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viernes, marzo 02, 2007

Sobre la Eucaristía


Uno de los momentos que más me gusta (y que más desapercibidos suelen pasar) durante la celebración de la Eucaristía es la fracción del pan. La hostia consagrada, tan prolija, se rompe. Es el gesto de la compartida, pero también del sacrificio: Jesús se parte y reparte para que nosotros volvamos a ser uno: con nosotros mismos, con el Padre y entre nosotros. Recibimos a Jesús para entrar en comunión, para superar el desgarrón del pecado, que sólo se sana con la experiencia de la gracia, del amor gratuito que brota de la Pascua.

En ese momento los curas siempre hacemos una oración silenciosa pidiendo una unión cada vez más profunda con Jesús. Luego, al arrodillarme delante del Santísimo, siempre pido dos cosas: poder entregarme cada vez más al servicio de esa comunión por la que él da la vida, y que alguna persona en particular (alguien que tengo en oración por un motivo u otro) pueda adentrarse más hondamente en esta comunión que Jesús regala en la comunión.


El cáliz con la sangre es la ofrenda, el brindis y la acción de gracias por la vida y la Pascua, pero también el signo de la suerte compartida, del destino de amigo que uno quiere abrazar junto con Jesús: el camino de amor y dolor que él recorre e invita a recorrer. Compartir el cáliz con los demás es también compartir el dolor, las búsquedas, la alegría de los otros. Es descubrir que la ofrenda de Jesús es la que constituye la comunidad (Eucaristía que hace la Iglesia), porque compartimos la comunión en la Sangre de Cristo. ¡Qué paradójico que el misterio de la comunión nazca de la entrega de un hombre abandonado! Agustín lo decía muy bien: "Murió él solo para no ser más él solo".

Y de ahí... a la vida, a ser Eucaristía en la vida para los demás: acción de gracias al Padre y ofrenda a los hermanos. Como decía un autor: en la misa nosotros ofrecemos a Jesús, en la vida es Jesús quien nos ofrece a los necesitados de su amor.



martes, diciembre 12, 2006

Al servicio del fuego

Recuerdo que cuando estaba en el secundario y estudiaba el zoroastrismo en Historia Antigua, me llamó la atención el hecho de que sus sacerdotes custodiaban el fuego sagrado en sus templos y no podían permitir que se apague. Me parecía una imagen sumamente atractiva y fascinante. Ser guardianes del fuego santo...
Después entré al seminario y, como se acostumbra, elegí una frase del Evangelio que me acompañara a lo largo del año inicial. Elegí una poco usual, del Evangelio de Lucas: "He venido a traer fuego sobre la tierra" (Lc 12, 49). Sentía en ese momento que Jesús quería que yo fuera ese fuego... ese fuego que es, en realidad, el del Espíritu... uno se pone a disposición para recibirlo, guardarlo y transmitirlo.
Recientemente, leyendo el libro de Anselm Grün sobre el orden sagrado, él retomaba esta imagen "sacerdotal-arquetípica" para entender el ministerio". Y una cita en el libro "Ser sacerdote hoy", de Gisbert Greshake, también la toma: dejo el texto porque creo que revela un poco lo que late en el corazón del que opta por este camino, especialmente al pensar en el hoy tan cuestionado celibato.


He sido puesto al servicio del Fuego.
El prender fuego es lo más importante de todo.
Prácticamente esto significa que debo mantener libres e indivisos mi tiempo, mi corazón y mi vida para la palabra reveladora y salvífica del Señor, a fin de que esta llegue hasta mí mismo, para que yo la viva personalmente,
la concrete, a fin de esclarecerla con mi presencia y así transmitirla...
que yo mantenga despierta la ardiente espera de una realidad que sobrepasa toda la felicidad que pueda experimentarse por lo de aquí abajo y provisional; con total disponibilidad para mis hermanos los hombres, a quienes yo tengo que acercar esa realidad, con los que yo debo compartirla. Yo no los conozco de antemano.
No sé hasta qué punto llega la red de relaciones del amor, esa red que yo he de tejer y lanzar; esa red que, desde luego, es ante todo o ha de ser mi comunidad,
pero que por su misma esencia no tiene limitaciones.

Heinrich Spaemann

viernes, noviembre 03, 2006

Reflexión post-ordenación



La verdad es que no sé bien todavía qué decir... todo es demasiado grande, demasiado enorme como para explicarlo bien. Sí puedo decir esto: me siento profundamente feliz y agradecido. Sorprendido también, ¿y por qué no habría de estarlo? Esto supera a cualquiera. Por lo menos a mí.

