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miércoles, abril 08, 2009

Entrar en el misterio de tu entrega, cada mañana. Descubrir una vez más que lo único que tenés para ofrecer, es amor. Dejar que tu ternura me vaya haciendo pan para los otros. Que transformes mi puño cerrado en mano abierta.

Eso te pido para estos días. Ahora sé que sacrificio no es lo que pensaba. Que es alianza, acción de gracias y amor hasta el extremo.

Como decía otro orante, entonces, dame todo eso que no puedo pedirme a mí mismo, porque sólo puedo recibirlo de vos. Sólo puedo quedarme al pie de la cruz, y esperar que de esa fuente surja un amor nuevo para mí y para todos.

viernes, noviembre 24, 2006

Oración de la noche


Después de la ordenación, he recuperado con mucha fuerza el gusto por la oración de completas, la oración antes del descanso nocturno de la liturgia de las horas. Es un rato corto para poner la jornada en manos de Dios... quizás porque el día está más cargado ahora con las preocupaciones y los dolores de tanta gente... quizás porque lo necesito más yo. No lo sé.

Pero a la noche cuando ya estoy metido en la cama, y sé que el teléfono no va a sonar, ni se escucha más nada salvo el ruido ocasional del algún auto, me hace mucho bien sentir que Dios está cuidando de mí, de tantos otros que me encontré a lo largo del día... Y después de terminar las completas, como es costumbre, una antífona a la Virgen. Ella sigue en vela y oración.

Nota: La foto muestra el altarcito de mi cuarto, lugar de silencio y encuentro cotidiano.

jueves, octubre 05, 2006

Pelearse con Dios

En estos días la liturgia nos regala la lectura continuada del libro de Job, con su lírica descarnada y fina a la vez. El lenguaje de Job, al igual que el de muchos salmos y otros textos bíblicos parece contrastar con el lenguaje edulcorado de muchos libros piadosos y de espiritualidad actuales. Más allá de lo que obviamente pueda estar limitado por el contexto cultural y religioso en el que fueron escritos hay un elemento que me parece universalmente válido. Es su dimensión conflictiva.

Job es un hombre que se enfrenta con su sufrimiento como inocente. Los salmos cantan - o mejor, gritan - la persecución injusta y el lamento del abandonado de Dios. Y lo hacen con fuerza: le preguntan a Dios por qué los ha abandonado; se lamentan por estar vivos o lloran por sentirse muertos. Muy lejos de la resignación que a veces se enseña o se admira.

El creyente tiene que vivir la experiencia del conflicto en uno o más momentos de su vida. También en la relación con Dios. Creo que le ahorramos a Dios algunos conflictos o preguntas... porque en el fondo nos da un poco de miedo que no nos pueda responder. Al final, entrar en conflicto con Dios es una cuestión de fe. Al igual que la personas insegura no se anima a pelearse porque teme la pérdida del vínculo, no nos animamos a debatir con Dios porque nuestra intimidad no es lo suficientemente fuerte.

Pero el que hace la experiencia del Dios amor, también tarde o temprano choca con la experiencia del mal, con el horizonte de la cruz. Y entonces se hace necesario integrar esa dimensión de la vida en la relación con Dios. Desde la certeza de sabernos amados y buscando profundizar ese amor. Pero pasando a través del conflicto, sin obviarlo. Como los creyentes del Antiguo Testamento, que han sido grandes cuestionadores de Dios: desde Abraham y la pelea por Sodoma, pasando porJacob, el que luchó contra Dios hasta el amanecer y llegando a Moisés. Como María, que preguntó; como Jesús, que vivió también el Getsemaní y se animó a confiar...

Después está la paz, la alegría, el nombre nuevo, el amor probado. Dejo como testimonio la oración que escribiera Elie Wiesel tras un largo conflicto con Dios.

Señor del Universo, hagamos las paces. Ya es hora. ¿Cuánto más podemos seguir enojados?Más de cincuenta años han transcurrido desde que terminó la pesadilla. Muchas cosas, buenas y menos buenas, les han pasado desde entonces a los que sobrevivieron a ella. Aprendieron a construir sobre las ruinas. Se recreó la vida familiar.Nacieron hijos, se entablaron amistades. Aprendieron a tener fe en su entorno, incluso en sus semejantes.
La gratitud ha reemplazado a la amargura en su corazón. Nadie es tan capaz de agradecimiento como ellos. Agradecimiento hacia cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar sus relatos y convertirse en su aliado en la batalla contra la apatía y el olvido. Para ellos cada momento es una gracia.Oh, no perdonan a sus asesinos ni a los cómplices de éstos, ni deberían hacerlo. Ni tampoco deberías hacerlo tú, Señor del Universo. Pero ya no miran con recelo a todo el que pasa. Ni ven en cada mano un puñal.
¿Significa esto que las heridas de su alma han sanado? Nunca sanarán. Mientras una sola chispa de las llamas de Auschwitz y Treblinka brille en su memoria, mi alegría estará incompleta.

