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jueves, marzo 22, 2012

"Si me olvido de ti, Jerusalén..." (Crónicas de Tierra Santa VIII)


"Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar, con nostalgia de Sión (otro nombre para Jerusalén)" dice uno de los salmos. El aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv está muy lejos de ser como esos canales... pero desde que dejé a los chicos en Jerusalén hasta que me bajé del minibus que me trajo hasta el aeropuerto lloré prácticamente todo el tiempo. De nostalgia, que ya empezaba a sentirse. De alegría.De emoción. De extrañar a mis compañeros peregrinos. Motivos sobraban. Pero me estoy adelantando.

Después de nuestras andanzas jerosolimitanas del día anterior, salimos caminando temprano de la casa de las salesianas hasta el Monte de los Olivos, donde están la Basílica de la Agonía (allí se recuerda la oración de Jesús en el Huerto). También se la conoce como la Iglesia De Todas Las Naciones porque muchos países colaboraron en su construcción. ¡Argentina tiene su cúpula muy cerca del altar!

Concelebramos misa con el P. Marcelo y el P. Pablo, otro cura argentino que trabaja en los territorios palestinos. Después recorrimos la gruta del prendimiento, el famoso huerto y de ahí nos subimos al auto y enfilamos para Belén. La primera parada era en la basílica ubicada justo en el lugar del nacimiento de Jesús.

La iglesia de la Natividad es un templo enorme pero un poco maltrecho, cargado de imágenes y faroles al estilo oriental. Tiene una particularidad. En tiempo de las invasiones persas la puerta se redujo a una abertura mínima para que no se pudiera entrar a caballo. De hecho sólo puede ingresarse agachándose. No deja de ser sugerente que uno tenga que hacerse chiquito para entrar al templo donde celebramos la pequeñez de Dios.

Una cola inmensa nos esperaba para llegar hasta el lugar donde venera el nacimiento. El efecto embudo hacía que por momentos estuviéramos al borde de la avalancha (o del ataque declaustrofobia). Pero una vez que uno llega a la estrella de plata que marca el lugar del nacimiento hay lugar adentro para quedarse rezando mientras el resto de la gente pasa.

 

 
Con los chicos y los dos sacerdotes leímos los relatos Navideños y el prólogo de Juan. Rezamos en silencio y realmente uno podía gustar un calorcito especial en esa mañana fría. Calorcito de pesebre.

Luego fuimos a una casa que las monjas del Verbo Encarnado tienen en Belén, donde reciben y cuidan a chicos especiales. Como la cultura local suele despreciar a los chicos discapacitados, ellos suelen quedar sumamente desprotegidos. Compartimos un rato con los chicos y después una mesade comida al estilo árabe, llena de risas. En una misma mesa un seminarista holandés y su hermana que estaban haciendo voluntariado; hermanas de Egipto, Arabia, Estados Unidos y España. Y nueve peregrinos que volvieron a vivir lo lindo que es ser Iglesia y tener un hogar en cualquier lugar del mundo.

Panza llena, corazón contento. La lluvia fue nuestra compañera en el pequeño viaje hasta Bet Sahur, el campo de los pastores que recibieron el anuncio de los ángeles, donde una capillita que imita las tiendas de los cuidadores de ovejas de esos tiempos nos ayudó a rezar. Cantamos juntos el Gloria y seguimos camino hacia Ortás. Ortás es un pueblito cerca de Belén donde hace ya más de un siglo las Hijas de Nuestra Señora del Huerto dan educación inicial y atención médica básica a la población. La población es completamente musulmana: un siglo después, las hermanas siguen siendo las únicas cristianas del lugar.
Rosa, la superiora, nos dio un testimonio espectacular sobre lo que significa evangelizar desde la presencia, el silencio y el respeto al otro. Una charla impresionante.

Faltaba todavía una parada: el inevitable shopping religioso. Gabriel, otro cura argentino del mismo instituto que el P. Pablo, nos llevó hasta un Gift Shop donde nos hicieron un muy buen descuento. Por la cantidad de cosas que compraron parecía que los chicos estaban con ganas de armar una versión religiosa de La Salada a la vuelta. Fue muy divertido.

Volvimos por la noche a Jerusalén y nos despedimos de Marcelo, uno de los grandes regalos de esta peregrinación. Pizza por medio, un poco más tarde, compartimos a la noche todo lo vivido.

La Ciudad Santa amaneció llovida. Pero emprendimos igual la marcha hacia Dominus Flevit, una iglesia bien arriba en el Monte de los Olivos. Dominus Flevit te quita el aliento, tanto por la vista de Jerusalén que tiene (allí se recuerda el llanto de Jesús por la ciudad antes de su entrada triunfal) como por lo empinado de la subida. Casi dejo la camiseta ahí.

 
Terminamos nuestra mañana en el Huerto de los Olivos y de ahí a un almuerzo rapidito y un último saludo de mi parte al Santo Sepulcro. Llevé rosarios y medallas (y una estola) al Calvario primero y al Sepulcro después. Y salí de allí alegre y dispuesto a emprender el viaje de regreso.

Un poco a las corridas hicimos nuestra última compartida. El corazón de todos estaba todavía demasiado movilizado: pero ya van despuntando algunos de los regalos que Jesús nos hizo a cada uno en esta peregrinación. Estaba terminando de compartir el último cuando nos avisaron que llegaba el transporte para mí. Llorando me subí a la camioneta y no paré hasta arribar al aeropuerto. 

Todavía tengo mucho para decantar y seguir rumiando, pero estoy seguro de dos cosas.

La primera es que lo antes que pueda vuelvo a Jerusalén.

La segunda es que me ha pasado como a todo peregrino. Vuelvo distinto. Feliz, bendecido y vulnerable, como uno suele quedar después de un encuentro con Dios.

¿Qué querrá decirme Jesús con tanto regalo?

Muchas cosas, seguramente. La certeza primera y fundamental es que Él está vivo. Resucitado. Y por eso mismo el futuro está siempre abierto a la esperanza. El mío. El de todos.

Y el de esta bendita y dolida Tierra Santa que en medio de tanta complejidad sigue siendo un sacramento, "el quinto evangelio", como la llaman los padres de la Iglesia. Amén. 




