jueves, octubre 17, 2013
Final a una relación enfermiza
lunes, julio 08, 2013
Algo se mueve bajo las calles de Roma
Muchas veces me he preguntado si estoy en este mundo para dar todo de mí en un instante preciso. Una palabra justa, un gesto necesario, un "sí" o un "no" que de alguna manera aporten algo significativo. Y nada más. Por supuesto, yo no sé cuándo o cómo se dará esto. Tal vez lo perciba cuando llegue. En todo caso, este interrogante me ayuda cada tanto a desempolvar el entusiasmo y el asombro. Me permite estar alerta. En espera.
Lo más probable es que no sea así. Sería una visión demasiado mezquina y pobre de la vida. Con todo, sí es cierto que hay momentos, lugares, situaciones especiales. Encuentros donde parece jugarse el todo por el todo. O mejor, lo que el Nuevo Testamento llama un "kairós". Un tiempo oportuno, favorable, pleno porque Dios se manifiesta en él. Y cuando él se hace presente, trae consigo toda novedad y barre a fondo con nuestras certezas. Lo imprevisible se vuelve el pan de cada día.
¿Habrá sido eso lo que vivimos con unos amigos hace algunas semanas? Un matrimonio muy cercano y amigo pasó por Roma. Rezamos juntos, caminamos la Ciudad Eterna y aprovechamos para disfrutar de la historia, el arte y la vida que se respira a cada paso por sus calles infinitas.
Una de las paradas de nuestro recorrido fue una visita a las Catacumbas de Priscilla, la "Reina" de estas necrópolis subterráneas, según los expertos. Hoy ya sabemos que no eran refugio de los cristianos perseguidos. Pero siguen siendo lugar de culto. Aquí los cristianos depositaban a sus mártires y venían a rezar, o a enterrar a sus familiares cerca de los primeros testigos de la fe. Además, en ellas encontramos algunos de los primeros testimonios de arte cristiano.
Llegando a la entrada, nos encontramos con dos sacerdotes y un diácono de Granada que iban también a participar del recorrido guiado. Cuando se enteraron de que habíamos pedido celebrar la misa allí, pidieron sumarse para poder rezar al final de la visita. Además iban en el tour dos turistas norteamericanos y dos chicas francesas que no decían ni palabra.
Al llegar a la capilla, la guía nos dio las indicaciones necesarias para organizarnos e invitó a los que no participarían de la misa a emprender el regreso con ella. Para nuestra sorpresa, las francesas pidieron quedarse a misa con nosotros. El asombro creció cuando descubrimos que hablaban muy bien en español. Al comenzar la celebración invité a que nos presentáramos. Y entonces las chicas aclararon que en realidad, ninguna era cristiana. "Yo soy musulmana", dijo una. "Y yo... bueno, en realidad yo no soy nada", dijo la otra. Cada uno fue pidiendo por alguna intención para la misa. Y esta última dijo que pedía por el futuro. Por lo que estaba viniendo.
La misa no podría haber estado más despojada. Sin cantos, ni instrumentos, ni presencia de una multitud fervorosa. Hasta los ornamentos que usábamos eran simples y casi deshilachados. Pero creo que todos percibimos que ese era un kairós. Había una densidad especial en el aire. Algo estaba pasando. Por lo menos así lo sentía. Creo que todos teníamos la certeza de una presencia, tal vez más palpable aún porque desde lo exterior no había mucho que ayudara. Por otro lado, era un lugar de fe. Un lugar santo, donde todavía se tocan las raíces de fe de Roma y de nuestra Iglesia.
Puede parecer paradójico decir esto, pero creo que pocas veces viví la misa con tanta alegría como ahí, a varios metros bajo la tierra, con 13 grados de temperatura. El gozo de lo esencial, de estar muy cerca del Corazón de todo en lo humildad tan típica de los sacramentos.
La misa terminó y todos estábamos muy alegres y conmovidos. Nadie, creo, como nuestras nuevas amigas. La que había dicho que no creía en nada lloraba a mares. Y nuestra hermana del Islam resplandecía en una sonrisa blanquísima. Mientras regresábamos, le pregunté si se había sentido incómoda en la misa. "¿Incómoda? No, para nada. Emocionada. Impresionada. Pero no incómoda". Su compañera contaba cómo le había gustado la celebración, y que ahora, después de bastante tiempo viviendo en Roma, se lanzaba a un nuevo proyecto. Que la llevaba nada menos... que a Buenos Aires. El colofón final de un día de gracia.
