domingo, febrero 19, 2012

"Nuestros pies ya están pisando tus umbrales, Jerusalén": Nuestra llegada a la Ciudad Santa (Crónicas de Tierra Santa VI)

Lo primero es lo primero y hay que decirlo: si hubo un día en que estuve mal predispuesto y enfurruñado en toda la peregrinación, fue éste. Tenía un nivel importante de ansiedad por querer llegar lo antes posible a Jerusalén. El plan inicial había sido partir la noche que llegamos de Petra, pero el cansancio hacía imposible encarar un viaje de 3 horas en auto y encima de noche. El compromiso era salir a primera hora de Eilat para encontrar un buen lugar donde acomodarnos y poder luego aprovechar el día. Pero terminamos arrancando después de las once; el tramo era más largo de lo que hubiéramos esperado... y el tráfico de la ciudad sumado a nuestra desorientación hizo que el desembarco fuera recién bien entrada la tarde. Literalmente nos dimos contra la pared cuando al llegar a la Ciudad Antigua descubrimos que allí no se puede entrar con auto. Y ahí empezó otra serie de problemas. Pero antes, un poco de historia. 

Jerusalén es la capital de Israel (aunque no tiene reconocimiento internacional como tal), con más de 500.000 habitantes. Pero su corazón es lo que se llama la Ciudad Antigua, un centro amurallado en el Siglo XVI por el Sultán Solimán el Magnífico. 

Mapa del Siglo XVI que pone a Jerusalén en el centro del mundo
En menos de un kilómetro cuadrado dividido en cuatro barrios (Armenio, Cristiano, Judío y Árabe) al que se entra por alguna de sus puertas (cada una con un nombre especial) están contenidos la Mezquita de Al-Aqsa (la tercera más importante para el Islam); el Muro de los Lamentos, lo único que queda del Templo de Jerusalén y hoy lugar de peregrinación para miles de judíos piadosos... y la Basílica del Santo Sepulcro, que contiene dentro de sí el Calvario y la tumba de Jesús. Por esto es un lugar fundamental para las tres grandes religiones monoteístas del mundo. Una antigua tradición judía (que luego continuaron los Padres de la Iglesia) dice que Jerusalén es el omphalos, el ombligo del mundo. El Talmud afirma que Dios entregó al mundo diez medidas de belleza, ¡y siete fueron para Jerusalén! 

Entrando en la Ciudad Antigua por la Puerta de Damasco... ¡no entendíamos nada!
Tengo que decir, sin embargo, que nada de esto pasaba por mi cabeza mientras intentábamos discernir qué hacer. Decidimos dejar los autos y entrar en la Ciudad Antigua (sin mapa ni orientación alguna) para buscar algún alojamiento. La Puerta de Damasco nos dio paso por el barrio árabe, que es por lejos la parte más bulliciosa, desordenada y simpática de esta Jerusalén que no dejaba de cachetearnos cuanto más nos adentrábamos en ella. Un sinfín de puestos, callejuelas de esas que aparecen en las películas de suspenso y un enjambre de personas, mientras los altavoces llamaban a la oración. 

Detalle del Hostel.
Esta foto es de la página web.
¡No le crean!
Dimos unas cuantas vueltas y terminamos en The Citadel, un hostel en el barrio cristiano, tan pintoresco como incómodo (cuando le mandé una foto a mi familia del lugar donde dormía preguntaron si eso era el Santo Sepulcro). Para colmo, a poco de entrar en la ciudad había comenzado a llover con fuerza. Largas negociaciones con la pobre recepcionista (era su primer día) nos demoraron más todavía. Mojados, sin comer y por primera vez un poco fastidiados, salimos para tener un almuerzo tardío (ya eran las cuatro de la tarde y en una hora más se haría de noche) antes de buscar nuestras valijas, estacionadas en nuestros autos. El prospecto era de una caminata larga y molesta.

La lluvia recrudeció apenas dejamos el hostel y nos hizo empezar a correr sin ver a dónde íbamos. De golpe topamos con una explanada y una puerta abierta más grande de lo habitual. Los chicos ya habían entrado, sin saber qué era ese lugar. Yo, que venía más atrás, me quedé viendo la entrada, sorprendido por lo que estaba pasando. Entré despacito y los chicos, que se habían frenado apenas entraron, me preguntaron: "¿Qué es esto, Edu?". Emocionado y todavía un poco aturdido por este encontronazo, les dije: "Chicos... ¡esto es el Santo Sepulcro!". Habíamos entrado de pura carambola en el lugar más santo para nuestra fe.

Nuestro sorpresivo encuentro con la Basílica del Santo Sepulcro
Todos fuimos silenciándonos y empezamos a recorrer el lugar sin entender muy bien (en una próxima crónica daré más detalles de la Basílica). Peregrinos por todos lados de distintas iglesias cristianas, desde ortodoxos frotando sus pañuelos y derramando mirra o nardo en distintos lugares, pasando por protestantes que miraban todo con un cierto desconcierto (como cualquier con una sensibilidad occidental se siente frente al desborde de imágenes, olores y rincones del lugar) y católicos que se dirigían hacia un extremo del templo donde una puerta abierta dejaba salir humo de incienso y un coro potente de hombres cantando en gregoriano.
Atraídos por el canto, nos arrimamos y el turiferario (portador del incensario) nos invitó a pasar a la capilla. Era el cierre del Via Crucis que los franciscanos realizan todas las tardes por las calles de la ciudad. Ezequiel, un integrante de nuestro pequeño grupo se enteró que a continuación habría misa. Decidimos quedarnos y apenas terminó la adoración me arrimé a la sacristía para ver si me dejaban concelebrar.