Pequeña pascua en Jerusalén (Crónicas de Tierra Santa VII)


La ciudad antigua de madrugada
Después de la experiencia de nuestro providencial encuentro con el Santo Sepulcro, sentía que Jesús me invitaba a redoblar la apuesta. A buscarlo un poco más de cerca en esos días. Era una oportunidad, un llamado, una pregunta. Estaba decidido a tratar de aprovechar esta ventana abierta que Jerusalén me ofrecía.

La madrugada siguiente a nuestra llegada a la Ciudad Santa salí del Citadel Hostel y caminé por las calles de la ciudad Antigua hasta llegar a la Basílica, que abre sus puertas a las cuatro de la mañana. A esa hora la ciudad parecía otra de la que habíamos encontrado el día anterior. Todos los negocios cerrados y ni un alma por la calle. Llegué a la puerta guiado por los cantos de los monjes coptos, que se escuchaban a lo lejos.

Es difícil describir de un trazo la Basílica del Santo Sepulcro. Pero quizás esto ayude a entender: se trata de un templo construido y destruido sucesivamente a lo largo de los siglos, donde hoy conviven la iglesia católica (aquí nos llaman “latinos”, por el idioma de nuestro rito litúrgico), la griega ortodoxa, la armenia, la copta y la etíope.


Estos dos datos ayudan a entender que si hay algo que el Santo Sepulcro no tiene… es prolijidad o limpieza. En él se mezclan los estilos arquitectónicos de distintas épocas y confesiones cristianas, por no hablar de los ritos que a veces se dan de manera casi simultánea. El status quo, un delicado equilibrio alcanzado hace décadas, hace que introducir reformas o cambios en el templo sea una tarea virtualmente imposible.
 Dentro del Santo Sepulcro están la roca del Calvario (donde Jesús fue crucificado) y la tumba donde fue sepultado y desde la cual resucitó (recuerden que por ser sábado Jesús fue enterrado cerca del lugar de su muerte). Subiendo por una escalera empinada a la derecha de la entrada está la capilla del Calvario, que en realidad son dos: una católica y otra ortodoxa, donde por un orificio uno puede meter la mano y tocar la piedra del Calvario. En el centro de la Basílica está el “Edículo” (“Pequeña casa” en latín). Éste contiene una reliquia de la piedra que se puso en su momento sobre la tumba y al sepulcro mismo. En torno a ella están las distintas capillas de las confesiones cristianas que despliegan, aluden o desarrollan el misterio de la Pascua contenido entre estos dos lugares.

Después de un buen rato de oración en silencio y soledad (no había prácticamente nadie salvo los religiosos que custodian el lugar) volví al Hostel a buscar a los chicos. Nos esperaba Ain Karem, a 6 km de la ciudad, donde la tradición ubica la casa de Isabel y Zacarías, es decir: el lugar de la Visitación y el nacimiento de Juan el Bautista. Un lugar lindísimo, de casas y edificios de piedra, con jardines que en esta temporada de lluvias se lucen especialmente. Celebramos misa en la basílica de la Visitación (¡el lugar de la primera visita misionera a una casa!), y le pedimos a María por nuestro apostolado.

De todos modos, y a pesar de la belleza del santuario, no creo equivocarme al decir que la mañana nos la hizo el encuentro con Fray Gottlieb (“Amadeo” en alemán), uno de los franciscanos que atiende la iglesia. Un austríaco simpático y luminoso como pocos. Nos preguntó por nuestra vida en Argentina y terminó pidiéndonos un canto a María. Obviamente, salió “Santa María de la Estrella” con traducción posterior al inglés. Al partir recibimos su bendición al mejor estilo franciscano y en un alemán que por primera vez en mi vida me sonaba dulce.  

Salimos volando del santuario para devolver los autos alquilados para el viaje. Liquidado el trámite nos dirigimos a Notre Dame, el hotel de los Legionarios de Cristo. Allí nos había citado Horacio Wamba, diplomático acreditado tanto frente a Israel como a los territorios palestinos. Compartimos un café y una charla interesantísima. Lo escuchamos hablar y preguntamos sobre la historia de la república de Israel, la situación de los estados palestinos y su visión sobre el tema. Una perspectiva lúcida, esperanzada, apasionada y apasionante.

Apareció también el P. Marcelo Gallardo (el sacerdote argentino que está ahora aquí como canciller del Patriarcado – es decir, el obispado – y con quien ya habíamos entrado en contacto), que compartió su experiencia sobre el tema como sacerdote en la zona. Los chicos y yo quedamos fascinados, y nos llevamos en el corazón una preocupación por la tensa y delicada realidad que nos rodeaba… y el compromiso de rezar y trabajar por la paz.

Un almuerzo a las apuradas en el barrio árabe nos dejó los minutos contados para hacer el Via Crucis con los franciscanos por la Ciudad Antigua. Es toda una experiencia tratar de rezar en medio de semejante barullo. Termina convirtiéndose en parte de la oración. ¿O acaso Jesús no llevó su cruz en medio de tanta gente que no entendía lo que estaba pasando? El recorrido terminaba en el Santo Sepulcro, y de ahí nos quedaba la última parada del día: el muro de los Lamentos.

El muro es lo único que queda del templo de Jerusalén. El lugar a donde miles de judíos piadosos van a orar, con la certeza de que “la divina presencia no abandona jamás el muro”. Traten de imaginarse a cientos de judíos ortodoxos (nosotros estábamos del lado de los varones), vestidos de negro casi todos, algunos con vestimentas más modernas, con su kipá, su talit (el gorrito y manto rituales), bailando, cantando, estudiando la Torah o meditándola al ritmo de un vaivén cadencioso. Una mezcla de fiesta, emoción y encuentro. En medio de ese enjambre fervoroso nos encontramos con un grupo de judíos argentinos. Fue una emoción charlar un rato y rezar por la paz. Dejé en el muro, escritas en un papelito como es costumbre, mis intenciones.

Había que dormir temprano, porque al día siguiente nos levantábamos a las 3:30 de la mañana. Volvíamos a la basílica del Santo Sepulcro, esta vez todos juntos. A las seis teníamos un horario reservado para celebrar misa en el edículo. Queríamos vivir antes una pequeña vigilia, para preparar el corazón como la ocasión ameritaba.