Ahora estamos todos nuevamente desperdigamos por el mundo. Francisco, uno de los curas de Granada, y yo, seguimos estudiando aquí en Roma. Mis amigos volvieron a Buenos Aires. Una de las chicas ya ha vuelto a París y la otra prepara su ida a la Argentina. Los otros curas están en España, ejerciendo el ministerio (¡y el diácono da sus primeros pasos como sacerdote!). Pero todos nos llevamos en el corazón la certeza de haber compartido algo único. Alguien nos llevó hasta allí y nos ha devuelto a nuestras realidades cotidianas pero con alguna certeza, alguna pregunta, alguna alegría.
No creo que estemos aquí solamente para un momento o un gesto. Pero sí así fuera, esta horita juntos en la Catacumbas valió la pena.
P.D.: Gracias a Dios hoy existe el mail, el Facebook y el Skype. Ya nos hemos escrito entre varios y estamos en contacto. Así que la gracia de ese tiempo se ha prolongado en un lazo.
lunes, julio 01, 2013
Hospitalaria crónica
Varios ya lo saben, otros seguramente no, pero hace ya un mes y monedas me operaron de la vesícula. Todo el proceso que me llevó hasta la operación, fue cualquier cosa menos linear. Desprolijo, como decía antes. Lejos de ser algo planeado, empezó con un dolor fuertísimo en el costado que alcanzó para asustarme, luego de semanas con dolor de estómago (autodiagnosticado por mí como gastritis... porque como ustedes saben, los curas dominamos todas las áreas del saber) y mandarme con un compañero de casa al hospital.
Fui a la Isola Tiberina, donde desde hace casi 500 años los hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios tienen un sanatorio. Lo que pensé que sería un "toco y me voy" terminó en internación, prolongada por 16 días con moño de endoscopía primero y cirugía después. Nada grave, por suerte. Quizás si no fuera por el hecho de estar en el extranjero, y porque soy intrínsecamente miedoso, no hubiera sido para tanto.
La oración en esos días bajó a un nivel muy pero muy básico. El dilema era confiar o temer. Se me hizo palpable algo que había aprendido en mis clases de Biblia. En los Evangelios, lo opuesto de la fe no es la duda. Es el miedo. Me di cuenta de que me faltaba fe, pero no porque tuviera algún planteo teórico con respecto a Dios, la vida eterna, etc. Simplemente porque en esto, que ni siquiera era un trance terrible, me encontraba más de una vez muerto de miedo. Me tenía que entregar y me estaba costando mucho. Y ni siquiera es que estaba en un trance de vida o muerte. Pero el paso a dar era uno de abandono.
Creo que si algo me ayudó a ir dando ese paso (además de unos buenos ratos en la capilla del hospital dándome de cabeza contra el banco), fue la presencia de tantos. Después de un mail que escribí avisando de mi internación varios me escribieron o llamaron pensando que estaba solo acá. Al contrario. No voy a negar que extrañé como un perro y sentí muchísimo la distancia de mi familia y amigos de Buenos Aires... pero sería un ingrato si no dijera que hubo miles (¡en serio, miles!) de gestos de amor.
Mis compañeros de casa, el Colegio Sacerdotal Argentino, vinieron en todo momento, organizados en turnos para que siempre, si hacía falta, hubiera alguien. Curas conocidos (y no tan conocidos) que pasaban a verme. Hasta el regalo inmenso de tener amigos que justo estaban de viaje y se clavaban en la silla del cuarto para conversar. Desde Buenos Aires y otros lados, un montón de mensajes, saludos, llamados... ¡hasta un video! Por sobre todo, la presencia de mi familia, de fierro. Hay una cercanía que da el amor que no la consigue ni el mejor de los medios de comunicación. Una Francesco, uno de los enfermeros, me cargaba y me decía "Demasiadas visitas. Le va a hacer mal a la salud. Esto ayer parecía el santuario de Lourdes".
La otra compañía deslumbrante fue la de los enfermeros y enfermeras. Yo sé que nunca me daría ni el estómago (y ahora el hígado tampoco) para encarar una tarea como la de ellos. Una inmensa ternura, atención y paciencia para conmigo y mis compañeros de cuarto. Gente increíble. Nunca me hubiera imaginado que Dios se parecía tanto a un enfermero... o al revés. Mirko, la hermana Elisabetta, Domitila, Mikhailos, Francesco y varios nombres más que me llevo en el corazón.