¿Qué hay de mi fe en ti, Señor del Universo? Ahora me doy cuenta de que nunca la perdí, ni siquiera allí, durante las horas más oscuras de mi vida. No sé por qué seguí susurrando mis oraciones diarias, y las reservadas para el Sabbath, y para los días festivos, pero las recitaba, a menudo con mi padre y, en la víspera de Rosh Hashanah, con cientos de prisioneros de Auschwitz. ¿Era porque las oraciones seguían siendo un lazo con el mundo desaparecido de mi infancia?Hagamos las paces...

Pero mi fe ya no era pura. ¿Cómo podía serlo? Estaba llena de angustia en lugar de fervor, de perplejidad más que de piedad. En el reino de la eterna noche, en los Días del Temor, que son los Días del Juicio, mis plegarias tradicionales estaban dirigidas a ti y también contra ti, Señor del Universo. ¿Qué me hirió más: tu ausencia o tu silencio? En mi testimonio escribí palabras duras, palabras ardientes, sobre tu papel en nuestra tragedia. No las repetiría hoy. Pero las sentía entonces. Las sentía en cada célula de mi ser. ¿Por qué dejaste, si no permitiste, que el asesino día tras día, noche tras noche, torturara, matara y aniquilara a decenas de miles de niños judíos? ¿Por qué fueron abandonados por tu Creación?

Estos pensamientos de ningún modo estaban dirigidos a disminuir la culpa de los culpables. Su culpabilidad establecida es irrelevante con respecto a mi problema contigo, Señor del Universo. En mi niñez, no esperaba demasiado de los seres humanos. Pero esperaba todo de ti.
¿Dónde estabas, Dios de la Bondad, en Auschwitz? ¿Qué pasaba en el cielo, en el tribunal celestial, mientras tus hijos eran elegidos para la humillación, el aislamiento y la muerte sólo porque eran judíos? Estas preguntas me han perseguido por más de cinco décadas.Tienes muchos defensores de palabra, sabes. Se me dieron muchas respuestas teológicas, tales como: Dios es Dios. Sólo Él sabe lo que hace. Uno no tiene derecho a cuestionarlo a Él o a Sus acciones. O: Auschwitz fue un castigo por los pecados de asimilación y/o sionismo de los judíos europeos. Y: ¿Acaso Israel no es la solución? Sin Auschwitz, no hubiera habido Israel.Rechazo todas estas respuestas. Auschwitz deber ser y será para siempre un signo de pregunta: no puede ser concebido ni con Dios ni sin Dios.


Llegado un punto, empecé a preguntarme si no era injusto contigo.Después de todo, Auschwitz no era algo que viniera armado del cielo. Fue concebido por hombres, implementado por hombres, manejado por hombres.Y su objetivo no sólo era destruirnos a nosotros sino también a ti. ¿No deberíamos pensar en tu dolor también? Al ver a tus hijos sufrir a manos de tus otros hijos, ¿no has sufrido tú también?
Mientras los judíos otra vez empezamos a celebrar el Año Nuevo, preparándonos para orar por un año de paz y felicidad para nuestro pueblo y todos los pueblos, hagamos las paces, Señor del Universo. ¿A pesar de todo lo que pasó? Sí, a pesar de todo. Hagamos las paces: para el niño que hay en mí, es insoportable estar separado de ti durante tanto tiempo.

lunes, septiembre 11, 2006

Dejarse amar IV

Encontré estos versos de Neruda leyendo Memorial de Isla Negra que ponen palabras a la experiencia del herido, de la dificultad para abrirse al amor después de las lastimaduras:

