martes, marzo 22, 2011

Sobre la transfiguración

La transfiguración de Jesús ocurre justo después del primer anuncio de la pasión que hace Jesús. Pedro ha proclamado que Jesús es el Mesías, y frente a esta confesión, Jesús ha dicho a los apóstoles que el camino tiene la cruz en el horizonte. Los discípulos entran en crisis. ¿Cómo puede ser que el camino que están siguiendo desemboque en el fracaso? Hace falta recrear la confianza, y no lo puede hacer Jesús, cuya figura está en crisis. Es necesario que alguien más dé testimonio por él. Por eso el Señor lleva a Pedro, Santiago y Juan a la montaña. En la Biblia, la montaña siempre es un lugar donde Dios se revela, porque la soledad y la altura permiten mirar las cosas con mayor amplitud y escuchar más fácilmente la voz de Dios. 

Y en la montaña, entonces, se da una manifestación nueva de Dios. La luz, la nube, la voz, que en el Antiguo Testamento siempre se manifestaban cuando Dios aparecía, ahora giran en torno a Jesús. En Jesús Dios se hace presente de modo pleno y patente. El Padre confirma el camino: “Este es mi Hijo Amado, escúchenlo”. 

Es como si, por un momento, los discípulos pudieran ver con plena claridad quién es Jesús. Ese hombre que les hablaba hace unos días de la pasión y la cruz... es el Señor, el Hijo del Padre al que hay que escuchar, el que nos muestra la fuerza del Reino. Es un momento de toma de conciencia que los fortalecerá para todo lo que vendrá después. Un chispazo de la resurrección en medio de la oscuridad que están atravesando. 

Nosotros también tenemos de esos “momentos de transfiguración”. Momentos de alegría, de fe, de esperanza, donde podemos ver un poco más hondo, amar más fuerte, creer más sólidamente... ¿recordás algún momento de esos, aunque haya sido sólo un destello, un chispazo? Vale la pena traerlo al corazón, para agradecerlo. Necesitamos momentos así, esos espacios donde las cosas cobran (o recobran) sentido, donde podemos ver el hilo de oro detrás de los acontecimientos, o la luz escondida detrás de esa situación o persona que nos cuesta. 

Además, el misterio de la transfiguración nos ilumina en un aspecto muy importante de nuestra fe. Así como la luz de Dios brilla en la humanidad tan real y concreta de Jesús, que ahora camina hacia la muerte, también somos invitados a descubrir la luz de Dios, su presencia, su amor, en nuestra realidad, en esta realidad que tenemos. Frente a la tentación de escaparnos de los desafíos que nos presenta nuestra vida, el camino de la transfiguración nos invita a mirar más profundamente, a través de la oración, nuestra vida y así poder comprometernos más de lleno con ella. 




En la oración, quizás lo mejor hoy sea simplemente pedirle al Señor poder vivir algo de esa fuerza cautivadora de la transfiguración, algo de esa luz que se irradió sobre los discípulos. Un salmo nos puede ayudar en ese propósito, que dice “Que el Señor haga brillar su rostro sobre nosotros”.
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