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miércoles, febrero 25, 2009

¿Para qué la cuaresma?

Para vivir la pascua con Cristo

Para crecer en libertad

Para abrirnos más a la gracia y dejar más atrás al pecado

Para que el Espíritu nos lleve al desierto

Para rezar más, o mejor, o ambas cosas

Para caminar como Iglesia hacia la Pascua

Para renovar nuestro bautismo

Para poder amar como Él.

martes, febrero 24, 2009

Sobre el Evangelio de hoy (Martes de la VII Semana del Tiempo durante el Año)

Ponerse al servicio del otro es la aplicación más concreta y contundente del mensaje de cruz y abajamiento que Jesús viene anunciando estos últimos días. Disipa cualquier afectación, imaginación vana o dolorismo que podría hacernos perder de vista lo esencial del misterio de la cruz: la entrega por amor, el poner al otro en el centro.

El servicio es vivir en el día a día el camino de amor humilde y desarmado de Jesús. Tener al hermano como objeto de nuestro amor, tener el bienestar del otro como horizonte permanente. Es lo que Jesús sigue haciendo hoy: se pone a nuestro servicio, se entrega por amor, para que nosotros podamos hacer lo mismo por los demás.

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martes, octubre 07, 2008

Sobre la reconciliación

Me pidieron dar una charla sobre la reconciliación a los coordinadores de confirmación de la parroquia. Acá va el apunte:

Dios crea de la nada, pero sobre todo, tiene como atributo principal crear vida donde sólo hay muerte. Saca orden del caos, luz de la oscuridad, amor del odio... Esto es importante porque esto se manifiesta de modo especial cuando Dios perdona. El salmo 50 lo canta cuando le pide a Dios que cree "un corazón puro"... el perdón repite en la vida del hombre el milagro de la creación.

Esto nos hace comprender que el pecado no es simplemente “romper una norma”. Es empezar a borrar nuestro rostro original, es olvidarse de quién somos realmente. Dios no quiere eso, no quiere que su obra se pierda... y por eso, pone gestos de amor, sale a nuestro encuentro.

En esa búsqueda, Dios se revela como el misericordioso. Esto en la Biblia se dice de modo muy gráfico: Dios tiene rehemim “entrañas de madre”. Siente lo nuestro como una madre siente al niño que lleva en su vientre. El amor de Dios no es una cosa teórica, abstracta, de manual: es una pasión, un fuego devorador que no se detiene hasta alcanzarnos, hasta que logra encender lo que está muerto y apagado.

El gesto máximo de este amor es Jesús. En él, el amor del Padre se hace palpable, visible, sacramento. La gente descubre en Jesús ese amor que no juzga ni condena, y por eso mismo, un amor que saca a la gente de esas situaciones sin salida. El amor misericordioso libera a la gente de su imagen negativa, del peso de su historia, de los prejuicios y las heridas... Jesús con su amor hace presente el amor creador de Dios. Esto hasta llegar a la cruz y la pascua, hasta el lugar de la compartida máxima, del máximo don. Jesús muerto y resucitado es la prueba viviente de que el amor es más fuerte que el pecado y la muerte. Jesús nos acerca ese amor en los gestos sacramentales.

La reconciliación es el espacio donde vivimos ese momento de encuentro con la misericordia de Dios. Nosotros, como todos, necesitamos de gestos concretos y sensibles de perdón. Es natural que a veces esto nos cueste, pero después ¡es algo tan liberador!

En la reconciliación:

  • Jesús nos muestra que el bien es más fuerte que el mal. Llegamos a la confesión a veces dudando, con miedos, con culpa... la reconciliación nos devuelve la certeza de que lo primero en nuestra vida es siempre la gracia, el don que antecede a toda falta, a todo pecado... ese mismo don que se nos da generosamente en el sacramento.

  • Nos devuelve nuestro rostro original. Sólo el amor de Dios nos puede revelar nuestro misterio, nuestra vocación a la plenitud, nuestra llamada a la santidad. El pecado oscurece ese llamado y la reconciliación nos ayuda a redescubrirlo y purificarlo. Cuanto más avanzamos por el camino de la reconciliación, más descubrimos nuestro fondo: el amor infinito de Dios.