Creo que al final fue eso lo que me permitió encarar los últimos días de internación (y la operación) tranquilo. Como decía un teólogo, "sólo el amor es digno de fe". Y ante tanto amor (signo y expresión de un Amor único)... me pude animar a soltar un poco el borde la pileta y tirarme. No faltó la nota de humor (un poco negro, cierto). Cuando me estaba poniendo la simpática y reveladora batita que te hacen vestir para la operación, en el baño estaba también Pellegrino, un compañero de cuarto al que estaba afeitando uno de sus hijos. Reproduzco el diálogo:
- ¿De qué se opera?
- La vesícula. Estoy un poco nervioso, pero es una operación simple.
- Eh, depende. A mí me la sacaron hace unos años, pero me agarró una septisemia y casi me muero.
Todo salió bien, gracias a Dios (y al doctor Angrisani, el médico que me operó y el único que me dio un poco de bola en todo el tiempo de operación). Dos días después, volví a casa, pero tras dieciseis días de no comer (salvo un par de días a sopa y uno y medio glorioso de comida sólida), era un fantasma. Hizo falta una semana más de cama en casa hasta que empecé a tener un poco más de fuerza para caminar y moverme tranquilo. Sigo sin poder hacer grandes esfuerzos y tengo que cuidarme en la comida. Pero estoy vivo, coleando y más flaco. Algo es algo.
En mi primer año de seminario Gerardo, el cura que me acompaña, nos dijo en un retiro que uno sale de los encuentros con Dios bendecido y rengueando. Como Jacob después de reventarse a trompadas con el Señor a orillas del Yaboc (¡posta, está en la Biblia, busquen Gn 32, 23-33 para uno de mis pasajes preferidos de la Escritura!). Así salí yo de esto. Bendecido y vulnerable. Muy débil. Pero con un par de certezas de esas que te te acompañan por un buen rato. Por lo menos espero que así sea.
Estas semanas posteriores a la recuperación fueron de visitas, puesta a punto académica (con la suerte de tener un director de tesis comprensivo y misericordioso) y mudanza de cuarto. No sé cómo pero llegué con todo antes de venirme a Courmayeur. Ahora estoy disfrutando de volver a hacer vida de cura en un lugar lindo como pocos, y rumiando un poco más mis hospitalarias andanzas. Seguro que hay mucho para seguir poniendo en limpio ("tematizando", dicen que hay que decir ahora). Por lo pronto, me reencontré con los textos de Madeleine Delbrel. Los dejo con ella, que escribe (y vivió) mucho mejor que yo, y con un poema que volví a leer estos días y me recordó la aventura de confiar a la que el Jefe me está llamando en estos días.
Gracias por estar. Los quiero mucho.
LA ESPIRITUALIDAD DE LA BICICLETA
del Evangelio.
Para coincidir con tu sentido hemos de ir,
aunque nuestra pereza nos suplique que nos quedemos.
Nos has elegido para estar en un extraño equilibrio.
Un equilibrio que sólo puede establecerse y mantenerse
en movimiento,
en el impulso.
Es algo similar a una bicicleta,
que no se tiene en pie sin avanzar,
una bicicleta que está apoyada contra una pared
mientras no nos montamos en ella
para hacerla marchar velozmente por la carretera.
La condición que nos ha sido dada
es una inseguridad universal, vertiginosa.
En cuanto nos detenemos a observarla,
nuestra vida se tuerce y flaquea.
Sólo podemos mantenernos en pie para caminar,
para lanzarnos en un impulso de caridad.
Todos los santos que se nos han dado como modelos,
o muchos de ellos,
estaban bajo el régimen del «Seguro»
—una especie de Seguridad Espiritual que les protegía
contra los riesgos y las enfermedades,
que asumía incluso sus alumbramientos espirituales.
Tenían tiempos oficiales de oración,
métodos para hacer penitencia,
todo un código de consejos y de defensa.
la aventura de tu gracia
se desarrolla en un liberalismo un poco loco.
Te niegas a darnos un mapa de carreteras.
Hacemos el camino de noche.
Cada uno de los actos que realizamos se van iluminando
como señales que se relevan.
