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viernes, agosto 14, 2009

Dejarse amar (V)

En un momento me habían pedido una serie de posts sobre este tema y ayer por la mañana me levanté recordando una clase de Revelación donde la profesora nos habló del amor de la Trinidad. Subrayaba cómo todavía hoy no sacamos todas las consecuencias (para la vida) de creer en un Dios que es Padre, pero también es Hijo. El Hijo que vive en actitud de recepción, como bien dirá Von Balthasar. Él es quien hace que recibir amor también sea divino.

Es verdad que hay modos de buscar recibir amor enfermizos y hasta pecaminosos (¡algo que también se da en muchas maneras de querer dar amor!). Pero no es menos cierto que nuestro ser creaturas nos pone antes en actitud de recibir. Cuando reconocemos esta mendicidad del corazón podemos abrirnos más plenamente al don, y es este recibir más abiertamente el que nos convierte a sus vez en fuente para los demás. Como el Hijo, que todo lo recibe del Padre en el Espíritu y en ese mismo Espíritu no se guarda nada, sino que se entrega a los demás.

lunes, septiembre 11, 2006

Dejarse amar IV

Encontré estos versos de Neruda leyendo Memorial de Isla Negra que ponen palabras a la experiencia del herido, de la dificultad para abrirse al amor después de las lastimaduras:

Quién no desea un alma dura?
Quién no se practicó en el alma un filo?
Cuando de a poco ver vimos el odio
y de empezar a andar nos tropezaron
y de querer amar nos desamaron
y sólo de tocar fuimos heridos,
quién no hizo algo por armar sus manos
y para subsistir hacerse duro
como el cuchillo, y devolver la herida?
El delicado pretendió aspereza,
el más tierno buscaba empuñadura,
el que sólo quería que lo amaran
con un tal vez, con la mitad de un beso,
pasó arrogante sin mirar a aquella
que lo esperaba abierta y desdichada:
no hubo nada que hacer: de calle en calle
se establecieron mercados de máscaras
y el mercader probaba a cada uno
un rostro de crepúsculo o de tigre,
de austero, de virtud, de antepasado,
hasta que terminó la luna llena
y en la noche sin luz fuimos iguales

Hay que tener mucho valor, o más díficil aún, más confianza para no sacar filo al alma después de la herida. Para que la bronca no nos gane la partida y el desengaño se vuelva nuestro traje cotidiano. Cuando el invierno llega al corazón, no siempre es una estación pasajera. A veces se instala en el alma.

Pero los que logran hacer el salto de confianza, los que se abren al amor, experimentan que la herida se vuelve serena (aunque no deje de ser herida), y que inclusive puede ser otro lugar más para que el amor se cuele más fácil o salga más fuerte del corazón. Pero es una batalla dura: pocos enemigos del corazón tan terribles como el resentimiento. Quizás sea especialmente ardua porque me parece que sólo se gana con ternura y acción de gracias, con gestos que nos hagan redescubrir que somos más que nuestra herida, que somos más que nuestra historia de lastimaduras. El que logra dar gracias por su vida a pesar de los dolores, va por buen camino a ganar esa pelea.

lunes, agosto 28, 2006

Hay una voz
más allá de las heridas
más allá del dolor
más allá de las desilusiones,

escuchala
dejá que vuelva abrir la puerta del alma

es la voz
que te dice
no tengas miedo
no tengas miedo
el amor arroja el temor

no temas

sólo ama
sólo ama
dejate amar
creé en lo que el amor ya percibe creciendo en tu interior

no tengas miedo

lunes, agosto 21, 2006

Dejarse amar III

Cuando nos vamos animando a amar, muy pronto aparecen las heridas. Aquello que nos da miedo, nuestra fragilidad, nuestro niño herido se anima a salir a la luz cuando el amor se hace presente. Esto puede parecer paradójico, pero mucha veces el amor antes que llevar a la serenidad dispara la crisis. Se tambalean seguridades, aparecen los miedos, el pasado llega para asustarnos diciendo que una vez más seremos lastimados, que esta vez tampoco seremos bien amados o que no tendremos la fuerza para amar bien. Con el amor viene la crisis, la constatación de que nuestro corazón no está tan bien equipado como nos gustaría.

Pero ese es sólo el primer momento del amor... el momento purgativo, me animaría a decir. Si nos animamos a confiar en medio de la oscuridad, llevados de la mano del amor, si descubrimos que el amor que se nos regala es más grande y fuerte que nuestras lastimaduras... entonces podemos ir más allá de las heridas. Estas no siempre desaparecen, pero sí se transfiguran.. podemos acariciar nuestro dolor, amar nuestra fragilidad o al menos vivir con ella más serenamente.

