lunes, julio 01, 2013

Hospitalaria crónica

En general escribo siguiendo un esquema prefijado, tomando dos o tres cosas que me gustaron o resonaron más para compartir con los demás. Pero esta vuelta no pude. Tal vez por eso esta vez esta crónica se demoró aún más de lo que suele hacerlo. Quería ubicar dos o tres cosas en claros, distintos y delineados compartimentos. Pero no hubo manera. No es algo malo, de todos modos. Al fin y al cabo, si hay un adjetivo que le cabe a la vida es "desprolija", ¿no es cierto? Encantadoramente desprolija.

Varios ya lo saben, otros seguramente no, pero hace ya un mes y monedas me operaron de la vesícula. Todo el proceso que me llevó hasta la operación, fue cualquier cosa menos linear. Desprolijo, como decía antes. Lejos de ser algo planeado, empezó con un dolor fuertísimo en el costado que alcanzó para asustarme, luego de semanas con dolor de estómago (autodiagnosticado por mí como gastritis... porque como ustedes saben, los curas dominamos todas las áreas del saber) y mandarme con un compañero de casa al hospital.

Fui a la Isola Tiberina, donde desde hace casi 500 años los hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios tienen un sanatorio. Lo que pensé que sería un "toco y me voy" terminó en internación, prolongada por 16 días con moño de endoscopía primero y cirugía después. Nada grave, por suerte. Quizás si no fuera por el hecho de estar en el extranjero, y porque soy intrínsecamente miedoso, no hubiera sido para tanto.
 
Pero el hecho es que estaba afuera, y que soy miedoso, así que la noche que pasé en la guardia hasta que me internaron la verdad estaba muy asustado. Me animaría a decir que pocas veces como en los días del hospital me sentí tan vulnerable. La situación misma te pone en esa actitud: estar más de una vez medio desnudo, disponible para que te pinchen, te midan, te analicen, te controlen, te despierten y te duerman...

La oración en esos días bajó a un nivel muy pero muy básico. El dilema era confiar o temer. Se me hizo palpable algo que había aprendido en mis clases de Biblia. En los Evangelios, lo opuesto de la fe no es la duda. Es el miedo. Me di cuenta de que me faltaba fe, pero no porque tuviera algún planteo teórico con respecto a Dios, la vida eterna, etc. Simplemente porque en esto, que ni siquiera era un trance terrible, me encontraba más de una vez muerto de miedo. Me tenía que entregar y me estaba costando mucho. Y ni siquiera es que estaba en un trance de vida o muerte. Pero el paso a dar era uno de abandono.

Creo que si algo me ayudó a ir dando ese paso (además de unos buenos ratos en la capilla del hospital dándome de cabeza contra el banco), fue la presencia de tantos. Después de un mail que escribí avisando de mi internación varios me escribieron o llamaron pensando que estaba solo acá. Al contrario. No voy a negar que extrañé como un perro y sentí muchísimo la distancia de mi familia y amigos de Buenos Aires... pero sería un ingrato si no dijera que hubo miles (¡en serio, miles!) de gestos de amor.

Mis compañeros de casa, el Colegio Sacerdotal Argentino, vinieron en todo momento, organizados en turnos para que siempre, si hacía falta, hubiera alguien. Curas conocidos (y no tan conocidos) que pasaban a verme. Hasta el regalo inmenso de tener amigos que justo estaban de viaje y se clavaban en la silla del cuarto para conversar. Desde Buenos Aires y otros lados, un montón de mensajes, saludos, llamados... ¡hasta un video! Por sobre todo, la presencia de mi familia, de fierro. Hay una cercanía que da el amor que no la consigue ni el mejor de los medios de comunicación. Una Francesco, uno de los enfermeros, me cargaba y me decía "Demasiadas visitas. Le va a hacer mal a la salud. Esto ayer parecía el santuario de Lourdes".

La otra compañía deslumbrante fue la de los enfermeros y enfermeras. Yo sé que nunca me daría ni el estómago (y ahora el hígado tampoco) para encarar una tarea como la de ellos. Una inmensa ternura, atención y paciencia para conmigo y mis compañeros de cuarto. Gente increíble. Nunca me hubiera imaginado que Dios se parecía tanto a un enfermero... o al revés. Mirko, la hermana Elisabetta, Domitila, Mikhailos, Francesco y varios nombres más que me llevo en el corazón.

Creo que al final fue eso lo que me permitió encarar los últimos días de internación (y la operación) tranquilo. Como decía un teólogo, "sólo el amor es digno de fe". Y ante tanto amor (signo y expresión de un Amor único)... me pude animar a soltar un poco el borde la pileta y tirarme. No faltó la nota de humor (un poco negro, cierto). Cuando me estaba poniendo la simpática y reveladora batita que te hacen vestir para la operación, en el baño estaba también Pellegrino, un compañero de cuarto al que estaba afeitando uno de sus hijos. Reproduzco el diálogo:

- ¿De qué se opera?


- La vesícula. Estoy un poco nervioso, pero es una operación simple.

- Eh, depende. A mí me la sacaron hace unos años, pero me agarró una septisemia y casi me muero.


 
Un alegre pensamiento para llevarse al quirófano. Espero que este hombre no se dedique a la diplomacia, la pedagogía o la psicología.

Todo salió bien, gracias a Dios (y al doctor Angrisani, el médico que me operó y el único que me dio un poco de bola en todo el tiempo de operación). Dos días después, volví a casa, pero tras dieciseis días de no comer (salvo un par de días a sopa y uno y medio glorioso de comida sólida), era un fantasma. Hizo falta una semana más de cama en casa hasta que empecé a tener un poco más de fuerza para caminar y moverme tranquilo. Sigo sin poder hacer grandes esfuerzos y tengo que cuidarme en la comida. Pero estoy vivo, coleando y más flaco. Algo es algo.

En mi primer año de seminario Gerardo, el cura que me acompaña, nos dijo en un retiro que uno sale de los encuentros con Dios bendecido y rengueando. Como Jacob después de reventarse a trompadas con el Señor a orillas del Yaboc (¡posta, está en la Biblia, busquen Gn 32, 23-33 para uno de mis pasajes preferidos de la Escritura!). Así salí yo de esto. Bendecido y vulnerable. Muy débil. Pero con un par de certezas de esas que te te acompañan por un buen rato. Por lo menos espero que así sea.

Estas semanas posteriores a la recuperación fueron de visitas, puesta a punto académica (con la suerte de tener un director de tesis comprensivo y misericordioso) y mudanza de cuarto. No sé cómo pero llegué con todo antes de venirme a Courmayeur. Ahora estoy disfrutando de volver a hacer vida de cura en un lugar lindo como pocos, y rumiando un poco más mis hospitalarias andanzas. Seguro que hay mucho para seguir poniendo en limpio ("tematizando", dicen que hay que decir ahora). Por lo pronto, me reencontré con los textos de Madeleine Delbrel. Los dejo con ella, que escribe (y vivió) mucho mejor que yo, y con un poema que volví a leer estos días y me recordó la aventura de confiar a la que el Jefe me está llamando en estos días.


Gracias por estar. Los quiero mucho.


LA ESPIRITUALIDAD DE LA BICICLETA
 
«Id...», nos dices en todos los momentos cruciales
del Evangelio.
Para coincidir con tu sentido hemos de ir,
aunque nuestra pereza nos suplique que nos quedemos.
Nos has elegido para estar en un extraño equilibrio.
Un equilibrio que sólo puede establecerse y mantenerse
en movimiento,
en el impulso.

Es algo similar a una bicicleta,
que no se tiene en pie sin avanzar,
una bicicleta que está apoyada contra una pared
mientras no nos montamos en ella
para hacerla marchar velozmente por la carretera.
La condición que nos ha sido dada
es una inseguridad universal, vertiginosa.
En cuanto nos detenemos a observarla,
nuestra vida se tuerce y flaquea.
Sólo podemos mantenernos en pie para caminar,
para lanzarnos en un impulso de caridad.

Todos los santos que se nos han dado como modelos,
o muchos de ellos,
estaban bajo el régimen del «Seguro»
—una especie de Seguridad Espiritual que les protegía
contra los riesgos y las enfermedades,
que asumía incluso sus alumbramientos espirituales.
Tenían tiempos oficiales de oración,
métodos para hacer penitencia,
todo un código de consejos y de defensa.
 