A menudo, lo único garantizado es este puntual cansancio
del mismo trabajo que hay que repetir cada día,
de la misma limpieza que hay que recomenzar,
de los mismos defectos que hay que corregir,
de las mismas tonterías que hay que evitar...
todo lo demás depende de tu fantasía
que se toma muchas libertades con nosotros.
domingo, junio 16, 2013
Con vocación de fuente
En una clase de antropología teológica (¡suena tan aburrido el contexto, pero nada más lejos de la realidad!), el profesor, hombre apasionado y brillante, desgranaba consecuencias de nuestro ser imagen y semejanza de Dios. Que no era ser reflejo de un Dios "genérico", sino de la Trinidad: del Padre, el Hijo y el Espíritu.
Hablando del Padre, se detuvo en la imagen de la fuente. El Padre es vertiente de vida. Y por eso mismo, en cada uno de nosotros está la posibilidad, el llamado, la responsabilidad de serlo también. Tenemos la capacidad de comunicar vida, de generar algo que nos trasciende, nos supera y al mismo tiempo nos prolonga y acerca.
Hoy celebramos el día del Padre. Más allá de la ineludible dimensión comercial, es una gran oportunidad. Para agradecer. Si estamos acá, es porque alguien, al menos por un momento, fue fuente para nosotros. Brotamos de alguien, desde alguien. ¿No es eso sorprendente? Lo más nuestro, nuestra vida, es un regalo de otros. Es el surgir de un amor. Pero lo mejor es que este milagro no se da una sola vez: continuamente se nos está dando a luz. Siempre hay alguien que nos ayuda a seguir adelante, que nos ayuda a dar un paso. Aún si los que dieron ese primer sí a nuestra vida no pudieron o no supieron, o no quisieron estar. Siempre hay alguien. Siempre hay Alguien.
Estoy convencido de que a mayor conciencia de este don, mayor deseo y capacidad de entrega. De hacernos regalo para los demás. Podremos tal vez perder algo de ese miedo que nos hace vasos cerrados, o de la angustia de ser canales que un día se agotarán. Hay un amor dentro nuestro que nadie nos puede quitar. Es nuestra raíz, nuestra identidad más profunda.
Y tal vez, tal vez, en algún momento podremos tener la certeza de que podemos ser lo mismo para otros.
jueves, junio 13, 2013
A vueltas con los sospechosos de siempre
sábado, junio 01, 2013
La vida no se pone menos complicada
- Qué complicado, ¿no?
- ¿Qué cosa?
- Vivir. Vivir es complicado. La vida no se pone menos complicada a medida que uno avanza.
Poco después, en la reunión mensual que tengo con unos amigos del colegio, hablamos exactamente sobre la misma cuestión: esa sensación que uno tiene (supongo que es parte del momento que uno atraviesa a los treinta y pico) de estar siempre a las corridas, no llegar nunca del todo… En todo caso, la frase me ha quedado siempre repicando, y nunca me ha abandonado del todo.
Tengo treinta y cuatro años. No es la edad de las certezas ni de la estabilidad. Tal vez por eso hoy este diálogo con mi madre se me hace especialmente presente. Probablemente se deba también a que, como sacerdote, la vida me ha puesto constantemente en esos lugares donde grita con más fuerza su desmesurada intensidad. O porque, para colmo de males, tengo encargo y vocación de estudioso, y eso siempre te hace buscar intríngulis y preguntas (a veces donde no hay o no hacen falta, es cierto).
En todo caso, y sin querer hacer de esta frase de mi vieja un apotegma, no deja de ser algo que se me presenta increíblemente certero para navegar este tramo de la vida. Sobre todo porque me libera de una tentación que parece cundir en el ambiente de la gente religiosa: la de la simplificación. Reducir las cosas a blanco o negro, a bueno o malo, y (lo que es peor) hacer lo mismo con las personas y con uno mismo.
No estoy haciendo una apología del relativismo. No estoy hablando de moral. Hablo simplemente de dar un paso para aceptar la simultáneamente encantadora y lacerante condición de la existencia. Animarse a bajar al llano, donde no todo es claro y distinto, y donde los días se suceden en una vertiginosa sucesión que sólo se vuelve nítida con el tiempo. Sólo entonces uno puede ver más claro. Pero mientras tanto, caminamos tanteando. Creo que cuando aceptamos que a la vida y su rumbo, más que saberla, la vamos auscultando en el día a día para pescarle el pulso, nos hacemos más humildes. Y lo que es aún más importante, más compasivos.
