martes, agosto 02, 2011

Nuestra vida no es una sucesión de eventos al azar, sin sentido ni hilo. Es una historia, es decir, un relato en el cual somos protagonistas y cuyo sentido vamos descubriendo con el paso del tiempo. Hay alguien que la ha pensado para nosotros y con nuestra libertad la vamos construyendo.

Para los que creemos en Jesús, es una historia de amor con él y con nuestros hermanos. Un camino que recorremos acompañados por Él y por su Palabra, que nos devela su presencia a cada paso.

Es verdad que no siempre es fácil tener esta mirada sobre la propia historia. Más de una vez los golpes de la vida, las heridas, las desilusiones y fracasos hacen que perdamos la percepción de que haya una mano que nos lleva y sostiene. Es la experiencia de los discípulos de Emaús, que cuentan toda la historia de Jesús (¡con la
resurrección incluida!) pero no pueden ver ella ninguna salida. Además, al estar tantas veces lejos de nuestro interior, no podemos conectarnos con lo más profundo nuestro y por eso vivimos una sucesión de instantes pero no logramos unirlos. Nos sentimos profundamente fragmentados. Esto aumenta nuestra angustia y malestar.

Por eso uno de los ejercicios más importantes de todo creyente es recordar, pero recordar con fe. Tratando de mirar más hondo (ayudados por la Palabra, por la compañía de otros hermanos, por tiempos de silencio, oración y compartida), empezamos a mirar nuestra historia con otros ojos: los de la fe, los de Jesús. Y quizás lleguemos a exclamar, como lo hizo un creyente en el Antiguo Testamento: “¡Verdaderamente el Señor estaba en este lugar y yo no lo sabía!” (Génesis 28, 16). Nuestra historia es uno de esos lugares donde Jesús está siempre presente. Simplemente necesitamos tomarnos el tiempo para darnos cuenta.

Cuando hacemos esta memoria creyente, nace también la esperanza. Memoria y esperanza van profundamente unidas. Cuanto más recuerdo tengo de mi vida como lugar de salvación y amor (que es más que recordar; es ver el pasado con fe y gratitud, algo que sólo se logra con tiempo y trabajo), más me doy cuenta que mi futuro no está sellado ni condenado al fracaso. Que la misma presencia que me acompañó y me sacó de los lugares oscuros de mi historia, la columna de fuego que me llevó en la tiniebla... es la misma mano que suave y firmemente me conduce hacia un destino feliz.
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