Pero en cuanto a nosotros,
la aventura de tu gracia
se desarrolla en un liberalismo un poco loco.
Te niegas a darnos un mapa de carreteras.
Hacemos el camino de noche.
Cada uno de los actos que realizamos se van iluminando
como señales que se relevan.
A menudo, lo único garantizado es este puntual cansancio
del mismo trabajo que hay que repetir cada día,
de la misma limpieza que hay que recomenzar,
de los mismos defectos que hay que corregir,
de las mismas tonterías que hay que evitar...
 
Pero aparte de esta garantía,
todo lo demás depende de tu fantasía
que se toma muchas libertades con nosotros.

domingo, junio 16, 2013

Con vocación de fuente



A mi mamá y mi papá: ustedes son mi fuente

En una clase de antropología teológica (¡suena tan aburrido el contexto, pero nada más lejos de la realidad!), el profesor, hombre apasionado y brillante, desgranaba consecuencias de nuestro ser imagen y semejanza de Dios. Que no era ser reflejo de un Dios "genérico", sino de la Trinidad: del Padre, el Hijo y el Espíritu.

Hablando del Padre, se detuvo en la imagen de la fuente. El Padre es vertiente de vida. Y por eso mismo, en cada uno de nosotros está la posibilidad, el llamado, la responsabilidad de serlo también. Tenemos la capacidad de comunicar vida, de generar algo que nos trasciende, nos supera y al mismo tiempo nos prolonga y acerca.


Ser fuente... Un símbolo de lo más sugerente. La fuente, dice San Alberto Magno, es imagen de la plenitud del don. El vaso retiene y no da. Un canal da pero no retiene. Una fuente crea, retiene y da. Nunca se agota. La vida genera vida. Aún cuando aparentemente se desgaste. Una persona plena transmite eso. Si tenemos suerte, al menos arañamos en algún instante un poco de esa experiencia: cuando nos cansamos pero no nos agotamos, cuando experimentamos que estamos centrados aún en medio de muchas exigencias y tareas, cuando estamos presentes a aquello que estamos haciendo, cuando hay paz y alegría profundas... son signos de que algo está brotando de nuestro interior y se reparte generosamente.

Hoy celebramos el día del Padre. Más allá de la ineludible dimensión comercial, es una gran oportunidad. Para agradecer. Si estamos acá, es porque alguien, al menos por un momento, fue fuente para nosotros. Brotamos de alguien, desde alguien. ¿No es eso sorprendente? Lo más nuestro, nuestra vida, es un regalo de otros. Es el surgir de un amor. Pero lo mejor es que este milagro no se da una sola vez: continuamente se nos está dando a luz. Siempre hay alguien que nos ayuda a seguir adelante, que nos ayuda a dar un paso. Aún si los que dieron ese primer sí a nuestra vida no pudieron o no supieron, o no quisieron estar. Siempre hay alguien. Siempre hay Alguien.

Estoy convencido de que a mayor conciencia de este don, mayor deseo y capacidad de entrega. De hacernos regalo para los demás. Podremos tal vez perder algo de ese miedo que nos hace vasos cerrados, o de la angustia de ser canales que un día se agotarán. Hay un amor dentro nuestro que nadie nos puede quitar. Es nuestra raíz, nuestra identidad más profunda.

Y tal vez, tal vez, en algún momento podremos tener la certeza de que podemos ser lo mismo para otros.


jueves, junio 13, 2013

A vueltas con los sospechosos de siempre

Con el paso del tiempo uno se va encontrando con sus demonios, sus rayes, sus sombras. Y establece con ellos una relación. En los mejores casos, será un pacífica tensión el aprender a aceptarlos y sanarlos (en la medida que se pueda). No es un proceso lineal y prolijo. Creo que se parece más a bajar una escalera en espiral: uno va yendo cada vez más profundo, volviendo sobre lo mismo pero en un intento constante de crecer en libertad y verdad frente a ellos. A veces va mejor. A veces no tanto.
 
Entre los numerosos caminos para integrar ese campo de cizaña y trigo que es nuestro interior, el humor es una gran ayuda. Quita dramatismo y ayuda a tomarse las cosas con más humildad y paciencia. Un poco por eso, y otro gran poco por afición cinéfila, me gusta llamar a mis delirios "los sospechosos de siempre". Aunque espero que no haya ningún Keyser Söze entre ellos.
 
 
De entre estos merodeadores de mi mente, el que más dolores de cabeza me ha traído es el que me asalta a la hora de comenzar algo nuevo, y sobre todo en el momento de escribir. Como un tirón de mangas, o una pregunta sardónica que me distrae de lo que estoy por comenzar a hacer y me hace dudar de mí mismo. "¿Estás seguro que vas a poder?"; "¿Te va a dar el tiempo, las fuerzas, la capacidad?". Parece sutil e inofensivo, pero es una verdadera zancadilla a la voluntad. Estoy convencido de que mi tesis se demoró más por eso que por cualquier otra cosa.
 
Hasta ahora no he encontrado muchas maneras de contrarrestar la acción de este sospechoso. Trato, como siempre, de no prestarle atención. Pero sobre todo, me ayuda el concentrarme en la acción puntual. Empezar a escribir, o a hacer lo que sea que tengo por delante. Tengo la impresión de que este diablito interno es muy amigo de mi perfecccionismo. Hay una cierta pretensión de querer tener todo claro y distinto antes de comenzar que es fatal y paralizante. Que lo mejor es enemigo de lo bueno lo sabrá todo aquel que haya recibido alguna visita de este complejo.
 
Otra gran ayuda es hacer memoria. Ahora tengo por delante la tesis de doctorado. No voy a negar que por momentos me siento como si hubiera terminado de subir una montaña y ahora, en vez del reposo, tengo que aclimatarme para trepar el Aconcagua. Pero no estoy igual que antes. Hay una certeza de haber querido y haber podido. De haber sudado (¡y cómo!) pero a la larga haber acometido con éxito una empresa. Y eso me hace mucho bien. Me da confianza.
 
Con todo, ninguna de estas dos cosas es la más importante. Para mí, al menos, la respuesta está en escuchar una Voz que pronuncie más profundo sobre nosotros mismos que lo que los sospechosos nos puedan llegar a decir. Escuchar una palabra de amor. Gracias a Dios, las oportunidades no faltan para escucharlas. Alguien que nos recuerde nuestro valor, nuestra belleza, nuestra bondad. Y nos libere así de toda sospecha.


sábado, junio 01, 2013

La vida no se pone menos complicada

Hace algunos años había salido a almorzar con mi mamá. En la comida intercambiábamos opiniones sobre las cosas típicas que pueden conversar una madre y su hijo: novedades de la familia, de los amigos, de la vida personal de cada uno. Algunas situaciones que se ponían sobre la mesa eran especialmente duras o difíciles. Tal vez por eso, por un momento mamá se quedó pensativa y de golpe me dijo:

- Qué complicado, ¿no?

- ¿Qué cosa?

- Vivir. Vivir es complicado. La vida no se pone menos complicada a medida que uno avanza.

Poco después, en la reunión mensual que tengo con unos amigos del colegio, hablamos exactamente sobre la misma cuestión: esa sensación que uno tiene (supongo que es parte del momento que uno atraviesa a los treinta y pico) de estar siempre a las corridas, no llegar nunca del todo… En todo caso, la frase me ha quedado siempre repicando, y nunca me ha abandonado del todo.

Tengo treinta y cuatro años. No es la edad de las certezas ni de la estabilidad. Tal vez por eso hoy este diálogo con mi madre se me hace especialmente presente. Probablemente se deba también a que, como sacerdote, la vida me ha puesto constantemente en esos lugares donde grita con más fuerza su desmesurada intensidad. O porque, para colmo de males, tengo encargo y vocación de estudioso, y eso siempre te hace buscar intríngulis y preguntas (a veces donde no hay o no hacen falta, es cierto).

En todo caso, y sin querer hacer de esta frase de mi vieja un apotegma, no deja de ser algo que se me presenta increíblemente certero para navegar este tramo de la vida. Sobre todo porque me libera de una tentación que parece cundir en el ambiente de la gente religiosa: la de la simplificación. Reducir las cosas a blanco o negro, a bueno o malo, y (lo que es peor) hacer lo mismo con las personas y con uno mismo.