  • Nos sana el corazón: todos tenemos heridas, vacíos, dolores... en la reconciliación, al reconocer esas heridas y ponerlas en manos de Jesús, al entregar lo que nos duele, abrimos esas zonas de nuestra vida a la compasión del Señor.

  • Nos ayuda a crecer - ¡por eso es para recibirlo de modo frecuente! Es un camino constante el de la reconciliación... pero cada paso trae consigo un nuevo avance, un nuevo crecimiento, una certeza creciente del amor incondicional de Jesús.

  • Nos ayuda a hacernos cargo y a la vez nos libera de darle vueltas a las cosas. El que se acerca a la reconciliación realiza uno de los gestos de mayor valentía: asumir responsabilidad y tomar conciencia de lo hecho. Al mismo tiempo, de ese modo nos salvamos de caer en el autoencierro que el repreguntar permanente produce.

  • Nos hace encarnar la misericordia de Dios para compartirla con los demás. El perdón va haciendo su obra en nosotros... y cuando queremos darnos cuenta, nos hemos convertido en un instrumento de ese amor infinito del Padre, que sana, reconcilia y envía.

sábado, marzo 10, 2007

Notas sobre las lecturas de este domingo

  • Dios tiene un proyecto de libertad y plenitud para cada uno de nosotros. El libro del Éxodo nos relata el comienzo de ese proyecto cuando Dios compromete a Moisés en la liberación del pueblo. Dios va a llevarnos por un camino arduo hacia la tierra prometida.

  • Sin embargo, en este camino muchas veces nos desviamos. Pensamos que hay modos más fáciles, rápidos o prácticos de llegar a la meta. Nos asusta el horizonte, nos cuesta confiar en la promesa. Y así vemos como de un modo u otro el pueblo se desvía en el camino hacia la tierra prometida. Es la experiencia del pecado: de elegir algo que no es Dios, de desesperar de encontrarse con él o pensar que es uno quien puede determinar mejor cuál es el camino a seguir.
  • Pero Dios no quiere que su plan se frustre. Por eso redobla su apuesta y siempre abre posibilidades para que retomemos su camino. Nos invita a convertirnos, a volver hacia la senda original que Él trazó para nosotros. Toda la Escritura es una larga narración de la oferta de Dios, los desvíos del hombre y la renovación de esa propuesta.
  • La plenitud se da en Jesús. Él es la salvación, él es Dios que nos dice que hoy, aquí y ahora, podemos volver. A cada uno, entonces, se nos hace esta invitación a pegar la vuelta, a retomar el camino. Por eso esta invitación con tanta fuerza a la conversión.
  • No se trata simplemente de cambiar alguna conducta, de cambiar “algo”. Sobre todo se trata de seguir buscando a Dios, de estar constantemente en marcha hacia él. La consecuencia del pecado no es un castigo físico, o una desgracia, como advierte Jesús. En esa época muchas veces se pensaba que se podía identificar al pecador o al santo según su prosperidad o su fracaso. Pero Jesús nos dice que la consecuencia del pecado es la esterilidad... quedarse sin vida, sin abrirse a lo que Dios nos quiere revelar y regalar.
  • Esto sólo se puede hacer si alguien confía en nosotros. Y Dios tiene una infinita confianza en nuestra capacidad de dar frutos, de cambiar, de renovarnos.
  • ¿Qué cabe entonces de nuestro lado? No perder la fe en el horizonte ni en que estamos a tiempo. Quizás la tentación más grande sea la de desesperar, la de pensar que estamos más allá del cambio. Descubrir una vez más esta buena noticia puede ayudarnos también a mirar a los demás con más misericordia: nadie está desahuciado, a nadie se le puede negar la posibilidad de que cambie.
  • Cada vez que celebramos la Eucaristía Jesús nos abre un camino nuevo, nos dice que siempre hay una posibilidad más, una oportunidad, una puerta abierta.

miércoles, febrero 21, 2007

Apuntes para el Miércoles de Ceniza

  1. La oportunidad de descubrir nuestra identidad más profunda: por eso es tiempo de hacer memoria del bautismo.
    1. El Pecado desdibuja nuestro rostro, nos hace perder nuestra identidad más profunda. Nos saca de nuestra tierra... nos sentimos extranjeros, lejanos a nuestro corazón y nuestro rostro verdaderos.
    2. Entonces, tomamos estos cuarenta días para redescubrir y profundizar en nuestra vocación original.
    3. Así como el Pueblo descubre en los cuarenta años del desierto quién es, a los ojos de Dios, y Jesús profundiza en el misterio de su filiación a través de la prueba y la privación, nosotros hoy nos ponemos en marcha hacia la Pascua, nuestra tierra prometida, el lugar donde nos sentimos hijos, para redescubrir nuestra identidad bautismal.

