martes, agosto 09, 2005

Pedro y la tempestad



El Evangelio de este último domingo los presenta a los discípulos en una realidad de lo más desoladora. Lejos de la orilla, golpeados por las olas y atormentados por el viento, agotados por el esfuerzo de una larga noche remando, transitando la madrugada, cuando el frío y la oscuridad se hacen presentes con mayor intensidad.



Y sin embargo, Jesús viene caminando hacia ellos en medio de la tormenta. Es lógico que no puedan reconocerlo. ¿Puede Jesús salir a nuestro encuentro en las tempestades?

Pedro se anima a jugarse. Y se manda, animado por la voz de Jesús. Pero se empieza a hundir, y grita pidiendo ayuda. En seguida Jesús responde asiéndolo fuertemente de la mano, con un reproche que parece casi cariñoso.

Lo interesante es que Pedro empieza a hundirse no por falta de fuerza, sino por dejar de mirar a Jesús y empezar a ver la fuerza del temporal que amenaza con tragarlo. Por suerte el Maestro está ahí para sostenerlo y acompañarlo de vuelta a la barca, con los demás discípulos.

Es un lugar común pensar que los requisitos para el encuentro personal con Jesús son numerosos y exigentes. No pareciera que los momentos conflictivos o de crisis pueden ser un camino hacia Jesús, porque implican justamente no poder controlar los acontecimientos. Pero aquí el encuentro se da en un contexto de suma fragilidad: sin horizontes ni fuerzas, sin dominio de lo que sucede.

A veces, sin embargo, en medio de la tempestad reconocemos a lo lejos la figura de Jesús, y nos atrevemos a caminar sobre las aguas. Pero puede ocurrir que a mitad de camino nos concentremos más en las dificultades que en Jesús, y empecemos a ahogarnos como se ahogaron las semillas en medio de las espinas de la de parábola del sembrador. El desafío es animarnos a confiar y pedir ayuda. Para que la duda no sea motivo de ahogo, sino de crecimiento.

El relato termina con el reconocimiento de los discípulos de Jesús como Hijo de Dios. Si la tempestad sirve para encontrarnos con nuestra fragilidad, nos regala también una comprensión más profunda de Jesús, de su misterio y su presencia en nuestras vidas.

Ojalá podamos abrir la mirada y el oído para escucharlo por encima de los ruidos de la tormenta: "¡Confíen! Soy yo, dejen de temer".
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