No estoy haciendo una apología del relativismo. No estoy hablando de moral. Hablo simplemente de dar un paso para aceptar la simultáneamente encantadora y lacerante condición de la existencia. Animarse a bajar al llano, donde no todo es claro y distinto, y donde los días se suceden en una vertiginosa sucesión que sólo se vuelve nítida con el tiempo. Sólo entonces uno puede ver más claro. Pero mientras tanto, caminamos tanteando. Creo que cuando aceptamos que a la vida y su rumbo, más que saberla, la vamos auscultando en el día a día para pescarle el pulso, nos hacemos más humildes. Y lo que es aún más importante, más compasivos.

Hay un gozo en ese abrazar los grises y matices. La vida se vuelve más colorida. Más insegura. Pero más libre. En última instancia, más vida. Cada día un poco más complicada. Cada día un poco más fascinante.

miércoles, abril 03, 2013

Darle una sorpresa a Dios

De las distintas predicaciones de Francisco en estos días, hubo una frase que me llegó especialmente. "A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide." Esto me impresionó. Hablar del miedo a la novedad como don no es poca cosa... pero más aún, hablar de que Dios nos pide la novedad. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. En cambio, pareciera, Dios está esperando que lo sorprendamos. ¿Será posible una cosa así? ¿Cómo hablar de darle una sorpresa al que todo lo sabe?

Sin embargo, es así. Dios pide la novedad. Traté de pensar si en algún momento DIos se asombraba. Me vino a la mente el asombro de Jesús frente a la fe del centurión (Mt 8-10). ¿Será esta la novedad que podemos aportarle a Jesús? Sorprenderlo con una fe sencilla y una entrega confiada.

Me animo también a pensar que Dios nos pide una sorpresa para el mundo. Algo que llame la atención. Y ahí la cosa pasa más por otro lado. Puede parecer cliché, pero al mundo, lo que todavía hoy lo sorprende, es el amor. Amor gratuito. Misericordioso. Pónganse a pensar cual fue su primer sentimiento frente a un gesto de amor. ¿No es el del asombro?

Puede ser un buen eslogan para este tiempo pascual: "Esta Pascua, sorprendé a Jesús con un gesto de fe; asombrá a tu hermano con un acto de amor".

La homilía de Pascua que nunca será

Esta noche, después de haber caminado por las calles del pueblito siciliano donde me encuentro, después de un tiempo de compartida, el silencio. Y la espera.

Las ganas de escribir como siempre. Tal vez, más que siempre. Porque hay tanto para decir. El silencio engendra palabras nuevas, amontonadas en el corazón y la cabeza.

Y como sé que mañana no predicaré (y probablemente tampoco la Pascua que viene... ni la otra), me lanzo a la escritura como para despuntar el vicio de cura al menos a través del texto tipeado.Quién sabe, tal vez algún hermano cura se beneficie de mis divagues.

Recorro de vuelta las lecturas de la vigilia. Y esta vez me brota un hilo conductor. La historia de la salvación, esa que caminamos del Génesis hasta la Resurrección en la noche pascual, es la historia de los imprevistos. De una irrupción de vida donde sólo parecía reinar la muerte. La inesperada llegada de una novedad. Una novedad llamada Dios.

Muchas de estas historias son cuento viejo. El caos (Génesis); los oprimidos perseguidos (Éxodo); la desesperanza de los vencidos (Ezequiel); la muerte del inocente (Evangelio). Y sin embargo, sin embargo, donde parece que todo es "más de lo mismo", se da la ruptura.

Hay una palabra que trae consigo algo distinto. Una palabra de orden, de amor, de esperanza. Alguien dice que las cosas pueden ser de otra manera. Pero no sólo lo dice, sino que lo hace. Y al hacerlo trae consigo una vida nueva.

Ese alguien es Dios. Dios y su Palabra. Palabra que se expone, que se dona, que se regala. Una palabra que se juega y pasa por la muerte. Es Jesús. Dios nos dijo todo lo que nos quería decir en Él. Lo vimos ayer en la cruz. No se guardó nada. Sus últimas palabras: perdón para los hombres, esperanza para el pecador, confianza para con Dios. Uno podría pensar, sin embargo, que todo eso queda en la nada. Palabras lindas que se mueren con Jesús en en el Gólgota del "otra vez lo de siempre".

Al resucitar, vemos que las cosas nunca más serán así. Que a partir de Jesús resucitado no existen los callejones sin salida. Se nos abre una ventana aún en los encierros más negros. El sepulcro vacío nos dice que ya no hay tumba que permanezca tapada para siempre.

Esto no es un hecho del pasado. Este es nuestro hoy, lo que hoy se nos ofrece, como le dice Jesús al buen ladrón: "Hoy estarás conmigo". Hoy, acá, ahora: Jesús nos invita a vivir la resurrección. A tomar conciencia que somos partes de este acontecimiento. Somos un pueblo de resucitados.

Por eso esta noche hemos recibido luz. Y seremos rociados con agua. Agua y luz. Símbolos de vida por excelencia. Para recordar lo que hemos recibido y que siempre en vive en nosotros. Un amor que disipa tinieblas y nos vivifica permanentemente.

Esta noche nos compromete. Si hemos descubierto que la historia, nuestra historia puede cambiar; si pudimos gustar al menos un poco de este amor nuevo, entonces no podemos sino compartirlo. Hemos recibido una palabra que hace algo nuevo del mundo viejo; una mirada que puede descubrir los brotes del Reino en el aquí y ahora; una esperanza que nos saca del ritmo cansino y agotador del pecado y la muerte. ¿Cómo no comunicarla, cómo no salir a buscar a todos los que hoy necesitan esta novedad? Una novedad que más que explicar, se muestra, se siente, cuando Dios está verdaderamente presente en nuestra vida.

Esta noche nos compromete. Son tantos hoy los que necesitan esta novedad... tantos que están tentados de resignación y de tristeza porque piensan que "no hay nada nuevo bajo el sol". Tantos que han sido convencidos por aquellos a quienes les conviene esta mirada vieja, de que "no vale la pena intentar". Tantos que no pueden creer en la novedad simplemente porque nadie les ha ofrecido un gesto de cercanía y amor, la novedad por excelencia.

Esta noche nos compromete. Salgamos a buscar a esos hermanos. A compartir con ellos lo que se nos regala en la sencillez de esta celebración. A irradiar en el mundo lo que se respira en estos instantes: la posibilidad de una vida nueva que nos regala Dios. La certeza de un amor distinto, que viene de Jesús y de su Espíritu. El anticipo de unos cielos y una tierra nueva.

Unos cielos y una tierra nueva que empiezan en la resurrección de Jesús, siguen en nuestra vida... y quieren llegar a todos y todo.

jueves, marzo 14, 2013

Una noche de bellas sorpresas

Uno de mis discos preferidos es "Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en vivo en la Argentina". Entre canción y canción, cuando aparecen los invitados que hicieron de ese recital un evento inolvidable, se escucha, casi como un latiguillo, una frase que hoy fue más apta que nunca: "Esta es una noche de bellas sorpresas". Así fue también este inolvidable 13 de Marzo en Roma.

La primera sorpresa, con todo, no fue de las más lindas. La CNN nos pidió una mano a los sacerdotes argentinos para comentar en los distintos eventos de este tiempo de transición. Y Sebastián, uno de mis compañeros, me pidió si no podía ir hoy a cubrir la espera de la fumata a las oficinas que la cadena informativa había establecido a unas cuadras del Vaticano. Bastante a regañadientes, acepté. Sobre todo porque estaba convencido que no teníamos Papa hasta el jueves o viernes. Aun así iba en el tranvía con un tironeo interno importante.


Las primeras horas fueron largas, frías y tediosas. Esperando la primera fumata que nunca llegó. Con los dos periodistas, José Leví y Adriana Hauser, hacíamos tiempo (y trote en el lugar para no morirnos de frío) en la terraza del edificio, donde estaba armado el móvil.

Llegó la hora de la fumata y a las siete... no pasaba nada. Tensión. Si la cosa tarda, por algo será. ¿O no? Todo se movía en el terreno de la conjetura. De golpe, empieza a salir el humo. Dudosamente gris al principio... y en seguida, de un blanco contuntende. Lo primero que sentí era que me quería morir. ¡Viendo todo por tele a menos de 500 m de distancia! Pero los periodistas estaban muy entusiasmados. Por suerte los dos eran personas de fe. Así que ahí la cosa empezó a tomar otro color. La coordinadora del programa me mandó a la oficina a esperar para no morir de hipotermia en el proceso de grabación. Así que estaba ahí, viviendo un momento histórico... solo y delante del televisor. Pero la verdad es que ya me importaba menos.


