miércoles, febrero 08, 2012

Siguiendo la sombra del Galileo (Crónicas de Tierra Santa II)

Después de la noche en Nazareth y un flor de desayuno, estábamos listos para empezar nuestro primer día "oficial" de peregrinación. La etapa inicial de este viaje iba a girar en torno a Galilea, tierra de origen y lugar privilegiado del ministerio de Jesús (es decir, los espacios donde se dieron de manera más extensa la "vida oculta" y la "vida pública" del Señor). 

La primera parada era la Iglesia del Primado de Pedro, cerca de Tagbah, junto al Mar de Galilea o Lago de Tiberíades. Es un templo pequeño y muy bonito, que alberga dentro de sí una de las llamadas "Mensa Christi" (una roca donde Jesús partió el pan con sus discípulos; hay otras más en distintos lugares de Tierra Santa), pegado al lago y que tiene a su alrededor algunos altares donde se puede celebrar al aire libre, mirando el mar. En esta iglesia se conmemora el diálogo entre Pedro y Jesús mencionado en Juan 21 ("¿Me amas? Apacienta a mis ovejas"). 

Por percances con el GPS llegamos 20 minutos tarde y el monje benedictino que cuidaba la iglesia casi no nos deja celebrar. Pero gracias a un poco de persistencia, de cara de pollito mojado (que la lluvia favorecía) y al factor de unión de que el monje era justo un argentino de Palermo, pudimos tener misa allí. Celebramos la misa en un pequeño altarcito junto al lago. Después nos tomamos un buen rato para rezar cada uno por su lado mirando el lago, con mucho silencio (como es invierno y por la lluvia no había tantos peregrinos). 

El episodio narrado en el final del Evangelio de Juan nos dio el marco necesario para empezar a entrar en el diálogo con Jesús que sostendríamos a lo largo de todo nuestro itinerario. Personalmente, me volvían una y otra el momento en que Jesús dice a Pedro: "Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras". La vida en este momento me va llevando por esa dirección. Pero la certeza de que Jesús acompaña también ese paso me da mucha paz.

Y en una ronda lindísima entre las rocas compartimos con mucha emoción cómo estaba cada uno. Lágrimas, alegría, y el saber queJesús ya nos estaba encendiendo el corazón a todos. Terminamos el momento rezando juntos y escuchando una canción de Sertres cuya letra podría ser tranquilamente lo que Pedro meditaba después de esa triple respuesta de amor:

Qué historia larga juntos recorrimos,
qué viaje misterioso emprendimos…,
Amigo mío….

Viví los años más hermosos de mi vida
y hoy la confianza llega a tal punto…
Que te di todo, y espero lo mismo…

Te veo, imponente como el sol del horizonte,
que a veces se me acerca y a veces se me esconde….
Pero creo que ya es la hora de avanzar de pie
con fuerza hacia la aurora…

Amigo, Compañero,
me enseñaste a andar haciendo el sendero.
Amigo, Compañero,
Tú lo sabes todo; Tú sabes que te quiero.


De allí fuimos a Tagbah, donde Jesús multiplicó los panes y peces. Es una iglesia lindísima atendida por monjas benedictinas, de claro estilo monástico y con un piso hecho de mosaicos que aún se conservan de un templo anterior del siglo V. Tratamos de tomar conciencia de los dones que Dios nos da para compartir con los demás y alimentar a los que tenemos cerca. No deja de ser llamativo que frente al hambre de la multitud lo primero que hace Jesús es ayudar a los discípulos a descubrir lo que tienen ("¿Cuántos panes tienen? Vayan y vean"). Y esos panes y peces son motivo de gratitud al Padre para Jesús. Este Jesús siempre sorprendente que  en vez de agradecer por lo que recibe, bendice a su Abbá por tener algo para dar y compartir.

Almorzamos luego en el restaurant "San Pedro". Es muy divertido -y a veces chocante- ver cómo se combinan acá lo religioso y el turismo: tanto que uno puede encontrar cosas como una imagen clásica del pobre santo pescador con un estridente logo de Pepsi Max al lado en el cartel de restaurant. Comimos una rica comida típica de allá (un pollo especiado, dátiles y café turco para los valientes y unas más familiares papas fritas) y salimos para Cafarnaúm, donde Jesús realizó numerosos signos y predicaciones. Sobre lo que las excavaciones presentan hoy como la casa de San Pedro hay una moderna iglesia en la que pudimos resguardarnos del frío y rezar juntos. Leímos el día que Jesús pasa en este lugar narrado en Mc 1-2, recitando cada uno un versículo. 

El último tramo de la tarde fue para la Iglesia de las Bienaventuranzas, un templo lindísimo situado en el monte donde Jesús dio el Sermón de la Montaña: el anuncio de una felicidad y un estilo de vida a la medida del Reino. 


En ese hermoso lugar cada uno tomó una de las bienaventuranzas y las fuimos meditando. Ya se hacía de noche (y las carmelitas que se ocupan del lugar nos iban a encerrar ahí) así que partimos a Tiberíades, donde hicimos noche en la "Casa Nova" de los franciscanos (los frailes tienen la custodia de la mayoría de los grandes santuarios aquí, donde manejan además varios alojamientos para peregrinos llamados de esta forma). Recorrimos un poco la ciudad, que empieza a despertarse por la noche a medida que termina el Sabbat y se abren todos los barcitos. El impacto cultural se hizo sentir una vez más cuando vimos una parejita de novios muy simpática: él era un soldado que caminaba feliz de la mano con ella... y llevaba una ametralladora en la otra. 

La tarde nos encontró cansados pero contentos. Parecía mentira que sólo teníamos un día de peregrinación encima. Ya estábamos experimentado esta realidad típica de las vivencias fuertes: el tiempo se hace más denso, concentrado. Por usar una diferenciación que aparece en el Nuevo Testamento, no vivíamos simplemente un kronos (el tiempo normal, que transcurre momento a momento) sino un verdadero kairós (un tiempo favorable, donde Dios actúa... un momento sacramental). 

Al día siguiente nos esperaban el Monte Tabor, lugar de la transfiguración, y la revancha de Nazareth, donde no habíamos podido ver nada la noche anterior. Había que descansar y preparar el corazón para lo que venía...
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