  1. Esto se vive partiendo de la conciencia que muchas veces estamos lejos, que nuestro corazón está a veces desorientado, confundido.
    1. Nuestro centro más profundo mucha veces está lejos de Dios, y por eso nuestro obrar, aún en nuestras prácticas religiosas, no nos acerca ni a Dios ni a los hermanos.
    2. La ceniza nos recuerda nuestra propia fragilidad, la humildad desde donde parte uestra conversión. Somos los que deseamos seguir a Jesús pero también aquellos que en el camino lo abandonamos, que nos asustamos frente a la propuesta radical del Señor. Pero justamente por eso la ceniza es también la posibilidad de algo nuevo. El punto de partida para que Dios tome la iniciativa y nos transforme.
    3. El Salmo habla de crear un corazón puro... Dios quiere hacer algo nuevo con nosotros... si confiamos nuestra vida en sus manos, entonces Dios repite en cada corazón el milagro de la creación.

  1. Esta salvación se juega en el interior, en el corazón... aquel lugar que sólo Dios ve y que sólo Dios puede transformar...
    1. De allí que las prácticas cuaresmales tengan sentido en tanto y en cuanto broten y lleven una vez más al corazón, a lo secreto.
    2. Dejar que una vez más sean los demás y Dios el centro de nuestra vida. Tener un corazón como el de Jesús: entregado libremente al servicio de los demás y del Padre.

  • Quizás en esta cuaresma Dios quiere despertar vida donde parece que sólo hay muerte y restos. De esto se trata: de vivir la Pascua con Jesús.
  • Se trata de abrirnos a lo nuevo que Dios quiere suscitar en cada uno de nosotros. Atravesar el umbral de la cruz hacia una vida nueva...
  • La Palabra de Dios, el Evangelio, despierte en nosotros la vida, suscite en nosotros la gracia, avive aquello que está apagado... nos lleve a lo más profundo del corazón, y de allí, al encuentro de Dios y los hermanos.

lunes, junio 26, 2006

Color Esperanza

El tiempo durante el año empezó hace dos semanas, pero este es el primer domingo que se nota más, porque las fiestas de Trinidad y Cuerpo y Sangre del Señor prolongan un poquito más el clima pascual. Mañana posteo "las sobras de ayer", esto es, un apunte sobre los textos del domingo (por si alguien quiere recalentar en microondas en algún momento de hambre o desea picotear algo en la semana).

Me gustó ver hoy a la Iglesia una vez más de verde. Nos toca volver a lo cotidiano con un espíritu renovado, subirse a la barca, andar los caminos del día a día con Jesús de Nazaret, iluminados, sí, por la Pascua, pero en lo concreto del camino que nos toca ahora. Por eso el verde: el color de lo que ya empieza a ser, pero todavía no.. el color de lo que falta aún madurar. Pero por eso mismo, también un color de esperanza. De lo que empieza a crecer pero aún no es cosecha. Será cuestión de descubrir, ahora, donde está empezando a hacerse Pascua nuestra vida, donde empieza a haber brotes de Evangelio en medio del trajín diario.

domingo, junio 18, 2006

En la fiesta de María

Recientemente me regalaron un par de imágenes de la Virgen hechas por carmelitas del Japón en el estilo del arte local. Una de ellas me suscitó la siguiente reflexión. Es un cuadro de María invocada como "causa de nuestra alegría".

En las manos de María está Jesús, nuestra alegría verdadera, aquella que nadie nos podrá quitar. La presencia de María es portadora de alegría porque es portadora de Jesús. Así como en la visitación Isabel y Juan Bautista se alegran porque con María viene también Jesús, más de una vez la alegría es signo de una presencia escondida de Jesús. Los que creen, como Isabel, intuyen detrás del gozo...

