sábado, enero 28, 2006

Cuando de Chile me voy (si ya sé, es muy cliché)

Escribo estas líneas en el micro de regreso a Bs. As. después de unas largas vacaciones, mitad en Mendoza, mitad en Reñaca, Chile.

Además del regalo que es tomar un tiempo de vacaciones; del otro regalo que es poder conocer otro país... viene el agregado de pasar por una tierra que está en tiempo de cambios... un país en crecimiento.

De lo poco que pude conocer, me llevo la imagen de un pueblo gentil, el cantar de su tonada tan linda; los dolores de la historia, que todavía están ahí, sanándose. Me llevo la belleza de una tierra entre dos inmensidades: el mar y la montaña.

También me traje, con amargura, las críticas y los resentimientos que escuché de argentinos a chilenos y viceversa. Ojalá que, así como cada país de Latinoamérica tiene que ir haciendo su proceso de verdad y reconciliación, también lo podamos hacer entre chilenos y argentinos.


Vuelvo también con una de las cosas más hermosas que se pueden traer de un viaje: un sueño cumplido. Visité la casa de Neruda en Isla Negra, una casa de poeta, que, estoy convencido, termina por convertirlo a uno mismo en poeta si se queda el tiempo suficiente.

Todo viaje es un cruce de fronteras, un itinerario al corazón del otro desde el propio terruño. Es la oportunidad de agrandar horizontes, descubrir riquezas propias y ajenas, y quizás también captar con más nitidez ciertos defectos que uno tiene pero que la cercanía no permite percibir. Creo que este viaje ha tenido mucho de eso para mí. Desde acá le agradezco mucho a Dios por Chile y los chilenos.
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