Un fraile franciscano africano me recibió muy amablemente. Le pregunté si había misa y de ser así, si era posible concelebrar. En un inglés muy cerrado y mientras miraba su reloj respondió: "Iba a haber, pero el grupo no viene, parece". 

Se me vino el alma un poco abajo. ¡Ese día no pegábamos una! El fraile debe haber visto mi cara de velatorio, porque entonces me dijo "¿Usted viene con un grupo?". "Sí". "Bueno" me dijo, y sonrió, "parece que el otro grupo no va a venir. ¡Celebren ustedes!". Me quedé sin palabras. "¿¡En serio?!" "¡Claro! ¿En qué idioma habla?" Rápidamente me alcanzó los libros con los textos en español y me despachó para la capilla, donde tras cerrar las puertas quedaban dos o tres monjas, un par de viejitas de la ciudad y un señor armenio de importante tamaño que sería mi monaguillo... y nosotros nueve, que no terminábamos de entender lo que estaba pasando. 

Yo estaba a la vez embargado por la emoción y una cierta vergüenza. Había dado el día por perdido porque mis expectativas se habían frustrado. Y de golpe, ligábamos una misa de regalo en el lugar más santo del cristianismo. Todo en esa misa tenía gusto a Providencia, a este Jesús que, lo sabíamos, nos acompañaba, pero ahora prácticamente nos zamarreaba para grabar la certeza de su presencia en nuestra peregrinación. Cantar "Cinco panes y dos peces" y "Santa María de la Estrella", típicos de nuestro grupo y de cientos de retiros y misiones; escuchar una vez más el relato del encuentro con el sepulcro vacío; un abrazo de paz entre los nueve como pocas veces he vivido; compartir a Jesús tan vivo y entregado en la eucaristía... Y todo de regalo. No creo haber celebrado muchas veces con tanta devoción, y menos todavía habiendo llegado allí con el corazón y la cabeza completamente ofuscados. 

Después de esa misa el cambio de humor y de espíritu era impresionante: pasamos de la frustración a una alegría desbordante. En uno de los numerosos barcitos de la ciudad antigua compartimos un rico shawarma y un poco de la emoción del momento. Y mientras el resto de los chicos iban a los autos a buscar las valijas, con Santiago y Ezequiel enfilamos hacia el hotel para arreglar algunos temas por teléfono. 

En esas cuadras nos esperaba otro signo de la Providencia. Pero esto también requiere un poco de historia previa. 

En los días anteriores a nuestra partida a Tierra Santa, había establecido un breve, pero amistoso, contacto por e-mail con Marcelo Gallardo, un sacerdote argentino que hace ya varios años ejerce el ministerio allí y ahora es Canciller del Patriarcado de Jerusalén. Me había propuesto tratar de encontrarlo cuando llegáramos a Jerusalén. Nunca me hubiera imaginado que iba a ser muchísimo más fácil de lo que esperaba. 

Caminábamos por las callejuelas tratando de aprovechar los toldos para evitar los últimos ramalazos de la lluvia y un hombre que caminaba en sentido contrario se acercó a nosotros mientras conversábamos. Cuando lo teníamos cerca, lo miré y dije "¡Padre Marcelo!". Él había escuchado nuestra tonada argentina y eso lo había hecho arrimarse. Otro signo más de la providencia. Marcelo fue un verdadero San Rafael en esos días: compañero de camino e instrumento de algunas de las experiencias más lindas durante la estadía en Jerusalén. Charlamos un rato con él y nos llevó a una terraza del barrio judío donde hay una hermosa vista de la Ciudad Antigua. Quedamos en volver a vernos: terminaríamos encontrándonos todos los días.

Caminando por la Ciudad Antigua

El día llegaba a su fin. Una jornada que yo había dado por perdida terminó regalándome lo que percibí era la principal gracia para mí de este viaje. Una certeza simple y básica de nuestra fe ahora se me hacía patente y sólida: mi futuro está en manos de Alguien que me ama  y se ocupa de mí, no sólo dándome lo necesario, sino también signos de ternura desbordante. En este momento en el que tengo que partir en pocos meses a estudiar a otra tierra y donde tantas cosas están bajo el signo de la incertidumbre, era lo que mi corazón más necesitaba. Como dice justamente uno de los salmos de peregrinación:

"El Señor es tu guardián, es la sombra protectora a tu derecha:
de día, no te dañará el sol, ni la luna de noche.El Señor te protegerá de todo mal y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso, ahora y para siempre." (Sal 121, 5-8)


A partir de este momento todo lo que vino después cobró una intensidad aún mayor que la de los días anteriores. Pero esta bienvenida de Jerusalén fue y será una de las gracias más grandes de mi vida: la experiencia palpable del amor de Dios, generoso hasta en los más pequeños detalles.
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