Hay un gozo en ese abrazar los grises y matices. La vida se vuelve más colorida. Más insegura. Pero más libre. En última instancia, más vida. Cada día un poco más complicada. Cada día un poco más fascinante.
miércoles, abril 03, 2013
Darle una sorpresa a Dios
La homilía de Pascua que nunca será
Las ganas de escribir como siempre. Tal vez, más que siempre. Porque hay tanto para decir. El silencio engendra palabras nuevas, amontonadas en el corazón y la cabeza.
Y como sé que mañana no predicaré (y probablemente tampoco la Pascua que viene... ni la otra), me lanzo a la escritura como para despuntar el vicio de cura al menos a través del texto tipeado.Quién sabe, tal vez algún hermano cura se beneficie de mis divagues.
Recorro de vuelta las lecturas de la vigilia. Y esta vez me brota un hilo conductor. La historia de la salvación, esa que caminamos del Génesis hasta la Resurrección en la noche pascual, es la historia de los imprevistos. De una irrupción de vida donde sólo parecía reinar la muerte. La inesperada llegada de una novedad. Una novedad llamada Dios.
Muchas de estas historias son cuento viejo. El caos (Génesis); los oprimidos perseguidos (Éxodo); la desesperanza de los vencidos (Ezequiel); la muerte del inocente (Evangelio). Y sin embargo, sin embargo, donde parece que todo es "más de lo mismo", se da la ruptura.
Hay una palabra que trae consigo algo distinto. Una palabra de orden, de amor, de esperanza. Alguien dice que las cosas pueden ser de otra manera. Pero no sólo lo dice, sino que lo hace. Y al hacerlo trae consigo una vida nueva.
Ese alguien es Dios. Dios y su Palabra. Palabra que se expone, que se dona, que se regala. Una palabra que se juega y pasa por la muerte. Es Jesús. Dios nos dijo todo lo que nos quería decir en Él. Lo vimos ayer en la cruz. No se guardó nada. Sus últimas palabras: perdón para los hombres, esperanza para el pecador, confianza para con Dios. Uno podría pensar, sin embargo, que todo eso queda en la nada. Palabras lindas que se mueren con Jesús en en el Gólgota del "otra vez lo de siempre".
Al resucitar, vemos que las cosas nunca más serán así. Que a partir de Jesús resucitado no existen los callejones sin salida. Se nos abre una ventana aún en los encierros más negros. El sepulcro vacío nos dice que ya no hay tumba que permanezca tapada para siempre.
Esto no es un hecho del pasado. Este es nuestro hoy, lo que hoy se nos ofrece, como le dice Jesús al buen ladrón: "Hoy estarás conmigo". Hoy, acá, ahora: Jesús nos invita a vivir la resurrección. A tomar conciencia que somos partes de este acontecimiento. Somos un pueblo de resucitados.
Por eso esta noche hemos recibido luz. Y seremos rociados con agua. Agua y luz. Símbolos de vida por excelencia. Para recordar lo que hemos recibido y que siempre en vive en nosotros. Un amor que disipa tinieblas y nos vivifica permanentemente.
Esta noche nos compromete. Si hemos descubierto que la historia, nuestra historia puede cambiar; si pudimos gustar al menos un poco de este amor nuevo, entonces no podemos sino compartirlo. Hemos recibido una palabra que hace algo nuevo del mundo viejo; una mirada que puede descubrir los brotes del Reino en el aquí y ahora; una esperanza que nos saca del ritmo cansino y agotador del pecado y la muerte. ¿Cómo no comunicarla, cómo no salir a buscar a todos los que hoy necesitan esta novedad? Una novedad que más que explicar, se muestra, se siente, cuando Dios está verdaderamente presente en nuestra vida.
Esta noche nos compromete. Son tantos hoy los que necesitan esta novedad... tantos que están tentados de resignación y de tristeza porque piensan que "no hay nada nuevo bajo el sol". Tantos que han sido convencidos por aquellos a quienes les conviene esta mirada vieja, de que "no vale la pena intentar". Tantos que no pueden creer en la novedad simplemente porque nadie les ha ofrecido un gesto de cercanía y amor, la novedad por excelencia.
Esta noche nos compromete. Salgamos a buscar a esos hermanos. A compartir con ellos lo que se nos regala en la sencillez de esta celebración. A irradiar en el mundo lo que se respira en estos instantes: la posibilidad de una vida nueva que nos regala Dios. La certeza de un amor distinto, que viene de Jesús y de su Espíritu. El anticipo de unos cielos y una tierra nueva.