Al rato, las luces de San Pietro se encendieron y sale Tauran, el Cardenal Protodiácono para anunciar "una gran alegría" al pueblo, que atesta la plaza. Tenemos Papa... "Jorge" y ahí y casi me muero... ¡Bergoglio, obispo vecino, Papa! Y en seguida, la espera por el nombre. El nombre de un Papa no es poca cosa. Tiene valor programático. Marca un sendero. Un estilo. Una opción.

Y cuando dice "Francisco", no Francisco I, sino sólo Francisco, se me derrite el corazón y se me llenan los ojos de lágrimas. Vamos a tener un Francisco. Por primera vez. Realmente, esta es una noche de bellas sorpresas.


El primer papa americano.

El primero latinoamericano

El primer papa Jesuita... que se pone el nombre del fundador de otra congregación.

El primer papa argentino.
Un papa que conozco, pienso. Al que escuché hablar, con el que concelebré en su Catedral, y aún le pude hacer una pregunta en una conferencia. Un papa que viaja en colectivo, conoce las villas...


Ya estoy arriba de nuevo en el estudio y pido que me pasen audio para escucharlo. Con el italiano, la roba un poco, como hacemos todos los argentinos que vivimos acá.Pero habla con cariño. Con desenfado porteño, y con sencillez de obispo, de pastor. Eso me gustó mucho. Habló de ser obispo de Roma. De ser recibido y de pedir la oración de los habitantes de la ciudad.
Nos hace rezar juntos. Y en un gesto que, para los que lo hemos visto, no sorprende, pero sí conmueve, pide la bendición antes de bendecir. Y nos despide sencillamente con un "buenas noches y buen descanso".

Todavía quedan algunas notas para dar, y me vuelvo a conmover cuando veo que los dos periodistas, al terminar la cobertura, se abrazan. Están muy emocionados. Hay algo de este acontecimiento que nos pertenece a todos. El teléfono empieza a hervir de mensajes. Rubén, un amigo mormón; Sabri, una hermana mayor en la fe; Mica, otra amiga que no es cristiana... todos escriben, llaman... hay algo de esta alegría que alcanza a cada uno. 

Llego acá al colegio y obviamente casi nadie puede dormir. Estamos llenos de entusiasmo. Yo me siento así. Entusiasmado. Y mejor aún, esperanzado. Siento que el futuro está realmente en manos de Dios. Que todavía el Jefe guarda algunos ases en la manga como para sorprendernos y espabilarnos. Para que no olvidemos que la Historia sigue siendo suya.

Parafraseando el eslogan político de otro porteño como nuestro nuevo Sumo Pontífice...

Va a estar bueno Roma.

martes, febrero 26, 2013



"Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...

Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!..."

Estas líneas de Dulce María Loynaz son parte un poema un poco más extenso y de una belleza inusual. Me gustan especialmente estos versos, que enlazan el amor y la esperanza.

Como sacerdote, una y otra vez me encuentro con situaciones límite. Donde la vida y la razón parecen decir "hasta acá". Muchas veces estas situaciones terminan como uno imagina que lo harán: en el fracaso, la muerte, la desilusión, la amargura.

Otras, sin embargo, contra todo pronóstico, se transforman. No diría que desaparece la dificultad o el dolor. Pero se da un proceso de cambio. Casi siempre, empieza con un gesto de amor. Alguien se anima a intuir un después. Se da un paso o un gesto de perdón. Se recogen los restos y las ruinas de un proyecto pensando en que de ellos se puede sacar algo nuevo, con una certeza loca e infundada. Infundada para quien no tenga esa mirada de amor.

No se trata, sin embargo, de tener más fuerza de voluntad (aunque a veces, ¡tantas!, se la requiere). Ni de ser más inteligentes. Creo que pasa sobre todo por tener un corazón que, porque sabe de sufrimiento y de amor, sabe también de las potencialidades escondidas en las horas más oscuras. Y aún entonces, ese corazón necesita de otros, que con su cariño y su ternura nos lleven hacia la luz.

Yo he tenido la suerte, en mi vida, de encontrarme muchas veces con personas así. De esas que descubren siempre lo que está germinando en el barro. Mujeres y hombres (aunque, lo tengo que confesar, creo que ganan las mujeres) que se juegan por lo que a veces sólo está presente en un sueño y apenas puede decirse realidad. Parteros de mundos nuevos.

Creo, sin embargo, que hacen falta muchísimos más. Hoy nos hace falta gente que ame, como siempre. Pero, tal vez más que nunca, que ame con amor esperanzado. Y esperanzador. Amigos de causas imposibles y perdidas. Personas que, por su manera de mirar, de sentir, de actuar, se convierten ellas mismas, sin querer, en un signo de que tal vez las cosas no tengan que ser como son. Y puedan ser de otra manera.

sábado, febrero 23, 2013

¿Cómo sanar un mundo herido?

Hay una terraza en el barrio judío de la Ciudad Antigua, en Jerusalén. La conocí en mi primera noche allí, cuando otro sacerdote argentino, a quien encontramos de casualidad, nos llevó a mí y a tres amigos más a ver la vista de la ciudad. Es un mirador privilegiado: de una sola vez se puede contemplar la cúpula del Santo Sepulcro, algo del Muro de los Lamentos y la Mezquita del Al-Aqsa. Volveríamos a la terraza-mirador todos los días de nuestra estadía. 

Pocos tiempos tan intensos como esas cinco jornadas en la Ciudad Santa. Gente de todo el mundo, una historia milenaria y un movimiento febril. Las tres religiones monoteístas más importantes del mundo entrecruzadas en una relación tensa, lacerada y lacerante. Peregrinos, curiosos y turistas terminan de conformar un caleidoscopio en permanente cambio. Más de una vez, al caminar por los pasillos estrechos y darme vuelta para observar, pensaba que me habían cambiado la calle mientras no miraba. Por sobre todo, recuerdo la sensación de una energía casi palpable en el lugar. Un rincón del planeta que estaba, literalmente, en carne viva. 

Sentados una noche en nuestra terraza con Josefina, otra de las compañeras de viaje, compartíamos impresiones sobre nuestra pequeña peregrinación a Israel. Me dijo algo que se quedó profundamente grabado en mi memoria: “¿Sabés? Acá en Jerusalén me di cuenta de lo lastimado que está el mundo”. 

Era cierto. La Ciudad Santa, la ciudad de la Paz, estaba muy lejos de serlo en realidad. El Santo Sepulcro parcelado por las distintas iglesias cristianas; los soldados caminando por los pasillos; la mirada de miedo o de bronca que a veces nos sorprendía desde alguna ventana… Los lugares más sagrados heridos por las ansias de poder, de control, por el resentimiento y la venganza. 

Pocos días después de esa conversación me subía a un avión para visitar algunos amigos en New York. Con Juani, mi anfitrión, decidimos una mañana ir a visitar el Memorial del 11 de Septiembre. No teníamos entrada, pero el hábito clerical todavía abre algunas puertas, así que pudimos entrar. 

El memorial es de lo más elocuente en su austeridad. Placas negras con nombres en blanco en torno a unas fuentes que nunca logran colmar el espacio vacío que rodean. Es la imagen de la herida incurable de un pueblo. Otra lastimadura de nuestro mundo gritando hacia el cielo. En uno de los banquitos del monumento nos sentamos para tener un rato de oración y una charla memorable. 

La reflexión sobre la situación internacional y sobre lo que pasó allí nos llevó, casi sin darnos cuenta, a nuestras familias y nuestras experiencias personales de heridas y reconciliación. Fue un momento de esos que pocas veces se dan, cuando se puede hablar con el corazón abierto, sin miedo a lastimar ni ser lastimado. Y como un estribillo, aparecía una y otra vez la cuestión del perdón. Un perdón que se manifestaba necesario, imprescindible, para seguir caminando en la vida. 