Quién no desea un alma dura?
Quién no se practicó en el alma un filo?
Cuando de a poco ver vimos el odio
y de empezar a andar nos tropezaron
y de querer amar nos desamaron
y sólo de tocar fuimos heridos,
quién no hizo algo por armar sus manos
y para subsistir hacerse duro
como el cuchillo, y devolver la herida?
El delicado pretendió aspereza,
el más tierno buscaba empuñadura,
el que sólo quería que lo amaran
con un tal vez, con la mitad de un beso,
pasó arrogante sin mirar a aquella
que lo esperaba abierta y desdichada:
no hubo nada que hacer: de calle en calle
se establecieron mercados de máscaras
y el mercader probaba a cada uno
un rostro de crepúsculo o de tigre,
de austero, de virtud, de antepasado,
hasta que terminó la luna llena
y en la noche sin luz fuimos iguales

Hay que tener mucho valor, o más díficil aún, más confianza para no sacar filo al alma después de la herida. Para que la bronca no nos gane la partida y el desengaño se vuelva nuestro traje cotidiano. Cuando el invierno llega al corazón, no siempre es una estación pasajera. A veces se instala en el alma.

Pero los que logran hacer el salto de confianza, los que se abren al amor, experimentan que la herida se vuelve serena (aunque no deje de ser herida), y que inclusive puede ser otro lugar más para que el amor se cuele más fácil o salga más fuerte del corazón. Pero es una batalla dura: pocos enemigos del corazón tan terribles como el resentimiento. Quizás sea especialmente ardua porque me parece que sólo se gana con ternura y acción de gracias, con gestos que nos hagan redescubrir que somos más que nuestra herida, que somos más que nuestra historia de lastimaduras. El que logra dar gracias por su vida a pesar de los dolores, va por buen camino a ganar esa pelea.

jueves, agosto 31, 2006

Hacia la paz de corazón

¿Quién no desea la paz? ¿Quién no quisiera sentir la armonía de su ser, del corazón en paz consigo y con todo lo creado? Pero, ¿cómo encontrarla? Quizás un camino sea el de aprender justamente a amar nuestra no-paz, nuestras tensiones. La paz hacia la que caminamos es una pascua, una serenidad que no es ausencia de conflictos, sino, tal vez, la capacidad de convivir con ellos más serenamente.

Como decía aquella historia del jardinero que, al no poder erradicar las malas hierbas de su jardín, buscó la ayuda de especialistas. Estos, al ver que no se podían remover, le dieron un consejo de expertos: "Le sugerimos que aprenda a amarlas".

Tal vez una parte de la paz sea empezar a amar nuestra fragilidad. No para dejar que nos aplaste, sino justamente para hacer del límite algo que no nos destruye, sino un puente para el encuentro con el otro, para sentirnos vulnerables, necesitados de amor y presencia.

Algunos llegan allí, a ese lugar del corazón donde el amor vence al miedo y la paz se hace presente.

"Estoy reconciliado conmigo mismo. Odiarse a uno mismo es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse. Pero si todo el orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería la de amarse humildemente a sí mismo como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo". George Bernanos, Diario de un cura rural

lunes, agosto 28, 2006

Hay una voz
más allá de las heridas
más allá del dolor
más allá de las desilusiones,

escuchala
dejá que vuelva abrir la puerta del alma

es la voz
que te dice
no tengas miedo
no tengas miedo
el amor arroja el temor

no temas

sólo ama
sólo ama
dejate amar
creé en lo que el amor ya percibe creciendo en tu interior

no tengas miedo

lunes, agosto 21, 2006

Dejarse amar III

Cuando nos vamos animando a amar, muy pronto aparecen las heridas. Aquello que nos da miedo, nuestra fragilidad, nuestro niño herido se anima a salir a la luz cuando el amor se hace presente. Esto puede parecer paradójico, pero mucha veces el amor antes que llevar a la serenidad dispara la crisis. Se tambalean seguridades, aparecen los miedos, el pasado llega para asustarnos diciendo que una vez más seremos lastimados, que esta vez tampoco seremos bien amados o que no tendremos la fuerza para amar bien. Con el amor viene la crisis, la constatación de que nuestro corazón no está tan bien equipado como nos gustaría.

Pero ese es sólo el primer momento del amor... el momento purgativo, me animaría a decir. Si nos animamos a confiar en medio de la oscuridad, llevados de la mano del amor, si descubrimos que el amor que se nos regala es más grande y fuerte que nuestras lastimaduras... entonces podemos ir más allá de las heridas. Estas no siempre desaparecen, pero sí se transfiguran.. podemos acariciar nuestro dolor, amar nuestra fragilidad o al menos vivir con ella más serenamente.