María sabe de la alegría en clave cristiana, que siempre será en clave pascual. Es la alegría que sabe convivir con el dolor, con la inquietud, porque abreva en la certeza de que Dios nos ama y no nos abandona, pero tampoco nos adormece. El gozo cristiano es un gozo realista. Es la canción cosechada después de regar con lágrimas. El gozo de María es el de haber parido a Jesús para el mundo y parir después su fe de discípula entre las oscuridades de la cruz, donde se gestaba el nuevo nacimiento de los hombres, que ella recibía como Madre en la figura del discípulo amado y que estallaría en Pentecostés. Una y otra vez, el Espíritu guió a María hacia la confianza en la fidelidad de Dios, para quien nada es imposible. El Espíritu, cuyo fruto es el amor y la alegría.

María hoy intercede por nosotros para que podamos vivir ese gozo, esa alegría profunda porque tiene sus raíces en el misterio de la Pascua, y por eso mismo brota en el seno de la oscuridad, donde muchas veces se está formando la alegría del mañana.

sábado, junio 10, 2006

Para la fiesta de la Trinidad


La fiesta de la Trinidad es una de las solemnidades que más me gusta del año, y, lamentablemente, me parece que una de las más descuidadas... los curas más de una vez no saben qué decir, y más de uno se pierde en peroraciones teológicas (como las del prefacio de la fiesta, que es lamentable).
Y sin embargo, ¡acá estamos tocando el corazón de nuestra fe, de nuestra identidad cristiana! Creer que Dios es Trinidad es entender que el hombre está llamado a la comunión, al encuentro, a la donación de sí... porque todas estas cosas son el mismo ser de Dios, del cual somos imagen y semejanza.


Nada puede agotar este misterio. Siempre nos valemos de símbolos (¿quién podría definir el amor?), que son imperfectos pero los necesitamos porque el dinamismo del amor nos lleva siempre a expresarnos (¿quién podría expresar el amor sin gestos y palabras, por más que estos nunca terminan de plasmar lo que sentimos?). Aquí muestro una imagen que me gusta mucho y que se va haciendo más conocida. Surfeando la red descubrí que la hizo una monja alemana dominica llamada Caritas Müller (desconozco si la idea original es de ella). Yo tengo la suerte de verla adornar la capilla del Santísimo del templo de mi parroquia.




En el centro está el hombre. La Trinidad pone al hombre en el centro, enamorada de lo que ha creado... el hombre está herido, medio muerto... pero la misericordia de la Trinidad lo recibe.

A la derecha está el Padre, abrazándolo y besándolo como el padre misericordioso de la parábola (Cf. Lc 15). Toda la humanidad entra en este abrazo tierno.


A la izquierda está el Hijo. Jesús lava los pies y los besa. Las llagas nos muestran que es el Resucitado. Por la Pascua de Jesús sabemos que Dios está de parte del hombre que sufre, y que la Trinidad "ha venido a nuestro valle" para compartir nuestro dolor y llenarlo con su presencia.

Arriba está el Espíritu Santo, paloma y fuego a la vez, a punto de entrar en el corazón del hombre para resucitarlo y darle vida eterna, la vida que sólo Dios puede dar... la vida que es estar en comunión con la Trinidad y con todos los hombres...

Que la Trinidad nos enseñe a vivir "a su estilo", en comunión y diversidad, en misión y unidad permanente y gozosa.

viernes, junio 02, 2006

Ven Espíritu Santo


Somos tierra reseca, garganta sedienta, estepa y glaciar, soledad y mudez.
Sólo vos podés transformarnos, convertirnos....
Artesano de lo humilde, tejé con nuestra pobreza las redes de la Iglesia, pintá el rostro de Cristo en la comunidad.
Agua viva, hacé que despierten las semillas del Verbo escondidas en el mundo.
Fuego sagrado, despertá en nosotros el ardor de la entrega, hace de nuestra vida ofrenda permanente.
Como antes, más que antes...¡te invocamos!

lunes, mayo 08, 2006

Recuerdo del Jueves Santo


Repasar fotos puede volverse un momento casi sacramental... lo vivido se actualiza en el recuerdo y toca el corazón una vez más. Me pasó viendo el CD con las fotos del Triduo en la comunidad. Cuando todos habíamos comulgado, y un profundo silencio inundaba la Iglesia, el párroco dijo:


- Miren qué linda imagen. Todos unidos... y Jesús en el centro.