Juntos, en la capilla del Calvario leímos de nuevo los textos de la pasión, para entrar en clima de Pascua. Silencio, oración, muchas lágrimas y un ingreso callado en el misterio de amor y entrega del cual nacemos todos.

Pero no hay cruz sin resurrección. Y a las seis entramos (como sardinas, porque el espacio es mínimo, mínimo) en el edículo, donde pegados a la piedra de la resurrección, celebramos finalmente la eucaristía. Escuchamos una vez más el relato del encuentro de los discípulos con el sepulcro vacío. Antes de la misa habíamos anotado los nombres de las personas que queremos y los pusimos en el altar.

Los que me conocen saben que soy un tipo bastante reflexivo y cerebral. Sin embargo no saqué ninguna conclusión de este momento, no apareció ninguna intuición ni concepto. Simplemente una alegría inmensa, explosiva, que desbordaba por mis cuatro costados. Pura alegría pascual, gozo de muerte en vida, de tiniebla en luz, de pecado en gracia, de soledad en encuentro.



En el edículo no se puede cantar. Pero nosotros estábamos que reventábamos, así que apenas terminó la misa salimos de la basílica para ir un lugar con una muy buena vista de la ciudad y allí cantar todas las canciones sobre la resurrección que conocíamos. El clima era de fiesta. Había que celebrar con todo, así que después compartimos un riquísimo desayuno en el buffet de Notre Dame (los cocineros deben estar todavía sorprendidos de cómo 9 personas comen como 18… pero ésta es tierra de milagros).


El desayuno nos sirvió de impulso para caminar hacia el monte Sión, donde primero pasamos por la Iglesia de la Dormición, una abadía benedictina que recuerda la muerte de María.
De allí calle arriba a la iglesia de San Pedro in Gallicantu. Se llama así por ser el lugar donde se tuvo preso a Jesús y se lo sometió a interrogatorio por el Sanedrín… es también el lugar donde el gallo cantó después de las negaciones de Pedro. Y el Cenáculo, donde se realizó la última cena y descendió el Espíritu Santo en Pentecostés.
Gallicantu es un lugar donde uno puede acceder al misterio de la pasión de una manera sencilla y profunda. Estar en el pozo donde se tuvo a Jesús prisionero ayuda a hacer carne sus sentimientos. Leímos salmos y lecturas y continuamos hacia el Cenáculo. A diferencia de otros lugares santos no tiene ninguna capilla ni templo. Es parte de una segmento turístico más bien orientado al público judío y en posesión del estado de Israel.

Voy a serles muy sincero: no daba un peso por la experiencia. Al estar en un lugar de paso, la gente viene a raudales al Cenáculo camino a otros lugares turísticos, saca fotos y se va, haciendo muchísimo ruido. Pero aquí vino una enorme gracia para mí. Tomar conciencia de que este es el lugar de la eucaristía me ayudó a renovarme como nunca en mi compromiso sacerdotal. Y también a volver a dar gracias por la Iglesia, nacida en ese recinto por la eucaristía y el don del Espíritu. Volvimos enamorados una vez más de nuestra comunidad, y deseosos de caminar más cerca de los pasos de Jesús.

Unas pizzas en la calle del Patriarcado Latino al final de nuestra travesía fueron la excusa ideal para que el P. Marcelo se diera otra vuelta para encontrarse con nosotros. Los chicos lo ametrallaron a preguntas, y él nos dio otro regalo inmenso de esta peregrinación. Nos llevó a conocer el Patriarcado y le pidió a Fouad, el Patriarca, que nos saludara.

El Patriarca de Jerusalén es un obispo de lo más simpático y dado. Se tomó un buen rato para hablarnos de la situación aquí en Israel y de la Iglesia en Tierra Santa, pero también de él: de lo que descubre de Jesús en este momento de  su vida, de la importancia del apostolado en los jóvenes, y la necesidad de no desanimarse. Una calidez y un amor a Jesús deslumbrantes.

Volvimos a la casa muertos, pero felices. Nos tomamos un rato largo para compartir lo que habíamos vivido en este par de días. El final de nuestra peregrinación estaba cerca, pero antes nos quedaban unas cuantas visitas importantes. Al día siguiente habíamos arreglado para celebrar misa en Getsemaní y de allí, a Belén.

domingo, febrero 19, 2012

"Nuestros pies ya están pisando tus umbrales, Jerusalén": Nuestra llegada a la Ciudad Santa (Crónicas de Tierra Santa VI)

Lo primero es lo primero y hay que decirlo: si hubo un día en que estuve mal predispuesto y enfurruñado en toda la peregrinación, fue éste. Tenía un nivel importante de ansiedad por querer llegar lo antes posible a Jerusalén. El plan inicial había sido partir la noche que llegamos de Petra, pero el cansancio hacía imposible encarar un viaje de 3 horas en auto y encima de noche. El compromiso era salir a primera hora de Eilat para encontrar un buen lugar donde acomodarnos y poder luego aprovechar el día. Pero terminamos arrancando después de las once; el tramo era más largo de lo que hubiéramos esperado... y el tráfico de la ciudad sumado a nuestra desorientación hizo que el desembarco fuera recién bien entrada la tarde. Literalmente nos dimos contra la pared cuando al llegar a la Ciudad Antigua descubrimos que allí no se puede entrar con auto. Y ahí empezó otra serie de problemas. Pero antes, un poco de historia. 

Jerusalén es la capital de Israel (aunque no tiene reconocimiento internacional como tal), con más de 500.000 habitantes. Pero su corazón es lo que se llama la Ciudad Antigua, un centro amurallado en el Siglo XVI por el Sultán Solimán el Magnífico. 

Mapa del Siglo XVI que pone a Jerusalén en el centro del mundo
En menos de un kilómetro cuadrado dividido en cuatro barrios (Armenio, Cristiano, Judío y Árabe) al que se entra por alguna de sus puertas (cada una con un nombre especial) están contenidos la Mezquita de Al-Aqsa (la tercera más importante para el Islam); el Muro de los Lamentos, lo único que queda del Templo de Jerusalén y hoy lugar de peregrinación para miles de judíos piadosos... y la Basílica del Santo Sepulcro, que contiene dentro de sí el Calvario y la tumba de Jesús. Por esto es un lugar fundamental para las tres grandes religiones monoteístas del mundo. Una antigua tradición judía (que luego continuaron los Padres de la Iglesia) dice que Jerusalén es el omphalos, el ombligo del mundo. El Talmud afirma que Dios entregó al mundo diez medidas de belleza, ¡y siete fueron para Jerusalén! 

