viernes, febrero 18, 2005

Carta a un amigo sobre el voluntariado

Querido Diego:

Hace tiempo ya que vengo pensando mucho en todo lo que ustedes están haciendo allá en Virreyes [Nota: Trabajan acompañando una escuelita de hockey para chicas del lugar y otras iniciativas de promoción humana] . En mi propia experiencia trabajando en barrios, y en todo lo que de un modo u otro se relaciona con el trabajo de promoción humana. Pensaba en lo que contaban vos e Iván de la dificultad para conseguir gente que se comprometa a largo plazo. Pienso que en parte es porque a veces este compromiso brota de un impulso generoso pero que no está sustentado por una convicción profunda o una idea clara sobre qué significa realizar este trabajo.

Pensando en eso me fue saliendo esta especie de carta/reflexión sobre lo que significa el trabajo social y de promoción humana, sobre todo desde el Evangelio. Me encantaría que me digas, cuando tengas un tiempito, qué te parece y qué reflexiones te suscita vos. Son más que nada notas sueltas, pero por ahí te sirven. Te mando un gran abrazo y nos estamos viendo.

Una opción en la crisis

Hoy, de un modo u otro, la crisis toca a nuestra puerta. A diferencia de épocas anteriores, los medios, pero, sobre todo, nuestra experiencia cotidiana en la calle, en el tren, en el trabajo, nos acercan de un modo ineludible la situación dramática de la gran mayoría de argentinos.
A la vez, la inseguridad nos deja con miedo y una profunda incertidumbre, invitando más a cultivar la alienación y el resentimiento que a pensar respuestas creativas para ir saliendo de este difícil momento que atravesamos.

Sin embargo, este tiempo también es testigo de numerosos brotes de solidaridad que surgen en distintos lugares, emprendiendo de distintas maneras caminos nuevos, tendiendo puentes para un país mejor. Pocos fenómenos sociales llaman hoy tanto la atención como el voluntariado y las distintas iniciativas de trabajo social y humano.

No todo es fácil. Muchos empiezan estas tareas con entusiasmo pero pronto se desaniman y abandonan. Otros se resienten o se amargan al experimentar el rechazo.
Sin ánimos de juzgar a nadie, y sin negar las más que reales dificultades y frustraciones, creo que parte del problema en el abandono y la continuidad en el voluntariado es la falta de motivaciones profundas, o, al menos, la falta de explicitación de las mismas. Desde una perspectiva cristiana, estas líneas quisieran ayudar a descubrir, nombrar y profundizar esas motivaciones.

Una elección y un llamado

Optar por el trabajo de promoción humana puede sonar a utópico. ¿Qué puede cambiar un pequeño grupo de personas en un país enorme y tan herido? No sólo eso, a la hora de encarar la tarea concreta que nos hemos propuesto palpamos nuestras propias limitaciones.

Con este horizonte delante, ¡qué bien nos hace recordar que Dios es un enamorado de los pequeños comienzos! El Evangelio nos muestra a Jesús convocando a este grupo de hombres y mujeres increíblemente frágiles, increíblemente “normales”, con dudas y miserias, riquezas y grandes pobrezas, para anunciar el Reino. Jesús no se asusta de la pequeñez de su comunidad. Al contrario, apuesta a confiar en ellos. Y no por ingenuidad, sino porque intuye la semilla de vida que Dios ha puesto en cada uno de ellos y que pugna por salir.

Así, vemos cómo despierta la vida en las personas que se encuentran con él. Todos hacen la experiencia de ser aceptados y curados en lo profundo de su corazón. Sus discípulos primero que nadie. Ellos reciben de Jesús el encargo de continuar esa misión. Les da su Espíritu para que ellos también den frutos de vida.

Trabajar en promoción humana es aceptar esa invitación de Jesús para comprometerse al servicio de la vida. Para que, como Jesús, despertemos el don de Dios que está dormido en los otros, a causa de la pobreza, de la ignorancia o de las heridas de la vida.

La primera condición es ponernos en manos de Jesús y descubrirnos a nosotros mismos profundamente amados y aceptados en nuestra pequeñez. De otro modo, no sólo corremos el riesgo de chocarnos contra nuestros idealismos y amargarnos la vida, sino peor aún, nos exponemos a la posibilidad de encarar nuestro trabajo como si nosotros fuéramos el Mesías y los demás, pobres destinatarios pasivos de nuestra caridad.
En cambio, al arrojar nuestro amor, sencillo y pobre, en el corazón de Cristo, nuestro voluntariado gana una raíz profunda, sólida, no dependiente ya sólo de nuestras fuerzas, sino de la gracia.


El encuentro

Si, como decíamos, aquellos con los que nos relacionamos para trabajar, dejan de ser meros receptores para ser parte activa del proceso de promoción, necesariamente encararemos el trabajo de otro modo, sin caer en asistencialismos ni condescendencias. Sólo cuando es el otro el que se compromete activamente en su crecimiento podemos esperar frutos duraderos. Es mucho más desafiante, pero también más fecundo. Implica una profunda confianza en la bondad de las personas y en su libertad. A la vez, nos pide firmeza para no caer en la tentación de ahorrarles el camino, o de dejar pasar una corrección.
En el Evangelio descubrimos que ésta es la pedagogía de Jesús. Se adapta siempre a las necesidades de cada uno, sin forzar, sin imponer, pero apelando a la vez a la responsabilidad de las personas, exigiendo lo justo en cada momento[1]. No pide de más, pero tampoco de menos.

La frustración

Pero todo esto no quita que experimentemos obstáculos muy concretos que pongan a prueba nuestro compromiso. Un hombre muy dedicado el trabajo social especialmente en el área de la Patagonia, el P. Miguel Petty SJ, afirma que “la primera virtud del agente de promoción humana debe ser una alta capacidad de frustración”.
Quizás una de los dolores más grande en este campo sea el del rechazo precisamente de aquellos a quienes intentamos ayudar, manifestado en reproches, críticas o inclusive violencia.
Estamos sin dudas encarando un camino arduo. Tenemos que estar preparados para sembrar y regar, confiando mientras los brotes no aparecen que lo entregado a la tierra ya está dando vida, aunque oculta. Y tratando, mientras tanto, de hacer de esos dolores una fuente de crecimiento. Es una forma de entender la cruz: tener una enorme disposición para amar y entregarse, pero encontrarse incapacitados para hacerlo por la cerrazón de los otros. Será cuestión entonces de confiar y abandonarse en Dios. Es el momento más difícil: y por eso, también el más fecundo.

De un modo u otro, lo que no debemos dejar de tener presente es que todo esfuerzo, todo diálogo, todo proyecto, por más pequeño y atravesado de dificultades, si está hecho con espíritu de servicio, ya es fecundo, ya es vida. Más todavía: ya es Buena Noticia para los demás, que experimentan, aún sin saberlo, el amor de Dios por manos humanas. Y así quedan abiertos al anuncio explícito de Jesús.

Les dejo, para terminar, una cita que a mí me inspira mucho. Eloi Leclerc, su autor, la pone en labios de San Francisco en su libro “Sabiduría de un Pobre”:

El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya en lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no sólo decirlo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de e lo que él pensaba y que se despierta así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad: un amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profunda. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo

Eduardo Mangiarotti
Seminario San Agustín
19 de octubre de 2004
[1] Los ejemplos son numerosos, pero quizás se ve más claramente en una leída global del Evangelio de Lucas, que está pensado como un verdadero itinerario que Jesús recorre con sus discípulos detrás.
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