lunes, septiembre 04, 2006

El Santo y el Pobre

A lo largo del camino experimentamos que perdemos el centro, que de algún modo estamos desubicados, des-centrados, sin punto de apoyo en nuestro interior. En esos momentos brotan el desánimo, la búsqueda de compensaciones estériles, la queja, la depresión... pero, si uno, a pesar de estar en ese estado, sigue atento, esperando que algo nos devuelva a la fuente, tarde o temprano halla una vez más el camino al lugar del amor, a esa parte de nuestro corazón donde somos recreados y encontramos la fuerza para volver a amar.

Muchas veces el camino hasta allí se abrevia cuando nos encontramos con dos tipos de personas: el Santo y el Pobre.

Delante del Santo experimentamos ese deseo de una vida plena, íntegra, bella, cerca de Dios y solidaria de los hermanos. El amor del santo toca nuestro deseo de amar y lo enciende una vez más, nos devuelve el anhelo por una vida más intensa, más evangélica. Al ver al santo intuimos lo que Dios también quiere hacer con nosotros. Nuestro corazón se renueva.

El Pobre, por su parte, nos muestra una vez más que en medio del fárrago de preocupaciones y molestias se puede también encontrar lo esencial, porque el Pobre es aquel que vive de ello y no puede preocuparse por otra cosa. Él nos presenta el lugar donde sí o sí se hace presente la voz de Dios: el dolor ajeno.

Uno y otro nos ayudan a comenzar otra vez, a no perder el hilo de nuestra existencia, a que nuestro obrar se unifique en torno a lo fundamental.

Quizás por eso nadie tenga esa capacidad de llevarnos al corazón de la vida y de las cosas como Jesús, el que se hizo Pobre para enriquecernos con su pobreza (¡no con su riqueza, con su pobreza!) , el Santo de Dios. Quizás el Santo y el Pobre nos llevan también allí porque son quienes se identifican con Jesús más plenamente y con quienes Jesús ha decidido identificarse.
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