sábado, mayo 21, 2011

Un lugar en el mundo (Sobre el 5° Domingo de Pascua)

Pensando en el Evangelio de este domingo, me quedé sobre todo con esta parte:

"En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes."

Una de las certezas que más llenan el alma es la de tener un lugar. Un lugar al que podamos llamar nuestro espacio, nuestro rincón. Donde nos sintamos seguros, reconocidos, esperados y amados. Si tenemos suerte, se nos van varios de estos rincones dando a lo largo de nuestro camino (yo tengo muy presentes los míos).

Pero en realidad lo que esos lugares representan es el espacio que otras personas hacen para nosotros en su corazón. Saber que otros nos dejan entrar en su intimidad y nos permiten estar a gusto en su vida y a su vez que nosotros les compartamos la nuestra. Ser alguien en el corazón de alguien. 

¿Cómo no conmoverse, entonces, cuando es Jesús quien nos dice que tenemos un lugar asegurado en la casa del Padre (es decir, en su amor, en la comunión de la Trinidad)? Y más cuando ese lugar no es simplemente ofrecido sino preparado y además al cual somos acompañados por él. No sé si podemos llegar solos al Padre. Creo que es imposible si él no nos lleva. Él es el Camino. 

Por eso todo cristiano sabe que, aun cuando esté y se sienta profundamente solo, aún en la hora de abandono más dura, siempre tiene un lugar en Dios. Siempre está en el Padre, así como el Padre habita en él. Tenemos un lugar donde se nos llama por nuestro nombre y se nos aguarda con amor infinito.

Esto no deja de ser a la vez un enorme desafío para reproducir en nuestra vida. ¿Podemos ofrecer algo así a quienes tenemos cerca? ¿Dejar que caigan las barreras que tantas veces el espíritu de competición, de individualismo y aislamiento crea dentro de nosotros? Ser personas con un enorme espacio interno, donde los demás puedan encontrar el refugio y la compasión que necesitan. No hace falta tener mucho. Es más, creo que tener demasiado puede hacer que quienes se acercan se sientan incómodos. Cuanto menos, mejor, para que puedan entrar más personas. Hay una canción de Pedro Guerra que me hace pensar en ese tipo de personas, tan imprescindibles, y me lleva a desear que haya más de ellas:


Aquí hace menos frío
que en la calle,
hay leña para un fuego,
no mucha pero, bueno,
un poco de calor
no viene mal.

Aquí hay una canción
que nos descansa,
un hueco para el alma,
sentirse como en casa,
un alto en el camino
nada más.

Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
y no se descubre nada, nada de las cosas
que ha escuchado y desespera.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero se abraza a lo que tiene
y se levanta con la fuerza que le queda.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea.

Aquí hace menos frío
que en la calle,
los labios para un beso,
oídos para un sueño,
la brisa que precisa
tu dolor.

Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
y no se descubre nada, nada de las cosas
que ha escuchado y desespera.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero se abraza a lo que tiene
y se levanta con la fuerza que le queda.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea.
Pasa, entra
no importa lo que fue porque será
lo que será y alguna forma encontrarás
para pasar por esa puerta.
pasa, entra
después de algún traspiés algún color
dibujará lo que hace falta
para estar de nuevo en pie
y no perder fuerza.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea.
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