“Más allá de las fronteras”
“En este momento, llegaron sus discípulos y se sorprendieron de que Jesús estuviera hablando con una mujer...” Jn 4, 27ª.
Elegir este pequeño fragmento del diálogo de Jesús con la samaritana puede parecer extraño a la hora de pensar en la misión. ¿Por qué este texto? Porque quisiera, en orden a reflexionar sobre qué significa evangelizar, tomar un acontecimiento como punto de partida. Es, casi siempre, lo primero que nos ocurre a la hora de salir hacia la misión: traspasar fronteras.
Jesús, hombre de fronteras
El Evangelio nos muestra constantemente a Jesús yendo más allá de las fronteras religiosas de su tiempo. Sin negar todo lo rico que hay en su tradición religiosa (no viene a cambiar ni un punto ni una i de la ley), no se deja atrapar por las rigideces y formalismos de su época, sino que toma lo mejor de la misma, lo encarna, lo profundiza... y lo lleva más allá.
En toda la praxis de Jesús, en todo su ministerio, lo descubrimos quebrando barreras. Se acerca a todos aquellos que eran considerados impuros o despreciables: los enfermos, los pobres, los pecadores... ¡inclusive a los muertos! Puesto que entrar en contacto con ellos implicaba quedar “contagiado” de la impureza que ellos poseían.
Sin embargo, Jesús cruza esa frontera de su tradición (o mejor, del tradicionalismo religioso del momento), y, no sólo no queda manchado por la impureza de aquellos a quienes se acerca, sino que transmite su propia pureza con sus gestos y palabras. Y entonces cura, exorciza, reconcilia... ¡en la frontera se da el milagro!
A medida que profundizamos, descubrimos en estos “cruces de frontera” que realiza Jesús, algo aún más profundo. Él es el Hijo, el Amado de Dios, que desde el corazón de la Trinidad “cruza las fronteras” del cielo para entrar en la historia de los hombres. Se derrama en la historia, asumiendo todo lo humano, salvo el pecado.
Y así, lleva a la plenitud el camino que Dios venía realizando con Israel, pues Él constantemente había salido de sí para buscar al hombre, y había invitado a su Pueblo a desarrollar un corazón cada vez más universal.
Pero este cruce de barreras que Jesús realiza en la Encarnación anticipa el más definitivo, el traspasar el límite de la muerte, para volver de allí victorioso y resucitado por el Padre en la fuerza del Espíritu Santo. Él cruza la frontera que sólo Dios podía franquear: la del dolor y la alienación provocados por el pecado y su fruto definitivo, la muerte. Hasta allí lo lleva su misión, y de allí vuelve, pero no para quedarse quieto.
Él envía a los apóstoles, como el Padre lo envió a él. A partir de la entrega del Espíritu Santo, los Doce no son simples repetidores de las palabras de Jesús. Empiezan a compartir su vida, y por eso, también su misión. Ellos repiten en su existencia el Éxodo que realizó Jesús, saliendo del corazón de Dios hasta las profundidades de la muerte y siendo allí resucitados. En ellos se da este cruce de límites, para que la Palabra llegue a todos. Y desde ese entonces, cada uno de nosotros está invitado a esa misma experiencia, compartiendo la vida de Dios por el bautismo y por ende, también su tarea de hacer llegar el amor a cada hombre y mujer del mundo.
2. ¿Y nosotros qué tenemos que ver con todo esto?
Volvamos un poco a nuestra experiencia misionera. No dudo que cada uno de nosotros tiene muy grabada en su corazón la primera vez que misionó: por distintos motivos.
En la misión hacemos una experiencia muy fuerte de desfasaje. Salimos de todo lo ordinario que nos rodea: dejamos por unos días a nuestras familias, amigos y comunidad; a la vez, vamos hacia un lugar con una forma distinta de encarar la vida, la fe, los vínculos... con una experiencia de Dios distinta, y muchas cosas más. El lugar de misión se nos presenta con una historia que no es la nuestra. No sólo eso, sino que muchas veces no responde a nuestras expectativas evangelizadoras. Quizás en aquel lugar esperábamos una gran fecundidad todo se nos presenta árido. Y allí donde no teníamos puestas demasiadas esperanzas se nos manifiesta una respuesta increíble de la gente.