Unos cielos y una tierra nueva que empiezan en la resurrección de Jesús, siguen en nuestra vida... y quieren llegar a todos y todo.
jueves, marzo 14, 2013
Una noche de bellas sorpresas
martes, febrero 26, 2013
"Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...
Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!..."
Estas líneas de Dulce María Loynaz son parte un poema un poco más extenso y de una belleza inusual. Me gustan especialmente estos versos, que enlazan el amor y la esperanza.
Como sacerdote, una y otra vez me encuentro con situaciones límite. Donde la vida y la razón parecen decir "hasta acá". Muchas veces estas situaciones terminan como uno imagina que lo harán: en el fracaso, la muerte, la desilusión, la amargura.
Otras, sin embargo, contra todo pronóstico, se transforman. No diría que desaparece la dificultad o el dolor. Pero se da un proceso de cambio. Casi siempre, empieza con un gesto de amor. Alguien se anima a intuir un después. Se da un paso o un gesto de perdón. Se recogen los restos y las ruinas de un proyecto pensando en que de ellos se puede sacar algo nuevo, con una certeza loca e infundada. Infundada para quien no tenga esa mirada de amor.
No se trata, sin embargo, de tener más fuerza de voluntad (aunque a veces, ¡tantas!, se la requiere). Ni de ser más inteligentes. Creo que pasa sobre todo por tener un corazón que, porque sabe de sufrimiento y de amor, sabe también de las potencialidades escondidas en las horas más oscuras. Y aún entonces, ese corazón necesita de otros, que con su cariño y su ternura nos lleven hacia la luz.
Yo he tenido la suerte, en mi vida, de encontrarme muchas veces con personas así. De esas que descubren siempre lo que está germinando en el barro. Mujeres y hombres (aunque, lo tengo que confesar, creo que ganan las mujeres) que se juegan por lo que a veces sólo está presente en un sueño y apenas puede decirse realidad. Parteros de mundos nuevos.
Creo, sin embargo, que hacen falta muchísimos más. Hoy nos hace falta gente que ame, como siempre. Pero, tal vez más que nunca, que ame con amor esperanzado. Y esperanzador. Amigos de causas imposibles y perdidas. Personas que, por su manera de mirar, de sentir, de actuar, se convierten ellas mismas, sin querer, en un signo de que tal vez las cosas no tengan que ser como son. Y puedan ser de otra manera.
sábado, febrero 23, 2013
¿Cómo sanar un mundo herido?
No es nada fácil. El perdón sigue siendo una palabra muy mal vista: suena demasiado a debilidad, pobreza, sumisión. Y sin embargo, nada nos hace más libres. El momento en el que decidimos perdonar es cuando abrimos las puertas del futuro y nos damos cuenta que ya no somos víctimas ni condenados. El instante sagrado en el que se nos abren los ojos y elegimos vivir sin resentimiento. Cuando percibimos que nuestra historia puede habernos golpeado, pero eso no quiere decir que debamos repetirla ni continuarla con la misma violencia. Son muchas las fuentes del perdón, pero quizás esta mirada sencilla (y hasta un poco pragmática) sobre nosotros y nuestro camino nos ayude a empezar.
miércoles, noviembre 07, 2012
Preparando la homilía: Domingo XXXII del tiempo durante el año, Ciclo B, 2012
1. El leccionario da dos opciones: tomar el texto con la admonición de Jesús sobre los escribas y la ofrenda de la viuda o centrarse solamente en este último episodio. La primera posibilidad puede ser interesante para hacer una contraposición, dada por el fuerte contraste entre los escribas, que gustan de ser saludados y ocupar los primeros lugares y la viuda pobre, a quien nadie ve ni escucha salvo Jesús, que saca a la luz su testimonio de ofrenda. Es interesante para una reflexión sobre la profundidad de nuestro actuar y las raíces que lo condicionan. ¿Qué mueve a este mujer a este acto de tan profunda libertad y entrega confiada? ¿Cómo se hace para vivir en esta fe entregada y ejemplar, para dar todo sin tener miedo de perderse? ¿Cómo se supera nuestra tendencia natural a movernos por la reacción de los demás, a buscar imponernos y ser reconocidos? Se puede establecer un contraluz que ayude a pensar en esto.
2. La primera lectura está sin embargo más relacionada con el segundo episodio del Evangelio de hoy. El hombre de Dios es una mediación para que la viuda de Sarepta dé un salto de fe y guste del amor providencial de Yahvé.
