viernes, febrero 10, 2012

Donde la luz se manifiesta y donde se esconde (Crónicas de Tierra Santa III)

Después de nuestra primera jornada galilea hicimos noche en Tiberíades, hermosa ciudad pegada a la costa del Lago. Paramos por primera vez en una de las numerosas Casas Nova que los franciscanos tienen en el país. Andrei, un joven checo perteneciente a la comunidad religiosa que atiende la "sucursal" del lugar nos recibió con calidez y nos ayudó con numerosas aclaraciones para pulir y afinar nuestro itinerario. Después de una caminata por la ciudad y una rica pizza Kosher (como atestiguaban el certificado y la foto del rabino en la puerta del negocio) nos fuimos a descansar.


La mañana nos encontró saliendo muy temprano al Monte Tabor, a unos 30 km de allí, donde Jesús se transfiguró en presencia de Santiago, Pedro y Juan. La iglesia está en la cima del monte y es uno de los templos más lindos que he visto en mi vida. Diseñada por Antonio Barluzzi, un laico terciario franciscano responsable de la la mayoría de los santuarios católicos de Tierra Santa, tiene una estructura trinitaria (todo está dividido en tres) que rescata lo que quedó de una iglesia construida por los cruzados en el siglo XII en ese mismo lugar. 

Reinaba un silencio impresionante: fuimos los primeros en llegar. Nos recibió Ángel, un hermano franciscano de Ecuador, que nos pidió un poco de prisa (se venía un día con numerosa afluencia de visitantes para ellos, aunque una vez más nos las arreglamos para tener bastante intimidad allí). Aunque al principio me dio las indicaciones referidas al tiempo escaso que teníamos para la misa y la velocidad obligatoria para celebrar, evidentemente bastante comunes allí (¿serán más largueros los curas en Tierra Santa?) creo que después nos lo compramos. Como luego constataría, nosotros éramos una especie de rara avis (¡y en un lugar que junta tantos personajes como Tierra Santa eso no es poco decir!). Uno ve gente de todo el mundo allí... pero jóvenes pocos. Muy pocos. Y ver jóvenes con ganas de vivir una experiencia así siempre conmueve el corazón. Sé que a mí me pasa siempre, aún cuando gracias a Dios tengo la oportunidad de constantemente ver jóvenes que viven su fe con intensidad.


En ese mismo clima de silencio celebramos la misa, acompañados apenas un instante por dos peregrinos más que se sumaron por unos instantes a la celebración. La misa, obviamente, era la de la transfiguración... y allí hoy, dos mil años después del episodio, se respiraba una vez más una presencia, una luz, una alegría...


Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. 
Fresco de la Transfiguración
en el ábside central de la Basílica
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. 
Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» El no sabía lo que decía. 

Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra 
y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. 
Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: 
«Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.» Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.
Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.


Nos tomamos un rato para volver sobre el texto en una meditación más personal y nos fuimos a rezar cada uno por su lado. Ahí en el monte uno siente que el corazón se agrande y se extiende tanto como la mirada te lo permite. Rezamos largo y tendido y después nos juntamos a compartir lo que habiamos reflexionado. No deja de sorprender como un mismo Evangelio puede suscitar tantas reflexiones y emociones cuantas personas hay. Pero creo que había un hilo común. La transfiguración se nos presentó a todos como revelación de amor, chispazo de luz frente al dolor y la dificultad de la vida, que nos permite encarar lo  cotidiano (la obligatoria bajada al monte) pero con la mirada de la montaña, que siempre ve más allá. Como decía Santi, uno de los peregrinos, al contemplar la vista desde el monte Tabor uno se da cuenta que el horizonte no tiene límites... como el amor de Dios. 