Además, en general, la misión nos revela un mundo al que muchas veces habíamos permanecido ajenos: el del dolor y la pobreza. En efecto, especialmente si uno se dirige al interior, va descubriendo la inmensa miseria moral y material del pueblo, que está a veces verdaderamente crucificado (después descubrimos que es igual aquí en la ciudad). Y frente a eso descubrimos de una manera nueva nuestra forma de vivir, tener y crecer.
Esta experiencia puede ser a veces muy dolorosa, pues captamos con más fuerza la fragilidad del otro y su entorno con la claridad que muchas veces da estar a una cierta distancia[i]. Pero además, percibimos con mayor luz lo inmensamente relativo de muchas cosas que nosotros solíamos dar por sentadas (desde nuestra estabilidad económica hasta nuestra forma de relacionarnos con Dios). Y esto nos desestructura y desestabiliza.
Y el viaje no se detiene allí. En la misión, por la intensidad emocional y espiritual que casi siempre vivimos, se nos revelan nuevos aspectos de nosotros mismos: reacciones, actitudes, sentimientos que no habíamos vivido antes, o gestos que antes no habíamos tenido, de repente emergen en nosotros, tanto positivos como inquietantes. Y así, franqueando los confines de nuestro pequeño mundo externo, descubrimos también que hemos entrado en un terreno nuevo de nuestro propio corazón. Cada misión es también un momento de autorrevelación. Pues todo viaje es también un recorrido interno.
Pero esto, que por momentos se nos puede antojar incómodo e inquietante, es una verdadera gracia, por dos grande motivos:
a) La misión nos invita a ser más libres, descubriendo que cosas en nuestra experiencia de Dios tiene sus matices, y pueden (y a veces deben) ser adaptados o aún eliminados, pero encontrando a la vez lo que es genuinamente nuestro y que puede servir para el crecimiento del otro. Podemos profundizar aún más en nuestra propia riqueza. Nos descubrimos únicos y capaces de entregar algo muy nuestro al mundo. Nuestras fragilidades quedan más expuestas, pero sólo así pueden ser sanadas y maduradas.
b) El descubrimiento de otro mundo nos abre a una etapa nueva. Encontramos otros que no somos nosotros, que merecen respeto pues su historia y su perspectiva también son sagradas. Y eso nos invita a dialogar desde el amor y la amistad.
Así, el Otro nos abre el tesoro de su corazón y la misión se vuelve oportunidad de enriquecernos con el camino recorrido por aquellos a quienes misionamos
c) El encuentro no se queda en un esto, sino que va generando vida, una vida nueva. Y esto es fruto de ambas partes, la misionera y la misionada. Aparecen nuevas formas de rezar, vivir y amar. Pensemos en uno de los mejores ejemplos: la imagen de la virgen de Guadalupe, donde se combinan de forma orgánica elementos de la cultura nahuátl con la europea.
Encontrar este equilibrio es algo difícil. Podemos caer en un relativismo que no nos permita enriquecer al otro con nuestra riqueza, y que además nos impida encontrar lo universal compartido con todos que nos une. O asustarnos ante lo nuevo y así rigidizar nuestras formas para evitar caer en una disolución de nuestra identidad. ¿Cómo hacer? Necesitamos volver a Jesús para descubrir como el Nazareno pudo romper fronteras sin dejar de ser él mismo.
3. “Tú eres mi Hijo amado...”
El texto de Lucas sobre el Bautismo de Jesús (que es desarrollado o nombrado en todos los Evangelios) nos puede dar una pista para encontrar el camino:
“Un día cuando se bautizaba mucha gente, también Jesús se bautizó. Y, mientras Jesús oraba se abrió el cielo, y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma, y se oyó una voz que venía del cielo:
- Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.”[ii]
Este texto es fundamental para entender a Jesús. En su bautismo, Jesús tiene un momento espiritualmente fortísimo. El Padre le revela de una forma inusitada quién es él por la fuerza del Espíritu Santo. Jesús se descubre como el Hijo amado de su Abbá, su papá. Y eso le cambia la vida para siempre.
