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lunes, marzo 02, 2009

Un texto para meditar

En estos días, estoy releyendo (y terminando de leer) un libro maravilloso de Olivier Clément, “Sobre el hombre”. Del primer ensayo del libro extraigo esta cita que me ha dejado rumiando un buen tiempo. ¡Que la disfruten!

“No puede accederse a la comprensión del hombre en Cristo más que por la penitencia y la oración. Quizá, entonces, hablaremos, pero a través de un cierto silencio que es adoración y atención de una capacidad de descubrir en el otro, tanto en el destino de una persona, cuanto en la historia de los hombres, la promesa de vida, la posibilidad de belleza. Las palabras que salen de un corazón purificado pueden sembrar en otro corazón. Así como Moisés, en el Sinaí, no puede a ver a Dios “más que de espaldas”, así también las palabras se convierten en el revés del silencio, en el revés de la paz. Y esta paz, desde las apariciones del Resucitado a los discípulos - “La paz sea con vosotros” – hasta las celebracioens litúrgicas de hoy en día  - “En paz roguemos al Señor” – testimonia la presencia del Resucitado. La dulzura de los fuertes convierte al hombre en un árbol de paz - “es como un árbol plantado cerca de un curso de agua… y sus hojas no se secan nunca (Sal 1, 3) –. Hemos sacrificado los árboles con el pretexto que no servían para nada. Y nos damos cuenta hoy de que, sin árboles, la tierra ya no es fecunda. Esta época necesita hombres que sean como árboles, cargados de una paz silenciosa, arraigada a la vez en plena tierra y en pleno cielo.” Clément, Olivier, Sobre el hombre, Madrid, Encuentro, p.31.

domingo, agosto 26, 2007

Leyendo a Tagore

Sólo un poeta podía lograr que sus versos llegaran tan hondo al alma aún pasando del original al castellano (¡Gracias J. R. Jiménez!). No se me ocurre qué decir de Tagore porque es una poesía tan límpida que agregarle algo simplemente resta. Lean y disfruten.

******************

Tuya es la luz que salta de la sombra, el bien que mana el corazón partido en la pelea. Tuya la casa que abre la puerta al mundo, y el amor que llama a los campos de batalla. Tuyo es el don que es ganancia cuando todo es pérdida, y la vida que fluye de la caverna de la muerte. Tuyo es el cielo que yace en el barro de cada día; ¡y en él estás para mí, y en él estás para todos!

******************


Cuando pensé hacer tu imagen con mi vida, para que los hombres la adoraran, yo te di mis cenizas y mis deseos, mis ilusiones, mis sueños de colores. Cuando te pedí que hicieras con mi vida la imagen de tu corazón, para que tú la amaras, tú me diste tu fuego y tu hierro, tu verdad, tu hermosura y tu paz.


martes, marzo 20, 2007

Leyendo a Pedro Salinas

Todavía ni me acuerdo cómo lo conocí... creo que lo encontré perdido entre unos estantes de una librería. Era "El Contemplado y otros poemas". Después, con un poco de esfuerzo, encontré "La voz a ti debida". Creo que si alguien escribe con luz es Pedro Salinas. No se me ocurre otra manera de describir lo que siento cuando lo leo... tiene letras hechas de luz. Acá va uno de sus poemas que más me gusta... quizás se relaciona un poco con lo que posteé recién sobre las causas perdidas. Desaprender los cálculos... y arrojarse.

****************

S¡, ¡todo con exceso!
¡La luz, la vida, el mar!
Plural, todo plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repeticion sin fin,
de tu amor, unidad.
Tablas, plumas y máquinas
todo a multiplicar,
caricia por caricia
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos ser el último;
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo, ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de sinos,
entregarnos a ciegas
¡exceso, qué penúltimo!,
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
"Eso no es nada aún.
Buscaos bien, hay más."
Pedro Salinas

martes, febrero 13, 2007

Leyendo a Juan Ramón Jiménez



Cada nuevo libro, cada autor que uno conoce es un nuevo compañero, alguien que nos presta de su voz para que encontremos los nombres de nuestra historia. J. R. Jiménez es uno de los compañeros de camino de este tiempo. Dejo algunos de sus poemas que vengo rumiando en este tiempo.

Sencillez

¡Sencillez, hija fácil
de la felicidad!
Sales, lo mismo, por las vidas, que el sol de un día más,
por el oriente. Todo
lo encuentras bueno, bello y útil,
como tú, como el sol.
¡Sencillez pura,
fuente del prado tierno de mi alma,
olor del jardín grato de mi alma,
canción del mar tranquilo de mi alma,
luz del día sereno de mi alma!

