sábado, agosto 11, 2007

Un viaje

Desde que Jesús dijo "vayamos a la otra orilla", la Iglesia ha encontrado en la imagen de la barca y la travesía un símbolo de su existencia. A lo largo de su historia, aparecen viajeros ilustres. Navegantes que recuerdan a la Iglesia su condición de peregrina, su historicidad, y los dos elementos que creo son esenciales a cualquier viajera/o: la confianza en que se llegará a destino y la conciencia de la precariedad de medios e incertidumbre del viaje.

Uno de esos viajeros es San Brendano (Brendanus, supongo, en latín y Brendan para los irlandeses). Un monje de quien ha quedado una leyenda, un relato, que cuenta que él, junto con otros compañeros, se aventuraron en una travesia buscando el paraíso terrenal. El relato es lo que se llama en la tradición celta un immram, un periplo hacia el otro mundo.

Independientemente del contenido de la historia, el símbolo de Brendano y sus compañeros resulta fascinante y elocuente para nuestro tiempo. ¿Y si nos animáramos a navegar mar adentro, como decía Jesús? Salir hacia lo desconocido e incierto, menos pertrechados, más deseosos de la aventura, del encuentro. ¿No habrá miedo y falta de confianza en la providencia en ciertas negativas a marchar hacia ámbitos fronterizos? ¿No habremos dejado que el antiguo temor a los monstruos marinos se convierta en prejuicios que nos amarran a puertos viejos?

Tal vez haga falta que algunos se lancen al mar y que el olor de aire salado que traen de sus viajes despierten en otros el anhelo de navegar, de encontrar otras tierras y contar nuevas historias.

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