lunes, agosto 01, 2011

Solamente cinco panes y dos pescados

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: “Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos.” Pero Jesús les dijo: “No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos. Ellos respondieron: “Aquí no tenemos mas que cinco panes y dos pescados.” “Tráiganlos aquí”, les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

“Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados” dicen los discípulos, frente al hambre, el dolor y la necesidad de la inmensa multitud que necesita que Jesús los sane y consuele. 

Así nos sentimos nosotros muchas veces. Desbordados por el sufrimiento y la inmensa cantidad de demandas de nuestra realidad, superados en nuestras fuerzas frente a tantos desafíos que tenemos delante. Nuestra pequeñez nos inquieta y asusta. Como ellos, queremos tomar distancia, dejar que otros se hagan cargo. 

Sin embargo, Jesús no tiene miedo de nuestra pequeñez. La mira con amor y nos invita a entregársela, con sencillez y confianza. “Tráiganmelos aquí”, dice Jesús al contemplar nuestros cinco panes y dos pescados. Él es quien se hace cargo de nuestra gente, de los que sufren, de nuestra realidad. Pero necesita que nosotros pongamos en sus manos lo que está a nuestro alcance. 

Quizás la clave esté en el misterio de la oración de Jesús al recibir ese don. Jesús agradece al Padre, lo bendice por esa pequeña ofrenda que tiene para hacer. Jesús agradece por esos pocos panes y pescados que tiene para distribuir. Y entonces ocurre el milagro. La gratitud del Señor hace que ese poco alcance y sobre para todos. Los corazones agradecidos hacen maravillas con lo que tienen para dar. 


Tal vez nosotros podamos ir por ese mismo camino. En vez de asustarnos o enojarnos con nuestra pequeña ofrenda, agradecer por aquello que tenemos para poner en manos de Jesús al servicio de los demás. Si así lo hacemos, ciertamente nos veremos renovados en la certeza de que en nuestra pobreza Dios obra maravillas, como lo hizo en esa multiplicación de panes y lo hace siempre a lo largo de nuestra historia de salvación.
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