******

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
... Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas...
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

******

¡Qué goce, corazón, este quitarte,
día tras día, tu corteza,
este encontrar tu verdadera forma,
tierna, desnuda, palpitante,
con ese encanto hondo, imán eterno,
de las cosas matrices!

¡Corazón al aire,
resistente en tu fuerte vida débil
al ímpetu de todo el sentimiento,
al ímpetu de todo el pensamiento
- ideal, instinto, sueño; estas
cien ansias centimanas -,
como la mujer joven
al ímpetu completo del amor!

Leyendo a Robert Frost II

Después de bregar y bregar, cayó en mi cuarto sin ningún esfuerzo previo una antología de Robert Frost que buscaba hace mucho tiempo. Volvi a detenerme en mis poemas preferidos y de a poco voy conociendo otros. En particular me detuve mucho en uno llamado "Into my Own", que ya había posteado. El poeta habla allí de un bosque que lo atrae. Desearía que éste fuera eterno para internarse en él sin miedo, y espera que nadie lo retenga en este viaje por miedo a perderlo. Termina diciendo "They would not find changed from him they knew - only more sure of all I thought was true" (No me encontrarían distinto de aquel a quien conocieron - sólo más convencido de todo lo que pensé verdadero).


Me gusta mucho esta frase final porque creo que una de las cosas más difíciles en la vida es permitir que los que amamos recorren el camino a su propio misterio, sobre todo cuando éste los lleva por derroteros que nos asustan e inquietan. Dejar que cada uno siga su camino es uno de los actos de amor y libertad más profundos (y dolorosos) que podemos hacer.

sábado, diciembre 30, 2006

Leyendo a Alejandra Pizarnik

La noche me sorprende re-leyendo a Alejandra... la conocí en uno de mis viajes a la Biblioteca de San Isidro (la conocí de verdad, la tenía nombrada hace rato). ¡Uffff! Leerla es un viaje intenso, desgarrador. Alejandra te duele. Pero es uno de esos dolores que uno quiere tener dentro de sí, como quien guarda con orgullo una cicatriz porque es recuerdo de amor, aunque amor dolido. La recomiendo ampliamente.

LA NOCHE

Poco sé de la noche

pero la noche parece saber de mí,

y más aún, me asiste como si me quisiera,

me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.

Tal vez la noche es nada

y las conjeturas sobre ella nada

y los seres que la viven nada.

Tal vez las palabras sean lo único que existe

en el enorme vacío de los siglos

que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria

que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.

Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas

Sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.

Su lágrima inmensa delira

y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.

martes, diciembre 12, 2006

Leyendo a Hugo Mujica

Este año pude darme un gustazo: conseguir la poesía completa de Hugo Mujica. De a poco leo y releo el libro... Leer y releer la poesía completa de un autor es algo fantástico, permite que uno se vaya embebiendo lentamente de la poesia. Tomando una imagen de Shunryu Suzuki, es como cuando uno camina en la niebla: sin percibirlo, queda completamente empapado, consustanciado con ella. Del mismo modo, leer a un poeta de modo continuado y progresivo permite (bah, por lo menos me lo permite a mí) entrar más de lleno en su obra.

No quiero decir que se entienda mejor lo que escribe (no creo que la cuestión sea cuestión simplemente de "entender"). Es como si la poesía llegara más lejos dentro del propio territorio, como si le diéramos el tiempo que ella necesita para encontrar esos rincones del propio corazón donde se da el encuentro, lugares al que a veces las apuradas y el ruido vedan el acceso.

Y creo que para poetas como Mujica esto es una condición casi indispensable. Escribe desde el silencio y pide silencio para ser escuchado... por suerte, creo también que su palabra nos lleva al silencio... sus versos traen dentro suyo el silencio que los ha engendrado para colarse dentro nuestro y hacernos tierra fértil... palabra honda, despojada, desnuda, la de los versos de Mujica.

LA GRACIA PERDIDA

al final la casa
es siempre atrás


como el umbral
de la despedida, el del adiós frente
a un camino nunca trazado


el del gesto inconcluso,
la mitad olvidada.


en el medio la terca torre:
el propio nombre


la estaca entre el deseo
y la nostalgia,


el puñado de humo
en el que aferramos el miedo a perder
lo que nunca tuvimos.

al final, el que nos llega,
queda la apuesta
del inicio, la gracia perdida:
queda perderlo todo.
De Noche Abierta

sábado, septiembre 02, 2006

Recordando a Borges

En su poema "Arte poética", el gran JLB escribe: "A veces en las tardes una cara/nos mira desde el fondo de un espejo/ el arte debe ser como ese espejo/ que nos refleja nuestra propia cara".
Tal vez sea por eso que gastamos tinta, tiempo y trabajo en escribir, pintar, cantar... porque esperamos en algún momento dar con la palabra, plasmar la imagen o encontrar la nota que nos revele el secreto de nuestra existencia. O quizás este sólo se descubra al final del camino, cuando, como también decía el maestro, toda la suma de nuestra obra tenga el contorno de nuestro rostro.