Simplemente puedo agradecer, y pedirle a Dios que nunca deje de hacerlo. Que realmente pueda, como nos hemos propuesto con mis compañeros, vivir en la acción de gracias

domingo, octubre 22, 2006

Camino a la ordenación II

Parece mentira pero ya faltan apenas cinco días. Siguiendo la norma de este blog, que salvo escasas (y escuetas) excepciones, no hace demasiada mención a lo personal (por lo menos directamente, para eso prefiero el mail que está a disposición de quien lo desee), sí quería compartir apenas la elección de mi lema de ordenación.

Los sacerdotes, por una vieja costumbre (¿alguien sabe cuándo empezó esto?), eligen una frase que sintetice su deseo profundo para el ministerio que están a punto de empezar (también suelen hacerlo los religiosos y veo que cada vez más lo hacen unos cuantos matrimonios). La mayoría la toman de la Escritura, o de la liturgia, aunque no es obligatorio. Yo quería que fuera "En el Espíritu de Jesús", ¡pero no aparece esta expresión (completa, con el "en", que es importante, como se verá) en ninguna parte del Nuevo Testamento!


Buscando más, sí encontré varios "En el Espíritu Santo". Y tomé el que más me gustaba, del Evangelio de Lucas (Lc 10, 21), cuando Jesús, tras escuchar a los discípulos que le cuentan de la alegría de la misión, se llena él mismo de gozo "en el Espíritu Santo" y alaba al Padre. Es un texto genial: está Jesús, está el Padre, está la comunidad... y el Espíritu, uniéndolos a todos. En él, como atmósfera vital, el amor encuentra su cauce y la posibilidad de realizarse.
El Espíritu, el fuego de Dios que enciende los corazones y consumió a Jesús haciendo de su vida una ofrenda permanente. El viento que lo impulsó y le inspiró las palabras y los gestos sanadores, vencedores del mal y de la muerte. El agua viva que brotó de su corazón abierto para que todos nosotros fuéramos renovados y nos convirtiéramos en manantial que no cesa, como él.

Así quisiera vivir el ministerio. En ese Espíritu,viento, fuego, agua torrencial... amor que une y envía, que transforma. Acercarse a Jesús es aproximarse a ese fuego, que Dios mediante bajará sobre mis compañeros y sobre mí el viernes que viene. Desde acá me encomiendo a la oración de todos. ¡Y dejo la invitación para la ordenación y la primera misa!

P.D.: Con respecto al súper interesante diálogo que se estableció en el post anterior, prometo intervenir. Ocurre que el nivel de los interlocutores, en este tiempo de tanto movimiento interno y externo, me obliga a esperar hasta que baje un poco la polvareda y pueda hacer mi aporte como corresponde. Que al fin y al cabo uno está de anfitrión y no puede andar en pantuflas y pijama, ni ofrecer cualquier cosa, qué caramba.


miércoles, agosto 16, 2006

Camino a la ordenación


Parece mentira pero en menos de tres meses junto con dos compañeros más vamos a ser ordenados sacerdotes. Este 27 de octubre será el día de nuestra Pascua, de nuestro paso... a una vida nueva, a una nueva etapa.

Es tradición que el grupo de sacerdotes elija un lema de ordenación, una frase que sintetice lo que ellos desean vivir en su ministerio. Nosotros elegimos "Vivan en la acción de gracias", de Colosenses 3, 15b. Una traducción más literal sería algo así como "Sean agradecidos", o eujaristoi ("¡eucarísticos!").

Nosotros vamos a ser hombres de la acción de gracias. La eucaristía, la acción de gracias, la misa, va a ser el centro de nuestras vidas. La celebración donde llevemos todo lo vivido cada día, lo que la gente trae como búsqueda, alegría, dolor, anhelo, esperanza, angustia... para entrar juntos en la gran acción de gracias de Jesús al Padre. Jesús, que dio gracias y puso un signo de amor en medio de la soledad, la angustia y la cercanía de la muerte. El momento de la máxima soledad es el del máximo don, la plena entrega. Yo quisiera estar al servicio de ese amor.

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"La palabra Eucaristía significa, literalmente, "acción de gracias". Una vida eucarística debe ser vivida con agradecimiento. La historia de los dos amigos que iban a Emaús, que estambién nuestra propia historia, nos ha mostrada que el agradecimiento no es una actitud obvia ante la vida. El agradecimiento necesita ser descubierto y vivido con gran finura interior. Nuestras pérdidas, nuestras experiencias de rechazo y abandono y nuestros muchos momentos de desilusión no dejan de arrastrarnos a la ira, la amargura y el resentimiento. [...]