P.D.: ¡Gracias ecazes por la edición de la foto!

domingo, abril 02, 2006

En el umbral de la Pascua (5° Domingo de Cuaresma)

Estamos en el umbral de la Pascua. La aparición de los griegos, de gente que viene de lejos para encontrarse con Dios, la cercanía de la fiesta de la liberación son un signo para que Jesús se de cuenta que llega la hora, el momento de que Dios manifieste su gloria, su amor salvador, su presencia.

Pero esta “hora de gloria” no viene como se la imagina la gente. La gloria, la manifestación de Dios, la manifestación del poder y el amor de Dios va a ser en la cruz. Dios no va estar nunca tan cerca del hombre; Dios no va estar nunca tan escondido para el que no tiene una mirada de fe, una mirada profunda.

Este modo de actuar de Dios, tal como nos lo presenta Jesús, rompe nuestros esquemas mentales sobre cómo es Dios. Dios no es una soledad que permanece ajena a nuestro dolor, a nuestra situación. Al contrario: Jesús va a ser ese grano de trigo que se entierra para dar fruto abundante. Jesús va a solidarizarse con nuestro dolor y nuestras búsquedas para que desde ahí nosotros tengamos vida. El modo de actuar de Dios pasa por la entrega, por darse, morir para que tengamos vida.

Hoy vivimos en un mundo que nos dice “da hasta acá”. Aunque hay abundancia de recursos, de posibilidades, pareciera por momentos que cada vez tenemos más miedo de una entrega de corazón, que todo lo que es darse por entero asusta, nos da miedo sentir que si nos entregamos nos destruimos, nos perdemos en esa entrega.

Jesús, en cambio, sabe que ésta, la hora de su muerte, es su hora. Está la angustia que uno siente siempre frente a estos momentos decisivos, pero él sabe que en este momento “guardarse” es quedarse solo. Porque eso es lo que le pasa al que no entra en la lógica del amor de Dios: se queda solo.

Y Jesús nos invita a hacer esta experiencia de donación, de entrega total. “El que quiera servirme que me siga”, es decir, el que quiera ser discípulo de Jesús tiene que vivir esta misma experiencia, entrar en este movimiento de entrega, que supera toda lógica.

De eso se trata la Pascua. A veces el riesgo con Semana Santa es que pensemos “vamos a ver qué le pasa a Jesús”. ¡Y no se trata de eso! Las celebraciones no están para “acompañar a Jesús”; son el camino para que Jesús nos acompañe a nosotros, para que descubramos una vez más que estamos llamados a morir y resucitar, para que él una vez más nos haga recorrer este camino, para descubrir que estamos llamados a entregarnos como él por los demás, para dar fruto.

Semana Santa no es que Jesús lo hace todo y nosotros nos quedamos sentados: es entrar en comunión con la pascua de Jesús para que nosotros podamos entregarnos también. Nosotros podemos hacerlo porque él lo hizo primero. Jesús es quien nos abre un espacio para que podamos darnos por entero, para que, recibiendo su amor, podamos entregarnos de corazón, sin miedo a perdernos ni destruirnos porque nuestro corazón está marcado por una alianza eterna, porque sabemos que estamos para siempre unidos al amor de Dios. Podemos entregarnos sólo porque somos atraídos por el amor de Dios manifestado en la cruz.

Hoy celebramos la comida de la nueva alianza, la fiesta de Jesús que entra en nuestros corazones para que nosotros también podamos entregarnos por los demás. Dejémonos atraer por él, para que, afianzados en su amor, podamos darnos por completo a los demás.

sábado, marzo 04, 2006

Hacia el desierto del corazón (1° domingo de Cuaresma, ciclo B)

Hace apenas unos días empezamos a recorrer la cuaresma, el camino hacia la Pascua. Es un camino que tenemos que transitar junto con Jesús; es marchar con él hasta la cruz y la resurrección.

Y justamente, hoy el Evangelio nos pone delante el inicio de la vida pública de Jesús, de este camino. Jesús acaba de vivir una experiencia que le cambiará la vida: su bautismo, donde el Espíritu le hace descubrir de un modo nuevo que él es el hijo amado de Dios, que Dios es su Padre. Éste mismo Espíritu es el que lo va a impulsar al desierto, para un tiempo de prueba.