Y uno a veces tiene esa intuición sublime, de percibir (nunca del todo, nunca suficientemente) que algo de nuestra esencia se está encarnando en lo creado. Que una parte de nosotros ha emprendido un viaje hacia otros, disfrazada de arte.

lunes, agosto 28, 2006

Recordando a Max Scheler

Cuando estaba cursando los estudios de filosofía del seminario, tropecé con una cita de Max Scheler que me impactó profundamente: "Todo acto humano se proyecta hacia el infinito" (creo que era así, estoy citando de memoria). En ese momento percibí la enorme densidad que puede tener el gesto más cotidiano. Todo nuestro obrar gana en profundidad y responsabilidad.

¿Quién sabe que está gestando ese gesto de cariño pequeño que ahora regalamos? ¿Cómo calcular el poder de un abrazo o una palabra bien dadas? ¿Quién podrá saber las repercusiones de un "sí" o un" no" en el momento justo? En este mundo que parece por momentos marchar más allá de nuestras pequeñas existencias, qué bien nos hace recordar el enorme poder del obrar humano, aún a pesar de las circunstancias.

jueves, agosto 03, 2006

En una misma línea...

... les dejo este texto de un libro muy interesante que estoy re-leyendo:

No puedes amar a otro si no estás empeñado al mismo itempo en la obra espiritual, hermosa pero difícil, de aprender a amarte a ti mismo. Cada uno de nosotros tiene al nivel del alma un manantial enriquecedor de amor. En otras palabras, no necesitas buscar fuera de ti el significado del amor. Esto no es egoísmo ni narcicismo, obsesiones negativas sobre la necesidad de ser amado. Por el contrario, es el manantial del amor en el corazón. Por su necesidad de amor, las personas que llevan una vida solitaria suelen tropezar con este gran manantial interior. Aprender a despertar con sus murmullos la profunda fuente interior de amor. No se trata de obligarte a amarte a ti mismo, sino de ser reservado, de incitar a ese manantial de amor que constituye tu naturaleza más profunda a surcar toda tu vida. Cuando esto sucede, la tierra endurecida de tu interior vuelve a ablandarse. La falta de amor lo endurece todo. No hay mayor soledad en el mundo que la del que se ha vuelto duro o frío. El resentimiento y la frialdad son la derrota final.

Si descubres que te has endurecido, uno de los dones que debes otorgarte es el del manantial interior. Incita a esta fuente interior a que se libere. Remueve el sarro dentro de ti a fin de que poco a poco, en una bella ósmosis esas aguas nutricies penetren e inunden la arcilla endurecida de tu corazón. Donde antes había tierra dura, yerma, impermeable, muerta, ahora hay crecimiento, color, nutrición y vida que fluyen del hermoso manantial del amor. Ésta es una de las formas más fecundas de transfigurar la negatividad que hay en nosotros.

Se te envía aquí a aprender a amar y recibir amor. El mayor don que el nuevo amor trae a tu vida es el despertar del amor oculto en tu interior. Te vuelve independiente. Ahora puedes acercarte al otro, no por necesidad ni con el aparato agotador de la proyección, sino por auténtica intimidad, afinidad y comunión. Es una liberación. El amor debería liberarte. Te liberas de esa necesidad ávida y abrasadora que te impulsa continuamente a buscar afirmación, respeto y significación en cosas y personas fuera de ti. Ser santo es hallar la propia patria, poder descansar en esa casa de comunión y arraigo que llamamos alma.

John O’Donohue, Anam Cara, pp. 44-45, Eds. Planeta.

martes, julio 18, 2006

Una historia de los Padres del Desierto


El abad Lot vino a ver al abad José y le dijo: «Padre, me he hecho una pequeña regla según mis fuerzas. Un pequeño ayuno, una pequeña oración, una pequeña meditación y un pequeño descanso. Y me aplico según mis fuerzas a liberarme de mis pensamientos. ¿Qué más debo hacer?».
El anciano se puso en pie, levantó sus manos al cielo y sus dedos se convirtieron en diez lámparas de fuego. Y le dijo:

«Si quieres, puedes convertirte del todo en fuego».


jueves, junio 08, 2006

Un texto de Anselm Grün

"Mis manos fueron ungidas en mi ordenación sacerdotal. El óleo no es sólo un símbolo del Espíritu Santo, sino también de la ternura de Dios. Mis manos siempre me recuerdan que debo compartir el amor de Dios. No se trata de tenerlo todo siempre a punto, de organizar la parroquia estupendamente, sino de acercarse a los hombres con ternura y transmitirles que las manos de Dios son buenas manos. Dios ha escrito los nombres de los hombres en mis manos y mi nombre en las suyas.