Es notable que este episodio de la vida de Jesús está puesto justo antes de que empiece su ministerio, su actividad misionera. ¿Por qué? Porque Jesús empieza a misionar no desde lo que hace, sino desde lo que es. Este es un tema riquísimo, pero no para profundizar ahora. Lo que queremos destacar en este momento es que como Jesús se descubre intensamente amado por Dios, en Él se encuentra libre. Y esta experiencia de saberse amado por su Padre a Jesús le hace posible mantener las tensiones, rompiendo las fronteras pero respetando siempre su tradición religiosa, sin violencias innecesarias ni actitudes rebeldes estériles. Y desde esto no permite que su traspaso de límites le desdibuje su identidad. Él nunca deja de ser quién es.
Para nosotros es igual. En la medida en que nuestros vínculos, y sobre todo nuestro vínculo de amor con Dios es fuerte, nos atrevemos a atravesar barreras, sabiendo que el amor del Padre nos sostiene en Jesús por el impulso del Espíritu Santo. Pues estos vínculos nos hacen arraigarnos sanamente en nuestra identidad. De otra forma, o nos perdemos en la forma de ser del otro o nos endurecemos y no permitimos que el otro entre en nuestro corazón.
Por eso la misión es un tiempo fuerte para enriquecerse con otras experiencias de Iglesia, de vida, de fe, pero a la vez, para consolidar, conocer y amar mejor lo propio. Es aceptar esas tensiones y dejar que esto nos enriquezca.
¿Cómo mantenemos y fortalecemos ese vínculo? Se me ocurren dos caminos para recorrer.
El primero es ser perseverantes y cada vez más profundos en nuestra oración. Es llamativo que Lucas quiere enmarcar este momento fundante de la vida de Jesús en un contexto de oración. Es mientras rezamos que el Padre nos revela quiénes somos. Y es desde allí que descubrimos dónde el Espíritu nos lleva a romper fronteras.
El segundo es un sano realismo que nos permita ver las cosas tal cual son, reconociendo dónde hay algo mudable y dónde nuestra experiencia de Dios se nos revela como decisiva. Así, llamamos a las cosas por su nombre y vamos creciendo en vínculo con nuestro entorno.
Así, seguiremos creciendo hasta el día en que crucemos la frontera final, para ser infinitamente enriquecidos por aquel que siempre nos revela lo únicos que somos y lo Único y eternamente Nuevo que es él.
Eduardo Mangiarotti
Pquia. Santa Teresita, 12 de agosto de 2002
.
[i] Recuerdo una misión en Salta. Uno de mis compañeros y yo fuimos a visitar a una mujer. Separada y con un pequeño bebé que sufría de Síndrome de Down, esta señora vivía profundamente dolida por la pobreza que la obligaba a pelear todo el tiempo el tratamiento de su hijo y por la marginación a la que la tenía sometida el resto de la comunidad de su pueblo, aún la parroquial. Para mi compañero fue un terrible impacto: su situación, y la increíble fe y serenidad con que la vivía rompían un montón de esquemas que él hasta ese momento había considerado inamovibles. Volvimos a la parroquia y desde el principio de la misa hasta un buen rato después de finalizada la misma, mi amigo estuvo llorando terriblemente acongojado. Creo que él vivió de una manera increíblemente fuerte este traspaso de fronteras. Y que en ese momento Dios le regaló nacer a una nueva etapa de su fe.