Me llevaría esa conversación como un tiempo de gracia, de esos que no se deben desaprovechar. Y a lo largo de un año signado por el encuentro con muchas situaciones de dolor, la imagen de esos dos lugares signados por el odio y el absurdo de la violencia volvía una y otra vez al corazón. ¿Cómo todavía hoy tenemos tan afilada nuestro poder para lastimarnos, para hacernos daño? Esa  capacidad parece multiplicarse exponencialmente y repetirse no sólo en las relaciones interpersonales sino entre los pueblos del mundo. Tiene sentido: los desajustes de nuestro planeta son el eco potenciado de nuestros propios desequilibrios… la desafortunada conjunción de nuestros desencuentros. 

Tal vez, sin embargo, en esa triste cadena también esté la posibilidad de un cambio. Si todo comienza en nuestro contexto más inmediato, entonces también allí es donde necesitamos empezar a hacer pie para transformar la realidad. ¿Tendremos el valor para dar ese primer paso, para empezar a tender la mano y buscar el perdón? ¿El coraje para responder de una manera más libre?

No es nada fácil. El perdón sigue siendo una palabra muy mal vista: suena demasiado a debilidad, pobreza, sumisión. Y sin embargo, nada nos hace más libres. El momento en el que decidimos perdonar es cuando abrimos las puertas del futuro y nos damos cuenta que ya no somos víctimas ni condenados. El instante sagrado en el que se nos abren los ojos y elegimos vivir sin resentimiento. Cuando percibimos que nuestra historia puede habernos golpeado, pero eso no quiere decir que debamos repetirla ni continuarla con la misma violencia. Son muchas las fuentes del perdón, pero quizás esta mirada sencilla (y hasta un poco pragmática) sobre nosotros y nuestro camino nos ayude a empezar. 

Aquella noche en Jerusalén, la noche en que miramos nuestro mundo herido estrechado en las calles de la ciudad milenaria, fuimos a comprar algunos rosarios para llevar al día siguiente a la misa en el Santo Sepulcro. Caímos en un negocio de ortodoxos, que allí no suelen mirar con buenos ojos a los católicos. Sergei, el dueño, sin embargo, fue de lo más atento y cálido. Cuando nos íbamos, me regaló un pequeño broche con la cruz de Jerusalén. Con una mirada profunda de amor y dolor, esa tan única que he visto en varios de nuestros hermanos ortodoxos, me dijo: “¿Sabe Padre? Yo sé que nuestras Iglesias discuten muchas veces. Pero al fin y al cabo, creemos en el mismo Dios, ¿no es cierto? Rece por mí cuando celebre misa en el Santo Sepulcro”. Lo hice, y lo sigo haciendo. Para tener esa misma mirada de perdón que he visto en Sergei. Y en todos aquellos que hacen del perdón un camino a un mundo nuevo y mejor.

miércoles, noviembre 07, 2012

Preparando la homilía: Domingo XXXII del tiempo durante el año, Ciclo B, 2012

Algunas ideas sueltas para pensar la predicación:

1. El leccionario da dos opciones: tomar el texto con la admonición de Jesús sobre los escribas y la ofrenda de la viuda o centrarse solamente en este último episodio. La primera posibilidad puede ser interesante para hacer una contraposición, dada por el fuerte contraste entre los escribas, que gustan de ser saludados y ocupar los primeros lugares y la viuda pobre, a quien nadie ve ni escucha salvo Jesús, que saca a la luz su testimonio de ofrenda. Es interesante para una reflexión sobre la profundidad de nuestro actuar y las raíces que lo condicionan. ¿Qué mueve a este mujer a este acto de tan profunda libertad y entrega confiada? ¿Cómo se hace para vivir en esta fe entregada y ejemplar, para dar todo sin tener miedo de perderse? ¿Cómo se supera nuestra tendencia natural a movernos por la reacción de los demás, a buscar imponernos y ser reconocidos? Se puede establecer un contraluz que ayude a pensar en esto.
2. La primera lectura está sin embargo más relacionada con el segundo episodio del Evangelio de hoy. El hombre de Dios es una mediación para que la viuda de Sarepta dé un salto de fe y guste del amor providencial de Yahvé.

En el Evangelio la viuda es en cambio quien da ejemplo de confianza. No sabemos nada de ella. Pero su actitud capaz de dar todo, de dar desde la pobreza todo lo que tenía para vivir, es signo de una fe profunda y sincera. La mirada de Jesús rescata este gesto para todos nosotros.
No deja de ser interesante pensar en que esta viuda realiza un gesto de entrega total cuando Jesús se aproxima a la hora de su propia ofrenda. ¿Qué sentiría el Señor al ver a esta mujer que daba todo: su futuro, su presente, su seguridad? ¿Habrá escuchado la voz del Padre invitándolo a esa misma entrega? ¿Habrá pensado en María, viuda pobre también ella, que quedaba ahora como esta mujer, sin ninguna seguridad si perdía a su único hijo?
3. Dar todo de sí, sólo es posible si sabemos que un amor nos lleva y nos contiene. Si tenemos la certeza de que una mano nos lleva y acompaña a lo largo del camino. En general todos vivimos en medio de esta tensión: ¿hasta dónde me entrego? ¿y si sale mal? ¿Y si me lastimo, me frustro, me pierdo, fracaso? ¿Si yo no me ocupo de mí mismo, quién se va a ocupar? Si no tenemos al menos un poco de esta experiencia de cuidado, como la viuda de la primera lectura (y como seguramente tenía la del Evangelio), es imposible entregarse. Si no tengo en el corazón la certeza de un amor, no puedo dar un paso que me libere del impulso natural a defenderme y protegerme. Me lleno de temores. Necesito guardarme, preservarme de aquello que puede robarme lo más mío, de los demás, de Dios mismo que se me puede presentar exigente y amenazador.
En ese sentido como creyentes podemos hacer la experiencia sanadora del cuidado de Dios, de una providencia que nos sale al encuentro en las horas más difíciles, como en la primera lectura. Cuando uno guarda en el corazón esos pasos de Dios por la propia vida, comienza el largo aprendizaje de la confianza.
3. La eucaristía puede ser un lugar para recibir esa confianza. En ella Jesús se entrega por completo al Padre y a nosotros. Recibimos un amor que es pura entrega, pura donación de sí mismo. Es el Cristo muerto y resucitado, el Señor que dio desde su pobreza y que en la pobreza de los signos sacramentales nos abraza y acompaña. Al celebrar la eucaristía tenemos la oportunidad de entrar en comunión con ese amor. Dar cada domingo un paso más hacia esa confianza que es el corazón de la Pascua de Jesús y la fuente de nuestra fe.
Una propuesta aparejada a esta puede ser la de hacer memoria de las personas que han tenido gestos de entrega confiada con nosotros. Personas que nos han amado y nos han enseñado el camino. Para Jesús, no me cabe duda, esta mujer fue un impulso, un signo del amor de su Abbà, su papá. ¿Hemos tenido alguna persona así en nuestra vida? ¿Alguna vez hemos visto un gesto que nos lleve a entregarnos, a tener más confianza?
4. Me es imposible no hacer una lectura más comunitaria y eclesial de este Evangelio. Recuerdo cuando el Documento de Puebla invitaba a una generosidad "desde nuestra pobreza" para la misión en el extranjero. Hoy esta pobreza se agrava: pobreza de medios, de dinero, y sobre todo, de gente. Sentimos como nunca que somos pocos y poco frente a tantos desafíos. ¿No será quizás momento de abrazar esta pobreza, en vez de nostalgiar épocas pasadas? Quizás en esta conciencia de pobreza esté la oportunidad para una sorpresa de Dios, para la irrupción de algo nuevo. Así fue con la entrega de Jesús. Cuando nos entregamos en la confianza pobre abrimos el surco para que Dios siembre vida nueva en nuestra historia. Tal vez esta conciencia de límite que tenemos hoy sea un verdadero tiempo favorable para vivir algo así.

martes, octubre 23, 2012

Blog a la Carta I: La Soberbia

Pedí a amigos y conocidos temas para tratar en el blog. Salió primero que nada un pedido sobre la soberbia. Como todo lo que va aquí, se escribe a boca de jarro y sin intentar agotar ni definir nada. Pero quizás algunas cosas que surgen en la reflexión sirven.

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Santo Tomás define a la soberbia como el vicio de alguien que, por su voluntad, aspira a algo que está sobre sus posibilidades (S.Th. II-II. Q. 162, a. 1... espero recordar bien cómo se citaba la Summa). Implica un no someterse: a la norma, a Dios...

