domingo, febrero 20, 2011

No saber lo que nos pasa puede ser algo terrible. Como dice Antonio en las primeras líneas de "El Mercader de Venecia":

"No entiendo la causa de mi tristeza. A vosotros y a mi igualmente nos fatiga, pero no sé cuándo ni dónde ni de qué manera la adquirí, ni de qué origen mana. Tanto se ha apoderado de mis sentidos la tristeza, que ni aún acierto a conocerme a mi mismo."

Así andamos muchas veces, sumidos en angustia, tristeza o bronca... Y no sabemos por qué. Es cierto que tenemos que aceptar momentos de no saber, permitirnos primero sentir y dar tiempo al corazón para decantar.

Pero llega un momento donde debemos poner nombre a lo que sentimos. Y es en ese momento donde se empieza a hacer la luz. Un cura muy sabio me dijo una vez: "hay fantasmas que se disipan con sólo ponerle el nombre".

Darle nombre a algo es tener poder sobre lo nombrado, es descubrir que lo que nos aqueja no es una amenaza omnipresente, sino una parte apenas de nuestra vida.

Es empezar a dialogar con ese dolor o ese interrogante, que mal que nos pese también es una parte de nosotros mismos.

Se trata de tomar una vez más la vida en las propias manos y elegir vivirla a fondo, exponiéndonos a lo que nos pasa.

Enviado desde el Camino
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