viernes, agosto 05, 2011

Nuestra mayor batalla

Cada vez estoy más convencido que nuestra lucha decisiva, nuestro enfrentamiento definitivo es contra la desesperanza. Cuando se asoman nuestros enemigos, esos tan difíciles de reconocer porque se parecen tanto a nuestra propia voz; que nos dicen "No vas a poder", "no te ilusiones", "no te dan las fuerzas", "es imposible"; que nos hacen dudar de nosotros mismos, de los demás, de la luz al final del túnel... entonces es cuando más duro tenemos que pelear. 

Es allí donde tenemos que hacer gala de todos nuestros recursos: de la memoria, de nuestros sueños (esa reserva infinita de esperanza, donde está el anhelo que a veces no nos animamos a decirnos ni a nosotros mismos), de los amigos y amados, que ven a veces mejor que nosotros en nuestro propio corazón. Pero nunca, nunca rendirse. 

Luchar a pesar de todo, aunque la oscuridad esté muy cerca. No porque estemos apretando los dientes y negando la tiniebla. Sino porque sabemos que aún allí hay escondida una semilla de luz, que está esperando que el amor la haga renacer. En el fondo, se trata de mantener viva en el corazón la certeza del amor, que es la única fuente de verdadera esperanza. Porque sé que fui, soy, seré amado, mantengo viva la esperanza. Porque sé que soy merecedor de amor, porque sé que un amor me espera para entregarse y permitirme entregarme, avanzo... aún en medio de la noche. 

Un poema de Dylan Thomas me hace acordar a esa actitud de lucha frente a la desesperanza:


No entres dócil en esa dulce noche
No entres dócil en esa dulce noche:
debe arder la vejez y delirar al fin del día;
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Aunque sepa al morir que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no relampaguearon el sabio
no entra dócil en esa dulce noche.

Tras la última ola el hombre honrado, clamando lo brillantes
que habrían bailado sus gestas pobres en las bahías verdes,
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

El rebelde, que atrapó el sol cantándolo en su vuelo
pero aprende, tarde, que lloraba su paso,
no entra dócil en esa dulce noche.

El solemne, en su muerte, al ver con vista cegadora
que ojos ciegos podrían flamear como meteoros, alegres,
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Y tú, padre, allá en la altura triste,
con llanto feroz maldice, bendíceme ahora, te ruego.
No entres dócil en esa dulce noche.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Do not go gentle into that good night
Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.
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