En el Evangelio la viuda es en cambio quien da ejemplo de confianza. No sabemos nada de ella. Pero su actitud capaz de dar todo, de dar desde la pobreza todo lo que tenía para vivir, es signo de una fe profunda y sincera. La mirada de Jesús rescata este gesto para todos nosotros.
No deja de ser interesante pensar en que esta viuda realiza un gesto de entrega total cuando Jesús se aproxima a la hora de su propia ofrenda. ¿Qué sentiría el Señor al ver a esta mujer que daba todo: su futuro, su presente, su seguridad? ¿Habrá escuchado la voz del Padre invitándolo a esa misma entrega? ¿Habrá pensado en María, viuda pobre también ella, que quedaba ahora como esta mujer, sin ninguna seguridad si perdía a su único hijo?
3. Dar todo de sí, sólo es posible si sabemos que un amor nos lleva y nos contiene. Si tenemos la certeza de que una mano nos lleva y acompaña a lo largo del camino. En general todos vivimos en medio de esta tensión: ¿hasta dónde me entrego? ¿y si sale mal? ¿Y si me lastimo, me frustro, me pierdo, fracaso? ¿Si yo no me ocupo de mí mismo, quién se va a ocupar? Si no tenemos al menos un poco de esta experiencia de cuidado, como la viuda de la primera lectura (y como seguramente tenía la del Evangelio), es imposible entregarse. Si no tengo en el corazón la certeza de un amor, no puedo dar un paso que me libere del impulso natural a defenderme y protegerme. Me lleno de temores. Necesito guardarme, preservarme de aquello que puede robarme lo más mío, de los demás, de Dios mismo que se me puede presentar exigente y amenazador.
En ese sentido como creyentes podemos hacer la experiencia sanadora del cuidado de Dios, de una providencia que nos sale al encuentro en las horas más difíciles, como en la primera lectura. Cuando uno guarda en el corazón esos pasos de Dios por la propia vida, comienza el largo aprendizaje de la confianza.
3. La eucaristía puede ser un lugar para recibir esa confianza. En ella Jesús se entrega por completo al Padre y a nosotros. Recibimos un amor que es pura entrega, pura donación de sí mismo. Es el Cristo muerto y resucitado, el Señor que dio desde su pobreza y que en la pobreza de los signos sacramentales nos abraza y acompaña. Al celebrar la eucaristía tenemos la oportunidad de entrar en comunión con ese amor. Dar cada domingo un paso más hacia esa confianza que es el corazón de la Pascua de Jesús y la fuente de nuestra fe.
Una propuesta aparejada a esta puede ser la de hacer memoria de las personas que han tenido gestos de entrega confiada con nosotros. Personas que nos han amado y nos han enseñado el camino. Para Jesús, no me cabe duda, esta mujer fue un impulso, un signo del amor de su Abbà, su papá. ¿Hemos tenido alguna persona así en nuestra vida? ¿Alguna vez hemos visto un gesto que nos lleve a entregarnos, a tener más confianza?
4. Me es imposible no hacer una lectura más comunitaria y eclesial de este Evangelio. Recuerdo cuando el Documento de Puebla invitaba a una generosidad "desde nuestra pobreza" para la misión en el extranjero. Hoy esta pobreza se agrava: pobreza de medios, de dinero, y sobre todo, de gente. Sentimos como nunca que somos pocos y poco frente a tantos desafíos. ¿No será quizás momento de abrazar esta pobreza, en vez de nostalgiar épocas pasadas? Quizás en esta conciencia de pobreza esté la oportunidad para una sorpresa de Dios, para la irrupción de algo nuevo. Así fue con la entrega de Jesús. Cuando nos entregamos en la confianza pobre abrimos el surco para que Dios siembre vida nueva en nuestra historia. Tal vez esta conciencia de límite que tenemos hoy sea un verdadero tiempo favorable para vivir algo así.
martes, octubre 23, 2012
Blog a la Carta I: La Soberbia
miércoles, octubre 17, 2012
Empezando por el Padrenuestro
El 2012 ha sido un año de lo más peculiar. Cambios, mudanzas, cierres de etapas e inicios de otras nuevas. Concluí mi licenciatura en teología (para lo cual tuve que correr con una tesis que defendí hace un mes y medio) y comencé los estudios para el doctorado en la misma carrera. Sin solución de continuidad, como diría alguien versado en términos legales.
El tema es que el doctorado trajo consigo varias implicaciones. La más importante de ellas es que me mudé por tercera vez en el año.
A Roma.