Entrando en la Ciudad Antigua por la Puerta de Damasco... ¡no entendíamos nada!
Tengo que decir, sin embargo, que nada de esto pasaba por mi cabeza mientras intentábamos discernir qué hacer. Decidimos dejar los autos y entrar en la Ciudad Antigua (sin mapa ni orientación alguna) para buscar algún alojamiento. La Puerta de Damasco nos dio paso por el barrio árabe, que es por lejos la parte más bulliciosa, desordenada y simpática de esta Jerusalén que no dejaba de cachetearnos cuanto más nos adentrábamos en ella. Un sinfín de puestos, callejuelas de esas que aparecen en las películas de suspenso y un enjambre de personas, mientras los altavoces llamaban a la oración. 

Detalle del Hostel.
Esta foto es de la página web.
¡No le crean!
Dimos unas cuantas vueltas y terminamos en The Citadel, un hostel en el barrio cristiano, tan pintoresco como incómodo (cuando le mandé una foto a mi familia del lugar donde dormía preguntaron si eso era el Santo Sepulcro). Para colmo, a poco de entrar en la ciudad había comenzado a llover con fuerza. Largas negociaciones con la pobre recepcionista (era su primer día) nos demoraron más todavía. Mojados, sin comer y por primera vez un poco fastidiados, salimos para tener un almuerzo tardío (ya eran las cuatro de la tarde y en una hora más se haría de noche) antes de buscar nuestras valijas, estacionadas en nuestros autos. El prospecto era de una caminata larga y molesta.

La lluvia recrudeció apenas dejamos el hostel y nos hizo empezar a correr sin ver a dónde íbamos. De golpe topamos con una explanada y una puerta abierta más grande de lo habitual. Los chicos ya habían entrado, sin saber qué era ese lugar. Yo, que venía más atrás, me quedé viendo la entrada, sorprendido por lo que estaba pasando. Entré despacito y los chicos, que se habían frenado apenas entraron, me preguntaron: "¿Qué es esto, Edu?". Emocionado y todavía un poco aturdido por este encontronazo, les dije: "Chicos... ¡esto es el Santo Sepulcro!". Habíamos entrado de pura carambola en el lugar más santo para nuestra fe.

Nuestro sorpresivo encuentro con la Basílica del Santo Sepulcro
Todos fuimos silenciándonos y empezamos a recorrer el lugar sin entender muy bien (en una próxima crónica daré más detalles de la Basílica). Peregrinos por todos lados de distintas iglesias cristianas, desde ortodoxos frotando sus pañuelos y derramando mirra o nardo en distintos lugares, pasando por protestantes que miraban todo con un cierto desconcierto (como cualquier con una sensibilidad occidental se siente frente al desborde de imágenes, olores y rincones del lugar) y católicos que se dirigían hacia un extremo del templo donde una puerta abierta dejaba salir humo de incienso y un coro potente de hombres cantando en gregoriano.
Atraídos por el canto, nos arrimamos y el turiferario (portador del incensario) nos invitó a pasar a la capilla. Era el cierre del Via Crucis que los franciscanos realizan todas las tardes por las calles de la ciudad. Ezequiel, un integrante de nuestro pequeño grupo se enteró que a continuación habría misa. Decidimos quedarnos y apenas terminó la adoración me arrimé a la sacristía para ver si me dejaban concelebrar.

Un fraile franciscano africano me recibió muy amablemente. Le pregunté si había misa y de ser así, si era posible concelebrar. En un inglés muy cerrado y mientras miraba su reloj respondió: "Iba a haber, pero el grupo no viene, parece". 

Se me vino el alma un poco abajo. ¡Ese día no pegábamos una! El fraile debe haber visto mi cara de velatorio, porque entonces me dijo "¿Usted viene con un grupo?". "Sí". "Bueno" me dijo, y sonrió, "parece que el otro grupo no va a venir. ¡Celebren ustedes!". Me quedé sin palabras. "¿¡En serio?!" "¡Claro! ¿En qué idioma habla?" Rápidamente me alcanzó los libros con los textos en español y me despachó para la capilla, donde tras cerrar las puertas quedaban dos o tres monjas, un par de viejitas de la ciudad y un señor armenio de importante tamaño que sería mi monaguillo... y nosotros nueve, que no terminábamos de entender lo que estaba pasando. 

Yo estaba a la vez embargado por la emoción y una cierta vergüenza. Había dado el día por perdido porque mis expectativas se habían frustrado. Y de golpe, ligábamos una misa de regalo en el lugar más santo del cristianismo. Todo en esa misa tenía gusto a Providencia, a este Jesús que, lo sabíamos, nos acompañaba, pero ahora prácticamente nos zamarreaba para grabar la certeza de su presencia en nuestra peregrinación. Cantar "Cinco panes y dos peces" y "Santa María de la Estrella", típicos de nuestro grupo y de cientos de retiros y misiones; escuchar una vez más el relato del encuentro con el sepulcro vacío; un abrazo de paz entre los nueve como pocas veces he vivido; compartir a Jesús tan vivo y entregado en la eucaristía... Y todo de regalo. No creo haber celebrado muchas veces con tanta devoción, y menos todavía habiendo llegado allí con el corazón y la cabeza completamente ofuscados. 

Después de esa misa el cambio de humor y de espíritu era impresionante: pasamos de la frustración a una alegría desbordante. En uno de los numerosos barcitos de la ciudad antigua compartimos un rico shawarma y un poco de la emoción del momento. Y mientras el resto de los chicos iban a los autos a buscar las valijas, con Santiago y Ezequiel enfilamos hacia el hotel para arreglar algunos temas por teléfono. 

En esas cuadras nos esperaba otro signo de la Providencia. Pero esto también requiere un poco de historia previa. 

