jueves, junio 02, 2011

Una ausencia salvadora (Ascensión del Señor - I)

Hablando con un amigo cura empezamos a dar vueltas en torno a la fiesta de la Ascensión. Aparecieron algunas ideas:

- Una ausencia que hace crecer: La fiesta de la Ascensión parece tener una dimensión paradójica. ¿Celebramos una ausencia? ¿Nos alegramos por la partida del Señor? En realidad no es así, sino que damos gracias porque en este misterio hay una invitación a la esperanza: Jesús ya está en el cielo y abre el camino para todos. Pero en esta misma ausencia hay una gracia.

 - Los discípulos tienen que seguir caminando, abiertos a la promesa del Espíritu que va a traer una fe nueva, más interior, una presencia de Jesús menos palpable y al mismo tiempo más profunda. Pero para eso tienen que dejar ir la etapa anterior, aceptar el fin de un ciclo en su relación con Jesús y el inicio de una etapa nueva. Mirar al cielo no sirve de nada. 
- Esto va de la mano con el inicio del testimonio y la misión, que se viven amparados por esa presencia nueva de Jesús que al mismo tiempo impulsa a la madurez. Empieza una etapa de mayor compromiso. A partir de ahora la presencia "física" de Jesús está dada por la comunidad. ¿Cómo vivimos nuestros cierres de etapas? ¿Sabemos dar gracias y dejar partir una etapa, una responsabilidad, una persona, un lugar? 
- Podemos tomar este misterio de ausencia en clave salvífica. Parece mentira, pero no estar también puede ser un gesto de amor. Dar el espacio para que otros crezcan, confiando en que lo sembrado en ellos va a dar sus frutos. Jesús confía en esto y en la obra del Espíritu, que irá interiorizando la Palabra y la Vida de Jesús en los corazones de los discípulos. Jesús sabe que si se va, viene el Espíritu. 
- Si Dios sabe correrse y hacer espacio a otros, tal vez podamos aprender de esto. Amar también es saber irse y dejar que los demás crezcan. La realidad es que llega un momento en el que lo mejor que podemos hacer por los otros... es dejarlos. La muerte es la constatación más fuerte de esta realidad, pero la vida nos pone delante de pequeñas Pascuas que nos pueden servir para aprender esta, una de las lecciones más duras y necesarias del amor. No para abandonarlos (Jesús prometió el domingo pasado no dejarnos huérfanos), sino para abrirnos a un vivencia del vínculo diferente, que se sabe resistente a la ausencia porque está enraizado en el corazón del otro.
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