miércoles, agosto 23, 2006

El misterio del mal II

Segunda entrega de lo que salió en "Camino para el encuentro" en torno al tema del mal.

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En estos días hemos intentado dar algunos pasos en torno al misterio del mal. Más allá de que este siempre es un hecho que nos desborda, algo nos queda claro: Dios está del lado del hombre frente al misterio del mal. Dios es el liberador y el compañero, el que sufre con nosotros y nos lleva a la salvación.

Y en ningún momento percibimos tanto esto como cuando vemos a Jesús. Jesús ha querido compartir todo con nosotros: toda su vida es el gesto de Dios hacia el hombre que sufre, oprimido por el mal. Cuando cura, cuando consuela a los afligidos, al buscar a los pecadores, Jesús se vuelve la expresión más clara de que el Reino de Dios y el reino del mal están enemistados, que no puede haber lugar para el dolor donde está Dios.

Pero esto no es todo: Jesús no sólo viene a enfrentar el poder del mal. Viene también a sufrirlo, a asumir el misterio del dolor desde adentro. En su pasión y su cruz, en el misterio de su soledad y su experiencia de abandono, en la injusticia de su sufrimiento, vemos que Jesús ha querido vivir bien a fondo la experiencia del mal y del dolor que este produce. Dios llegó hasta el fondo de la experiencia del mal en la cruz para que nadie se sienta tan lejos que Él no pueda alcanzarlo. Hasta el fondo del mal y de la muerte bajó Jesús para que nadie se quede fuera de su abrazo y su presencia, para que aún en el colmo de la soledad y el dolor podamos experimentar su amor.

Por eso la cruz para el cristiano no es un signo de la tortura y del dolor, sino de amor. Jesús nos ha salvado no por sufrir mucho, sino porque llevó el amor a la experiencia del mal, porque nos mostró que se puede experimentar el dolor y la oscuridad y, a pesar de todo, seguir amando.
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