En los días anteriores a nuestra partida a Tierra Santa, había establecido un breve, pero amistoso, contacto por e-mail con Marcelo Gallardo, un sacerdote argentino que hace ya varios años ejerce el ministerio allí y ahora es Canciller del Patriarcado de Jerusalén. Me había propuesto tratar de encontrarlo cuando llegáramos a Jerusalén. Nunca me hubiera imaginado que iba a ser muchísimo más fácil de lo que esperaba. 

Caminábamos por las callejuelas tratando de aprovechar los toldos para evitar los últimos ramalazos de la lluvia y un hombre que caminaba en sentido contrario se acercó a nosotros mientras conversábamos. Cuando lo teníamos cerca, lo miré y dije "¡Padre Marcelo!". Él había escuchado nuestra tonada argentina y eso lo había hecho arrimarse. Otro signo más de la providencia. Marcelo fue un verdadero San Rafael en esos días: compañero de camino e instrumento de algunas de las experiencias más lindas durante la estadía en Jerusalén. Charlamos un rato con él y nos llevó a una terraza del barrio judío donde hay una hermosa vista de la Ciudad Antigua. Quedamos en volver a vernos: terminaríamos encontrándonos todos los días.

Caminando por la Ciudad Antigua

El día llegaba a su fin. Una jornada que yo había dado por perdida terminó regalándome lo que percibí era la principal gracia para mí de este viaje. Una certeza simple y básica de nuestra fe ahora se me hacía patente y sólida: mi futuro está en manos de Alguien que me ama  y se ocupa de mí, no sólo dándome lo necesario, sino también signos de ternura desbordante. En este momento en el que tengo que partir en pocos meses a estudiar a otra tierra y donde tantas cosas están bajo el signo de la incertidumbre, era lo que mi corazón más necesitaba. Como dice justamente uno de los salmos de peregrinación:

"El Señor es tu guardián, es la sombra protectora a tu derecha:
de día, no te dañará el sol, ni la luna de noche.El Señor te protegerá de todo mal y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso, ahora y para siempre." (Sal 121, 5-8)


A partir de este momento todo lo que vino después cobró una intensidad aún mayor que la de los días anteriores. Pero esta bienvenida de Jerusalén fue y será una de las gracias más grandes de mi vida: la experiencia palpable del amor de Dios, generoso hasta en los más pequeños detalles.

viernes, febrero 17, 2012

Ruinas por aquí, ruinas por allá: Massada, Petra... y Jerusalén en el horizonte (Crónicas de Tierra Santa V)

Nuestra zambullida en el Mar Muerto abrió la etapa más "turística" de la peregrinación. Ese mismo día, tras un atracón en el McDonald's de Arad, en el punto más bajo de la tierra, con los últimos rayos de sol llegamos al Hostel (que en realidad es un hotel sencillo pero con todas las de la ley) a los pies de Massada. 



Massada está en el sur de Israel donde, al final de una empinada subida llamada "el camino de las serpientes", se encuentran los restos de una antigua fortaleza construida por Herodes el Grande y las ruinas de otras construcciones realizadas en el mismo espacio. Es un lugar especialmente notorio por haber sido el último bastión de resistencia de los judíos en la primer guerra contra los romanos, allá por los años 70's (del siglo I). El sitio a esta fortaleza duró muchísimo tiempo, pero cuando los resistentes asediados comprobaron la imposibilidad de triunfar se suicidaron en masa, dejando un espectáculo que sorprendió y a la vez admiró a los soldados romanos. En tiempos de Bizancio se construirían allí celdas para monjes y una iglesia.


Hoy a los que llegan al hostel se les recomienda hacer la "experiencia de Massada" subiendo a pie de madrugada el "camino de las serpientes" para llegar a las ruinas y desde allí ver el amanecer. Una vista impresionante tras una ardua subida... que yo no hice porque me conozco y estaba seguro de que si lo intentaba el último tramo de Jerusalén lo iba a vivir con un tubo de oxígeno en la mano y subido a una silla de ruedas. Así que dejé a los chicos salir temprano y yo subí más tarde en el teleférico que tienen para los gorditos pachorra como yo. 

Les voy a ser muy sincero: para mí fue el lo que más "pasó de largo" del viaje. Probablemente porque fue lo único que hice solo. Llegué a la cima y encontré lo que quedaba de los chicos (fulminados después del ascenso, no muy largo pero sí exigente). Nos sacamos las fotos de rigor y después ellos bajaron. Yo recorrí las ruinas y disfruté de una vista impactante. No deja de ser impresionante hasta el día de hoy que alguien haya construido semejante lugar en medio del más absoluto desierto. 

La siguiente parada en nuestro viaje era Eilat, una ciudad balneario muy bonita ubicada junto al Mar Rojo. El tiempo acompañaba. A pesar de ser invierno, el sol permitió que nos animáramos a hacer playa e inclusive darnos un chapuzón. Todavía nos quedó un poco de luz para estirarnos hasta el mirador de la triple frontera, desde donde se puede contemplar Egipto, Arabia Saudita y Jordania.

Dejamos las valijas en el Hotel Dahlia y salimos a recorrer las calles, llenas de vitalidad aún en plena temporada baja. La noche no estuvo desprovista de aventuras: nos animamos al Fireball, un juego que sólo puede describirse como la experiencia de ser la piedra en una gomera. Uno entra en una esfera hecha por barras de metal que es arrojada a toda velocidad a unos 20 metros de altura. Sólo para valientes.


Al día siguiente madrugaríamos una vez más para cruzar la frontera con Jordania y dirigirnos hacia las ruinas de Petra, a dos horas de viaje en auto. No deja de ser impresionante la diferencia que se experimenta con sólo cruzar las barreras: de idioma, de cultura, de sociedad. Mezquitas por todos lados en un terreno desértico y considerablemente más humilde que la moderna Eilat dejada atrás. Los taxistas, muy amables, nos contaban, según sus diversas posibilidades, distintos aspectos de la vida allí, bastante sufrida y difícil. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos a las puertas de las ruinas.