Es todo un desafío encontrar hoy una manera de hablar de la soberbia que sea al mismo tiempo accesible a nuestro lenguaje y sensibilidad contemporáneos y fiel a nuestra tradición. Hoy estamos especialmente atentos a todo discurso que niegue nuestra vocación a la excelencia. Estamos siempre llamados a más. Y muchas veces se ha acusado a la religión (no siempre sin razón) de promover y moldear personalidades pusilánimes y quedadas.

Con todo, hay un núcleo de verdad profunda, humana, que yace en la percepción del riesgo de un afán de superación desmedido. El pretender no tener límites, que se manifiesta de mil maneras, desde las pequeñas mezquindades que revelan nuestro ego inflado hasta la pretendida omnipotencia destructora que arrasa con nuestro planeta y con los pueblos.

¿Cómo se puede evitar esto? Tal vez lo primero sea reconocer que esas tendencias están dentro de nosotros. El deseo de afirmarnos a toda costa, de ganar a cualquier precio, de no dejarnos conducir ni corregir. El sentirnos inmortales e infalibles. ¿Quién puede decir que nunca ha sentido al menos un poco de esto? Yo no puedo hacerlo.

Creo que un camino posible es el de cultivar un sentimiento profundo de interdependencia. Esa conciencia de necesitar de los demás, que en general brota a través y a partir de las crisis. Es una certeza que al mismo tiempo nos ayuda a darnos cuenta que nuestros actos tienen consecuencias, tanto para nosotros como para los demás.

Al mismo tiempo, y en una clave más espiritual, el agradecimiento y la alabanza son fuentes para una vida más humilde. El reconocimiento alegre de que todo lo recibido es un don, y la mirada alabadora a Dios nos ubican en nuestro lugar y lo hacen de la mejor manera. Sin llevarnos a la amargura o el desprecio de uno mismo (que también son formas de soberbia), sino conduciéndonos al otro (y al Otro).

Y si todo eso no funciona, siempre viene bien pegarse una patinada en el suelo o un tropezón. Cuanta más gente haya alrededor, mejor.

miércoles, octubre 17, 2012

Empezando por el Padrenuestro

Como saben los que tienen la deplorable costumbre de pasar por este blog, no soy muy afín a confesiones personales (en este espacio). Sin embargo, como pasara ya en otra oportunidad, una ausencia tan prolongada amerita una explicación.

El 2012 ha sido un año de lo más peculiar. Cambios, mudanzas, cierres de etapas e inicios de otras nuevas. Concluí mi licenciatura en teología (para lo cual tuve que correr con una tesis que defendí hace un mes y medio) y comencé los estudios para el doctorado en la misma carrera. Sin solución de continuidad, como diría alguien versado en términos legales.

El tema es que el doctorado trajo consigo varias implicaciones. La más importante de ellas es que me mudé por tercera vez en el año.

A Roma.

No es la vuelta de la esquina. Así que esta última mudanza ha implicado un profundo proceso personal que sigue en curso. Con numerosos aspectos fascinantes, otros dolorosos... todos constituyen lo que hoy se presenta como un verdadero tiempo favorable.

En el medio el pobre blog, como muchas otras realidades de mi vida, quedó postergado. Pero la vida ha continuado: rica, compleja, altibajante (me permito el neologismo porque me parece sumamente apropiado). Y no dejan de haber temas para escribir, ideas para compartir y pensamientos que es necesario volcar en alguna parte.

No les voy a mentir. Parte de la demora también se debió a mi autoexigencia, que me reclamaba alguna idea magistral (o al menos magistralmente ejecutada) para volver con gloria a las canchas. Pero quizás sea mejor simplemente empezar desde esta, la situación en la que me encuentro. Al fin y al cabo el único punto de partida que puedo tener es el lugar en el que estoy. Y como me dijo una vez un sabio monje y cura en torno a la oración: "Hay veces que uno profundiza en la oración y hay veces que hay que aprender de nuevo el Padrenuestro". Así que aquí estamos. Tratando de balbucear una vez más ideas como quien ensaya las primeras oraciones para encontrarse con Dios. Con la inseguridad que da tantear entre la oscuridad a ver si esta palabra que sólo atisbo con las manos es la que realmente me lleva a la luz. Y el gozo que da vivir esa incertidumbre como un juego en el que ganamos todos.

Empecemos entonces, como se empieza el Padrenuestro.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

domingo, mayo 20, 2012

Ensayando el cielo (Ascensión del Señor, Ciclo B)


En Jesús, todo está cumplido. El plan de Dios se ha realizado plenamente.
Hay algo nuestro que ya está en el cielo.
Hay algo del cielo que ya está en nosotros.
Por eso, es una fiesta para contemplar y agradecer.
Para tomar conciencia de que estamos llamados a algo grande.
Y que eso ya se está obrando en nosotros.

Es lo que dice la segunda carta al bendecirnos:  “que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.” Es el poder de la resurrección, que nos va haciendo resucitar aquí y ahora. El amor de Dios que nos levanta y nos hace ascender.

Nuestra vida es nuestro camino de ascensión, nuestra oportunidad para abrirnos cada vez más a ese amor y hacer de nuestra tierra un cielo. Santa Catalina de Siena decía “El camino al cielo ya es el cielo, porque el cielo es Jesús y el dijo «yo soy el camino»”.

Esto nos cambia nuestra mirada sobre la vida. La vida no es examen para entrar al cielo, pura cruz y examen. En todo caso la vida es, como dice el sacerdote jesuita James Martin, ensayo del cielo. Ensayamos la resurrección cada día, tratando de dar más pasos hacia esa plenitud que Jesús nos ofrece y participa. No para ver si entramos en ella, sino para anticiparla aquí y ahora.

Entonces, quizás sea cuestión de estar atentos a los chispazos de eternidad que se aparecen en la vida, los anticipos de la plenitud. Esto no quiere decir que nos salgamos de la realidad, porque son esos momentos donde uno se da cuento en serio por dónde pasa la vida. Y ellos nos llevan a comprometernos más profundamente con la vida. Por eso no nos podemos quedar “mirando el cielo”. Somos invitados a zambullirnos en nuestra realidad, con la seguridad de que el Señor nos asiste y confirma, como dice el Evangelio. Y que volverá.

De todos modos, esta resurrección progresiva, esta ascensión, es sobre todo un don. Puro regalo. Porque es el Espíritu Santo quien la realiza. Es por eso que esta fiesta nos pone en tensión hacia la próxima: Pentecostés. El Espíritu es quien viene para resucitarnos, para elevarnos de nuestros lugares de muerte hacia la plenitud del Reino. Para hacernos testigos de una vida diferente, de un cielo que se empieza hacer posible aquí y ahora.

Que esta ascensión, entonces, nos llene de alegría y esperanza pero al mismo tiempo nos sacuda y despierte. Que nos dé hambre de plenitud y de Reino, para nosotros y para los demás. Busquemos los lugares de nuestra realidad y nuestra vida que necesitan más profundamente el soplo del Espíritu. Y dejemos que él nos ayude a seguir ensayando el cielo aquí en la tierra. Ese cielo que es Jesús y al cual hoy empezamos a ascender. 

domingo, mayo 13, 2012

Buscando permanecer

Quiero elegirte cada día más
Desmalezar el corazón
Dejar que
Me acorrales
Me habites
Me digas
Me nombres
Me lleves
Me perdones
Me alegres

Pero me da tanto miedo
Que tengo que pedirte
Hasta mi propio coraje
Aun mi sí más hondo
Es un regalo tuyo.


sábado, mayo 12, 2012

Permanecer en un amor verdadero (6° Domingo de Pascua, Ciclo B)


Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.» 

Con el Evangelio de este domingo cerramos esta parte del discurso de despedida en el Evangelio de Juan referida a la Vid y los Sarmientos. El centro de este fragmento es la invitación a permanecer. Hoy aparece con más claridad cuál es el núcleo de esta permanencia: el amor de Jesús. Él ha confiado todo lo que recibió del Padre a sus discípulos, no se ha guardado nada. La intimidad de amor entre Jesús y su Abbá se abre generosa e incondicionalmente a los suyos. Pero es necesario permanecer en ese lazo de confianza, gratitud y entrega.
La permanencia se expresa, sobre todo, en el amor mutuo. Un amor que ya no tiene la medida del prójimo, sino la de Jesús. Asusta semejante profundidad. Pero los que saben de Biblia dicen que ese “como yo los amé” puede entenderse tanto de manera indicativa como causativa. El amor de Jesús es la medida, pero antes es el don, la fuente, la raíz.

