miércoles, febrero 16, 2005

Que venga tu Reino

“...venga tu Reino...” (Lc 11, 2b)

La idea del “Reino de Dios”, pedir “la venida del Reino” y expresiones similares resuenan constantemente en nuestros oídos. Cada vez que rezamos el Padre Nuestro, en las oraciones de la misa, en numerosos textos bíblicos el Reino se hace presente en nuestra oración y reflexión.
Sin embargo, la experiencia nos muestra que la mayoría de las veces la “categoría” del Reino de Dios no es algo muy vinculado a nuestra vida espiritual, ni siquiera en el caso de los misioneros. Así, nos perdemos uno de los aspectos centrales de nuestra fe, y se nos escapa una de las grandes pasiones de Jesús: el anuncio del Reino. Vamos a poner nuestra mirada en el Señor, para que él vuelva a descubrir el velo de su corazón y así podamos acercarnos a este misterio tan hermoso y especialmente vinculado a la misión.

1. “... empezó Jesús a predicar diciendo: - Conviértanse, porque está llegando el Reino de los Cielos.”
[1]

Así empieza la vida pública de Jesús, con este anuncio un tanto misterioso. La expresión “Reino de Dios”, sólo aparece ¡una vez! en todo el Antiguo Testamento. Y de hecho, después de Jesús, no parece ser el tema más abarcado por los primeros misioneros. Los apóstoles no predican el Reino, sino que anuncian a Jesús muerto y crucificado. ¡Estamos ante algo que nos viene directamente de él!

Ahora, ¿qué significa “Reino de Dios”? No es algo que se pueda definir. Es una realidad muy rica y profunda como para decir: “El Reino es esto o aquello”. Nos podemos acercar a él viendo las palabras y los gestos de Jesús. Esto ya nos revela algo: el lugar privilegiado para entender el Reino es el mismo Jesucristo. Volveremos un poco más adelante sobre este aspecto. Una buena “descripción” de qué es el Reino me fue dada por uno de mis profesores: “El Reino es Dios que se empieza a meter en la vida de la gente”. Viendo cómo obra Dios entre los hombres, empezamos a entender el dinamismo del Reino. Y podemos sacar muchas conclusiones para nuestra vida misionera. Para esto, tomemos algunos pasajes del Evangelio y profundicemos desde ellos. Tengamos en cuenta que no agotan la realidad del Reino. Simplemente los elegí porque creo que de una forma u otra arrojan más luz en este momento de nuestro camino. Así que desempolvemos la Biblia y emprendamos el viaje

2. El Reino que sana e integra: el leproso (Mc 1, 40-45) y Mateo (Mt 9, 9-12)

El leproso

El relato del leproso nos muestra a este Jesús, que, como veíamos en la primer ficha, traspasa fronteras. Aquí vemos una de las características del poder del Reino que se manifiesta en Jesús: salir a buscar a los olvidados. La curación del leproso no tiene por fin simplemente sanar, sino restituir al enfermo a su comunidad. Esto es, lo importante eran los vínculos que se quebraban al quedar enfermo (porque para los judíos la enfermedad era un castigo por el pecado cometido, así que se cortaban los lazos entre el enfermo, la comunidad y Dios). La fuerza del Reino hace que los que estaban afuera recuperen sus vínculos.
La sanación nos muestra que el Reino se hace presente dondequiera que la gente crece en libertad, supera y rompe sus cadenas. Y esto por la compasión de Dios, porque la acción de Dios es compasiva (sufre-con la gente). Jesús asume el dolor del otro, lo toca. El Reino es Dios que se inclina sobre el sufrimiento del hermano y lo libera de él.

Mateo

La vocación de Mateo está puesta en el centro de una seguidilla de milagros que manifiestan el poder de Jesús. ¿Qué hace en medio de tantos signos grandiosos este llamado, sencillo, que culmina con Jesús almorzando con los pecadores?
El secreto es que este relato también es una historia de sanación. Pero de una sanación más importante que la de la enfermedad física: la del corazón. El relato de Mateo está en el centro porque el Reino no se manifiesta con fuerza donde los enfermos se curan, sino donde la vida de la gente cambia[2]. Y que aquí se empieza a adelantar el cielo. ¡El cielo cristiano no está al final del camino! Se va manifestando en la vida de cada día, cada vez que el Espíritu de Jesús va haciendo presente “en semilla” el amor definitivo que viviremos en el Paraíso.
Mateo, como el leproso, se descubre amado por Jesús, y eso lo invita a seguir al Nazareno, a abandonar su mesa de cambios (el lugar del pecado, donde se encuentra sentado-estancado), y a ponerse en camino detrás de él.

