jueves, enero 05, 2006

Vivir del "darse cuenta"

Estos días de vacaciones me tienen a la vez ocupado en terminar un trabajo (¡el último trabajo práctico!) sobre la visión del hombre en el budismo Zen.

Sin entrar ahora en detalles sobre las peculiaridades del Zen (si a alguien le interesa, cuando termine el trabajo se lo mando por mail), hay algo que me resultó especialmente interesante y que me ayudó a profundizar en mi espiritualidad cristiana, o mejor, a encontrarle "la vuelta práctica" a algunas cuestiones que había estudiado cuando cursé "Gracia".

En el Budismo Zen, lo mismo que en otras corrientes del Mahayana, se entiende que todas las criaturas son Budas (todas están iluminadas). Pero el problema es que no se dan cuenta. Es necesario hacer un camino, pero ese camino es para descubrir que "todo ya está ahí". El Zenbudista realiza un arduo camino de meditación y ascesis para descubrir lo que ya es. Alcanza satori (la iluminación) y se da cuenta, como dice la chacarera, que "estaba donde nací/ lo que buscaba por ahí". Es decir que si bien hay un duro esfuerzo que pasa sobre todo por el zazen, la meditación (los maestros zen hablarán inclusive de "morir en el cojín", un verdadero entregarse a sí mismo en la meditación), es para ponerse en contacto con algo que ya está dado de antemano.

Esto que dicho así puede sonar un poco salido de Star Wars, tiene ciertos puntos de convergencia con algunas escuelas místicas del cristianismo. En concreto, creo que tiene varios elementos de relación con el hesicasmo, la escuela espiritual del oriente cristiano que desarrolló la oración de Jesús (la repetición letánica del nombre de Jesús como camino contemplativo), pero también con la mística teresiana y sanjuanista, y con algunos elementos de la mística inglesa medieval (como la del autor de La nube del no-saber).

En el hesicasmo se habla de que el hombre ha recibido a Dios en sí mismo por el bautismo. Ahora bien, por el pecado, entre esa fuente siempre viva y presente, esa inhabitación de la Trinidad en el corazón no puede percibirse claramente. Entre el contacto con Dios y nosotros están presentes nuestras pasiones desordenadas y los pensamientos (logion) que no nos permiten entrar en contacto total con Cristo. Hace falta emprender un camino contemplativo a través de una guarda del corazón constante y, especialmente, de la repetición del nombre de Jesús (que se realiza en una determinada postura, prestando especial atención a la respiración y los latidos del corazón). Pero una vez más, este sendero nos lleva a encontrar algo que ya está allí. No estamos "conquistando" a Dios, estamos sobre todo desbrozando la maleza para que lo que ya tenemos dado pueda desplegarse plenamente.

Las coincidencias son notorias, no sólo por lo mencionado arriba sino también porque tanto el zenbudismo como el hesicasmo dan una importancia fundamental al cuerpo en la meditación (algo que muchas veces ha permanecido olvidado si no en los fundamentos del cristianismo, en muchas de sus aplicaciones espirituales y pastorales). Tanto en el zen como en el hesicasmo no es simplemente ocuparse de que el cuerpo no moleste para la meditación, sino que el cuerpo medite. Podríamos decir casi que es un camino "del cuerpo a la mente". De hecho, en ambos la mente entendida como razón discursiva no ocupa lugar, no por desprecio sino por superación. No se intenta anularla. Simplemente no se le presta atención durante la meditación, porque se percibe que lo buscado está más allá de la razón y las pasiones. De hecho, éstas se ven iluminadas después por el camino de meditación, son también deificadas.

Ahora, más allá de todos los tecnicismos, lo que me resulte fascinante es que tanto si uno entra por el sendero del hesicasmo, como si incorpora ciertos elementos del zen en su vida espiritual (de postura, respiración o meditación), creo que nos ayuda a descubrir una enorme riqueza.

A través de este camino nos damos cuenta que el amor está cerca, tanto más cerca de lo que podríamos imaginar... Si nos diéramos cuenta, dejaríamos de buscar las cisternas agrietadas que no pueden saciar nuestra sed. Dios vive en nosotros... ¡Dios vive en nosotros! ¿Por qué nos empeñamos y herimos intentando colmarnos con otros anhelos, con otros deseos que están desprovistos de su raíz fundamental? ¿Por qué lastimamos a los otros pidiéndoles algo que sólo Dios puede dar?

La oración de Jesús me ha ayudado a descubrir que dentro de nosotros hay un ofrecimiento permanente, alguien que está constantemente golpeando a nuestra puerta.

Entonces, si aceptamos, si abrimos la puerta (¡y hasta ese abrir la puerta es gracia!), todo se transfigura. No desaparecen las heridas, no cesan los problemas, no se acaba el dolor. Pero uno se siente centrado, cimentado sobre una presencia. Hay un eje de luz que arroja una nueva perspectiva sobre nuestra realidad y la transforma progresivamente. Es cuestión de ir, de a pasos pequeños, de a suspiros pequeños, abriendo todo nuestro ser al nombre de Dios. Para darnos cuenta que siempre estuvo y está allí. Esperándonos.
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