sábado, febrero 04, 2006

Balbuceos sobre el Zen

Finalmente terminé el sufrido, gozado, y sumamente transpirado trabajo sobre Zen. Después de un tiempo largo de lectura (unos cuantos libros y más artículos) y fichaje, y unos quince días de escritura intensiva (especialmente la última semana), soy el orgulloso autor de unas hermosas 59 páginas. Como dicen los padres sobre los hijos, no sé si es lindo o es feo pero es mío.
No puedo postear acá todo (¡es enorme el TP!), pero dejo la conclusión, que no se entiende bien sin el resto del trabajo, pero es la parte más personal y quizás a alguien le deje algo.
Hemos buscado aproximarnos al budismo Zen y su percepción del hombre. Al atravesar su historia, encontramos que nace en un contexto histórico y filosófico que le aporta el “humus” necesario para que surja como novedad y profundización en la experiencia budista. Empapado de distintas grandes tradiciones de Oriente (budismo, yoga, taoísmo), se revela a sí mismo como una síntesis original que no responde plenamente a ninguna de ellas, si bien se nota en el Zen la influencia de todas ellas, especialmente de la escuela Mahayana del budismo y del taoísmo, por su énfasis en la doctrina del vacío o sunyata y su objetivo de volver a la verdadera naturaleza del hombre.

Una mirada más sistemática nos ha ayudado a descubrir que el Zen tiene, ante todo, un carácter existencial y experiencial: constatando el sufrimiento del hombre, separado por el yo dualista del vacío, del mundo y de su yo profundo, busca un camino de liberación a través de la disciplina y la meditación para alcanzar la iluminación o satori, donde se cae en cuenta del vacío y se despierta a una nueva conciencia. A partir de la iluminación la persona adquiere una nueva mirada sobre el mundo y sobre sí mismo, hace cuerpo la experiencia de que todo está relacionado con todo, e integra todas las energías de su ser. El iluminado es el sabio, el libre y el compasivo. Desde esta experiencia de vacío surge una creatividad espontánea y renovada que puede efundirse en cualquier actividad.

Al entrar en diálogo con el cristianismo, descubrimos profundas analogías, que sólo se pueden encontrar en el ámbito de una práctica común, de vivencias básicas compartidas. Hay un sentido del misterio que late detrás de lo evidente, una perspectiva similar en cuanto a la condición humana y una búsqueda de la liberación. De ambas experiencias nace un profundo respeto que se inclina y alaba ante la luz que brota de toda la realidad, con la cual tanto el budista como el cristiano se sientan íntimamente vinculados.

Sin embargo, el coloquio no deja de tener sus desafíos. Muchos surgen del contexto filosófico-teológico propio, del lenguaje de cada tradición, que no puede descartarse, pero que está llamado a transformarse en el proceso de diálogo, sin caer en el miedo a dejarse interrogar ni tampoco en inclusivismos apresurados e ingenuos. En concreto, aparece frente al budismo el interrogante por la dimensión personal y el amor; para el cristianismo, el esfuerzo por seguir cribando lo esencial de la experiencia cristiana de lo que a veces son formulaciones o agregados sin negar la propia identidad, y recibir también la sabiduría que el Zen tiene para ofrecerle, especialmente en torno a algunos temas que si bien no son ajenos al cristianismo han sido a veces olvidados o mal formulados, especialmente en lo que se refiere a la vida contemplativa, el rol del cuerpo, el uso de las palabras en el lenguaje religioso...

En un nivel más personal, el trabajo fue la oportunidad para volcarme con un poco más de profundidad en una visión del mundo y del hombre apasionante, no sólo por su riqueza histórica, sino también por los registros que el diálogo zen-católico viene dando. Realizar este trabajo ha sido asistir como espectador privilegiado al diálogo de personas audaces y generosas que se han atrevido a dejar el confort que siempre da un esquema mental y una convicción para vivir una auténtica pascua de la inteligencia y el corazón.

El comienzo de mi escucha del Zen comenzó a partir de un interés de toda la vida en la cultura oriental que fue tomando en este caso cauces más específicos a través de lectura, y más recientemente, de diálogo con algunas personas que practican meditación. Lo que he leído sobre Zen ha enriquecido mi vida de oración y mi percepción de la realidad. Ha sacudido también ciertos presupuestos y erradicado varios perjuicios.

Estoy convencido de que el Zen y su práctica no es para todos los cristianos, pero también de que muchos, como yo, pueden encontrar en él una fuerza dinámica capaz de llevarlos a una fe más profunda en Cristo y a una conciencia más abierta, más tolerante y compasiva. En todo caso, siempre será la oportunidad de conocer una tradición milenaria sumamente fecunda y con innumerables expresiones de su belleza.

Llego a la conclusión de este escrito confirmando el adagio académico de que los trabajos no se terminan; se suspenden y se entregan. Si el Zen es ante todo satori, experiencia de luz, y el cristianismo es la persona de Jesús, anteriores ambos a cualquier elaboración, ¿tendrá sentido leer todo esto?
El que busca ya tiene en cierto sentido lo que ha alcanzado, o al menos lo pregusta en su deseo. Si logro transmitir al menos un poco de ese deseo que despiertan en mí las páginas del Evangelio o el anhelo de profundidad que descubro cuando veo a los monjes haciendo zazen, me daré por satisfecho. Como decía el Sensei Hoyen: “Cuando se recoge agua con las manos, la luna se refleja en ellas; cuando trabajamos con flores, el perfume impregna nuestras ropas”. Nuestras palabras, si brotan del corazón, aún en su fragilidad participan de la belleza de lo que amamos y queremos compartir a los otros.
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