[ii] Lc 3, 21-22
miércoles, febrero 16, 2005
Regalar un tesoro (sobre la evangelización)
Regalar un tesoro
La última vez estuvimos reflexionando sobre la experiencia de traspasar fronteras que todos vivimos al misionar. Otro planteo que suele surgir al llegar a la misión, en parte como fruto de esta experiencia de desfasaje, es: ¿Y qué vengo a hacer acá? ¿En qué consiste misionar? ¿De qué va esto de evangelizar, y la evangelización, que suena más a un proceso químico que al anuncio de Jesús? Vamos a ir reflexionando, ayudados por Jesús, por el Magisterio de la Iglesia y por nuestra experiencia.
1. La Evangelización... ¿Y con qué se come eso?
Pablo VI, el Papa que llevó adelante el Concilio Vaticano II, nos regaló a modo de Testamento a todos los cristianos un documento que se llama Evangelii Nuntiandi. Es una reflexión excelente sobre la Evangelización. En este documento, a la hora de definirla, nos dice:
“Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad.”[i]
¿Qué quiere decir esto? Por un lado, que la Evangelización no es algo para algunos, o para realizar en un templo o reunión religiosa, sino que abarca todas las actividades humanas. Esto nos invita a pensar en cómo nuestra vida cotidiana nos regala constantemente la oportunidad de compartir la Buena Noticia. El trabajo, los amigos, la familia, las actividades que realizamos todos los días (¡aún nuestros pasatiempos!) pueden volverse un lugar donde evangelizar.
Por otro lado, este anuncio se hace desde dentro, o sea, no como mirando un poco asustados o cayendo como comandos en distintas situaciones de la vida (¿Se imaginan pegarle un grito al quiosquero diciéndole: “¡Sonríe, Jesús te ha salvado!”?). Nos invita a asumir los distintos lugares, vínculos y actividades que realizamos y hacer que allí vayan naciendo actitudes y gestos evangélicos.
En esto, como siempre, seguimos el camino de Jesús. Jesús no cayó de un meteorito. Desde la eternidad, quiso tomar para sí nuestro ser humanos, el lenguaje, los sentimientos y las tradiciones de un pueblo. Se metió bien a fondo, se hizo carne y puso su casa entre nosotros[ii]. Y desde adentro fue transformando las situaciones de muerte, pecado e injusticia que se daban alrededor de él. ¡Aún cuando no estuviese hablando explícitamente del Reino de su Abbá, de su Papá! Y esto porque todo su ser era Evangelizador, todos sus gestos y palabras eran Buena Noticia (y él, muerto y resucitado, es la Buena Noticia que estamos llamados a compartir). Esto nos recuerda que el primer paso para evangelizar siempre será...
2. El Testimonio
La Escritura nos dice que Jesús es el Testigo Fiel, o creíble[iii]. En cada gesto suyo, se manifestaba el rostro amoroso de Dios. Verlo a él era ver a su Padre[iv]. Por eso, cada acción de Jesús era un interrogante para la gente de su tiempo. ¿Quién era este hombre, que hablaba y actuaba de manera tan distinta a los demás? Así, vemos que muchos se acercaban a preguntarle, interpelados por el estilo de vida tan singular de este carpinterito a quien de golpe se le había dado por hablar de Dios...
Cuando nosotros, animados por el Espíritu Santo, llenamos del amor de Dios cada cosa que hacemos, vamos transformando nuestro entorno y provocando preguntas: “¿Por qué estas personas se acercan a nosotros? ¿Por qué están tan alegres? ¿Por qué su preocupación por nosotros?” Y estos interrogantes son el surco de donde puede surgir el anuncio del Evangelio. Al dar testimonio, ya predicamos[v].
El reverso de la moneda es que un anuncio sin el respaldo de una vida con valores evangélicos es más un anti-signo que otra cosa. Todos hemos escuchado alguna vez los comentarios sobre los Católicos, tan piadosos en misa y tan impíos en el trato con los hermanos.
Esto también nos recuerda que la Evangelización es un proceso lento, que lleva tiempo. Lo más probable es que otros recojan lo que nosotros sembramos. Pero tarde o temprano llega la pregunta por el motivo de nuestra acción. Y entonces no podemos permanecer callados.