Paramos a almorzar en el pueblito abajo del monte y de ahí partimos a Nazareth, donde no habíamos visto demasiado el viernes. Hubo un previo paso por Caná donde no pudimos entrar en la Iglesia de las  Bodas porque justo habían estado de fiesta patronal y se habían ido todos a comer a un pequeño restaurante cerca del templo (ni nuestra mejor cara de pena logró que las monjas se levantaran para abrirnos el templo). Nos dimos al menos el gusto de pasar por una pequeña capillita dedicada a San Natanael, o Bartolomé, santo nativo del lugar, según nos cuenta el Evangelio de Juan (1, 47). Y entonces sí, al pueblo de María y José, lugar de la vida oculta del Señor.

Nazareth es más humilde que Tiberíades y los otros lugares que visitaríamos luego, con mucha población árabe. Allí están la basílica de la Anunciación y la Iglesia de San José, todas en un mismo predio sobre lo que hoy las excavaciones muestran que serían las casas de María y José, respectivamente (en esa época Nazareth era un pueblito de tres cuadras por dos). 

La basílica de la Anunciación es un templo imponente y de factura muy moderna, terminado en 1974 , cargado de simbolismo - al punto por momentos de ser un poco recargado - y lleno de imágenes de María de los cuatro rincones del globo (¡nos extrañó no encontrarnos con nuestra querida Virgen de Luján!). Fue uno de los momentos más formativos del viaje. La catequesis visual que proponen su fachada y su interior nos ayudó a recorrer la historia de la Salvación y a meditar sobre el misterio de la Palabra hecha carne, iniciado en ese mismo lugar. 

Como la basílica estaba al momento de nuestra llegada repleta de peregrinos enfilamos hacia la Iglesia de San José. Allí vimos la Iglesia cruzada sobre la cual se construyó el templo actual y también el baptisterio (de los primeros siglos del cristianismo) que las excavaciones hoy permiten conocer. Un lugar así invitaba a rezar por nuestras familias. Cada uno tenía una foto de ella que habíamos llevado para ese momento y una pequeña carta que algún integrante para sentirnos acompañados por los nuestros en la peregrinación. Así pudimos rezar por primera vez (¡aunque ciertamente no la última) en Tierra Santa por nuestras familias, en el mismo espacio donde Jesús vivía con la suya. 

La tarde empezaba a caer y el flujo de visitantes a declinar. Mientras esperábamos que terminara una misa en la gruta de la basílica, donde un altar marca el lugar del anuncio del ángel con un impactante "Aquí el Verbo se hizo carne", nos sentamos afuera de la iglesia junto a una imagen sencilla de la Virgen. Ella nos fue llevando despacito a la compartida primero y al canto después. Fue la mejor entrada en calor para tener luego un rato en oración silenciosa junto a la gruta (tratamos de cantar pero se nos recordó que ese es un espacio para la oración personal... ¡ups!). 

Dos lugares tan aparentemente distintos en un mismo día nos pusieron delante de los  diversos matices del misterio de Dios. Pero si uno se pone a pensarlo un poco, se da cuenta que tanto el Tabor como Nazareth son lugares de luz. La única diferencia está en la intensidad con la que ella se deja percibir. Pero hace bien darse cuenta que en ambos espacios nos encontramos con el mismo Jesús. El Señor de gloria que resplandece en el Tabor es el niño humilde, el carpintero y vecino de pueblo, hijo de María y José. Una misma vida, un mismo propósito, una misma misión. Porque la luz esté más escondida en los primeros años de Jesús no deja de ser tal. Y sin ese tiempo de vida oculta... ¿cuánto valor tendría la vida pública y los milagros de Cristo? Encontrar este hilo de unión entre dos momentos tan distintos de la vida de Jesús fue, valga la redundancia, sumamente iluminador.

La vuelta a Tiberíades nos dejaba con una cierta incógnita. El día por venir estaba poco pautado, sin demasiada idea de qué hacer ni esperar. Tal vez por eso, allí recibiríamos uno de los regalos más lindos de nuestra peregrinación...


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