Sin embargo, la oscuridad siempre aparece. No hay que tenerle miedo, pero tampoco ignorar que estará, y saber que a veces la voz de las heridas clama con fuerza. Sin embargo, con el paso del tiempo, vamos descubriendo ese sonido sutil en medio de los clamores, el murmullo del manantial que nos lleva a nuestro centro más profundo, al dar y recibir... y ese sonido se vuelve la melodía de fondo de la existencia.

jueves, agosto 03, 2006

Dejarse amar II

Me pidieron que siguiera escribiendo sobre esto... con un poco de temor a repetirme, sigo viendo qué puedo sacar de esto.

Don Físico hablaba del miedo que tenemos a no poder responder bien al amor. A veces nos da miedo amar porque ¿y si no nos sale? ¿Y si nos quedamos a mitad de camino? ¿Y si no podemos ser fieles al amor recibido? ¿Será trigo o cizaña nuestro amor? Cuando empezamos, imposible saber. Y entonces más de una amistad, relación de pareja, o cualquier otro vínculo quedan truncos antes de empezar. Segamos la posibilidad por miedo a la desilusión.

Se me ocurren dos cosas. La primera es que cómo hemos sido amados repercute en la confianza que podamos o no tener en nuestra capacidad de amar. Cuando las lastimaduras son grandes, cuando no hemos sido bien queridos, es más difícil también animarse a amar. Los huecos del amor nos van haciendo que el camino sea más accidentado. Conocer esos huecos es una tarea fundamental, pero sobre todo, llenarlos con una ternura más grande que ellos. Cuando podemos experimentar ese amor mayor, descubrimos que el amor tiene nombre de redención, de rescate. Más de uno de nosotros tendremos la experiencia de un amor que nos ha salvado de nosotros mismos, de caer en la melancolía o la desesperación. De que en las horas oscuras se nos ha tendido una mano. Alguien ha impedido que caigamos del todo en el abismo.

La segunda es que cuando somos amados, somos liberados para dar amor también. Un amor que sojuzga y no permite devolver el amor no es amor de verdad. Si no hay reciprocidad, recibir y dar, algo falla. Si el amor del otro no me hace más libre, más autónomo, algo no está bien. La gracia del amor nos da una renovada habilidad para amar. Poder decir "Yo también te quiero" es una de las experiencias más bellas que hay. Es descubrir que podemos amar, no a pesar de nuestras heridas, sino inclusive gracias a ellas, porque han sido surcos para que en ellas se cuele el don... y así aprendamos a amar. Porque lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado, como decía Bernárdez. Porque en el dolor que nos da a aveces nuestra incapacidad para amar, puede estar anidando un amor nuevo. Quizás más sencillo y humilde. Pero por eso mismo infinitamente más real.

jueves, julio 27, 2006

Dejarse amar

No hay desafío mayor que dejarse amar. Aceptar que somos radicalmente receptivos, que lo primero ha sido siempre el regalo, el don (algo dije en un post anterior sobre esto). Hay una herida en el corazón que no termina de dejarse amar, una zona que siente amenazada por el amor. ¿Por qué tenemos tanto miedo de que nos quieran? Me acuerdo de se poema de Borges: "Es el amor. Tendré que ocultarme o o que huir". Quizás porque de golpe nos descubrimos vulnerables, porque alguien ha tocado una fibra de necesidad y de golpe ese puño que es muchas veces nuestra alma se abre despacio, esperando que alguien la aferre con ternura...
La mayor tentación es pensar que no somos dignos de amor, que esa parte de nosotros que nos dice que la oscuridad es mayor que la luz en nuestro corazón es la que dice la verdad de nuestro ser. El abismo puede a veces llamar con fuerza... Y en el fondo toda herida es algo que nos ha dicho que no meremos el amor, que estamos llamados a ganarlo, a hacer algún tipo de esfuerzo artificial para conseguir aquello que debe, por su misma esencia, ser regalado.

Por eso no hay acto de fe mayor que creer (sólo en el amor se puede creer, y sólo la fe nos lleva hacia el amor, sólo la confianza); por eso quien no se deja amar, quien no se siente digno de amor, desespera. Y quien se sepa amado sabrá siempre que a pesar de todas sus miserias en él brilla una luz inextinguible.