Un moderno catálogo de las siete maravillas del mundo las tiene en su haber. Y al caminar por allí uno no puede dejar de aprobar que Petra y sus ruinas hayan encontrado lugar en esa lista. Antigua ciudad de los nabateos, al estar ubicada en una ruta comercial, Petra floreció y se vio influida por diversas culturas que produjeron una maravilla arquitectónica, de la cual hoy aún sus restos impactan. Uno camina por desfiladeros de roca rojiza y se encuentra repentinamente con enormes edificios que salen de la misma piedra.
Allí habitantes de la zona (muchos de ellos son auténticos beduinos) venden mil chucherías y ofrecen paseos en caballo, camello o carro. Tuvimos un encuentro de lo más simpático cuando uno nos invitó a compartir una tortilla de pan y unas sardinas. Al preguntarnos de dónde éramos y escuchar "Argentina" la respuesta fue la misma que ya habíamos escuchado antes en nuestro viaje: "¿Argentina? ¡MESSI!". Pero a la exclamación esta vez la siguió la aparición de una pelota de fútbol y un picadito improvisado entre esas ruinas milenarias. Cuando terminamos el encuentro nos saludamos amistosamente y un diálogo me hizo entender porque me habían detenido tanto tiempo en el chequeo de seguridad. Uno de los jugadores del lado local me sonrió y mientras estrechaba mi mano me dijo: "My friend, your face... 100% Jordan!" (Mi amigo, su cara... ¡100% jordana!). Ahí me cerró todo.





Volvimos muertos a Eilat, pero contentos por haber vivido en un día intenso y concentrado, el encuentro con otra cultura y otra historia, tan diferente a la nuestra. Y todos empezábamos a sentir un hormigueo y unos nervios comprensibles. Porque la próxima estación de nuestro itinerario... era Jerusalén.

Creo que todos presentíamos que la ciudad santa no iba a dejarnos igual. ¿Cómo nos recibiría la ciudad de David, del nacimiento de la Iglesia, de tanta sangre derramada y tanta paz perseguida? Ni siquiera lo vivido hasta el momento nos preparó para lo que nos esperaba allí. Qué difícil fue dormir esa noche...



domingo, febrero 12, 2012

También hay Agua Santa en Israel: el Lago de Tiberíades, el Jordán y el Mar Muerto (Crónicas de Tierra Santa IV)

Creo que este día de nuestra peregrinación fue el que menos preparamos (lo cual de por sí es mucho decir). Y tal vez por eso fue de los más divertidos y sorprendentes a la vez. 



El firme propósito de ese día era conseguir un barco para dar una vuelta por el Mar de Galilea o Lago de Tiberíades. Pero sinceramente no teníamos mucho más que eso: un propósito. Así que salimos a recorrer las orillas de la ciudad en búsqueda de un lugar que permitiera el alquiler de barcos. Tras un par de esfuerzos infructuosos (un barco casi nos deja salir con un grupo de canadienses que estaban peregrinando y con los que nos habíamos cruzado antes.. y que volveríamos a ver hasta el final de nuestro viaje) dimos con el Old Boat Museum, donde además de conseguir una ovejita de peluche para mi sobrina logramos finalmente el ansiado viaje. 

A bordo del King David (una barcaza de madera muy simpática) recorrimos todos los textos del Evangelio que tienen al lago como contexto geográfico (¡eran unos cuantos!). La tempestad calmada; el caminar de Pedro por las aguas; las pescas milagrosas: todos esos episodios y algunos más desfilaron mientras el sol de Galilea nos ayudaba a lograr una quietud necesaria para rezar. Por suerte no tuvimos ninguna tormenta ni viento fuerte, a pesar de que seguramente hubieran sido poderosas ayudas visuales para la contemplación.

El marketing religioso también apareció acá. Nos preguntaron por nuestro idioma y cuando dijimos que era español en un santiamén "Pescador de Hombres" sonaba a todo volumen (en una versión bastante edulcorada, la verdad) por los parlantes del barco. Por suerte traíamos nuestro propio material y después de algunos temas más "a la argentina" para la meditación volvimos al silencio placentero del lago. 

Entendí porque Jesús se tomaba esos viajes, más allá de la utilidad del transporte para llegar a la otra orilla con mayor velocidad... la barca se presta para una experiencia comunitaria intensa, donde no hay lugar para el aislamiento ni tampoco posibilidad de escapar a otro lado. No queda otra que compartir, escuchar al Maestro, colaborar en el viaje o al menos sentarse y pensar. ¡No por nada la barca hoy es imagen de la Iglesia! O llegamos todos juntos o nos hundimos solos... como Pedro aprendería de la manera más difícil. 

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla".
Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.
Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua.
Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.
Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.
Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?".
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".

La segunda mitad de la jornada nos llevaba hacia el sur de Israel. La meta: llegar al lugar del Jordán donde se conmemora el bautismo de Jesús para renovar el nuestro (Santi, uno de los peregrinos, tenía además toda la intención de zambullirse en el río). La mayoría de los peregrinos van a Yardenit, un sitio sumamente organizado donde uno puede bautizarse, comprar túnicas a tal efecto, sacarse fotos y demás.  Pasamos por allí, y sacamos algunas fotos divertidas. Pero a decir verdad, Yardenit no nos dijo mucho. Demasiado comercial, aunque suene raro para un espacio de Tierra Santa. 

Sabíamos, sin embargo, que había otro lugar, donde hasta hace pocos meses sólo podía accederse una vez al año, para la fiesta del Bautismo de Jesús (al estar en la frontera con Jordania el resto del tiempo la zona está sumamente militarizada). Andrei, el joven que atendía la Casa Nova de Tiberíades, nos había dado un dato clave: hace pocos meses el lugar volvía a estar habilitado para los peregrinos en todo momento. 

Nos fuimos adentrando en una zona mucho más desértica (tanto por la árida como por lo despoblada). Y acá sí era fácil transportarse al tiempo de Jesús.No dejaba de imaginarme a Juan el Bautista en medio de esa soledad arenosa, asediado por los cientos de personas que se arrimaban al Jordán a escuchar a ese hombre con voz de trueno y pasión de profeta. 

El "Baptismal site" (sitio bautismal) estaba en las antípodas de Yardenit. Apenas un kiosquito, unos baños, unas escaleras hacia el río y un altar de piedra resguardado por una garita de cemento... y muchos soldados. Peregrinos, sólo nosotros. 