3. “... dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza”[vi]
El testimonio queda trunco si no desemboca en algún momento en el anuncio explícito del Evangelio de Jesús. Queremos compartir con el mundo que nuestro motivo para salir al encuentro de los hombres es el de haber experimentado el amor de nuestro Padre que se manifestó en Jesús por la fuerza del Espíritu Santo, y que ese amor hoy se les ofrece por medio nuestro también a ellos. “No podemos callar lo que hemos visto y oído”[vii].
Y entonces abrimos nuestro corazón para regalarles nuestro tesoro, que es el nombre, las palabras, el misterio, la vida de Jesús. Decirle al hermano que es amado por Dios, buscado apasionadamente por Él, que Jesús es todo lo que esta persona esperaba y más aún.
Pero aquí no termina todo...
4. “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”[viii]
Esto le preguntan a Pedro los primeros receptores del anuncio de Jesús resucitado. Porque la Evangelización no son palabras al viento. Es compartir la vida de Dios con personas de carne y hueso en una situación determinada. Y por eso, ella pide una respuesta concreta de quien la recibe.
Cuando los que reciben el anuncio lo reciben de corazón, su vida va cambiando, porque asumen el “programa de vida” de Jesús. En esto se manifestaba también la fuerza evangelizadora del ministerio de Jesús. No porque hablara mucho o bien, sino porque por donde Jesús pasaba, la vida de la gente cambiaba. Al descubrirse amados y valiosos a los ojos de Dios salían de la miseria física y espiritual. Los que se encontraban con Jesús se convertían en personas nuevas.
Esto mismo debe suceder cuando evangelizamos. Lo que nosotros le proponemos al que nos escucha empieza a ser vida para el otro sólo si este lo acoge en su corazón y lo traduce en actitudes y gestos que encarnen esta nueva decisión. Y no sólo esto, sino que produzcan el ingreso en la comunidad de la Iglesia.
5. Pasar la antorcha
La madurez de todo este camino se da cuando las personas con quienes compartimos el Evangelio se vuelven ellas mismas evangelizadoras, cuando empiezan a transmitir su experiencia de Dios a los demás[ix].
Ahora bien, ya sabemos qué es Evangelizar, y cómo se va dando este proceso. Pero, ¿cuáles son los contenidos de esta Evangelización? Eso lo averiguaremos... en la próxima ficha. Les propongo, mientras un par de textos bíblicos que reflejan este proceso evangelizador. Un buen ejercicio es leerlos con la ficha al lado e ir descubriendo que rasgos peculiares encontramos de la forma de evangelizar de Jesús. Un abrazo y nos estamos viendo.
Gracia y paz,
Edu Mangiarotti
San Isidro, 17 de agosto de 2002
Textos propuestos:
ü Jn 4, 1-45
ü Mc 1, 40-45
ü Mc 5, 1-20
[i] Evangelii Nuntiandi, 18
[ii] Cf. Jn 1, 14
[iii] Ap 1, 5
[iv] Cf. Jn 14, 9b.
[v] Recuerdo que una chica perteneciente a un grupo de misión contaba que una señora paró a unos misioneros , sin saber qué hacían, para preguntarles ¡por qué estaban tan contentos! Qué hermoso es ver que hasta en una sonrisa podemos transmitir el amor de Jesús.
[vi] 1 Pe 3, 15
[vii] Hchs 4, 14
[viii] Hchs 2, 37b
[ix] La primera vez que misioné fui a Capilla del Señor. El grupo misionero cerraba un ciclo de cuatro años muy fecundo en el lugar. Se había armado un grupo de jóvenes muy lindo y sólido. Tanto así que ese mismo verano yo volví a misionar, esta vez en el Delta del Tigre, y un grupo de chicos de Capilla del Señor vino con nosotros. Les aseguro que hay pocas cosas tan emocionantes como ver a alguien a quien uno acompañó empezar a hacer el mismo un camino de misión, de evangelización, ya maduro en su fe.
