sábado, marzo 04, 2006

Hacia el desierto del corazón (1° domingo de Cuaresma, ciclo B)

Hace apenas unos días empezamos a recorrer la cuaresma, el camino hacia la Pascua. Es un camino que tenemos que transitar junto con Jesús; es marchar con él hasta la cruz y la resurrección.

Y justamente, hoy el Evangelio nos pone delante el inicio de la vida pública de Jesús, de este camino. Jesús acaba de vivir una experiencia que le cambiará la vida: su bautismo, donde el Espíritu le hace descubrir de un modo nuevo que él es el hijo amado de Dios, que Dios es su Padre. Éste mismo Espíritu es el que lo va a impulsar al desierto, para un tiempo de prueba.

El desierto es un lugar muy especial. Allí no hay casi nada. En el desierto la vida y la muerte son realidades concretas y decisivas. Por eso allí aflora con más facilidad lo que llevamos en el corazón. Y por eso ahí se manifiesta más claramente Dios... y también el mal. El desierto es un símbolo de nuestra vida, de nuestro corazón.

En ese desierto quiere entrar Jesús. Él no viene a salvarnos “desde arriba”: comparte hombro con hombro nuestra lucha. Quiere meterse en el desierto de nuestro corazón, de nuestra existencia cotidiana donde tantas veces nos sentimos sedientos, tentados y necesitados de Dios. Y desde ahí, nos abre el camino a una mayor libertad, a una nueva relación con Dios y con el mundo. Por eso aparece servido por los ángeles y tranquilo entre las fieras: en Jesús tenemos un nuevo comienzo, una nueva creación.

Esta es la propuesta de Jesús, ese reino de Dios que en seguida comienza a anunciar: es saber que Dios, en Jesús, quiere meterse en nuestra vida hasta el fondo. El reino que predica Jesús es: vengan a vivir mi experiencia, a descubrir que Dios nos ama, que somos sus hijos queridos, y que eso nos cambia la vida, nuestro modo de verlo a Dios, de entendernos a nosotros mismos y a los demás, nuestro modo de vivir en comunidad.

La invitación de Jesús a convertirse, esa misma invitación que escuchamos el miércoles de Ceniza, “convertite y creé en el evangelio”, es justamente esta: no es empezar a “apretar los dientes” para ser más fuertes, sino estar más disponibles a que Dios entre en los distintos rincones de nuestra vida. Es dejarle a Dios otra vez tomar la iniciativa. No nos convertimos tanto para dejar atrás lo malo, sino que buscamos abrirnos a algo muy bueno. La cuaresma no se vive mirando para atrás, sino mirando para adelante.

Esta experiencia del reino de Dios, del amor de Dios que quiere hacerse presente en nosotros, la vivimos como la vivió Jesús: en medio del desierto. Hoy, frente a la voz de este Dios que nos dice que somos sus hijos amados hay tantas otras que nos dicen que no valemos, o que valemos si hacemos tal o cual cosa. A veces no terminamos de darnos cuenta que esas voces viven en nuestro corazón. Ir al silencio, al desierto, nos puede ayudar para que, de la mano de Jesús, podamos descubrir esas otras realidades que nos quitan libertad, que no nos permiten escuchar esa voz de Dios que nos dice que somos sus hijos amados.

Hoy venimos aquí con un profundo deseo de ir al desierto con Jesús. Para que las distintas realidades que nos tientan, que nos limitan, aparezcan más claramente; pero, sobre todo, para que la voz del Padre, que nos vuelve a decir, “vos sos mi hija muy amada, vos sos mi hijo muy amado”, resuene cada vez más fuerte en nuestro corazón.
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