jueves, octubre 05, 2006

Pelearse con Dios

En estos días la liturgia nos regala la lectura continuada del libro de Job, con su lírica descarnada y fina a la vez. El lenguaje de Job, al igual que el de muchos salmos y otros textos bíblicos parece contrastar con el lenguaje edulcorado de muchos libros piadosos y de espiritualidad actuales. Más allá de lo que obviamente pueda estar limitado por el contexto cultural y religioso en el que fueron escritos hay un elemento que me parece universalmente válido. Es su dimensión conflictiva.

Job es un hombre que se enfrenta con su sufrimiento como inocente. Los salmos cantan - o mejor, gritan - la persecución injusta y el lamento del abandonado de Dios. Y lo hacen con fuerza: le preguntan a Dios por qué los ha abandonado; se lamentan por estar vivos o lloran por sentirse muertos. Muy lejos de la resignación que a veces se enseña o se admira.

El creyente tiene que vivir la experiencia del conflicto en uno o más momentos de su vida. También en la relación con Dios. Creo que le ahorramos a Dios algunos conflictos o preguntas... porque en el fondo nos da un poco de miedo que no nos pueda responder. Al final, entrar en conflicto con Dios es una cuestión de fe. Al igual que la personas insegura no se anima a pelearse porque teme la pérdida del vínculo, no nos animamos a debatir con Dios porque nuestra intimidad no es lo suficientemente fuerte.

Pero el que hace la experiencia del Dios amor, también tarde o temprano choca con la experiencia del mal, con el horizonte de la cruz. Y entonces se hace necesario integrar esa dimensión de la vida en la relación con Dios. Desde la certeza de sabernos amados y buscando profundizar ese amor. Pero pasando a través del conflicto, sin obviarlo. Como los creyentes del Antiguo Testamento, que han sido grandes cuestionadores de Dios: desde Abraham y la pelea por Sodoma, pasando porJacob, el que luchó contra Dios hasta el amanecer y llegando a Moisés. Como María, que preguntó; como Jesús, que vivió también el Getsemaní y se animó a confiar...

Después está la paz, la alegría, el nombre nuevo, el amor probado. Dejo como testimonio la oración que escribiera Elie Wiesel tras un largo conflicto con Dios.

Señor del Universo, hagamos las paces. Ya es hora. ¿Cuánto más podemos seguir enojados?Más de cincuenta años han transcurrido desde que terminó la pesadilla. Muchas cosas, buenas y menos buenas, les han pasado desde entonces a los que sobrevivieron a ella. Aprendieron a construir sobre las ruinas. Se recreó la vida familiar.Nacieron hijos, se entablaron amistades. Aprendieron a tener fe en su entorno, incluso en sus semejantes.
La gratitud ha reemplazado a la amargura en su corazón. Nadie es tan capaz de agradecimiento como ellos. Agradecimiento hacia cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar sus relatos y convertirse en su aliado en la batalla contra la apatía y el olvido. Para ellos cada momento es una gracia.Oh, no perdonan a sus asesinos ni a los cómplices de éstos, ni deberían hacerlo. Ni tampoco deberías hacerlo tú, Señor del Universo. Pero ya no miran con recelo a todo el que pasa. Ni ven en cada mano un puñal.
¿Significa esto que las heridas de su alma han sanado? Nunca sanarán. Mientras una sola chispa de las llamas de Auschwitz y Treblinka brille en su memoria, mi alegría estará incompleta.

¿Qué hay de mi fe en ti, Señor del Universo? Ahora me doy cuenta de que nunca la perdí, ni siquiera allí, durante las horas más oscuras de mi vida. No sé por qué seguí susurrando mis oraciones diarias, y las reservadas para el Sabbath, y para los días festivos, pero las recitaba, a menudo con mi padre y, en la víspera de Rosh Hashanah, con cientos de prisioneros de Auschwitz. ¿Era porque las oraciones seguían siendo un lazo con el mundo desaparecido de mi infancia?Hagamos las paces...

Pero mi fe ya no era pura. ¿Cómo podía serlo? Estaba llena de angustia en lugar de fervor, de perplejidad más que de piedad. En el reino de la eterna noche, en los Días del Temor, que son los Días del Juicio, mis plegarias tradicionales estaban dirigidas a ti y también contra ti, Señor del Universo. ¿Qué me hirió más: tu ausencia o tu silencio? En mi testimonio escribí palabras duras, palabras ardientes, sobre tu papel en nuestra tragedia. No las repetiría hoy. Pero las sentía entonces. Las sentía en cada célula de mi ser. ¿Por qué dejaste, si no permitiste, que el asesino día tras día, noche tras noche, torturara, matara y aniquilara a decenas de miles de niños judíos? ¿Por qué fueron abandonados por tu Creación?

Estos pensamientos de ningún modo estaban dirigidos a disminuir la culpa de los culpables. Su culpabilidad establecida es irrelevante con respecto a mi problema contigo, Señor del Universo. En mi niñez, no esperaba demasiado de los seres humanos. Pero esperaba todo de ti.
¿Dónde estabas, Dios de la Bondad, en Auschwitz? ¿Qué pasaba en el cielo, en el tribunal celestial, mientras tus hijos eran elegidos para la humillación, el aislamiento y la muerte sólo porque eran judíos? Estas preguntas me han perseguido por más de cinco décadas.Tienes muchos defensores de palabra, sabes. Se me dieron muchas respuestas teológicas, tales como: Dios es Dios. Sólo Él sabe lo que hace. Uno no tiene derecho a cuestionarlo a Él o a Sus acciones. O: Auschwitz fue un castigo por los pecados de asimilación y/o sionismo de los judíos europeos. Y: ¿Acaso Israel no es la solución? Sin Auschwitz, no hubiera habido Israel.Rechazo todas estas respuestas. Auschwitz deber ser y será para siempre un signo de pregunta: no puede ser concebido ni con Dios ni sin Dios.


Llegado un punto, empecé a preguntarme si no era injusto contigo.Después de todo, Auschwitz no era algo que viniera armado del cielo. Fue concebido por hombres, implementado por hombres, manejado por hombres.Y su objetivo no sólo era destruirnos a nosotros sino también a ti. ¿No deberíamos pensar en tu dolor también? Al ver a tus hijos sufrir a manos de tus otros hijos, ¿no has sufrido tú también?
Mientras los judíos otra vez empezamos a celebrar el Año Nuevo, preparándonos para orar por un año de paz y felicidad para nuestro pueblo y todos los pueblos, hagamos las paces, Señor del Universo. ¿A pesar de todo lo que pasó? Sí, a pesar de todo. Hagamos las paces: para el niño que hay en mí, es insoportable estar separado de ti durante tanto tiempo.

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