Sin embargo, la oscuridad siempre aparece. No hay que tenerle miedo, pero tampoco ignorar que estará, y saber que a veces la voz de las heridas clama con fuerza. Sin embargo, con el paso del tiempo, vamos descubriendo ese sonido sutil en medio de los clamores, el murmullo del manantial que nos lleva a nuestro centro más profundo, al dar y recibir... y ese sonido se vuelve la melodía de fondo de la existencia.

jueves, agosto 03, 2006

Dejarse amar II

Me pidieron que siguiera escribiendo sobre esto... con un poco de temor a repetirme, sigo viendo qué puedo sacar de esto.

Don Físico hablaba del miedo que tenemos a no poder responder bien al amor. A veces nos da miedo amar porque ¿y si no nos sale? ¿Y si nos quedamos a mitad de camino? ¿Y si no podemos ser fieles al amor recibido? ¿Será trigo o cizaña nuestro amor? Cuando empezamos, imposible saber. Y entonces más de una amistad, relación de pareja, o cualquier otro vínculo quedan truncos antes de empezar. Segamos la posibilidad por miedo a la desilusión.

Se me ocurren dos cosas. La primera es que cómo hemos sido amados repercute en la confianza que podamos o no tener en nuestra capacidad de amar. Cuando las lastimaduras son grandes, cuando no hemos sido bien queridos, es más difícil también animarse a amar. Los huecos del amor nos van haciendo que el camino sea más accidentado. Conocer esos huecos es una tarea fundamental, pero sobre todo, llenarlos con una ternura más grande que ellos. Cuando podemos experimentar ese amor mayor, descubrimos que el amor tiene nombre de redención, de rescate. Más de uno de nosotros tendremos la experiencia de un amor que nos ha salvado de nosotros mismos, de caer en la melancolía o la desesperación. De que en las horas oscuras se nos ha tendido una mano. Alguien ha impedido que caigamos del todo en el abismo.

La segunda es que cuando somos amados, somos liberados para dar amor también. Un amor que sojuzga y no permite devolver el amor no es amor de verdad. Si no hay reciprocidad, recibir y dar, algo falla. Si el amor del otro no me hace más libre, más autónomo, algo no está bien. La gracia del amor nos da una renovada habilidad para amar. Poder decir "Yo también te quiero" es una de las experiencias más bellas que hay. Es descubrir que podemos amar, no a pesar de nuestras heridas, sino inclusive gracias a ellas, porque han sido surcos para que en ellas se cuele el don... y así aprendamos a amar. Porque lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado, como decía Bernárdez. Porque en el dolor que nos da a aveces nuestra incapacidad para amar, puede estar anidando un amor nuevo. Quizás más sencillo y humilde. Pero por eso mismo infinitamente más real.

jueves, julio 27, 2006

Dejarse amar

No hay desafío mayor que dejarse amar. Aceptar que somos radicalmente receptivos, que lo primero ha sido siempre el regalo, el don (algo dije en un post anterior sobre esto). Hay una herida en el corazón que no termina de dejarse amar, una zona que siente amenazada por el amor. ¿Por qué tenemos tanto miedo de que nos quieran? Me acuerdo de se poema de Borges: "Es el amor. Tendré que ocultarme o o que huir". Quizás porque de golpe nos descubrimos vulnerables, porque alguien ha tocado una fibra de necesidad y de golpe ese puño que es muchas veces nuestra alma se abre despacio, esperando que alguien la aferre con ternura...
La mayor tentación es pensar que no somos dignos de amor, que esa parte de nosotros que nos dice que la oscuridad es mayor que la luz en nuestro corazón es la que dice la verdad de nuestro ser. El abismo puede a veces llamar con fuerza... Y en el fondo toda herida es algo que nos ha dicho que no meremos el amor, que estamos llamados a ganarlo, a hacer algún tipo de esfuerzo artificial para conseguir aquello que debe, por su misma esencia, ser regalado.