El desierto es un lugar muy especial. Allí no hay casi nada. En el desierto la vida y la muerte son realidades concretas y decisivas. Por eso allí aflora con más facilidad lo que llevamos en el corazón. Y por eso ahí se manifiesta más claramente Dios... y también el mal. El desierto es un símbolo de nuestra vida, de nuestro corazón.

En ese desierto quiere entrar Jesús. Él no viene a salvarnos “desde arriba”: comparte hombro con hombro nuestra lucha. Quiere meterse en el desierto de nuestro corazón, de nuestra existencia cotidiana donde tantas veces nos sentimos sedientos, tentados y necesitados de Dios. Y desde ahí, nos abre el camino a una mayor libertad, a una nueva relación con Dios y con el mundo. Por eso aparece servido por los ángeles y tranquilo entre las fieras: en Jesús tenemos un nuevo comienzo, una nueva creación.

Esta es la propuesta de Jesús, ese reino de Dios que en seguida comienza a anunciar: es saber que Dios, en Jesús, quiere meterse en nuestra vida hasta el fondo. El reino que predica Jesús es: vengan a vivir mi experiencia, a descubrir que Dios nos ama, que somos sus hijos queridos, y que eso nos cambia la vida, nuestro modo de verlo a Dios, de entendernos a nosotros mismos y a los demás, nuestro modo de vivir en comunidad.

La invitación de Jesús a convertirse, esa misma invitación que escuchamos el miércoles de Ceniza, “convertite y creé en el evangelio”, es justamente esta: no es empezar a “apretar los dientes” para ser más fuertes, sino estar más disponibles a que Dios entre en los distintos rincones de nuestra vida. Es dejarle a Dios otra vez tomar la iniciativa. No nos convertimos tanto para dejar atrás lo malo, sino que buscamos abrirnos a algo muy bueno. La cuaresma no se vive mirando para atrás, sino mirando para adelante.

Esta experiencia del reino de Dios, del amor de Dios que quiere hacerse presente en nosotros, la vivimos como la vivió Jesús: en medio del desierto. Hoy, frente a la voz de este Dios que nos dice que somos sus hijos amados hay tantas otras que nos dicen que no valemos, o que valemos si hacemos tal o cual cosa. A veces no terminamos de darnos cuenta que esas voces viven en nuestro corazón. Ir al silencio, al desierto, nos puede ayudar para que, de la mano de Jesús, podamos descubrir esas otras realidades que nos quitan libertad, que no nos permiten escuchar esa voz de Dios que nos dice que somos sus hijos amados.

Hoy venimos aquí con un profundo deseo de ir al desierto con Jesús. Para que las distintas realidades que nos tientan, que nos limitan, aparezcan más claramente; pero, sobre todo, para que la voz del Padre, que nos vuelve a decir, “vos sos mi hija muy amada, vos sos mi hijo muy amado”, resuene cada vez más fuerte en nuestro corazón.

lunes, febrero 27, 2006

Un amor fiel y siempre nuevo (8° domingo del tiempo durante el año, ciclo B)

Ya me están haciendo practicar la prédica y eso me obliga a pensar la homilía. Aunque este fin de semana no prediqué, acá va lo que preparé para este último domingo.

Hoy el Evangelio nos pone delante de una pregunta que la gente hace a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no son como los demás? ¿Por qué a diferencia de los otros, tus seguidores se comportan de un modo distinto, de un modo nuevo?

En estos días hemos descubierto que en Jesús aparece una novedad. Dios sale al encuentro del hombre en Jesús, a través de la sanación y el perdón. La gente se sorprende: Jesús tiene un modo nuevo de hablar de Dios, un estilo distinto para relacionarse con las personas, una manera diferente de encontrarse con los demás y anunciarles la Palabra. “¡Nunca hemos visto nada igual!” decía la multitud hace unos días al ver a Jesús sanar al paralítico.
Esta novedad que trae Jesús, que es Jesús, provoca a la vez atracción e inquietud. Los que la aceptan entran en este modo distinto que Jesús tiene de vivir, amar y trabajar. Los que no, no pueden quedarse indiferentes: preguntan, critican, dudan.