Estamos tocando el centro de todo en este domingo: el amor, que es, lo sabemos, el corazón del cristianismo y de la vida. Sin embargo, nos hace bien entenderlo desde este evangelio. No es cualquier amor el que recibimos: es el amor de Jesús. Y no es cualquier amor el que somos invitados a entregar: es el amor de Jesús.
¿No es sorprendente darnos cuenta de esto? Somos destinatarios de un amor infinito, hecho de ofrenda en cruz. En el centro de nuestra existencia está siempre la Pascua de Jesús, ese amor hasta el extremo. Y esto nadie nos lo puede quitar. Tener en la misma raíz de nuestro ser la presencia de Jesús es lo que a su vez nos lleva a vivir de esa misma manera. Hay algo dentro de nosotros que no se sacia hasta que nos animamos a entregarnos a algo o alguien más grande que nosotros.

Entonces nos damos cuenta que este “permanecer en el amor” tendría que ser nuestro norte, nuestra brújula: buscar cada vez más abrirnos al amor, dejarnos querer. Buscar cada vez más entregarnos al amor. Y quizás acá es donde esté la cuestión más difícil.

Porque la realidad es que permanecer en el amor no parece tarea sencilla en estos tiempos. Tal vez porque vivir de esta manera (a la manera de Jesús, tan abierto y tan libre, tan vulnerable) nos expone demasiado. Como decía Borges: Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz”. Es una apuesta definitiva a entender la vida desde lazos de ofrenda, desde un amor hecho de comunión, de entrega recíproca.

Y sin embargo, a esto se nos llama. A permanecer en un amor recibido. Abrirnos cada vez más al amor de Jesús, que nos va transformando lenta y progresivamente, si nos animamos a permanecer. Y desde ahí a permanecer en el amor recibido de los demás. Si no me puedo abrir al amor de los otros, difícil permanecer en el de Jesús. Con todo lo que esto implica: animarnos a pedir ayuda, a dejarnos querer, a aceptar ser vulnerables frente al otro. Dejar que el otro sea una presencia en nuestra vida, no tener miedo de esa llegada del otro, que siempre es un don y nunca una amenaza.

Permanecer en el amor implicará también amar a los otros al estilo de Jesús: con su compasión, su ternura, su libertad y apertura. Hacer de los vínculos el sentido de nuestra vida, imprimirle a todo rasgos de comunión. Para un cristiano, no se trata realmente de hacer mucho, sino de darle a todo una dimensión de encuentro: es el “si yo no tengo amor” de San Pablo, el “amor extraordinario” de Santa Teresita, el tomar conciencia de que el amor es “forma y raíz” de todo obrar cristiano, como decía Santo Tomás. Es un amor verdadero, con peso (ese amor que manifiesta la gloria, que en su acepción hebrea original tiene, justamente “peso”, densidad).

Este no es un servicio menor a nuestro tiempo. Ofrecer lo que da el amor verdadero: reconocimiento a los excluidos y anónimos; cercanía a quienes se sienten alejados; perdón a los que están enemistados y heridos… Sostener los lazos cuando tantos están tentados de aislamiento, reconocernos y acercarnos unos a otros… tal vez sea una forma actual del permanecer. Y esto no sólo en el campo de nuestras relaciones más íntimas. Al contrario: creo que uno de los desafíos es darnos cuenta que estamos llamados a plasmar esto en los ámbitos laborales, sociales, políticos… El amor puede ser universal, pero nunca impersonal. A veces confundimos una cosa con la otra. Si apostamos a este estilo de ser, de vivir, entonces podremos fracasar en emprendimientos, pero nunca dejaremos de ser fecundos, nunca dejaremos de dar fruto.

Desmitificar al amor y al mismo tiempo darle sus rasgos verdaderos, que son los de Jesús. Otra poeta, la cubana Dulce María Loynaz, lo dice de una manera inmejorable. Lo copio porque aunque es demasiado largo para leerlo en la homilía, no tiene desperdicio:

Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan...
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces....
Amar lo amable, no es amor:
Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra...
Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...
Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!...
Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender...
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar ...
¡Amor es resucitar!

En la eucaristía encontramos este misterio de permanencia. Somos llamados a recibir, a acercarnos como pobres, necesitados de este amor y al mismo tiempo ella es la que nos convierte en alimento para los demás. Amor que permanece de manera activa, saliendo al encuentro y transformando a quienes lo reciben. Amor de ofrenda que suscita ofrenda. 

viernes, mayo 11, 2012

¿En qué recodo del camino
alguien te cambió la mano abierta
por un puño
robándote la llave de la vida
tiñendo todo de desconfianza amarga?

No puedo darte una receta
que te haga salir de ese lugar
en el que te encerró la herida
yo mismo me voy abriendo paso entre mis miedos
no creo que sirviera, si la hubiera

pero a lo mejor, si me dejás
abrazarte
escucharte
al menos, acompañarte
quizás, podamos, entre los dos
encontrar un lugar
más hondo que tu pena
y tus heridas
ese espacio secreto
donde la fe aguarda
para ofrecerse una vez más.


jueves, mayo 10, 2012

Escuchando a Skrillex

Hay cosas que a uno no tendrían que gustarle, por sentido común o instinto básico de apreciación estética. Todos tenemos esos gustos guardados en el placard que nos da vergüencita mostrar. También en el ámbito de la música. 


A mí no me tendría que gustar este tema de Skrillex. Es puro ruido. Sin embargo, hace una semana que lo tengo pegado a mi cabeza y a los pies. "Bangarang" es el grito que daban los Niños perdidos en "Hook", de Spielberg. El video es un homenaje y una joyita. Tiene muchos guiños (los bigotes, el tatuaje y el garfio del vendedor de helados; los "niños perdidos" que lo protagonizan; la letra, que hace referencia a crecer y perder las canicas, como uno de los protagonistas) a la película y a la historia de Peter Pan. Para ver, aunque no les guste la electrónica. 

miércoles, mayo 09, 2012

Cuidar el corazón



Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. (Proverbios 4, 23)

Hace poco le pedía a una amiga que me tirara alguna idea para el blog. Y ella me sugirió escribir algo sobre "el intento permanente de mantenerse con pensamientos positivos". 

Era una buena propuesta. Con sus riesgos, sin embargo. En la actualidad, a veces se entiende el pensamiento positivo en la clave de propuestas como las de "El Secreto". Allí el pensamiento transforma la realidad y logra que a uno le pasen cosas buenas. Tentador, pero falso. Tiene algo de omnipotencia escondida esa postura, y también de individualismo. Todo depende de uno. No hay lugar para la ayuda de los demás, no hay espacio para un otro que nos acompañe. 

Pero no es menos cierto que nuestro corazón es una madeja de sentimientos y pensamientos compleja y atravesada, donde conviven nuestros impulsos vitales y nuestros demonios internos, que desde las heridas nos gritan y nos pueden llevar a caminos destructivos, del propio yo y del ajeno. Desde allí se entiende la necesidad de una cierta disciplina mental. Los antiguos monjes cristianos del desierto la llamaban la "guarda del corazón". Prestar atención a los pensamientos ayudaba a ponerles nombre, a identificar las tentaciones y heridas. Eso posibilitaba encontrar el remedio, que en general se hallaba en algún ejercicio de oración o solidaridad (Evagrio Póntico, un espiritual de esa época, recomendaba por ejemplo como remedio para la ira el dar regalos... ¡y después dicen que los monjes son desencarnados!).

Entre las distintas disciplinas estaba el método antirrético: oponer al pensamiento negativo alguna frase del Evangelio que sanara aquella parte del corazón que se experimentaba especialmente frágil o tentada. No se trataba de un ejercicio de autosugestión, sino de curar ese pensamiento herido con una palabra de amor, una palabra de Dios. 

Ese ejercicio puede ser una manera de ejercitarse en un pensamiento positivo. Yo lo he adoptado en distintos momentos de mi vida. Frente a momentos de angustia, vuelvo una y otra vez a las palabras que Dios dice en el libro de Isaías: "Tú eres valioso a mis ojos, y yo te amo"; o las del bautismo de Jesús: "Tú eres mi Hijo amado". Cuando me asalta el miedo, o el futuro es incierto, repito "El Señor es mi pastor, nada me puede faltar". No tiene por qué ser una frase bíblica, pero a mi gusto, ayuda. La Palabra es realmente eficaz. 

