viernes, enero 13, 2006

De acá a un tiempo toda la movida new age parece ir girando de un interés por una espiritualidad por momentos más difusa y sin identificación concreta a una renovado interés por las tradiciones místicas de las grandes religiones (Madonna especialmente ha puesto a la Cábala en primera línea) . En mis numerosas recorridas por librerías, encuentro que en los sectores dedicados a la "autoayuda y espiritualidad" ahora aparecen junto a obras de autores ignotos y doctrinas llamativas y extrañas, muchos (¡realmente muchos!) libros de la M. Teresa, Juan Pablo II y otros autores cristianos, que si bien uno a veces encontraba (con un poco de suerte y paciencia conseguí hace unos años "Camino de Sencillez" de la M. Teresa en una librería laica). Los textos de los espirituales del Islam también aparecen ahora en mayor cantidad.

Como todo fenómeno, tiene sus rasgos ambiguos. Empezando por los negativos, me parece que aún en este renovado interés por las tradiciones espirituales del cristianismo, el judaísmo y el Islam encontramos las mismas limitaciones que en otros fenómenos de la New Age.

El primero que me llama la atención es un falso universalismo, que tiene, me parece, detrás, un cierto espíritu marketinero. Paso a explicarme más. Se presenta muchas veces estas tradiciones espirituales pero con una falta de identidad o una dilución de sus rasgos para hacerla accesible para todos sin cambiar nada en la propia vida. En la página del Kabbalah Center (el mismo al que asisten Madonna y los notorios de turno) aparece esto con una claridad meridiana: no hace falta dejar de ser cristiano ni musulmán para interesarse en la cábala. Esto, que tiene su matiz de verdad, sin embargo aquí pareciera apuntar a otro objetivo: llegar a más gente, "venderse" más. Y no pelearse con nadie.

Otro elemento inquietante es el uso del vocabulario: me llamó la atención como las palabras "poder", "fuerza", etc. son las que ocupan más lugar. Se trata de liberar el poder interior, la fuerza latente. "Amor", "encuentro", "ascesis", "entrega"... (¡Dios!) aparecen poco o nada. Es decir que el objetivo parece pasar primero por un fuerte ejercicio de autoafirmación, y no tanto por un deseo de encuentro con el otro, con el amado.

Elementos negativos aparte, creo que esto habla de una nostalgia profunda de Dios, o al menos de absoluto, de una experiencia integradora. Como todo deseo, tiene sus ambigüedades y su necesidad de purificación, pero no por eso es menos auténtico.

Además, hay una necesidad de hacer experiencia, de que lo anhelado se plasme de un modo u otro en la vida, que deje huellas. El problema quizás es que no aparece la dimensión ascética de la mística. Por decirlo de algún modo, queremos Domingo de Pascua sin Viernes Santo.

Pero este deseo, este anhelo de una experiencia no es poca cosa. Me parece que nos puede abrir a redescubrir que la experiencia espiritual, el viaje místico no es para algunos pocos elegidos con experiencias extraordinarias (y, por otro lado, cualquiera que haya leído a los que en general se denomina "místicos" sabrá que dicho itinerario no pasa por eso). Es para todos. Creo que tenemos que animarnos a decir que deseamos a Dios, que ese anhelo está en nosotros, que hay en nuestro corazón un abismo que llama a otro abismo para ser colmado... Y, como Iglesia, animarnos a proponer, para los que buscan y para los que ya hemos sido encontrados, los "canales adecuados para promover el auténtico encuentro con Dios" (Navega Mar Adentro 29).
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