Por eso no hay acto de fe mayor que creer (sólo en el amor se puede creer, y sólo la fe nos lleva hacia el amor, sólo la confianza); por eso quien no se deja amar, quien no se siente digno de amor, desespera. Y quien se sepa amado sabrá siempre que a pesar de todas sus miserias en él brilla una luz inextinguible.

sábado, junio 24, 2006

Corazón de Jesús

Dame, Señor, la gracia de ser
el hombre con el corazón traspasado,
única forma de ser tu sacerdote.
Karl Rahner


Ayudame a mirar más hondo, a percibir dónde la vida se está haciendo Pascua en medio de la muerte, a encontrar tu verdad que puja hacia la luz, a que la gente descubra que vos estás con ellos, caminando a su lado... partir el pan será ayudar a que te reconozcan.
Enseñame las palabras del amor, las que tocan el alma para hacerse vida y abrazo, las que dan luz porque son tuyas y llevan el acento del cielo. Que pueda regalarme y regalarte en cada una de ellas. Cada caricia será tuya, cada mirada un reflejo.
Belleza escondida, que tocás a la puerta en la hora oscura, para que la roca se haga una vez más manantial... corazón ardiente, todo para Dios, todo para los hermanos... que pueda vivir en tu corazón, que me atreva a dejar traspasar por el amor y el dolor, el tuyo y el de los hermanos... que no tenga miedo de vivir con el corazón expuesto, como lo hiciste vos. Misterio de fuego, hoguera de cruz y amor, corazón ardiente, corazón amigo, cada latido amor entregado... en vos confío, con vos me animo, por vos me entrego.

sábado, junio 17, 2006

Un icono de la oración

El hombre que aparece en esta foto es Pedro Arrupe, quien fuera superior general de los jesuitas antes del actual, Hans Kolkenbach. Vivió muchos años en Japón (estuvo allí cuando cayó la bomba atómica), y de allí tomó el gustó de rezar en la postura acostumbrada por los orientales. Me encanta esta foto. No sólo por ser de alguien a quien admiro y leo. Sino por la belleza de su simplicidad. Los zapatos a un costado; la sotana; el rostro tierno y sereno; las manos abiertas hacia abajo; la luz misma discreta; y la cruz insinuada por el panel, detrás del cual espiamos el misterio que siempre es el encuentro del otro con Dios. Además, es un icono de encuentro: un occidental rezando como oriental; un cristiano en postura budista. Pero, quizás lo que más me gusta de esta imagen es que me despierta un deseo enorme de orar, de abrirme en silencio a la brisa suave, de beber sorbitos de amor, serenidad y comunión. Como haría el P. Arrupe.


viernes, junio 02, 2006

Ven Espíritu Santo


Somos tierra reseca, garganta sedienta, estepa y glaciar, soledad y mudez.
Sólo vos podés transformarnos, convertirnos....
Artesano de lo humilde, tejé con nuestra pobreza las redes de la Iglesia, pintá el rostro de Cristo en la comunidad.
Agua viva, hacé que despierten las semillas del Verbo escondidas en el mundo.
Fuego sagrado, despertá en nosotros el ardor de la entrega, hace de nuestra vida ofrenda permanente.
Como antes, más que antes...¡te invocamos!

miércoles, agosto 31, 2005

Pensamientos sueltos

Volver al mismo surco,
pero hundiendo la reja del arado
cada vez más adentro.
Hasta la tierra viva
de donde brota el Reino
P. Casaldáliga
Buscar lo esencial, siempre. Procurar no perderlo de vista. Hacerlo carne.
Encontrar las palabras para decirlo: palabras sencillas, que sean un sacramento, un puente de corazón a corazón. Decirlas sin perder la valentía ni la lucidez. Al contrario: que descubrir lo esencial nos lleve cada vez más a enraizarnos en lo concreto.
Y una vez asentados allí, decir a Jesús, decir el hombre, decir la Iglesia. Decirle al pobre que Dios lo ama.

lunes, junio 27, 2005

Sobre la importancia de respirar

Respirar es uno de los actos más importantes, y que realizamos menos conscientemente.
La tradición oriental da una importancia fundamental a la respiración adecuada, como elemento indispensable para la meditación (y esto no sólo en el budismo, o las otras religiones, sino también en el oriente cristiano).


Tomar conciencia de nuestra respiración nos hace centrarnos en el aquí y ahora, prestar atención al hecho de que estamos vivos, detener el fárrago de pensamientos y preocupaciones que generalmente nos ancla a un pasado estéril o nos lanza a un futuro tan angustiante como inexistente.

Es interesante ver que una de las primeras acepciones de la ruah, del aliento de Dios, es la de la atmósfera. Y desde entonces el aire, el viento, son imágenes para describir a Dios y su acción.
A veces, cuando me concentro en mi respiración, me agrada pensar que así como hay un reflujo de aire que renueva mi cuerpo, hay un respirar del Espíritu en mí que oxigena mi corazón, lo ensancha y vigoriza, sacándola de la inercia y el estrechamiento.