Pero, ¿dónde está la raíz de esta novedad de Jesús? ¿Jesús viene a cambiar las cosas porque sí? Para respondernos tenemos que ir al corazón de Dios. Dios ama al pueblo con un amor ardiente, que, por eso mismo, nunca cambia en su intensidad pero sí en los modos de expresarlo. El amor de Dios es profundamente creativo. La primer lectura lo pinta a Dios de la cabeza a los pies: frente a la infidelidad del pueblo, Dios no responde con una negativa; responde con un amor todavía más grande y original. Porque la situación de la gente cambia, Dios no se queda en su lugar, sino que va desplegando su amor a través de nuevos gestos y palabras, y se revela como un esposo apasionado. Y cuando la gente acepta ese amor, su vida se renueva, no puede quedarse igual, porque cambia desde dentro, desde el corazón que se descubre tocado por esa misericordia fiel y original a la vez.

Jesús es el gesto máximo de este Dios que nos ama apasionadamente. Él es esposo que ha venido a buscarnos de un modo nuevo, insospechado. Y cuando dejamos que Jesús entre en nuestra vida, ella no puede quedar igual. Delante de Jesús y su amor, aparece también el horizonte de la novedad. Y acá es cuando la cuestión se complica. Porque lo nuevo, como veíamos, atrae pero también asusta. Implica dejar el confort de lo conocido, por más malo que sea, para aventurarse en un lugar nuevo. Y esto siempre produce inseguridad.

Me parece que acá podríamos detenernos en dos puntos que nos ayudan a aterrizar cómo vivimos esta novedad de Dios.

Nuestra relación con Dios, como todo vínculo, va creciendo constantemente. Dios nunca se encierra en la imagen que nos podamos hacer de él, y esto juega en varios registros. Dios es siempre más.Nadie puede pretender vivir su fe en la adultez del mismo modo que cuando tomó la primera comunión. Dios nos invita siempre a un crecimiento, a abrir el corazón y la mirada a una relación más profunda. De otro modo nos arriesgamos a rasgar el vestido viejo.

Por otra parte, también como Iglesia vamos caminando siempre en una invitación renovada de Dios, que nos llama a descubrirlo en los signos de los tiempos y a encontrar los puentes que nos ayuden a llegar a los hombres y mujeres de hoy. Eso implica dejar atrás muchas veces esquemas, modos, ideas que no logran transmitir el mensaje de Jesús. Y no es fácil, es una verdadera pascua, pero si no la atravesamos el vino nuevo del Evangelio rompe el odre nuestros esquemas... y no se puede compartir con nadie.

¿Cómo podemos hacer para vivir esta novedad permanente, que hoy se hace mucho más palpable en un mundo que cambia constantemente y nos obliga a repensar todo? Me parece que la pista está una vez más en el Evangelio, en la experiencia de Jesús. Jesús presentó la fe de un modo tan novedoso porque estaba tan enraizado en el amor de Dios que eso, por un lado, le regalaba un modo distinto de ver las cosas, pero a la vez le daba una increíble capacidad para descubrir un nuevo estilo para transmitirlo, para ajustarse, sin dejar de ser fiel a sí mismo, a los códigos de la gente de su tiempo.

Para los cristianos, el cambio no brota de un querer estar “a la moda”, sino de ir descubriendo que es lo que el amor siempre nuevo de Dios tiene para decirnos: en nuestra historia personal y en nuestro camino como Iglesia. Desde allí podemos conectar con las necesidades de nuestro tiempo y de nuestro momento concreto.

La eucaristía es un lugar privilegiado para hacer esta experiencia. Todas las eucaristías son iguales; todas las eucaristías son distintas. Siempre hay algo nuevo que descubrir del amor de Jesús. Hoy podríamos acercarnos pidiéndole que tengamos esta certeza, la única que tenemos frente a un mundo cambiante, pero también la única que realmente necesitamos: que su amor nos acompaña siempre y nos lleva, a través de los cambios, a vivir una fe siempre nueva y cada vez más profunda.

martes, agosto 09, 2005

Pedro y la tempestad



El Evangelio de este último domingo los presenta a los discípulos en una realidad de lo más desoladora. Lejos de la orilla, golpeados por las olas y atormentados por el viento, agotados por el esfuerzo de una larga noche remando, transitando la madrugada, cuando el frío y la oscuridad se hacen presentes con mayor intensidad.



Y sin embargo, Jesús viene caminando hacia ellos en medio de la tormenta. Es lógico que no puedan reconocerlo. ¿Puede Jesús salir a nuestro encuentro en las tempestades?