Como misioneros, nosotros somos un signo de este Reino de Dios, que se manifiesta justamente en los lugares más alejados. Cada acto de amor gratuito que realizamos (y la misión es un tiempo especialmente fuerte para esto), hace llegar a los demás la iniciativa misericordiosa del Señor, partiendo desde nuestra propia experiencia de ser salvados, amados, valorados. Compartimos lo que hemos recibido, como nos dice Jesús al enviarnos: “... gratis lo han recibido, entréguenlo también gratis.”[3]
Somos quienes muchas veces vemos y tocamos las situaciones que otros no pueden o quieren tocar. Cada vez que por nuestras palabras, nuestros gestos o nuestra sencilla presencia, alguien puede ser consolado u alegrado, cada vez que alguien vuelve a la comunidad por el ministerio de los misioneros, el Reino de Dios sigue llegando con poder a los más necesitados, los preferidos del amor de Dios.

3. El Reino que crece: la semilla de mostaza (Mt 13, 31-32) y la que germina por sí sola (Mc 4, 26-29)

La semilla de mostaza

Esta parábola nos muestra que el crecimiento del Reino no obedece a nuestros criterios de efectividad y producción. El Reino sigue las leyes de la vida, y el crecimiento de la vida siempre es lento. No podemos pretender cambios de la noche a la mañana, ni pensar que una semana de misión hará milagros. Pero este texto nos llena de esperanza, porque nos recuerda una constante de la Historia de Salvación: que Dios es un enamorado de los comienzos pequeños. Pensemos en la locura de un Anciano como Abraham que se pone en camino en su vejez tras la promesa de descendencia. En la miseria de un pueblo explotado por el imperio más poderoso del mundo antiguo que es liberado por el Señor y sobrevivirá a lo largo de 5000 años. En la sencillez de un carpintero y sus amigos pescadores que empiezan una aventura distinta. Y en la locura de un grupo de chicos que hace cinco años armaron un grupo de misión que sigue creciendo más y más. Por eso, nos animamos a seguir, descubriendo que en la pobreza de medios de la misión, se manifiesta más transparentemente la fuerza del Reino.
Y que justamente porque somos pocos, allí el Señor quiere estar con más intensidad[4].

La semilla que crece por sí sola

Una vez más, Jesús se vale de la naturaleza para explicarnos cómo se desenvuelve el Reino. Sorprende escuchar que el sembrador no cuida de la semilla. Simplemente la deja ser y ella crece sola.
Al leerla tomamos conciencia de una dimensión fundamental del Reino: este brota de la iniciativa de Dios.
El Reino no crece a fuerza de voluntarismo ni de planes bien armados. Es el amor del Padre el que hace que su acción siga manifestándose en la vida de los hombres.

Como misioneros, a veces podemos olvidar esta iniciativa primordial del Señor. Estamos para ayudar a preparar la venida del Reino[5]. Pero no somos los que dimos el puntapié inicial. En la oración recordamos especialmente esta verdad: que toda nuestra fecundidad depende de la respuesta entusiasta al primer paso de Dios.
A la vez, la imagen que Jesús nos regala es muy liberadora. Es muy difícil captar la eficacia de nuestras palabras y gestos durante la misión. En más de una oportunidad, gente a la que creíamos muy entusiasmada con nuestra propuesta no responderá, y personas que parecían habernos atendido tibiamente aparecerá en los encuentros o en la misa. Y aunque así no fuera, nosotros sabemos que la semilla ha sido sembrada. Y que esta crece, aunque no sepamos cómo. Este es quizás uno de los aspectos más difíciles de la vida del misionero: ir aprendiendo que nos movemos pensando en ser fecundos, no productivos. Pero a la vez, nos sentimos en paz al porque hemos depositado nuestra confianza en la acción de Dios, el único que puede tocar los corazones.