No es la vuelta de la esquina. Así que esta última mudanza ha implicado un profundo proceso personal que sigue en curso. Con numerosos aspectos fascinantes, otros dolorosos... todos constituyen lo que hoy se presenta como un verdadero tiempo favorable.
En el medio el pobre blog, como muchas otras realidades de mi vida, quedó postergado. Pero la vida ha continuado: rica, compleja, altibajante (me permito el neologismo porque me parece sumamente apropiado). Y no dejan de haber temas para escribir, ideas para compartir y pensamientos que es necesario volcar en alguna parte.
No les voy a mentir. Parte de la demora también se debió a mi autoexigencia, que me reclamaba alguna idea magistral (o al menos magistralmente ejecutada) para volver con gloria a las canchas. Pero quizás sea mejor simplemente empezar desde esta, la situación en la que me encuentro. Al fin y al cabo el único punto de partida que puedo tener es el lugar en el que estoy. Y como me dijo una vez un sabio monje y cura en torno a la oración: "Hay veces que uno profundiza en la oración y hay veces que hay que aprender de nuevo el Padrenuestro". Así que aquí estamos. Tratando de balbucear una vez más ideas como quien ensaya las primeras oraciones para encontrarse con Dios. Con la inseguridad que da tantear entre la oscuridad a ver si esta palabra que sólo atisbo con las manos es la que realmente me lleva a la luz. Y el gozo que da vivir esa incertidumbre como un juego en el que ganamos todos.
Empecemos entonces, como se empieza el Padrenuestro.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
domingo, mayo 20, 2012
Ensayando el cielo (Ascensión del Señor, Ciclo B)
domingo, mayo 13, 2012
Buscando permanecer
Desmalezar el corazón
Dejar que
Me acorrales
Me habites
Me digas
Me nombres
Me lleves
Me perdones
Me alegres
Pero me da tanto miedo
Que tengo que pedirte
Hasta mi propio coraje
Aun mi sí más hondo
Es un regalo tuyo.
sábado, mayo 12, 2012
Permanecer en un amor verdadero (6° Domingo de Pascua, Ciclo B)
Con el Evangelio de este domingo cerramos esta parte del discurso de despedida en el Evangelio de Juan referida a la Vid y los Sarmientos. El centro de este fragmento es la invitación a permanecer. Hoy aparece con más claridad cuál es el núcleo de esta permanencia: el amor de Jesús. Él ha confiado todo lo que recibió del Padre a sus discípulos, no se ha guardado nada. La intimidad de amor entre Jesús y su Abbá se abre generosa e incondicionalmente a los suyos. Pero es necesario permanecer en ese lazo de confianza, gratitud y entrega.
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan...
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces....
Amar lo amable, no es amor:
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra...
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!...
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender...
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar ...
viernes, mayo 11, 2012
alguien te cambió la mano abierta
por un puño
robándote la llave de la vida
tiñendo todo de desconfianza amarga?
No puedo darte una receta
que te haga salir de ese lugar
en el que te encerró la herida
yo mismo me voy abriendo paso entre mis miedos
no creo que sirviera, si la hubiera
pero a lo mejor, si me dejás
abrazarte
escucharte
al menos, acompañarte
quizás, podamos, entre los dos
encontrar un lugar
más hondo que tu pena
y tus heridas
ese espacio secreto
donde la fe aguarda
para ofrecerse una vez más.
jueves, mayo 10, 2012
Escuchando a Skrillex
miércoles, mayo 09, 2012
Cuidar el corazón
Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. (Proverbios 4, 23)
Hace poco le pedía a una amiga que me tirara alguna idea para el blog. Y ella me sugirió escribir algo sobre "el intento permanente de mantenerse con pensamientos positivos".
Un viejo cacique de una tribu estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida.
Él les dijo: “¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí!... ¡es entre dos lobos!
Uno de los lobos es la maldad, el temor, la ira, la envidia, el dolor, el rencor, la avaricia, la arrogancia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad, las mentiras, el orgullo, la egolatría, la competencia.
El otro es Bondad, Alegría, Paz, Amor, Esperanza, Serenidad, Humildad, Dulzura, Generosidad, Benevolencia, Amistad, Empatía, Verdad, Compasión y Fe.
Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la tierra."
Los niños pensaron por un minuto y uno de ellos preguntó a su abuelo:
“¿Y cuál de los lobos crees que ganará?”
El viejo cacique respondió, simplemente: “el que alimentes.”