A menudo siento que mis manos están vacías: no tengo nada que ofrecer. No entiendo el misterio de Dios, no me entiendo a mí mismo. Y, sin embargo, mis manos deben dar. Sólo pueden dar lo que reciben una y otra vez. Me consuela saber que incluso con mis manos vacías soy capaz de dar; sólo las manos vacías pueden recibir lo que Dios deposita en ellas sin descanso. No obstante, es doloroso no tener "nada" en las manos. Las palabras que predico en mis sermones no parecen reales; no las puedo repetir, pues suenan huecas. Lo que he aprendido, se me escapa entre los dedos. No cosecho éxito alguno en mi trabajo. La experiencia de muchos sacerdotes es dolorosa, porque a pesar de tener las manos cansadas de tanto bregar, la iglesia está cada vez más vacía. Yo creo que ser sacerdote significa presentar incesantemente a Dios la propia impotencia y alzar ante él las manos vacías. Con todo, creoque mis manos ungidas son un signo de esperanza, ya que transmiten la bendición de Dios aunque ellas no la experimenten, porque Él no es propiedad de mis manos."

El orden sacerdotal, pp. 51-52.

viernes, mayo 19, 2006

Reencuentro con una vieja amiga

Buscando entre los distintos estantes de la librería parroquial, se dio el reencuentro. Ella estaba igual de linda y vital que siempre, y aunque hubiera pensado que el tiempo habría amenguado los sentimientos, volver a escucharla fue sentir la emoción de alegría y frescura que se siente en la conversación con el amigo o la amiga, sobre todo cuando éstos tiene la capacidad de poner en palabras las propias búsquedas, los deseos, y a la vez, son capaces de interpelarlos y llevarlos más allá.

Así me sentí cuando entre esos estantes apareció La alegría de creer, de Madeleine Delbrêl, libro que regalé hace unos años y que no había podido encontrar... hasta ahora.

Madeleine fue una joven atea francesa convertida al cristianismo después de un largo proceso que comenzó con la entrada de su novio a los dominicos. La vida la llevó a un camino de inserción entre los obreros marxistas de su época, en un estilo muy parecido al de la familia religiosa de Charles de Foucauld (de quien ella y sus compañeras eran admiradoras).

Creo que Madeleine es una contemplativa de aquellas que han sabido encontrar una senda para el encuentro en nuestra ajetreada existencia contemporánea, y tiene además la gracia de poder decir las cosas con una sencilla belleza... sus palabras, como las del Hermano Roger, las de Jean Vanier, o las de la M. Teresa, tienen una cierta... digamos, sacramentalidad. Logran comunicar no sólo la luz de una intuición, sino la calidez de una experiencia. Son palabras que hacen gustar e invitan a entrar más hondamente en la espesura. Yo la recomiendo: algunos de sus libros, como éste que nombre o Las comunidades según el Evangelio, se pueden conseguir en castellano. Lo demás, supongo que en francés. Les dejo algo para que se tienten:

Bienaventurados los pobres de espíritu,
... porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Ser pobre no es interesante:
todos los pobres son de esta opinión.
Lo interesante es poseer el Reino de los Cielos,

pero sólo los pobres lo poseen.

Así que no piensen que nuestra alegría consiste
en pasar nuestros días vaciando nuestras manos,

nuestras cabezas, nuestros corazones...

Nuestra alegría consiste en pasar nuestros días
haciendo sitio en nuestras manos,
nuestras cabezas y nuestros corazones al Reino de los Cielos que pasa.

Pues es asombroso saberlo tan próximo,
saber que Dios está tan cerca de nosotros;

es prodigioso saber que su amor es posible
de tal manera en nosotros y sobre nosotros

y no abrirle la puerta,

única y simple,

de la pobreza de espíritu...


de Alegrías procedentes de la montaña

sábado, diciembre 31, 2005

Leyendo a Robert Frost

Después de varias búsquedas (todas igualmente infructuosas) por las librerías de San Isidro y alrededores, había abandonado la posibilidad de conseguir algún libro de poesía de Robert Frost. Gracias a Internet tuve la posibilidad de leer varios de sus poemas, lo cual no hizo más que aumentar mi obsesión por tener algún libro suyo entre mis manos.