4. Un Reino que no es algo, sino alguien

Decíamos un poco más arriba que al ver las palabras y los gestos de Jesús (basten los ejemplos anteriores para demostrarlo) descubrimos que es justamente en su vida donde descubrimos el Reino y cómo este trabaja.
Después de la Pascua de Jesús, los apóstoles empiezan a predicar a Cristo muerto y resucitado. ¿Qué sucedió? Simplemente que fueron descubriendo este misterio del Reino llegando a su plenitud entre la Cruz del Viernes y la Luz del Domingo. Dios se había metido tan a fondo en la vida de los hombres que había traspasado los umbrales de la muerte y, así como su poder había brillado en los cuerpos enfermos de los paralíticos y en los corazones de los pecadores, reengendrando la vida, ahora llegaba a su punto culminante, trayendo de entre los muertos a Cristo. Mostrándonos no sólo el poder de Dios sobre la muerte por su gran amor, sino la vida en abundancia a que nos invitaba[6].
Juan Pablo II lo sintetiza de forma notable en la encíclica Redemptoris Missio:

“El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen de Dios invisible.”[7]

Así, descubrimos que el misterio de la acción de Dios en la vida de los hombres, se revela a través de la acción de una persona. Es a través de la mediación de hombres como el Reino se va haciendo paso.
Uno de los grandes misterios de la Historia de la Salvación es que Dios nunca quiere actuar solo: siempre pide nuestra participación. Él puede (y de hecho a veces lo hace) obrar directamente. Pero casi siempre elige que nosotros participemos libremente de su obra salvadora.

La misión es un tiempo especial para comprobar existencialmente esta verdad. Cada vez que nos abrimos al amor de nuestro Padre abriéndose paso en nuestra vida por la fuerza del Espíritu, el rostro de Jesús vuelve a manifestarse en la vida de los demás (y en la nuestra). Las misiones son fuertes tiempos “del Reino”. Nuestra pobreza de medios y de tiempo, la pequeñez de nuestros gestos, y todos los límites morales y espirituales que experimentamos durante la misión hacen que la fecundidad de nuestros esfuerzos sean aún más notables. Se debe a que el Señor está actuando a través nuestro.

Es bueno recordar esta doble dimensión del Reino (la acción de Dios en la vida de la gente –primera dimensión- que se manifiesta plenamente en la muerte y resurrección de Jesús –segunda dimensión-.) Pues si olvidamos la primera pensamos que nuestra misión es estéril si no llegamos a hablar directamente de Jesús. Pero el Reino llega en cada gesto de amor. Y si no recordamos la segunda estaremos haciendo buenas obras, pero perderemos de vista el corazón que une cada palabra y gesto de nuestra vida: el amor de Jesús. No debemos desdeñar esta polaridad.

Como comunidad misionera, somos una pequeña Iglesia. Y ella es siempre signo, instrumento y germen del Reino[8].
Signo, porque cada vez que nos hacemos presentes frente al sufrimiento y la necesidad del hermano, lo hacemos ver más allá de nosotros, hacia el designio amoroso de Dios que nos hace llegar hasta él.
Instrumento, siempre que elegimos libremente colaborar con la obra de la Trinidad entre los hombres.
Germen, porque, como la semilla de la parábola, vamos creciendo de a poco, y así, esperamos la venida definitiva del Reino, cuando Dios sea todo en todos.


Eduardo Mangiarotti
Parroquia Santa Teresita, 25 de agosto de 2002
[1] Mt 1, 16
[2] En la diócesis de San Isidro funciona un retiro-impacto que trabaja especialmente con adictos a la droga. Se llama Columna. Los que lo coordinan han pasado exactamente por las mismas situaciones que los “columnistas”: son ex drogadictos, ex convictos, ex ladrones o asesinos. Cuando los chicos llegan a la Columna todavía el primer día se pueden drogar. Cuando uno llega al cierre de una Columna no puede creer el cambio interior de los columnistas. Y entonces se vuelve a descubrir que el mayor milagro del Reino es la conversión. Que en donde reina la muerte con más fuerza, que no es en el cuerpo, sino en el corazón, irrumpe el Dios de la vida con toda su fuerza.
[3] Mt 10, 8b.
[4] Esta relación entre pobreza de medios y fecundidad que regala el Señor está en toda la Biblia, pero les recomiendo especialmente el relato de Gedeón, un joven que con un puñado de israelitas vence a sus enemigos, y un texto de Pablo muy conocido: 2 Cor 4, 7- 5, 10 y Jueces 7
[5] Pleg. Euc. sobre la Reconciliación I
[6] Jn 10, 10
[7] Redemptoris missio, nº 18
[8] Ídem.
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