Pedro se anima a jugarse. Y se manda, animado por la voz de Jesús. Pero se empieza a hundir, y grita pidiendo ayuda. En seguida Jesús responde asiéndolo fuertemente de la mano, con un reproche que parece casi cariñoso.

Lo interesante es que Pedro empieza a hundirse no por falta de fuerza, sino por dejar de mirar a Jesús y empezar a ver la fuerza del temporal que amenaza con tragarlo. Por suerte el Maestro está ahí para sostenerlo y acompañarlo de vuelta a la barca, con los demás discípulos.

Es un lugar común pensar que los requisitos para el encuentro personal con Jesús son numerosos y exigentes. No pareciera que los momentos conflictivos o de crisis pueden ser un camino hacia Jesús, porque implican justamente no poder controlar los acontecimientos. Pero aquí el encuentro se da en un contexto de suma fragilidad: sin horizontes ni fuerzas, sin dominio de lo que sucede.

A veces, sin embargo, en medio de la tempestad reconocemos a lo lejos la figura de Jesús, y nos atrevemos a caminar sobre las aguas. Pero puede ocurrir que a mitad de camino nos concentremos más en las dificultades que en Jesús, y empecemos a ahogarnos como se ahogaron las semillas en medio de las espinas de la de parábola del sembrador. El desafío es animarnos a confiar y pedir ayuda. Para que la duda no sea motivo de ahogo, sino de crecimiento.

El relato termina con el reconocimiento de los discípulos de Jesús como Hijo de Dios. Si la tempestad sirve para encontrarnos con nuestra fragilidad, nos regala también una comprensión más profunda de Jesús, de su misterio y su presencia en nuestras vidas.

Ojalá podamos abrir la mirada y el oído para escucharlo por encima de los ruidos de la tormenta: "¡Confíen! Soy yo, dejen de temer".

miércoles, julio 20, 2005

Trigo y Cizaña


La lectura de este último domingo (Mateo 13, 24-43) viene repicando en mi cabeza desde hace tiempo. Escucharla una vez más en la misa me hizo sorprenderme por la profunda humanidad que tienen las palabras de Jesús. No pude reprimir las ganas de escrbir algunas notas sueltas, como para despuntar el vicio homilético antes de tiempo.

1. La primera realidad que plantea la parábola es la de la buena semilla: Muchas veces olvidamos que lo primero en nuestra vida, la realidad más profunda, el marco en el cual podemos entender la presencia del mal, de la cizaña, es lo bueno: el trigo que Dios pone en nuestro mundo, en nuestra Iglesia, en nuestro corazón. Lo primero (y lo más fuerte) será siempre la gracia, el regalo.
2. Toda realidad humana goza (o sufre) de una cierta ambigüedad: la parábola, a la vez, invita al realismo. No podemos condenar ni canonizar a nadie antes de tiempo. Lo mismo a la hora de evaluar nuestras acciones. En nuestros actos más generosos hay motivaciones no tan santas ni puras como a veces nos gustaría suponer; y quizás nuestros momentos menos brillantes tengan alguna riqueza oculta, o al menos ¡unos cuantos atenuantes!
3. Entre el Señor que deposita la buena semilla, y el enemigo (que trabaja de noche, esto es, en el ámbito donde no se puede ver, ni controlar, en aquellos lugares que están más allá de las capacidades humanas de orar o responder adecuadamente) que siembra cizaña, están los peones sorprendidos y atolondrados. ¡Es tan fácil encontrarnos reflejados en ellos! Por un lado, no pueden entender la presencia de la cizaña (¿y quién podría juzgarlos? Al fin y al cabo, nosotros reaccionamos del mismo modo cuando el misterio del mal, el mysterium iniquitatis del que hablan los teólogos, aparece abruptamente en nuestra existencia). A la vez, quieren responder a lo bruto, arrancando de raíz la cizaña, sin pensar que no pueden distinguir una semilla de la otra, todavía.
4. La siega, sin embargo, está reservada a otros (los segadores no parecen ser los mismos que los trabajadores en este texto). A nosotros nos toca ser pacientes, y aceptar los ritmos de un Dios que estás más reconciliado con las contradicciones internas de nuestra condición humana que nosotros mismos.

Y eso, y nada.