Jesús nos dio la Eucaristía para que pudiéramos optar por el agradecimiento. Es ésta una opción que nosotros mismos tenemos que tomar y que nadie puede tomar por nosotros.
[...]

Podemos elegir dejar al desconocido que prosiga su viaje y siga siendo un extraño. Pero también podemos invitarlo a nuestra intimidad, dejarle que toque cada partícula de nuestro ser y tranforme nuestros resentimientos en agradecimiento."

Henry Nouwen, Con el corazón en ascuas, pp. 101-103.

jueves, junio 08, 2006

Un texto de Anselm Grün

"Mis manos fueron ungidas en mi ordenación sacerdotal. El óleo no es sólo un símbolo del Espíritu Santo, sino también de la ternura de Dios. Mis manos siempre me recuerdan que debo compartir el amor de Dios. No se trata de tenerlo todo siempre a punto, de organizar la parroquia estupendamente, sino de acercarse a los hombres con ternura y transmitirles que las manos de Dios son buenas manos. Dios ha escrito los nombres de los hombres en mis manos y mi nombre en las suyas.

A menudo siento que mis manos están vacías: no tengo nada que ofrecer. No entiendo el misterio de Dios, no me entiendo a mí mismo. Y, sin embargo, mis manos deben dar. Sólo pueden dar lo que reciben una y otra vez. Me consuela saber que incluso con mis manos vacías soy capaz de dar; sólo las manos vacías pueden recibir lo que Dios deposita en ellas sin descanso. No obstante, es doloroso no tener "nada" en las manos. Las palabras que predico en mis sermones no parecen reales; no las puedo repetir, pues suenan huecas. Lo que he aprendido, se me escapa entre los dedos. No cosecho éxito alguno en mi trabajo. La experiencia de muchos sacerdotes es dolorosa, porque a pesar de tener las manos cansadas de tanto bregar, la iglesia está cada vez más vacía. Yo creo que ser sacerdote significa presentar incesantemente a Dios la propia impotencia y alzar ante él las manos vacías. Con todo, creoque mis manos ungidas son un signo de esperanza, ya que transmiten la bendición de Dios aunque ellas no la experimenten, porque Él no es propiedad de mis manos."

El orden sacerdotal, pp. 51-52.

martes, mayo 16, 2006

Un cansancio feliz

Hay un cansancio distinto de los otros, un agotamiento tremendo, terrible... pero que está acompañado de una alegría que es inversamente proporcional a él. Debe ser lo que sienten los bomberos tras horas de luchar contra un incendio y ver que se apaga la última llama; el periodista al apretar "send" y mandar su artículo que le pidió una y mil correcciones hasta quedar bien; el médico al dar el último punto de sutura a una operación larga y exitosa... Hoy creo que vivo un poco de ese cansancio, que he tenido la alegría de vivir varias veces... ¿quién se iba a imaginar que el estar agotado puede ser también un pequeño anticipo del cielo?

jueves, enero 12, 2006

Sobre la Eucaristía

Uno de los aspectos más hermosos que trae consigo participar en la Eucaristía es que revela nuestro ser más profundo. En efecto, cada misa puede ser una epifanía, una oportunidad para que se nos revele el anhelo que late en nuestro corazón y que tiñe toda nuestra persona: la comunión.

¿No es sorprendente que con tan poco, vivamos tanto? ¿Que la luz de la Trinidad transfigure ese encuentro y lo haga un símbolo de su unidad? Es verdad que siempre lo vivimos en la fragilidad de nuestra condición, pero eso no es obstáculo para que la Eucaristía deje de ser un impulso constante hacia una comunión cada vez más plena. Los relatos de la Cena en el Evangelio son el lugar donde esa fragilidad de los discípulos se manifiesta en competencia... y en traición de Judas. Pero Jesús va más allá del pecado y la mezquindad. Responde con más amor.



Creo que aquí está el secreto. Que el banquete de la comunión tiene, como si fuera la otra cara de la moneda, el misterio de la entrega amorosa de un hombre increíblemente solo, abandonado. El amor de Jesús, el amor del Padre, el amor del Espíritu (¡la comunión misma!) vencen esa soledad y la mesa de Dios vuelve a estar abierta para el hombre.

Cada vez que nos reunimos en torno al Altar para celebrar esta fiesta, hacemos memorial de esa entrega de Jesús. Y su amor nos recuerda quiénes somos realmente, para qué hemos sido creados. El amor de Jesús es comunión; recibirlo nos hace descubrir nuestro verdadero rostro y trabajar cada vez más ardientemente para que sus facciones sean cada vez más claras y visibles, en nuestra vida y nuestra Iglesia.