La última vez estuvimos reflexionando sobre la experiencia de traspasar fronteras que todos vivimos al misionar. Otro planteo que suele surgir al llegar a la misión, en parte como fruto de esta experiencia de desfasaje, es: ¿Y qué vengo a hacer acá? ¿En qué consiste misionar? ¿De qué va esto de evangelizar, y la evangelización, que suena más a un proceso químico que al anuncio de Jesús? Vamos a ir reflexionando, ayudados por Jesús, por el Magisterio de la Iglesia y por nuestra experiencia.
1. La Evangelización... ¿Y con qué se come eso?
Pablo VI, el Papa que llevó adelante el Concilio Vaticano II, nos regaló a modo de Testamento a todos los cristianos un documento que se llama Evangelii Nuntiandi. Es una reflexión excelente sobre la Evangelización. En este documento, a la hora de definirla, nos dice:
“Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad.”[i]
¿Qué quiere decir esto? Por un lado, que la Evangelización no es algo para algunos, o para realizar en un templo o reunión religiosa, sino que abarca todas las actividades humanas. Esto nos invita a pensar en cómo nuestra vida cotidiana nos regala constantemente la oportunidad de compartir la Buena Noticia. El trabajo, los amigos, la familia, las actividades que realizamos todos los días (¡aún nuestros pasatiempos!) pueden volverse un lugar donde evangelizar.
Por otro lado, este anuncio se hace desde dentro, o sea, no como mirando un poco asustados o cayendo como comandos en distintas situaciones de la vida (¿Se imaginan pegarle un grito al quiosquero diciéndole: “¡Sonríe, Jesús te ha salvado!”?). Nos invita a asumir los distintos lugares, vínculos y actividades que realizamos y hacer que allí vayan naciendo actitudes y gestos evangélicos.
En esto, como siempre, seguimos el camino de Jesús. Jesús no cayó de un meteorito. Desde la eternidad, quiso tomar para sí nuestro ser humanos, el lenguaje, los sentimientos y las tradiciones de un pueblo. Se metió bien a fondo, se hizo carne y puso su casa entre nosotros[ii]. Y desde adentro fue transformando las situaciones de muerte, pecado e injusticia que se daban alrededor de él. ¡Aún cuando no estuviese hablando explícitamente del Reino de su Abbá, de su Papá! Y esto porque todo su ser era Evangelizador, todos sus gestos y palabras eran Buena Noticia (y él, muerto y resucitado, es la Buena Noticia que estamos llamados a compartir). Esto nos recuerda que el primer paso para evangelizar siempre será...
2. El Testimonio
La Escritura nos dice que Jesús es el Testigo Fiel, o creíble[iii]. En cada gesto suyo, se manifestaba el rostro amoroso de Dios. Verlo a él era ver a su Padre[iv]. Por eso, cada acción de Jesús era un interrogante para la gente de su tiempo. ¿Quién era este hombre, que hablaba y actuaba de manera tan distinta a los demás? Así, vemos que muchos se acercaban a preguntarle, interpelados por el estilo de vida tan singular de este carpinterito a quien de golpe se le había dado por hablar de Dios...
Cuando nosotros, animados por el Espíritu Santo, llenamos del amor de Dios cada cosa que hacemos, vamos transformando nuestro entorno y provocando preguntas: “¿Por qué estas personas se acercan a nosotros? ¿Por qué están tan alegres? ¿Por qué su preocupación por nosotros?” Y estos interrogantes son el surco de donde puede surgir el anuncio del Evangelio. Al dar testimonio, ya predicamos[v].
El reverso de la moneda es que un anuncio sin el respaldo de una vida con valores evangélicos es más un anti-signo que otra cosa. Todos hemos escuchado alguna vez los comentarios sobre los Católicos, tan piadosos en misa y tan impíos en el trato con los hermanos.
Esto también nos recuerda que la Evangelización es un proceso lento, que lleva tiempo. Lo más probable es que otros recojan lo que nosotros sembramos. Pero tarde o temprano llega la pregunta por el motivo de nuestra acción. Y entonces no podemos permanecer callados.
