todo dolor y toda esperanza humana como propia, una Iglesia que se deja afectar por la situación del mundo que la rodea, especialmente de los más pobres y desvalidos. Y desde allí, actúa, se compromete, pone gestos y palabras frente al dolor del otro. Busca ser en el mundo un reflejo del Dios solidario y liberador que siente como propio el dolor de su pueblo y por eso baja a liberarlo, a caminar con la gente hacia la libertad. Un reflejo de Jesús que se sintió conmovido ante el dolor del leproso, ante la multitud de hombres y mujeres que estaban “como ovejas sin pastor”, ante el sufrimiento de tantas personas que se iban presentando en su camino.

Una Iglesia que busca ser fiel a Jesús y a su Buena Noticia, entonces, es una Iglesia que, como Jesús, se deja guiar por la solidaridad. Que sale al encuentro de los que sufren, que está con la mirada y el corazón al lado de los heridos.

Esta actitud espiritual necesita concretarse en gestos. La primera carta de Juan decía que quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso. Desde el principio, la Iglesia se caracterizó por tener una atención especial a los más pobres, y cuanto más pasa el tiempo, más busca estar atenta a los distintos tipos de pobreza y de dolor que se van manifestando en el mundo.

Descubrir que la Iglesia es solidaria nos lleva poner la mirada siempre en el otro, a que seamos una comunidad des-centrada, con el corazón y las manos siempre atentos a las necesidades de los otros. Y esto que no es simplemente una cuestión de emoción: es también compromiso, es animarse a descubrir las causas detrás del dolor y de la injusticia, y denunciarlas.

Es natural sentirse desbordado frente a tanto dolor y pobreza. ¿Qué podemos hacer nosotros? El P. Mamerto Menapace decía: “No tenemos en nuestras manos la solución frente a los problemas del mundo. Pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos”. Será cuestión entonces de ir encontrando donde podemos aportar, cuál es nuestro don, nuestra riqueza, para seguir construyendo una Iglesia solidaria, impulsada por el fuego del amor de Jesús.
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