Enseguida trabamos amistad con Elías y Adiba, un chico y una chica de 21 y 19 años que estaban haciendo allí su servicio militar. Era realmente chocante encontrarse con adolescentes (de lo primero que hablamos con Elías era del fanatismo compartido entre él y varios de los que integrábamos el grupo por el Call Of Duty, juego adictivo de la Playstation si los hay) que llevan chaleco antibalas y manejan con toda soltura su M-16. Sobre todo cuando los escuchaba hablar y los veía sonreír: a pesar de todo su entrenamiento, eran chicos... más chicos inclusive que mis compañeros de viaje. 

Preguntamos si podíamos pasar y nos dijeron alegremente "¡Por supuesto!". Y mientras mirábamos el río uno de los chicos sugirió "¿y si celebramos misa acá?". Preguntamos si era posible rezar allí (explicar   que era celebrar misa iba a ser demasiado complicado). Ante la respuesta afirmativa me empecé a revestir, pensando en el viejo adagio que aprendí en el seminario: "es mejor pedir perdón que pedir permiso". Pero nadie nos detuvo. 


Improvisamos un mantel con un pañuelo de Delfi (la médica residente de nuestro grupo de peregrinos y responsable de que yo pudiera participar del viaje... le debo más de lo que ella va a saber jamás), pusimos el crucifijo y en una ronda renovamos la ofrenda de Jesús junto al lugar donde se reveló al mismo tiempo el amor del Padre, la acción del Espíritu y la misión y el ser del Hijo (que son al fin y al cabo la misma cosa):

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea 
y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían 
y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma;
y una voz desde el cielo dijo: 
"Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección".

No hubo homilía esta vez. ¿Podía decirse algo? Pero en el momento de la predicación escuchamos una meditación de Henri Nouwen que nos ayudó a entrar en el misterio del Bautismo de Jesús: 

“… Oigo en lo más íntimo de mí mismo palabras que me dicen: «Desde el principio te he llamado por tu nombre. Eres mío y yo soy tuyo. Eres mi amado y en ti me complazco. Te he formado en las entrañas de la tierra y entretejido en el vientre de tu madre. Te he llevado en las palmas de mis manos, y amparado en la sombra de mi abrazo. Te he mirado con infinita ternura y cuidado más íntimamente que una madre lo hace con su hijo. He contado todos los cabellos de tu cabeza, y te he guiado en todos tus pasos. Adonde quiera que vayas, yo estoy contigo, y vigilo siempre tu descanso. Te daré un alimento que sacie totalmente tu hambre, y una bebida que apague tu sed. Nunca te ocultaré mi rostro. Me conoces como propiedad tuya, y te conozco como propiedad mía. Me perteneces. Yo soy tu padre, tu madre, tu hermano, tu hermana, tu amante y tu esposo. Hasta tu hijo. Seré todo lo que seas tú. Nada nos separará. Somos uno»."

Al final de la misa renovamos nuestras promesas bautismales a través de las renuncias y la profesión de fe. Y con un poco de agua bendecida del río fuimos recibiendo el signo de la cruz en nuestra frente con una bendición. Al final todos los chicos me bendijeron juntos rezando sobre mí. Un momento sumamente conmovedor (lamenté después no tener la valentía para llorar que después por suerte llegaría como otro regalo de Tierra Santa). 

Apenas terminamos la celebración llegaron dos contingentes de peregrinos: un grupo de griegos ortodoxos que se zambullieron ¡vestidos! en el Jordán... y un grupo judío donde nos esperaba otro de nuestros cireneos: Tsuri, un guía que en perfecto español nos hizo una serie de recomendaciones excelentes para aprovechar el tramo del viaje que teníamos delante (el más turístico). 

Orientados por sus consejos, salimos para terminar el día en el Mar Muerto. Fue una experiencia de lo mas divertida. Como ustedes saben, esta a 500 metros bajo el nivel del mar y tiene un porcentaje de salinidad del 33,7%. Con lo cual su densidad hace que sea imposible hundirse. Uno flota en uno de los cuerpos de agua más salados del mundo, de un verde transparente muy lindo. Nos sacamos mil fotos  (y  cumplimos con la obligatoria que es leer algo en el Mar Muerto) y terminamos el día en el albergue de Massada, un albergue a los pies de la fortaleza del mismo nombre, un antiguo reducto construido por Herodes el Grande que luego albergó al ultimo bastión de resistencia judía contra los romanos a fines del siglo I. 

La siguiente etapa de nuestra peregrinación tendría un tono más ligero, que aprovecharíamos para recorrer y conocer lugares lindísimos de Israel y alrededores. No dejó de ser un momento espectacular de este viaje que (ahora lo sabíamos con certeza) Jesús iba organizando para nosotros. Caía la noche en Massada y la expectativa de lo que vendría nos llenaba de entusiasmo...

viernes, febrero 10, 2012

Donde la luz se manifiesta y donde se esconde (Crónicas de Tierra Santa III)

Después de nuestra primera jornada galilea hicimos noche en Tiberíades, hermosa ciudad pegada a la costa del Lago. Paramos por primera vez en una de las numerosas Casas Nova que los franciscanos tienen en el país. Andrei, un joven checo perteneciente a la comunidad religiosa que atiende la "sucursal" del lugar nos recibió con calidez y nos ayudó con numerosas aclaraciones para pulir y afinar nuestro itinerario. Después de una caminata por la ciudad y una rica pizza Kosher (como atestiguaban el certificado y la foto del rabino en la puerta del negocio) nos fuimos a descansar.


La mañana nos encontró saliendo muy temprano al Monte Tabor, a unos 30 km de allí, donde Jesús se transfiguró en presencia de Santiago, Pedro y Juan. La iglesia está en la cima del monte y es uno de los templos más lindos que he visto en mi vida. Diseñada por Antonio Barluzzi, un laico terciario franciscano responsable de la la mayoría de los santuarios católicos de Tierra Santa, tiene una estructura trinitaria (todo está dividido en tres) que rescata lo que quedó de una iglesia construida por los cruzados en el siglo XII en ese mismo lugar. 

