lunes, abril 21, 2008

Apostilla a las lecturas de este último domingo (5° Domingo de Pascua, Ciclo A, Jn 14 1-12)

1. Jesús viene a revelarnos quién es Dios, el verdadero rostro de Dios

  • Este es uno de los grandes temas del Evangelio de Juan. Nadie conoce a Dios, salvo Jesucristo, que es quien nos lo da a conocer. Jesús es el "exégeta" del Padre (quizás con el lenguaje de hoy diríamos que es el biógrafo autorizado). Dios es un Padre que nos quiere, que quiere darnos vida, ¡vida en serio!
  • Toda la vida de Jesús es un transparentar al Padre. Para entender quién es Dios y cómo es con nosotros, tenemos que ver la vida de Jesús. No sólo es importante saber que Jesús es Dios, sino también que Dios es Jesús, es decir, que en él descubrimos el corazón de Dios. Como decía Juliana de Norwich, donde Cristo es contemplado, la Trinidad es comprendida.

2. Acá venimos a encontrarnos con esa imagen de Dios.

  • Jesús va purificando de a poco nuestra imagen de Dios, depurándola de las experiencias negativas que a veces no nos permiten terminar de confiar. Ninguna experiencia de paternidad es perfecta, e inevitablemente la trasladamos a nuestra relación con Dios (con sus elementos positivos y negativos). El Pseudo Dionisio advertía del riesgo de los términos demasiado cercanos para aplicar el misterio de Dios (nadie pensaría que Dios es una Roca en serio, pero en cambio la aplicación de nuestra historia vincular a las categorías de Padre o Hijo pueden darse con más facilidad). Pero no se trata de desvincularse de la imagen del Padre (¡que es justamente lo que vino a revelarnos Jesús!) aunque sí de purificar y ampliar esa imagen. La contemplación de Jesús realiza esta tarea.

3. Hoy, es la Iglesia el lugar donde el Padre se va revelando

Estamos llamados a hacer esta experiencia profunda, para transparentar al mundo el amor del Padre. Eso es lo que atrae... Evangelizar es mostrarle al otro que es amado por Dios. Qué hermoso sería si uno pudiera decir “Yo salgo de la celebración sintiéndome amado”, sintiendo ese amor del Padre por el que Jesús dio la vida para que nosotros también vivamos como hijos suyos.

La Iglesia, como “comunidad de amor”,
está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios
que es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo.
En el ejercicio de la unidad querida por Jesús,
los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados
y recorren la hermosa aventura de la fe.
“Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
La Iglesia crece no por proselitismo sino “por ‘atracción’:
como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor”.
La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos
si se aman los unos a los otros como Él nos amó (cf. Rm 12, 4-13; Jn 13, 34).
(Documento de Aparecida, 159)

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