Casi desesperanzado, acompañé a mi abuela a una librería especializada en textos en inglés y... ¡sí! Escondido entre grandes volúmenes estaba una pequeña selección de sus poemas. Si bien no traía muchos, esta edición venía con un aparato crítico interesante para entrar más profundamente en su lectura.

No sé de teoría literaria ni de la obra completa de Frost como para decir algo acertado o sintético sobre él. Sí puedo decir por qué me gusta tanto.

La poesía de Frost es sencilla, con rima, en general breve. Su mundo es rural, pero muy lejos de cualquier descripción idílica, describe de modo muy despojado el mundo campestre. Pero ese mundo le sirve como piedra de toque para reflexionar sobre la vida. Quizás por despojadas sus palabras tienen una fuerza elemental, un poder de hablar a alguna parte de nuestro corazón que no ha dejado de estar en contacto con la tierra y el agua, con la vida que brota de ellos.

***********************************************

Into my own

ONE of my wishes is that those dark trees,
So old and firm they scarcely show the breeze,
Were not, as ’twere, the merest mask of gloom,
But stretched away unto the edge of doom.

I should not be withheld but that some day
Into their vastness I should steal away,
Fearless of ever finding open land,
Or highway where the slow wheel pours the sand.

I do not see why I should e’er turn back,
Or those should not set forth upon my track
To overtake me, who should miss me here
And long to know if still I held them dear.

They would not find me changed from him they knew—
Only more sure of all I thought was true.


martes, octubre 25, 2005

Un poema de Robert Frost

Quería compartirlo...


The Road Not Taken


TWO roads diverged in a yellow wood,

And sorry I could not travel both

And be one traveler, long I stood

And looked down one as far as I could

To where it bent in the undergrowth;


Then took the other, as just as fair,

And having perhaps the better claim,

Because it was grassy and wanted wear;

Though as for that the passing there

Had worn them really about the same,


And both that morning equally lay

In leaves no step had trodden black.

Oh, I kept the first for another day!

Yet knowing how way leads on to way,

I doubted if I should ever come back.


I shall be telling this with a sigh

Somewhere ages and ages hence:

Two roads diverged in a wood, and I—

I took the one less traveled by,

And that has made all the difference.
Robert Frost (1874-1963), en Winter Interval

viernes, septiembre 09, 2005

Elogio de Neruda

Nueva sección, "Elogios". De a poquito voy a ir sacando algunas semblanzas de autores que admiro. Empiezo con el primer poeta que conocí...

Yo tomo la palabra y la recorro
como si fuera sólo forma humana,
me embelesan sus líneas y navego
en cada resonancia del idioma:
pronuncio y soy y sin hablar me acerca
al fin de las palabras al silencio.
La Palabra

Tenía 16 años cuando compré mi primer libro de poesía. Era una edición de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, que incluía una antología poética de varios de sus libros.

Ese año habíamos empezado a leer poesía en nuestro curso de literatura. Entre los poemas estudiados estaba "Oda al niño de la liebre", que me hizo adquirir una percepción distinta de lo que era la poesía. Meses después, entraba tímidamente en una librería para comprar el libro, que fue mi puerta al mundo de Neruda y su vasta obra.

Creo que a Neruda le cabe perfecto esa de denominación de Teilhard de Chardin, la de "hijo de la tierra". Sus versos están enamorados de lo terreno, desde el amor, las mujeres y el sexo hasta lo más trivial y cotidiano, como la cebolla y las naranjas... o un chiquito que intenta vender su liebre muerta al costado de la ruta. Quiso cantar a todos y a todo. Recorrió América y su historia con su "Canto General", transitó por el poema de amor regalándonos joyas como el último de los "Veinte poemas de amor" y tantos otros.

Muchos le reprochan que ha escrito demasiado. Pero creo que él hubiera dicho que escribió poco, poquísimo. Que no le alcanzó la vida y la tinta - aunque le alcanzaba y le sobraba el corazón, como a todos los poetas, que tienen un corazón demasiado grande y unas manos tan humanamente pequeñas - para escribir todo lo que hubiera querido.

Murió en 1973, de amor y de tristeza por Chile.

Quizás ahora sea, más que nunca, el poeta que quiso ser: invisible, recibiendo la vida de la gente para hacerla canto, desparramada su alma inmensa por todo el mundo.

Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza.
Dadme
todas las alegrías,
aún las más secretas,
porque si así no fuera,
¿cómo van a saberse?
Yo tengo que cantarlas,
Dadme
la lucha
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reúne:
el canto del hombre invisible
que canta con todos los hombres.