Así, el Espíritu utiliza nuestros “pulmones espirituales”. Y no sólo en nosotros: él es el fuego de pentecostés, pero también es el viento que abre las puertas y ventanas de la Iglesia encerrada por el miedo. ¿No decía Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II que la Iglesia necesitaba “un soplo de aire fresco”? Ese soplo lo trae el Espíritu de Dios, directo del corazón del Padre, que sabe lo que la Iglesia y los hombres necesitan... una bocanada de aire puro.

martes, junio 21, 2005

Cuatro Invocaciones al Espíritu Santo

Acá van cuatro oraciones-poemas cortitos. Pensé en cómo los cuatro elementos entran en la simbólica que en general utilizamos para referirnos al Espíritu y me salió esto. Espero que le guste.

Viento

Ven, sopla en nuestra casa, cerrada por miedos y prejuicios.
Ven de la boca de Jesús, con su palabra siempre nueva.
Ven, danos el aliento, abre nuestra garganta para que gritemos “¡Abbá!”.
Llévanos a la otra orilla desconocida, impúlsanos al encuentro, sostennos para que anunciemos el Evangelio.
En las hojas del árbol del tiempo, tú, viento eterno, haciendo sonar el rumor de la voluntad del Padre.
En los abatidos, en los agobiados, tu torbellino abre las puertas del canto y la alabanza.
Sacude nuestros cimientos, empújanos a la misión; que tu voz, sonido sutil del silencio, nos susurre al oído el amor trinitario y los anhelos de los necesitados.

Fuego

Tu presencia incendia nuestras vidas, consumiendo nuestra humildad para hacerla ofrenda.
Bajas del cielo: el secreto de la Pascua, el tesoro escondido que brotó de Su corazón ardiente. ¿Qué miseria, qué pecado puede ser más grande que tu fuego? Ni todos los torrentes del mal podrían apagarte.
Sin consumirnos, transfiguras nuestra vida, haciendo de nuestros gestos sencillos un sacramento. Avivas el deseo dormido, purificas nuestros ojos de toda ceguera, reduces a cenizas nuestros ídolos.
Ven ahora, devuélvenos el amor primero. Danos la palabra ardiente, que denuncia y revive, enciende en cada uno de nosotros la llama de la presencia. Haz de nuestra Iglesia lucernario, calor y orientación para los que van ateridos por el frío de la soledad y el pecado.
Danos pasión por el Reino, ardor para la misión, deseo profundo de intimidad en la oración. ¡Fuego de Dios, ven a nuestras vidas!

Agua

Su cuerpo es el manantial desde donde te donas a todos; Su cruz es el bastón que quiebra nuestra piedra y la hace fuente viva.
Como los ríos, te vas acomodando a nuestro cauce, desgastando con paciencia nuestras mezquindades.
Te deslizas despacio por nuestras sequedades. Cualquier lastimadura de nuestra tierra es una invitación para tu curso, donde te derramas generosa.
Por donde pasas, renace la vida, y los hombres se acercan, intuyendo saciedad para sus búsquedas.
Hoy te necesitamos tanto... Baja como deshielo, desbordando de Dios por donde vayas, regálate fresca a nuestros labios resecos y mudos de Evangelio.
Que tu correr oculto por las acequias alegre nuestra ciudad, y haga germinar en nuestros surcos las semillas escondidas de la Palabra, que esperan tu caricia para despertar en el tiempo.

Unción

Signo de la tierra, que entrega, generosa madre, su fruto pobre, y en manos del hombre, se convierte en amor y alegría. Embebes lo que tocas, y lo haces resplandecer.
Llevas a Cristo a lo más profundo, y, desde allí, el amor llega hecho luz a nuestro rostro. El que nos ve, sabe que somos de Él y para Él.
En nosotros la prenda y prueba del amor; en cada uno distinto, nuevo en dones y llamados; en cada uno, igual al regalarte todo entero. Al Cristo siempre joven y eterno, lo sellas en nuestra vida.
Nuestra Iglesia te pide que unjas con tu amor su frente. Despierta los dones y fortalece a los combatientes. Baja para hacer surgir a los profetas y doctores. Que el perfume de tu elección nos empape e inunde con la fragancia de Jesús la casa de los hombres. Haznos cántaro quebrado, ignorante de cálculos y miedo, vertidos a los pies de los hermanos como regalo del Padre.