jueves, febrero 24, 2011

Hic sunt dracones (sobre los miedos II)

En los mapas antiguos, las zonas inexploradas (y por eso mismo temidas, por desconocidas), tenían a veces la inscripción hic sunt dracones ("Aquí hay dragones"), buscando amedrentar a viajeros con temores que por no tener rostro ni voz definidos eran aún más inquietantes que una amenaza real. Hoy cuando utilizamos un GPS puede llegar a advertirnos "¡ATENCIÓN! Zona peligrosa". El peligro puede ser más o menos tangible, pero la voz, la advertencia... nos asusta más todavía y nos hace muchas veces desistir de incursionar en territorio nuevo.



Así suele pasar con algunas zonas de nuestro corazón y nuestra historia. Nos empezamos a acercar a ellas y aparecen los carteles "¡Aquí hay dragones! ¡Peligro de muerte!" "¡No abrir!" "¡No cuestionar!". Y el miedo nos gana y salimos corriendo, intimidados ante la posibilidad de no sobrevivir al encuentro con lo que que se nos presenta más allá de lo seguro. 

Pero muchas veces es allí donde se puede descubrir algo nuevo. En ese paso por territorio peligroso, cuando nos animamos a preguntarnos, a destapar alguna olla del pasado o preguntarnos por algo que hasta ahora está rígido e inmóvil donde se juega muchas veces la posibilidad de una vida nueva.

Hace algunos años, tuve que enfrentarme a un miedo que me tenía muy trabado. Como parte de ese proceso fui a hablar con un psicólogo conocido mío. Un hombre con experiencia y sabio, me dijo: "Mirá, este miedo está y es evidente que ha aumentado ahora fruto de la situación en la que  estás. Podemos analizarlo, ver de dónde viene, sus raíces, etcétera. La otra manera de solucionarlo... es enfrentarlo". Y lo que me dijo entonces me quedó profundamente grabado y lo aconsejo siempre a quien tiene que enfrentar algún temor: "Pero no vayas solo. Pedí que alguien te acompañe". 

Así necesitamos muchas veces alguien que nos haga de Virgilio, de San Rafael, de compañero de camino para que podamos llegar a tierra de dragones... donde, por otro lado, nos suelen decir las leyendas que hay un tesoro escondido. ¿Y no dice el Maestro que por ese tesoro escondido vale la pena jugarse todo? Yo pido entonces para todos un compañero para nuestros miedos. Que no lo enfrente por nosotros. Pero sí que nos ayude a superarlos. Para mí es Jesús, siempre, y muchos que son signo de su presencia. ¿Y para vos?
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