Reinaba un silencio impresionante: fuimos los primeros en llegar. Nos recibió Ángel, un hermano franciscano de Ecuador, que nos pidió un poco de prisa (se venía un día con numerosa afluencia de visitantes para ellos, aunque una vez más nos las arreglamos para tener bastante intimidad allí). Aunque al principio me dio las indicaciones referidas al tiempo escaso que teníamos para la misa y la velocidad obligatoria para celebrar, evidentemente bastante comunes allí (¿serán más largueros los curas en Tierra Santa?) creo que después nos lo compramos. Como luego constataría, nosotros éramos una especie de rara avis (¡y en un lugar que junta tantos personajes como Tierra Santa eso no es poco decir!). Uno ve gente de todo el mundo allí... pero jóvenes pocos. Muy pocos. Y ver jóvenes con ganas de vivir una experiencia así siempre conmueve el corazón. Sé que a mí me pasa siempre, aún cuando gracias a Dios tengo la oportunidad de constantemente ver jóvenes que viven su fe con intensidad.


En ese mismo clima de silencio celebramos la misa, acompañados apenas un instante por dos peregrinos más que se sumaron por unos instantes a la celebración. La misa, obviamente, era la de la transfiguración... y allí hoy, dos mil años después del episodio, se respiraba una vez más una presencia, una luz, una alegría...


Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. 
Fresco de la Transfiguración
en el ábside central de la Basílica
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. 
Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» El no sabía lo que decía. 

Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra 
y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. 
Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: 
«Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.» Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.
Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.


Nos tomamos un rato para volver sobre el texto en una meditación más personal y nos fuimos a rezar cada uno por su lado. Ahí en el monte uno siente que el corazón se agrande y se extiende tanto como la mirada te lo permite. Rezamos largo y tendido y después nos juntamos a compartir lo que habiamos reflexionado. No deja de sorprender como un mismo Evangelio puede suscitar tantas reflexiones y emociones cuantas personas hay. Pero creo que había un hilo común. La transfiguración se nos presentó a todos como revelación de amor, chispazo de luz frente al dolor y la dificultad de la vida, que nos permite encarar lo  cotidiano (la obligatoria bajada al monte) pero con la mirada de la montaña, que siempre ve más allá. Como decía Santi, uno de los peregrinos, al contemplar la vista desde el monte Tabor uno se da cuenta que el horizonte no tiene límites... como el amor de Dios. 

Paramos a almorzar en el pueblito abajo del monte y de ahí partimos a Nazareth, donde no habíamos visto demasiado el viernes. Hubo un previo paso por Caná donde no pudimos entrar en la Iglesia de las  Bodas porque justo habían estado de fiesta patronal y se habían ido todos a comer a un pequeño restaurante cerca del templo (ni nuestra mejor cara de pena logró que las monjas se levantaran para abrirnos el templo). Nos dimos al menos el gusto de pasar por una pequeña capillita dedicada a San Natanael, o Bartolomé, santo nativo del lugar, según nos cuenta el Evangelio de Juan (1, 47). Y entonces sí, al pueblo de María y José, lugar de la vida oculta del Señor.

Nazareth es más humilde que Tiberíades y los otros lugares que visitaríamos luego, con mucha población árabe. Allí están la basílica de la Anunciación y la Iglesia de San José, todas en un mismo predio sobre lo que hoy las excavaciones muestran que serían las casas de María y José, respectivamente (en esa época Nazareth era un pueblito de tres cuadras por dos). 

La basílica de la Anunciación es un templo imponente y de factura muy moderna, terminado en 1974 , cargado de simbolismo - al punto por momentos de ser un poco recargado - y lleno de imágenes de María de los cuatro rincones del globo (¡nos extrañó no encontrarnos con nuestra querida Virgen de Luján!). Fue uno de los momentos más formativos del viaje. La catequesis visual que proponen su fachada y su interior nos ayudó a recorrer la historia de la Salvación y a meditar sobre el misterio de la Palabra hecha carne, iniciado en ese mismo lugar. 

Como la basílica estaba al momento de nuestra llegada repleta de peregrinos enfilamos hacia la Iglesia de San José. Allí vimos la Iglesia cruzada sobre la cual se construyó el templo actual y también el baptisterio (de los primeros siglos del cristianismo) que las excavaciones hoy permiten conocer. Un lugar así invitaba a rezar por nuestras familias. Cada uno tenía una foto de ella que habíamos llevado para ese momento y una pequeña carta que algún integrante para sentirnos acompañados por los nuestros en la peregrinación. Así pudimos rezar por primera vez (¡aunque ciertamente no la última) en Tierra Santa por nuestras familias, en el mismo espacio donde Jesús vivía con la suya. 

La tarde empezaba a caer y el flujo de visitantes a declinar. Mientras esperábamos que terminara una misa en la gruta de la basílica, donde un altar marca el lugar del anuncio del ángel con un impactante "Aquí el Verbo se hizo carne", nos sentamos afuera de la iglesia junto a una imagen sencilla de la Virgen. Ella nos fue llevando despacito a la compartida primero y al canto después. Fue la mejor entrada en calor para tener luego un rato en oración silenciosa junto a la gruta (tratamos de cantar pero se nos recordó que ese es un espacio para la oración personal... ¡ups!). 

Dos lugares tan aparentemente distintos en un mismo día nos pusieron delante de los  diversos matices del misterio de Dios. Pero si uno se pone a pensarlo un poco, se da cuenta que tanto el Tabor como Nazareth son lugares de luz. La única diferencia está en la intensidad con la que ella se deja percibir. Pero hace bien darse cuenta que en ambos espacios nos encontramos con el mismo Jesús. El Señor de gloria que resplandece en el Tabor es el niño humilde, el carpintero y vecino de pueblo, hijo de María y José. Una misma vida, un mismo propósito, una misma misión. Porque la luz esté más escondida en los primeros años de Jesús no deja de ser tal. Y sin ese tiempo de vida oculta... ¿cuánto valor tendría la vida pública y los milagros de Cristo? Encontrar este hilo de unión entre dos momentos tan distintos de la vida de Jesús fue, valga la redundancia, sumamente iluminador.

La vuelta a Tiberíades nos dejaba con una cierta incógnita. El día por venir estaba poco pautado, sin demasiada idea de qué hacer ni esperar. Tal vez por eso, allí recibiríamos uno de los regalos más lindos de nuestra peregrinación...