Desarrollar este tipo de prácticas pide una cierta toma de conciencia de nuestra permeabilidad: estamos mucho más sujetos a influencias, mensajes y palabras de todo tipo en todo momento. De nuestra cultura, nuestro interior agitado y confuso, nuestro entorno más inmediato... ejercitarse en este arte es cultivar nuestra libertad, trabajar sobre nuestro espacio más preciado: el propio espíritu. 

Creo que muchas de nuestras dificultades brotan no del exterior, sino del corazón. Muchas veces lo descuidamos y queda privado de sus fuentes más íntimas y verdaderas. Este tipo de rituales lo sanan y le permiten estar más armonizado y abierto: a Dios, a los demás, al mundo. 

El conocido cuento de los dos lobos explica la importancia de este cuidado del interior de una manera sencilla y plástica. 


Un viejo cacique de una tribu estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida.

Él les dijo:  “¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí!... ¡es entre dos lobos!
Uno de los lobos es la maldad, el temor, la ira, la envidia, el dolor, el rencor, la avaricia, la arrogancia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad, las mentiras, el orgullo, la egolatría, la competencia.
El otro es Bondad, Alegría, Paz, Amor, Esperanza, Serenidad, Humildad, Dulzura, Generosidad, Benevolencia, Amistad, Empatía, Verdad, Compasión y Fe.
Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la tierra."

Los niños pensaron por un minuto y uno de ellos preguntó a su abuelo:
“¿Y cuál de los lobos crees que ganará?”

El viejo cacique respondió, simplemente: “el que alimentes.”

domingo, abril 22, 2012

Apuntes sueltos sobre el Evangelio de este domingo (3° de Pascua, Ciclo B)

Quizás una clave posible para recorrer el evangelio de este domingo sea a partir de la última frase de Jesús: “Ustedes son testigos de todo esto” 

El testimonio es una de las maneras de Lucas de hablar de la misión. Hablar de una experiencia personal, profunda de encuentro con Jesús. 

Jesús se presenta mostrando la continuidad entre su presencia de resucitado y su vida pre-pascual: "Soy yo en persona". El mismo que han conocido y amado por los caminos de Galilea. Este que tiene en sí mismo las heridas transfiguradas. No es un fantasma, es un resucitado. 

A partir de la invitación de Jesús a dar testimonio, podemos pensar algunas ideas. Jesús resucitado invita a los discípulos a salir de su situación presente, y eso nos puede ayudar a reflexionar sobre la nuestra: 

  • Salir del encierro: quizás lo primero sea contemplar la situación de encierro. Es notable el contraste entre la cerrazón de los discípulos y la capacidad de Jesús de llegar a ellos. Él ya no está atado por los límites del miedo. Su presencia es una invitación a superar el repliegue frente al mundo característico de muchos cristianos hoy 
  • Encontrar el sentido a las cosas: Jesús abre la inteligencia de los discípulos y muestra que hay un plan “Era necesario…”. El testimonio que damos no es el de una fe a prueba de balas que resiste todo argumento. Es la experiencia (sufrida muchas veces) de un sentido encontrado tanteando a través de luchas y crisis, que por eso mismo es profundo, verdadero. Da capacidad de entender la propia vida y también la ajena. Somos testigos de un plan, de una historia con un hilo. No vamos hacia la nada. 
  • Recuperar la alegría y animarse a encarar la vida con todo: Parece demasiado bueno para ser cierto. Y sin embargo la alegría brota cuando uno experimenta este sentido y esta apertura. Hay un gozo que brota y que puede convivir con el dolor y el sufrimiento. Una alegría que brota de la esperanza, de la certeza que todo va a terminar bien y mientras tanto, Alguien nos acompaña. 

Quizás el camino empiece conversando de estas cosas como lo hacen los discípulos de Emaús con la asustada comunidad de Jerusalén. Gergolet dice que Jesús resucitado se manifiesta en ese contexto, el de una conversación sobre el encuentro con Él. Tal vez tengamos que animarnos a compartir más claramente nuestra experiencia de Jesús, con menos pudor y miedo. Empezar a ser testigos “en casa” para mostrar, con la vida primero y las palabras después, nuestro testimonio a todos aquellos que se encuentran con nosotros. 

domingo, abril 15, 2012

Heridas que curan otras heridas (sobre el segundo domingo de Pascua)

Tengo que reconocer que hasta hace poco solía prejuzgar fácilmente al pobre Tomás, protagonista del Evangelio de este domingo. No cree a sus hermanos de comunidad, pide pruebas... pero con la ayuda del tiempo y de algunas lecturas, creo entenderlo un poco más.

¿Cómo creer en el anuncio del encuentro con el Resucitado a aquellos que, como él, habían abandonado a Jesús? Este Tomás que había dicho decididamente "vayamos también nosotros a morir con él" frente al miedo de los otros de enfrentar Jerusalén. El mismo que luego estaría bastante confundido cuando en la última cena preguntó "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?". Y que se habría sumido en la bronca y confusión al encontrarse con el fracaso del maestro, el abandono de los discípulos... y con su propia fragilidad. Lleno de desilusiones y desconfianza. No sé si a mí me hubiera salido alegremente confiar en el anuncio de la resurrección. Y menos por parte de aquellos que hace apenas dos días lo habían negado. 

Unos días después vuelve a irrumpir Jesús y se da la invitación a vivir un encuentro de heridas. Las llagas invisibles de Tomás se curan al tocar las transfiguradas de Jesús. "¡Señor mío y Dios mío!". Pocas confesiones de fe como esta en la Biblia. Y sin embargo, la bienaventuranza de hoy no es para Tomás. Es para aquellos que creen sin ver. 

Creo que el proceso de Tomás es similar al nuestro. Nuestra vida se construye en la confianza, en la certeza de muchísimas cosas que no vemos pero que dan sustento y forma a nuestro existir cotidiano. A pesar de la racionalidad que parece regir nuestra vida actual, lo cierto es que es la confianza, la fe en la firmeza de ciertas intuiciones la que nos mantiene vivos. Por eso cuando nuestra confianza se ve herida, es muy difícil caminar. Cuando estamos lastimados, cuando nos sentimos desilusionados, ¿dónde encontramos el impulso para volver a volver a abrir el corazón?

Tal vez la respuesta esté en el encuentro. Tomás puede volver a creer cuando se encuentra con Jesús, herido y viviente, tan humano - ¡más humano! - que nunca. Y sin embargo, transformado. Sus llagas ya no duelen. Están atravesadas por una vida nueva. Y conocer una vida, un amor más fuerte que sus dudas disipa las sombras que no le permiten entregarse a la fe. 

Hace poco hablaba con una chica que me contaba de sus dudas, sus celos, y como un nuevo noviazgo la estaba llevando por otro camino. La relación era escuela de confianza. Me decía: "Mi profe (por su novio) me está enseñando a confiar". Heridas de confianza, sólo con amor confiado se curan. 

Sólo el encuentro con un amor más grande que nuestras dudas, inseguridades y complejos puede llevar adelante esa larga pero necesaria tarea de sanación. La que nos permite encarar nuestra vida con un ánimo distinto. Ese amor que es el único digno de fe. 

Jesús es el maestro de esta confianza que transforma nuestra manera de vivir. Nos invita a entrar en ella, a vivir de esa certeza de amor. Lo aprendemos paso a paso, a través de las crisis y dolores de la vida, de las desilusiones y las pruebas que tantas veces nos sacuden, pero, si las vivimos con amor, nos permiten ser hombres y mujeres de fe.

Pero obviamente no podemos vivir siempre estos encuentros críticos y fundantes. El resto de la vida está llamado a construirse en este creer sin ver,  que es la confianza sencilla, el impulso del corazón que nos permite entregarnos sin tener la necesidad de tener todo claro ni resuelto. La fe que avanza un poco a tientas pero con una luz en el corazón, esa que a veces nos hace seguir aunque no sepamos cómo.

La eucaristía es un lugar donde podemos encontrar una fuente fundamental para esta certeza. Acá Jesús resucitado también se pone en medio nuestro y nos dice "¡La paz esté con ustedes!". Y nos regala su Espíritu, su don de perdón... y el regalo de salir a compartir con los demás lo que hemos recibido.