3. “... dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza”[vi]
El testimonio queda trunco si no desemboca en algún momento en el anuncio explícito del Evangelio de Jesús. Queremos compartir con el mundo que nuestro motivo para salir al encuentro de los hombres es el de haber experimentado el amor de nuestro Padre que se manifestó en Jesús por la fuerza del Espíritu Santo, y que ese amor hoy se les ofrece por medio nuestro también a ellos. “No podemos callar lo que hemos visto y oído”[vii].
Y entonces abrimos nuestro corazón para regalarles nuestro tesoro, que es el nombre, las palabras, el misterio, la vida de Jesús. Decirle al hermano que es amado por Dios, buscado apasionadamente por Él, que Jesús es todo lo que esta persona esperaba y más aún.
Pero aquí no termina todo...
4. “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”[viii]
Esto le preguntan a Pedro los primeros receptores del anuncio de Jesús resucitado. Porque la Evangelización no son palabras al viento. Es compartir la vida de Dios con personas de carne y hueso en una situación determinada. Y por eso, ella pide una respuesta concreta de quien la recibe.
Cuando los que reciben el anuncio lo reciben de corazón, su vida va cambiando, porque asumen el “programa de vida” de Jesús. En esto se manifestaba también la fuerza evangelizadora del ministerio de Jesús. No porque hablara mucho o bien, sino porque por donde Jesús pasaba, la vida de la gente cambiaba. Al descubrirse amados y valiosos a los ojos de Dios salían de la miseria física y espiritual. Los que se encontraban con Jesús se convertían en personas nuevas.
Esto mismo debe suceder cuando evangelizamos. Lo que nosotros le proponemos al que nos escucha empieza a ser vida para el otro sólo si este lo acoge en su corazón y lo traduce en actitudes y gestos que encarnen esta nueva decisión. Y no sólo esto, sino que produzcan el ingreso en la comunidad de la Iglesia.
5. Pasar la antorcha
La madurez de todo este camino se da cuando las personas con quienes compartimos el Evangelio se vuelven ellas mismas evangelizadoras, cuando empiezan a transmitir su experiencia de Dios a los demás[ix].
Ahora bien, ya sabemos qué es Evangelizar, y cómo se va dando este proceso. Pero, ¿cuáles son los contenidos de esta Evangelización? Eso lo averiguaremos... en la próxima ficha. Les propongo, mientras un par de textos bíblicos que reflejan este proceso evangelizador. Un buen ejercicio es leerlos con la ficha al lado e ir descubriendo que rasgos peculiares encontramos de la forma de evangelizar de Jesús. Un abrazo y nos estamos viendo.
Gracia y paz,
Edu Mangiarotti
San Isidro, 17 de agosto de 2002
Textos propuestos:
ü Jn 4, 1-45
ü Mc 1, 40-45
ü Mc 5, 1-20
[i] Evangelii Nuntiandi, 18
[ii] Cf. Jn 1, 14
[iii] Ap 1, 5
[iv] Cf. Jn 14, 9b.
[v] Recuerdo que una chica perteneciente a un grupo de misión contaba que una señora paró a unos misioneros , sin saber qué hacían, para preguntarles ¡por qué estaban tan contentos! Qué hermoso es ver que hasta en una sonrisa podemos transmitir el amor de Jesús.
[vi] 1 Pe 3, 15
[vii] Hchs 4, 14
[viii] Hchs 2, 37b
[ix] La primera vez que misioné fui a Capilla del Señor. El grupo misionero cerraba un ciclo de cuatro años muy fecundo en el lugar. Se había armado un grupo de jóvenes muy lindo y sólido. Tanto así que ese mismo verano yo volví a misionar, esta vez en el Delta del Tigre, y un grupo de chicos de Capilla del Señor vino con nosotros. Les aseguro que hay pocas cosas tan emocionantes como ver a alguien a quien uno acompañó empezar a hacer el mismo un camino de misión, de evangelización, ya maduro en su fe.
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